Si no te convence la respuesta "Poesía ... eres tú" o, simplemente, quieres saber qué es la poesía, lee poesía, es la mejor manera de aprender; aquí va una pequeña selección:
He vuelto a ver los álamos dorados, álamos del camino en la ribera del Duero, entre San Polo y San Saturio, tras las murallas viejas de Soria —barbacana hacia Aragón, en castellana tierra—. Estos chopos del río, que acompañan con el sonido de sus hojas secas el son del agua, cuando el viento sopla, tienen en sus cortezas grabadas iniciales que son nombres de enamorados, cifras que son fechas. ¡Alamos del amor que ayer tuvisteis de ruiseñores vuestras ramas llenas; álamos que seréis mañana liras del viento perfumado en primavera; álamos del amor cerca del agua que corre y pasa y sueña, álamos de las márgenes del Duero, conmigo vais, mi corazón oslleva!
........................... ................. Yo, el maestro Gonzalo de Berceo llamado, yendo en romería acaecí en un prado verde, y bien sencido, de flores bien poblado, lugar apetecible para el hombre cansado.
Daban olor soberbio las flores bien olientes, refrescaban al par las caras y las mentes; manaban cada canto fuentes claras corrientes, en verano bien frías, en invierno calientes.
Gran abundancia había de buenas arboledas, higueras y granados, perales, manzanedas, y muchas otras frutas de diversas monedas, pero no las había ni podridas ni acedas.
La verdura del prado, el olor de las flores, las sombras de los árboles de templados sabores refrescáronme todo, y perdí los sudores: podría vivir el hombre con aquellos olores.
Nunca encontré en el siglo lugar tan deleitoso, ni sombra tan templada, ni un olor tan sabroso. Me quité mi ropilla para estar más vicioso y me tendí a la sombra de un árbol hermoso.
A la sombra yaciendo perdí todos cuidados, y oí sones de aves dulces y modulados: nunca oyó ningún hombre órganos más templados ni que formar pudiesen sones más acordados.
Unas tenían la quinta y las otras doblaban; otras tenían el punto, errar no las dejaban. Al posar, al mover, todas se acompasaban: aves torpes o roncas allí no se acostaban.
No hay ningún organista, ni hay ningún violero, ni giga, ni salterio, ni mano de rotero, ni instrumento, ni lengua, ni tan claro vocero cuyo canto valiese junto a éste un dinero.
Pero aunque siguiéramos diciendo sus bondades, el diezmo no podríamos contar ni por mitades: tenía de noblezas tantas diversidades que no las contarían ni priores ni abades.
El prado que yo os digo tenía otra bondad: por calor ni por frío perdía su beldad, estaba siempre verde toda su integridad, no ajaba su verdura ninguna tempestad.
En seguida que me hube en la tierra acostado de todo mi lacerío me quedé liberado, olvidé toda cuita y lacerio pasado: ¡el que allí demorase sería bien venturado!
Los hombres y las aves cuantas allí acaecían llevaban de las flores cuantas llevar querían, mas de ellas en el prado ninguna mengua hacían: por una que llevaban, tres y cuatro nacían......................
(Gonzalo de Berceo; siglo XIII)
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NO ME ESPERES
No me
esperes más
si fueras mi amada.
Yo ya no estaré
aunque tú llegaras,
que me empuja el alma
a viajar muy lejos,
lejos como lejos viajan
las líneas torcidas
de un extraño mapa.
Las líneas que surcan
ríos de aguas claras,
montañas nevadas,
desnudas montañas
que las nubes blancas,
con sus alfileres,
eternamente arañan.
Detrás de esos montes
quizá una mañana,
o bien una tarde,
quizá también clara,
encuentre el paisaje
en el que tú siempre,
y yo nunca estaba.
¡Que fugaz el aire,
las aves, las plantas!
¡Que eternos los montes,
que eternas las almas!
No sé si la mía,
si eterna danzara,
podría encontrarte
donde tú esperabas.
Me entretuve mucho
mirando la nada
y no vi los lagos,
los ríos, las aguas
donde tú, quizá,
descuidada andabas.
Pero ya no esperes
si entre aguas andas,
o por prados corres,
la brisa en la cara,
que voy por barrancos,
imposibles navas,
cumbres borrascosas
que el mapa no marca.
Y no volveré
sobre mis espaldas, que voy por senderos, por sendas pensadas de piedras y abrojos, que no marca el mapa.
A. Delademartín / s. XX-XXI
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Estaban allí aturdidos en la orilla de aquel monte y, durante largo tiempo, dejaron volar su vista sobre los cedros tan altos; no dejaban de mirar, la entrada al monte buscando.
Por donde Jumbaba andaba se había hecho una senda; se les había allanado el camino, era fácil poder transitar por él.
Y pudieron contemplar aquel monte de los cedros, la morada de los dioses, el alto trono de Istar; florecía en las laderas el esplendor de los cedros, allí se manifestaba su riqueza lujuriosa; placentera era su sombra y dulce era su olor.
La maleza era espinosa debajo del techo oscuro de las ramas; entre cedros crecían los bienolientes arbustos de enebro y mirra.
(Sin-Lequiunini. Del Cantar de Gilgamés; siglo XII a.n.e.)
Libre te quiero, como arroyo que brinca de peña en peña,. pero no mía. Grande te quiero, como monte preñado de primavera, pero no mía. Buena te quiero, como pan que no sabe su masa buena, pero no mía. Alta te quiero, como chopo que al cielo se despereza, pero no mía. Blanca te quiero, como flor de azahares sobre la tierra, pero no mía. Pero no mía ni de Dios ni de nadie ni tuya siquiera.
(Agustín García Calvo; segunda mitad del siglo XX.)
.............. Del monte en la ladera por mi mano plantado tengo un huerto, que con la primavera de bella flor cubierto ya muestra en esperanza el fruto cierto.
Y como codiciosa de ver y acrecentar su hermosura, desde la cumbre airosa una fontana pura hasta llegar corriendo se apresura.
Y luego sosegada, el paso entre los árboles torciendo, el suelo de pasada de verdura vistiendo, y con diversas flores va esparciendo.
El aire el huerto orea, y ofrece mil olores al sentido, los árboles menea con un manso ruído que del oro y del cetro pone olvido. ...............
Y al igual que un corcel en el establo, cebado en el pesebre con cebada, destroza de un tirón sus ataduras y al galope recorre la llanura, el suelo con sus cascos golpeando, . a bañarse habituado en las corrientes de las aguas hermosas de algún río, y orgulloso de sí la cerviz yergue y de uno y otro lado de su cuello vanle al compás las crines oscilando, y a él, bien seguro de su lozanía, muy ligeras sus patas le conducen hacia donde se encuentra su querencia, hasta el pasto y manada de las yeguas, así el Priamida París descendía desde lo alto de la ciudadela de Pérgamo y cual sol resplandecía, arrogante y fulgente por sus armas.»
(Homero; Ilíada, VI, siglo VIII-VII a.d.n.e. Versificada por A. López Eire, en la Introducción a la Odisea, Colec. Austral, Espasa Calpe)
(El no puede recordar la orilla de su manto sin bordados, Ella no pierde su costumbre de la niebla)
Nacía El Día entre el copo y la espada. Nunca pudisteis resistir La Aurora, llena de pinchos, de erizos incrustándose en las ingles, del tibio olor agraz en las axilas.
(El se dejó los rizos tras las hojas del maíz, cada mañana soltaba sus manos en Agua de Nieve. También Ella abandonó Tantas Cosas, mas era como si no le importase.)
La Casa del Amor quedaba situada sobre un rizo flotante del camino. A la puerta llegaban hilillos de flores, y todas se reconocían por sus labios más o menos grandes.
Algunas de estas flores murieron sobre el lecho. Otoño salpicado, suave Luz de los pétalos lucientes. En cambio los pájaros mostráronse reacios a cambiar su vuelo por La Imagen De Los Dos Amantes.
(El gustaba defender el corazón del lobo como algo bello, Ella sólo tiene el corazón de El. Ambos tenían un sauce en la frente.)
Nunca pudisteis resistir La Aurora. Ahora La Primera Luz era esperada sin descanso. Por algunas razones es más dulce la mañana en los cuerpos.
¡Oh el blanco remo! la barca que flotaba solitaria, ha sido vista viajando junto a otra barca. Las dos tripulaciones vestían iguales telas, las gaviotas se detenían en sus mástiles. También algún albatros distribuyó sus plumas por cubierta.
(El era de Un País de Brumas, Ella continuamente danza los ritmos aprendidos en El Sur Salino. Algunas veces se les vio llorar al recordar los campos.)
El Cáliz Que Venía se llena hoy de zumos zureantes, tornasoladas bocas lo desbordan. Sólo ocurre que a veces, ¡oh Amarilla Grieta de Espumas! un humo recorre sus huesos, un camino de hormigas resurge y El recuerda la orilla de su manto sin bordados, y Ella pierde su costumbre de niebla y llora amargamente.
(Nadie sabe dónde desapareció La Casa)
(Rafael Talavera; del Libro "70 años de poesía en Cuenca", Ed. El Toro de Barro. Segunda mitad del siglo XX.)
Quien no estuviere en presencia no tenga en fe confiança, pues son olvido y mudança las condiciones de ausencia.
Quien qusiere ser amado trabaje por ser presente, que cuan presto fuere ausente, tan presto será olvidado; y pierda toda esperança quien no estuviere en presencia, pues son olvido y mudança las condiciones de ausencia.
Por la corriente callada vuelve alegre el marinero a casa desde las lejanas islas donde cosechando estuvo. Bien quisiera, también yo, volver a la tierra mía, mas, ¿que he cosechado yo, si no fue padecimiento?
Riveras queridas en las que crecí, ¿calmáis las penas de amor?, ¿me daréis, si vuelvo, selvas de mi niñez, el descanso nuevamente?
“ Pues dame una cinta bermeja, bien tynta, e buena camisa, fecha a mi guisa con su collarada. Dame buenas sartas d´estaña e hartas, e dame halía de buena valya, pelleja delgada. Dame buena toca, lystada de cota, e dame çapatas, bermejas byen altas, de pieça labrada. Con aquestas joyas, quiero que lo oyas, serás byen venido: serás mi marido e yo tu velada.” “Serrana señora, tant´ algo agora non trax´ por ventura; faré fiadura para la tornada.” Díxome la heda: “Do non hay moneda, non ay merchandía nin ay tan buen día nin cara pagada. Non ay mercadero bueno sin dinero, e yo non me pago del que non da algo nin le dó posada. Nunca d´ omenaje pagan ostalaje; por dineros face ome cuanto´ l plase: cosa es probada.”
(Arcipreste de Hita; segunda mitad del siglo XIV.)
"Si le preguntan por qué ha elegido la soledad por compañera, eleva los ojos al cielo, reteniendo con esfuerzo una lágrima de reproche a la Providencia, pero no responde a esa pregunta imprudente que hace extender por la nieve de sus párpados el rubor de la rosa matutina"
(Conde de Lautrèamont. Maldoror. s. XIX-XX).
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Tres morillas me enamoran en Jaén: Axa y Fátima y Marién.
Tres morillas tan garridas ivan a coger olivas y hallábanlas cogidas y tornaban desmaídas y las colores perdidas en Jaén: Axa y Fátima y marién.
Tres moricas tan loçanas, tres moricas tan loçanas yvan a coger mançanas a Jaén: Axa y Fátima y Marién.
(Se consideró anónimo, aunque últimamente se da por cierto que es de Lope de Vega -por la fecha en que fue escrito y porque es difícil imaginar que fuera otra persona quien escribiera el que, para mí, es el soneto mejor escrito en nuestro idioma-).
¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras? ¿Qué interés se te sigue, Jesús mio que a mi puerta, cubierto de rocío, pasas las noches del invierno escuras?
¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí!¡Qué extraño desvarío, si de mi ingratitud el hielo frío secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el ángel me decía: "¡Alma, asómate agora a la ventana, verás con cuánto amor llamar porfía!"
¡Y cuántas, hermosura soberana, "mañana le abriremos", respondía, para lomismo responder mañana.
La más bella niña de nuestro lugar, hoy viuda y sola y ayer por casar, viendo que sus ojos a la guerra van, a su madre dice, que escucha su mal: Dexadme llorar, orillas del mar.
Pues me distes, madre, en tan tierna edad tan corto el placer, tan largo el penar, y me cautivastes de quien hoy se va y lleva las llaves de mi libertad. Dexadme llorar, orillas del mar.
En llorar conviertan mis ojos de hoy más el sabroso oficio del dulce mirar, pues que no se pueden mejor ocupar yéndose a la guerra quien era mi paz. Dexadme llorar, orillas del mar.
No me pongáis freno ni queráis culpar; que lo uno es justo, lo otro por demás. Si me queréis bien no me hagáis mal; harto peor fue morir y callar. Dexadme llorar, orillas del mar.
Dulce madre mía, ¿quién no llorará, aunque tenga el pecho como un pedernal, y no dará voces viendo marchitar los más verdes años? Dexadme llorar, orillas del mar.
Váyanse las noches, pues ido se han los ojos que hacían los míos velar; váyanse y no vean tanta soledad después que en mi lecho sobra la mitad. Dexadme llorar orillas del mar.
(Luis de Góngora;)
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¡Quién hubiese tal ventura sobre las aguas del mar como hubo el conde Arnaldos la mañana de San Juan! Con un falcón en la mano la caza iba a cazar, vio venir una galera que a tierra quiere llegar. Las velas traía de seda, la jarcia de un cendal, marinero que la manda diciendo viene un cantar que la mar facía en calma, los vientos hace amainar los peces que andan nel hondo arriba los hace andar, las aves que andan volando nel mástil las faz posar. Allí fabló el conde Arnaldos bien oiréis lo que dirá: —Por Dios te ruego, marinero, digasme ora ese cantar. —Yo no digo esa canción sino a quien conmigo va.
Ojos claros, serenos, si de un dulce mirar sois alabados, ¿por qué, si me miráis miráis airados? Si cuanto más piadosos más bellos parecéis a aquel que os mira, no me miréis con ira, porque no parezcáis menos hermosos. ¿Ay, tormentos rabiosos! Ojos caros, serenos, ya que así me miráis, miradme al menos.
(Gutierre de Cetina)
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ROSA BLANCA
Cultivo una rosa blanca, en julio como en enero, para el amigo sincero que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca el corazón con que vivo, cardo ni ortiga cultivo; cultivo la rosa blanca.
................. Nace en las Indias honrado, donde el mundo le acompaña; viene a morir en España y es en Génova enterrado. Y pues quien le trae al lado es hermoso, aunque sea fiero, poderoso caballero es don Dinero.
Es galán y es como un oro, tiene quebrado el color, persona de gran valor, tan cristiano como moro; pues que da y quita el decoro y quebranta cualquier fuero, poderoso caballero es don Dinero.
Son sus padres principales y es de nobles descendientes, porque en las venas de Oriente todas las sangres son reales; pues es quien hace iguales al duque y al ganadero, poderoso caballero es don Dinero. ...................
(F. de Quevedo)
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Tus cartas son un vino que me trastorna y son el único alimento para mi corazón.
Desde que estoy ausente no sé sino soñar, igual que el mar tu cuerpo, amargo igual que el mar.
Tus cartas apaciento metido en un rincón y por redil y hierba les doy mi corazón.
Aunque bajo la tierra, mi amante cuerpo esté, escríbeme, paloma, que yo te escribiré.
Cuando me falte sangre con zumo de clavel, y encima de mis huesos de amor cuando papel.
Por el mes era de mayo, cuando hace la calor, cuando canta la calandria y responde el ruiseñor, cuando los enamorados van a servir al amor, sino yo triste, cuitado, que vivo en esta prisión, que ni sé cuándo es de día, ni cuándo las noches son, sino por una avecilla que me cantaba al albor. Mátemela un ballestero, ¡déle Dios mal galardón!