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Sumario:

Hechicera es, aqui, esta señora
De viaje a Muisne I
Cotilleo visual
Dama Dama.
Carta a Lucilo
Por tierras de los hunos (Atila)
Enqi y el orden del mundo
Camino de Nambija
Peregrinación a Roma I

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Son pocas las veces que una sospecha se ve confirmada por posteriores hallazgos. Esto ocurrió con la estatuilla de marfil de mamut que Absolon desenterró, en el año 1936, en el estrato inferior de la estación cuaternaria de Dolni Vestonice, en los montes Palau de Chequia (Checoslovaquia entonces).
Sólo bajo circunstancias extraordinariamente favorables pudo conservarse, sin daño, a través de los tiempos. Cristales de cal incrustados rellenaron los delicados trazos en el marfil y, de ese modo, impidieron que las raíces de las plantas la invadieran y la desintegraran. Absolon pudo, finalmente, disolver los cristales protectores. De esa forma, pudo contemplar los detalles de la cara. ¿Por qué, se preguntaba, junto a tantas figuras femeninas abstractas se había creado, aquí también,  un retrato tan realista? ¿Representaba a una mujer o a un hombre,? El elevado peinado  podría entenderse también como un tocado para cubrir la cabeza. Curiosamente, la parte izquierda de la cara estaba deformada y caído el lado izquierdo de la boca. ¿Podría tratarse de la representación de una persona concreta, con parecido al retrato?

Esta misma pregunta se hizo el prehistoriador  checo Bohuslav Klíma en el caso de un hallazgo procedente de un gran habitáculo en la parte alta del asentamiento. En el año 1948 descubrió allí un segundo rostro humano, grabado en una esquirla de marfil de forma ovalada. Los ojos, nariz y boca están profundamente gravados en la alisada superficie; el gravado da una fuerte impresión de que se trata de una máscara, y no se pudo determinar si se trataba de un rostro femenino o masculino. También, sin embargo, este rostro está marcado por una mejilla caída y el ojo izquierdo y la parte izquierda de la boca están fuertemente caídos.

Cuando, en 1948, en la parte baja de la estación se descubrió un enterramiento de una mujer no se podía sospechar que podría arrojar nueva luz sobre estas dos figuras. El enterramiento había permanecido intacto casi milagrosamente, pues se encontraba a sólo 10 cts. debajo del piso de un camino muy usado, en tiempos, por los habitantes del lugar. Durante las excavaciones de Absolon, en el año 1927 se protegió, por casualidad, al echar sobre la sepultura un metro y 30 cts. de tierra, procedente de las excavaciones realizadas en las inmediaciones. Ello resultó providencial en un doble sentido. Si se hubiera descubierto entonces el esqueleto, hubiera corrido la misma suerte que el resto de los hallazgos, que fueron trasladados a Mikulov y ardieron. De esta manera, al menos, sirvió para reponer en parte los hallazgos anteriores destruidos. También se revelaron ventajosos los avances de las técnicas de excavación en su desenterramiento; ya que los restos se conservaban relativamente mal, fueron extraídos en un bloque y, recubierto éste con escayola y trasladados al laboratorio donde, con toda tranquilidad, se pudo, separar y conservar cada uno de los huesos. La mujer había sido enterrada con sumo cuidado; estaba colocada sobre su parte derecha, con las piernas fuertemente dobladas y, probablemente, atadas; el antebrazo derecho descansaba sobre el vientre, y el antebrazo izquierdo tocaba su espalda. El cuerpo había sido tapado con dos omóplatos de mamut; el que cubría la cabeza y el cuerpo tenía en la parte de abajo una tupida red de líneas gravadas, a las que B. Klíma atribuye importancia cúltica. Sobre la sepultura se colocaron partes de la caja torácica del mamut a modo de piedra sepulcral. Con la muerta se habían enterrado algunos objetos de pedernal; en su mano izquierda se encontraban huesos de falanges y del tórax de un zorro polar y, en la derecha, diez dientes del mismo animal; parecidas ofrendas se encontraron en el enterramiento masivo de Predmostí; quizá era el zorro un animal totémico, o debía servir como alimento a los muertos. La cabeza de la muerta fue recubierta con una capa de barro muy coloreado de rojo. Otros hallazgos de esqueletos en otros lugares confirman que los hombres prehistóricos pintaban o restregaban con ocre a sus muertos.
Con seguridad, el rojo era el color de la sangre, el símbolo de la vida.
El cuidado en el enterramiento permite concluir que aquí fue enterrada una importante personalidad; una mirada de los arqueólogos podría aclarar por qué esta mujer fue tenida en alta estima; su quijada izquierda estaba muy deformada, a causa de un proceso patológico; también la parte izquierda del cráneo mostraba una malformación; a causa de su rostro deformado pudo ser vista esta mujer con cierto temor supersticioso y como un ser marcado y superior. Es probable que sirviera de modelo para la figura realista que descubrió Absolon en el mismo nivel cultural en el que fue descubierta la sepultura. Muchos años de la muerte de la mujer, los cazadores de mamuts volvieron a gravar este rostro, pero ahora sólo era conocida por tradiciones míticas y de ceremonias religiosas en las que determinados antepasados, representados con máscaras, pudieron jugar un papel importante.


Los hallazgos de Dolni Vestonice coinciden con la opinión de que, en las sociedades primitivas, las mujeres tenían más derechos que los hombres, que todos los miembros de la comunidad estaban sometidos a un orden matriarcal, como se sabe de los indios norteamericanos Irocos, de las islas Papúa, de las Melanesias y de otros pueblos. Según este orden, los niños pertenecían a los consanguíneos de la madre. Ya que, al parecer, eran las competentes de las acciones rituales de los hombres paleolíticos, pudo haber sido una hechicera, también, la habitante de la "casa del hechicero" de Dolni Vestonice.
Como en toda ciencia, también en arqueología se mejoran los métodos de trabajo, se consiguen cada vez más experiencias y conocimientos y se tienen en cuenta otros aspectos de la investigación. Desde las imperfectas excavaciones del siglo XIX, la prehistoria ha perseguido mejores procedimientos, con el fin de conseguir, en un trabajo conjunto con otras ramas de la ciencia, una visión lo más exacta posible de la historia del género humano. En los años veinte y treinta del pasado siglo XX las excavaciones de Absolon en Dolni Vestonice fueron importantes empresas, que se contaban entre las de más alcance de Europa. Una o dos décadas después se
volvió a trabajar en la misma estación de manera completamente distinta; se evitaron los viejos errores y se acumularon nuevas experiencias.  

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Hacia Muisne
10-11-07

Venta en el autobús

       Escribo esto en Las Peñas, norte de Esmeraldas, el jueves día 15-11-2007.

El sábado, 10-11, me fui a Alto Poma.                                                                                             Tomé por la mañana un autobús a Ibarra, capital de la provincia de Imbabura para, desde allí,                   coger otro con destino a San Lorenzo (Esmeraldas), que pasa por Alto Poma. Me descuidé un                      poco y no me dí cuenta de que habíamos llegado a Ibarra, por lo que seguí en el autobús                             rumbo a Tulcal, la capital de la provincia de Carchi, que linda con Colombia, razón por la que                           puede resultar peligroso viajar por allí, pues es sitio por el que danzan las FARC. Cuando vi                        algunos letreros que decían “Carchi, la provincia ganadera”
pensé que, posiblemente, ya había pasado Ibarra, y pregunté al cobrador-revisor
que cuando llegábamos a Ibarra (ya habían pasado unos 30-40 Km.). Éste me dijo
que ya hacía rato que habíamos pasado por Ibarra, pero que no me preocupara,
que me bajara del autobús, que antes de cinco minutos pasaría algún autobús y
podría desandar lo andado de más. A los dos o tres minutos de habarme bajado,
vi que venía un autobús, que paró a mi señal y en el que me subí hacia Ibarra.
En Ibarra llamé a Mª Alberta S., quien me dijo que su marido estaría en la finca
ese fin de semana, que al llegar a Alto Poma preguntara por “Gucho” y su nuera
Meri. Antes, me había dicho la vendedora de billetes en la estación de Ibarra
que en Alto Poma no había pensiones ni hoteles, pero que me podría quedar en alguna                              casa particular.     

Cacao al sol  

                                                                                                                                                   Cuando llegué al pueblecito pregunté por “Gucho”, en la
primera casa que vi, en cuyo zaguán había tres o cuatro niños –y alguno más que
llegó después-, que no hacían nada más que pedirme que les hiciera fotos. La
mujer de la casa me dijo que no sabía quien era Gucho y que la Meri se había ido
a vivir a San Lorenzo. La mujer me dijo, también, que le hiciera una fotografía
a su hija de unos dos años, que se echó a llorar cuando vio que me acercaba a
fotografiarla; le tuve que dejar la cámara de fotos a uno de los niños y así se
pudo hacer la foto. Estando en esto, alguien dijo que estaban allí “Agucho” y su
hijo y que venían hacia nosotros.
Luego, me fui con Agucho (José Agustín), que me llevó a su casa y me presentó a
su mujer. En esta casa vivían, en realidad, su hijo con su nuera y dos nietos y
una nieta. Agucho y su mujer vivían en la casa de la finca de Mª Alberta y
Leonardo, a más de una hora andando de allí, aunque se habían cambiado para ser
el matrimonio mayor los que nos atendieran tanto a mí, como a Leonardo que
llegaría el día siguiente. Hasta entonces no había visto ninguna casa como
aquella; si vi alguna por la carretera, o no reparé en ella o pensé que se
trataría de almacenes, graneros o algo similar, al estilo de los hórreos, aunque más grandes.          

    Toronjas                                             

                                                                                                                                                         La casa –y todas las del pueblo- es de madera, menos el tejado que
es de chapa galvanizada ondulada, que ha sustituido a las cubiertas de hojas de palmera                               y otras plantas, con las que se cubrían antes las casas. Están construidas sobre pilares                               de madera, elevados del suelo unos 60 o 70 cm.; sobre estos pilares
se clavan los travesaños horizontales sobre los que se clavan, a su vez,  las tablas
del suelo (todas las maderas, tanto postes, como travesaño o las distintas tablas
están cortadas con motosierra y algunas casas están hechas de un solo árbol).
En esta plataforma se colocan los postes verticales, a los que se clavan travesaños
inclinados para su sujeción y, por fuera de estos postes y travesaños van clavadas
las tablas que constituyen las paredes de la casa. La casa tiene un zaguán o porche
cubierto desde donde se accede a la vivienda propiamente dicha, a través de una
estrecha puerta hecha también de tablas cortadas, como todas, con motosierra; al
fondo de la casa, hay otra puerta similar por la que se sale al corral y a una caseta
aislada que hace de cuarto de aseo.
Ya dentro, cerca de la entrada, a la izquierda, hay una mesa mediana pegada a la
pared con cacharros varios, que es en la que yo cené. Cuando llegamos a la casa,
Agucho le dijo a su nieta que fuera a casa de  ....... a comprar un pollo. La cena y la
comida del día siguiente consistió en un guiso de caldo de pollo con cebolla picada y
alguna cosa más y una tajada de pollo. El plato – la tajada de pollo y el caldo-
estaba muy bueno; en otro plato me sirvieron arroz blanco y un verde (plátano)
cocido. Cuando me pusieron los dos platos, me dijeron que me sentara a cenar, yo
les dije que si no comían ellos conmigo, pero al darme cuenta de que en la mesa
no cabíamos todos, les dije que si ellos iban a comer después. Ellos me insistieron
en que me sentara y comiera. Cuando iba por la mitad, ellos se sentaron en el
suelo, cada uno con su plato de arroz y su cuchara, y empezaron a comer. Vi que
sólo el plato de Agucho tenía carne de pollo; los de su mujer y nietos sólo tenían
arroz blanco y un plátano cocido; no sé si tenían algo de caldo del guiso o no.
Debajo de la repisa, encimera, en la que cocinaban, que estaba al fondo, a la
izquierda de la casa, tenían dos ramas de plátano verde, una con plátanos algo
amarillos ya y la otra verde del todo.
Antes de cenar, dimos un paseo por el pueblo y nos acercamos al borde de un
valle, desde donde se podrían ver hermosas vistas, sin embargo no pudimos ver
nada, porque el valle estaba lleno de niebla.
No sé si en la parte donde estaba la cama de matrimonio habría algún armario o
arca para la ropa, etc., pero en otro sitio no había nada. Todo el techo de la
casa y del portalillo de la entrada estaba lleno de cuerdas llenas de ropa tendida,
como si hubieran terminado de lavar y hubieran tendido la ropa, pero la ropa estaba
seca y no la retiraron en los dos días que estuve allí; yo creo que la tenían allí e iban
cogiendo las distintas prendas, según las iban necesitando.
El clima era estupendo. Todos dormimos vestidos y con una ligera cobija (manta)
por encima.
Por el día, la única luz que había, si estaban cerradas las puertas, era la que
entraba por las rendijas de las tablas de las paredes; me di cuenta de ello el
domingo por la mañana antes de levantarme.
Después de cenar, estuvimos viendo unas películas en la tele y escuchando
canciones mejicanas de mariachis durante un rato, luego estuvimos hablando de
por allí y de España. La televisión no se veía a pesar de que sí tenían
electricidad, y solo la usaban para poner discos de películas o canciones.
(Estoy escribiendo esto en un restaurante de Las Peñas, una especie de
chiringuito o  choza abierto al mar; he comido un plato de pescado apanado con
algo de ensalada como guarnición, plátano verde frito y arroz blanco, y me he
bebido dos coca-colas). En Alto Poma dormí muy bien y me levanté a las 8 horas,
aproximadamente. Oí que Agucho se fue pronto y, luego, se levantó su mujer que
estuvo  enredando con los cacharros de la cocina y calentando agua para el
desayuno. Ni yo ni nadie nos lavamos. Le pregunté a la mujer (ya no me acuerdo
del nombre) si su marido se había ido a su trabajo y me dijo que no, que había
ido a alquilar  el truque; aunque me lo dijo dos veces, no comprendí lo que me
decía. Luego, mandó a su nieto pequeño a por “tucal” y yo me fui con él a varias
tiendas. El nombre del nieto era muy raro y ya lo he olvidado. En una de las
tiendas le dieron unas galletas, pues tampoco tenían “tucal”. Antes le había
preguntado al nieto que qué era tucal y no me decía nada (no sabía qué era);
cuando le pregunté alguna vez más, me dijo que era para la colada. Como la
tendera le dijo que no había tucal, pero que se llevara unas galletas que tenía,
el Wilson ( algo así se llamaba, pero otra cosa) cogió las galletas y nos
volvimos a la casa; pero, si sí, su abuela cogió un cabreo de mil demonios y lo
obligó a volver a la tienda a devolver las galletas. En la tienda tenían unas
linternillas con varios cabezales para rayos finos, gruesos, mariposas, etc. y
le compré dos, una para él y otra para su hermana. También le compré unas
galletitas muy pequeñas que decía que estaban muy buenas. Como no había tucal
que resultó ser la marca de unos panecillos para el desayuno, pues desayuné un
panecillo duro y café soluble en agua caliente. No tenían leche. (Acaba de pasar
al restaurante un matrimonio joven con una gancha preciosa de plátanos –verdes-;
le han dicho a la dueña que si la quiere por 1,50 dól., y se la ha quedado – no
sé los plátanos que tendría la rama, pero más de 20, con seguridad). Sigo:
cuando regresó Agucho fuimos a dar otro paseo y, al poco, me dijo: vamos, vamos
que ya ha llegado Leonardo. Eran las 9,30 horas, aunque había dicho que llegaría
a las 10. Después de saludarnos, nos preparamos para ir a la finca. Yo ya había
comprado unas botas de goma, pues me habían dicho que era el mejor calzado para
andar por el monte; yo había intentado comprar unas zapatillas de lona, pero no
tenían, por suerte. Así, nos dirigimos al truque.
Por la orilla del poblado pasaba una vía del tren que había sido abandonada
hacía ya tiempo a causa de desprendimientos de tierras que derribaron varios
puentes. En la vía, junto al pueblo, había una locomotora de aquel tiempo,
abandonada, que usaban los madereros para trasportar los tablones y demás
madera, después de ponerle unas baterías y no sé qué más. Los tablones eran de
20 x 10 cm. cortados con motosierra. Todas las casas estaban hechas con
largueros de 10 x 10 cm. y tablas de 2-3 cm. de grosor, todo cortado con
motosierra. El truque (del inglés truck?) era un cuadro de hierro con cuatro
ruedas adaptadas a los raíles de la vía del tren y se deslizaba por ellos
ayudándose de una pértiga o lata para ir impulsando el truque. Sobre el cuadro
de hierro, y sin ninguna sujeción, se ponían unas tablas y sobre ellas íbamos
los viajeros. El que llevaba la pértiga era el hijo de Agucho y, de vez en
cuando, tomaba carrerilla y también él se subía al truque. La ida hasta la finca
tenía una ligera pendiente, por lo que el truque se deslizaba bastante bien, sin
necesidad de hacer mucha fuerza para que caminara. Este viaje por los raíles fue
una experiencia muy buena; la vegetación es espectacular, como me imaginaba que
podía ser la selva. Paramos tres veces, una para ver una serpiente que había
matado Agucho (culebra verrugosa), que era muy venenosa; era de un metro y pico
de larga y bastante gruesa, según Agucho estas culebras enroscan la cola en las
ramas y se lanzan con el resto del cuerpo a por la presa y, por eso, pueden
resultar más peligrosas, si se las molesta y no se descubren a tiempo; otra vez,
paramos a ver otra culebra negra que estaba en un arbusto; ésta era bastante
fina, pero también de un metro y pico de larga. A las dos les hice fotos. La
tercera vez paramos y Agucho subió a una casa a recoger una escopeta que parecía
del siglo XVIII o así, por si nos tropezábamos con algún animal de caza .....
Por culpa de las pilas no pude hacer muchas fotografías. La parte alta de la
finca, la que está junto a la vía del tren está de pasto, con mucha hierba,
barro y charcos (sin interés). Allí estaba la casa de madera con dos plantas,
pero como todas. Un poco más abajo empezaba el bosque, por el que solo se podía
andar por una senda, a tramoss con trozos de madera cruzados para no hundirse en
el barro. Aquello sí era bosque de verdad. Según me dijeron, llueve casi todos
los días del año. Agucho iba delante con el machete cortando plantas de vez en
cuando para poder pasar. No se podía uno salir de la senda de tanta vegetación
que había; así estuvimos bajando durante un buen rato hasta que llegamos al río
Baltazar que hacía de lindero de la finca por aquella parte. El río no era muy
grande, pero tenía muchos rápidos; si hubiera estado en España hubiera sido un
río muy truchero. Allí abajo había bastante oscuridad pues, también al otro lado
del río, había montaña con vegetación primaria, como la llaman allí, y la luz
tenía dificultad para entrar con tanta vegetación. El regreso a la casa de la
finca fue algo más pesado, pues la cuesta era hacia arriba. Cruzamos algún
riachuelo del que Agucho nos dio agua clara en una hoja. La casa, como todas las
de por allí, es de madera y tiene dos plantas (la primera es donde vive Agucho y
la segunda la tienen para si van de visita los dueños). Como ya estábamos algo
cansados, no fuimos a ver la cascada de 10 metros que se encontraba en otra
riachuelo de la finca. Luego estuve arrepentido de no haber ido a verla.
Para el regreso, ya que la vía estaba algo cuesta arriba, uncieron un caballo
para que tirara del truque y todos nos subimos en él, menos Agucho que iba
montado en el caballo. Tanto a la ida como al regreso vi muchísimos árboles
sobre cuyos troncos y ramas crecían muchísimas planta, algunas con unas hojas de
cerca de un metro de largas. Agucho empezó a arrear el caballo para que corriera
el truque y éste con el trote ligero iba salpicando barro con sus pezuñas a
Leonardo y al hijo de Agucho que iban sentados delante, de tal manera que
tuvieron que ponerse de pie sobre el truque para no llegar al pueblo
embadurnados de barro hasta los ojos. Yo, que iba en la parte trasera, aguanté
sentado todo el viaje. Regresamos a las 13,30 horas y, después, nos pusimos a
comer (lo mismo que el día anterior). Después de comer, el hijo de Agucho y yo
regresamos en el coche de Leonardo a Quito, deteniéndonos antes en Lita, un
pueblecito a unos cinco o seis Km. de Alto Poma, algo mayor que éste. Me
llevaron a ver la unión de los ríos Lita y Mira, que, desde aquí, forman el río
Blanco. Fue espectacular, fuera de serie. Había una estación  de tren que la
habían reparado, según me dijeron porque el trayecto hasta Lita lo querían
rehabilitar con un tren turístico. Había, también un puente colgante y un túnel
cuya salida daba a la provincia de Carchi. Había varios árboles frutales
rarísimos, amén de una vegetación verdaderamente salvaje. Allí confluían las
provincias de Imbabura, Esmeraldas y Carchi. La vegetación era insultante. De
regreso paramos en una ciudad, cuyos helados de paila eran famosos y nos
comimos  unos muy buenos, todos de fruta fresca.

Helados de paila


Lo vivido en Alto Poma, con sus gentes y paisajes, fue mi primera y hermosa aventura                                 en Ecuador.
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Notas escritas después del relato.
1.- Todas las fotografías que hice durante mi primer viaje a Muisne se evanescieron,
      junto con la cámara de fotos, en algúna tienda o restaurante de Quito, por lo                                      que no pude cumplir la promesa de enviarlas, una vez reveladas, a aquellos a los  que                                  se las prometí.
2.- Después de algunos días, me entretuve en contar de cerca, aunque no con toda
     exactitud, las unidades que podía tener un racimo de plátanos similar al que
     había vendido la pareja de jóvenes en el restaurante de Las Peñas por 1,50
     dólares. Tenía más de cuareta plátanos.
3.- En Ecuador -y me imagino que en cualquier país de América Latina- se oyen y
     se aprenden bastantes palabras españolas que en España ya no usamos, al                                     menos en conversaciones corrientes. Pués bien, a pesar de que he escrito que el
     "Wilson" no sabía qué era el "tucal" porque me había dicho que era para la
     "colada", pues resulta que "colada" es lo mismo que "colación", es decir que
     en Alto Poma usaban un vocablo castellano, cuyo significado yo -con mis                                        estudios y todo- desconocía. La colada era el desayuno.
4.- La paila es un recipiente de bronce con dos asas en el que se hacen
     artesanalmente los helados. Antes, las pailas servían también para preparar
     detarminados gisos. No lo sé, pero opino que puede tratarse de una
     adaptación local de la palabra valenciana "paella", es decir sartén. El caso es
     que la paila se coloca, sumergida casi hasta el borde, sobre un lecho de                                          trozos de hielo y en ella se vierte la fruta triturada que se remueve sin parar                                            hasta que se hace consistente y puede servirse de la forma que conocemos en                                        España los helados. Según he sabido después, antes, en Extremadura se hacían                                            así también los helados, para lo que bajaban el hielo de las sierra de Gredos.                                         Curiosamente, antes, en Ecuador también subían a los "nevados" (los volcanes                                             cuyas cimas están cubiertas de nieves perpetuas) a cargar hielo que, luego,                                                 vendían en las ciudades de la sierra ecuatoriana.                                                                                   Después de escribir esta nota 4ª he escuchado, en un programa de radio, que en                                 Puente del Arzobispo se usaba una vasija relacionada con la producción de cerámica                                  (no sé si para triturar minerales para el color o tenía otra función) que tenía por nombre "paíla".                                                     


+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+



DesdeOlmedo,
El Odio en TBO
Se dice que los niños son crueles.
Muchos mayores lo son bastante más.
Mira, si no.









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"Estoy absolutamente tranquilo"                                                                                                    declaró visiblementen nervioso                                                                                                 (El País, 23-07-2009, en referencia a Luis Bárcenas)

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DAMA DAMA (El gamo blanco)

 Durante varias tardes me fui a leer a la tienda que había instalado en lo alto del Cerro del Tesoro, en un lugar de la Sierra, (de cuyo nombre bien que me acuerdo, aunque no lo diga) con el fin de comprobar si ya berreaban los ciervos.
La tienda la había plantado para quedarme a dormir, si me daba por madrugar algún día y comenzar a seguir a los ciervos berreantes con las primeras luces de la mañana, sin que el ruido del coche pudiera ahuyentarlos o, quizá, enmudecerlos. Releí algunas de las leyendas escritas más antiguas que existen, recopiladas por J. Bottéro y S. N. Kramer en el libro “Cuando los dioses hacían de hombres”, entre ellas la leyenda o mito de Anzo, el león-águila que aparecía cuando los truenos y las tormentas y que había arrebatado a los dioses la tabla de los destinos, y ordenaba a las flechas (que le lanzaba el dios Ninurta en un intento por vencerlo y recuperarla) que volvieran al cañaveral de donde procedían, o a la madera del arco, que volviera a los arbustos del monte de donde había salido, a la cuerda del arco, que regresara al espinazo del carnero al que pertenecía, y a las plumas de las flechas, que volvieran a los pájaros de los que habían sido arrancadas. No cabe duda que hace cinco mil años todavía se tensaban los arcos con cuerdas hechas con los tendones que cubren los lomos de los carneros. 

Cuando ya los ciervos empezaban a berrear por la tarde, aunque todavía poco, me fui después de comer a mi casa de campo provisional, con la intención de quedarme a dormir cuando regresara del recorrido que pensaba hacer por la tarde; descubrí, ya en la tienda, que había olvidado las medicinas, una de las cuales me ayudaba a dormir, pero ya estaba todo tan preparado que decidí quedarme a dormir aunque fuera sin la medicina en cuestión.
Serían las cinco de la tarde cuando agarré, como dicen los argentinos, el rifle y me eché a andar por el monte, cuesta abajo, rumbo al Sureste; iba bordeando los distintos cerros, asomándome con cuidado a los vallejos, barrancos y laderas contrarias, en la esperanza de sorprender a algún ciervo (cosa realmente difícil, ya que son ellos –o ellas- los que, casi siempre, te descubren antes a ti), pues todavía era temprano para que berreara alguno. No vi ningún animal antes de que berreara el primero en la Loma Larga, en la que me encontraba y que se extiende de Levante a Poniente, pasadas ya unas dos horas desde que había echado a andar; el ciervo había berreado hacia el Poniente, lo que indicaba que no podía olerme por mucho que me acercara, dado que el aire venía del ciervo hacia mí. Como había berreado lejos empecé a caminar deprisa por la loma hacia el Oeste para acercarme lo antes posible a donde, presumiblemente, se encontraba; cuando ya me iba acercando me detuve en dos claros del monte, tapándome lo mejor que podía con enebros, pimpollos u otros arbustos, a esperar a que alguno se asomara desde la espesura, o volviera a berrear el que se había callado, si bien este ciervo no volvió ya a cantar, con lo que decidí continuar andando pausadamente, observando todos los rincones que iban apareciendo ante mi vista; ya no recuerdo si iba andando o estaba parado a la entrada de un claro que se alargaba a mi frente-izquierda, cuando me pareció que algo se había movido al final del claro, junto a un gran pino rodeado por un enebro, también grande. Sin quitar la vista del pino vi que, efectivamente, algo cruzaba por detrás del enebro y pensé que podría tratarse de un ciervo, pero también de una persona: un pastor, un buscador de hongos o alguien que estuviera de caza, como yo, pero pronto salí de dudas; era un ciervo blanquecino con una cornamenta muy alta, aunque no parecía muy ramificada. Eso creí yo, porque al poco cambió el rumbo que llevaba y se dirigió hacia donde yo estaba, comprobando entonces que se trataba de un gamo con unas palas extraordinarias. Nunca había visto un gamo tan enorme y no me podía creer que viniera hacia mí andando pausadamente.


Entre el claro del pino donde lo vi y otro pequeño más a la izquierda, pero cercano a mí, había una franja de monte estrecha y larga de pinos y matorrales que dividía los dos claros y terminaba a unos pocos metros de donde me encontraba. El gamo tenía que salir, forzosamente, al pequeño claro de mi izquierda o, si seguía la franja estrecha de monte, tenía que encontrarse conmigo a diez o doce metros de distancia, aunque esto último no era probable, dado que la franja de monte parecía bastante espesa para caminar por ella. Con los nervios de punta por todo el cuerpo, puse la rodilla derecha en tierra detrás de un pinillo de menos de un metro de alto y unas alrreras (matas de agracejo) y esperé a que el gamo blanco saliera al claro o se me echara encima, si venía por la lista de monte aludida. Pronto asomó su enorme cornamenta por el claro de mi izquierda; en ese momento me eché el rifle a la cara, con tan mala suerte que se me disparó antes de intentar, siquiera, mirar por el visor (con los nervios había puesto el dedo en el gatillo y, sin saber cómo, ....). No me lo podía explicar. Al gamo (Dama Dama) no le dio tiempo de salir a lo limpio y se quedó inmóvil con medio cuerpo en la espesura y con la cabeza y el pecho al aire, en el claro; miraba para todos los lados en un intento por descubrir de donde podría venirle el peligro, pero no me descubrió; estaba tan cerca que yo tampoco me podía mover, sin ser visto, pues el movimiento –junto con el aire- es lo primero que detectan estos animales tan majestuosos.
Con sumo cuidado levanté el cerrojo y lo llevé hacia atrás y, luego, hacia adelante arrastrando una bala de la recámara al cañón sin hacer, prácticamente, ningún ruido; bueno, eso creí yo, pues la bala se quedó en la recámara sin que yo me diera cuenta y, por tanto, no podía salir por el cañón por mucho que yo apretara el gatillo; después del primer intento, bajé el rifle para respirar hondo y tomar aire, pues pensé que la bala no había salido por algún raro motivo; por segunda vez apreté el gatillo y, entonces sí, oí que el pistón hacía el ruido propio de cuando falla, cuando da al aire, y es que la bala no estaba allí. En aquella situación desesperada vi como el gamo no dejaba de mirar a donde yo estaba; sin duda, con los ajetreos de cargar el rifle, debí mover el pimpollejo detrás del que me refugiaba y el gamo debió ver que allí había algo raro, pero no se movía ni dejaba de mirarme; como pude intenté cargar el rifle de nuevo sin hacer ruido pero, en el momento de intentar agarrar la bala con el cerrojo para pasarla al cañón, se produjo un ruido inevitable que hizo que el gamo blanco saliera como una bala (él si que no falló) hacia el interior del pinar, como dice la canción, “buscando en el monte amparo”. Ya no lo vi más. Aunque no podía vérmela, seguro que mi cara tuvo que quedárseme como la de un tonto.

¡Qué se le iba a hacer!, me dije y, después de recomponerme un poco, seguí mi andadura por aquella Loma Larga, pensando que a algunos cazadores, en lugar de cobrarnos por cazar, nos debían pagar por contribuir a la propagación de las especies venatorias.

Me dirigí, entonces, hacia el pie de la Solana del Muladar en la dirección que llevaba, es decir, hacia el Poniente, con el propósito de esperar, detrás de algún arbusto, a que me quisiera entrar algún ciervo, pues por allí se estrechaba el monte y era paso propicio para ciervos y ciervas que se encaminaban a los pastos y claros de Hoya Negra, un lugar querencioso y amplio de concentración de los animales, donde gustaban de berrear, comer, luchar y aparearse.
Después del episodio del gamo, creo que toquiteé el cerrojo, las balas y la recámara y me eché a andar en la creencia de que el rifle quedaba dispuesto para un nuevo lance que se me pudiera presentar. Al fin, cuando ya me acercaba al sitio de destino, berreó un ciervo detrás de mí, a la izquierda y algo desviado del lugar al que yo quería llegar; entretanto, ya había cambiado el aire, que ahora soplaba hacia el Poniente, por lo que él me echaba el aire a mí y no podía, por tanto, olerme; elegí unos enebros junto a un pino que había a mi izquierda y allí estuve esperando un buen rato, vuelto hacia donde venía el ciervo, pero ya no volví a oírlo; yo creo que torció el rumbo y se cambió a la parte del monte que desembocaba en el paso al pie de la ladera del Muladar, el caso es que, al poco tiempo, oí que berreaban dos ciervos en dirección aproximada a este estrechamiento, por lo que aligeré el paso para colocarme junto a un roble al borde de un pequeño claro de monte, por el que podría pasar algunos de los dos. Cuando ya estaba llegando al roble berreó uno de ellos muy cerca de mí, todavía a mi derecha, mirando al Levante, por lo que no me atreví a dar los tres o cuatro pasos que me separaban del roble y me amagué entre unas jaras, por las que iba andando, esperando allí, impaciente, a que me entrara por la derecha. Era noche cerrada, por lo que apenas podía distinguirse un ciervo, a no ser que me pasara muy cerca, pues el claro al que estaba llegando yo, cuando berreó el ciervo, se encontraba a mi izquierda y a mi derecha había mucha oscuridad. Al poco oí que tosía un ciervo a mis espaldas y, al poco oí otra tos de otro ciervo, también detrás de mí, señal de que dos animales se me habían colado sin ser vistos y tosieron cuando les alcanzó el aire que llegaba de mí; esta especie de tos es distinta del ladrido que emiten las ciervas cuando detectan algún peligro y avisan a las demás.
Casi al mismo tiempo que tosía el segundo, oí un chasquido delante de mí, lo que indicaba que otro ciervo estaba a punto de salir al claro de mi izquierda, pues frente a mí había mucho matorral y por allí no podía seguir andando; así fue, salió al claro y se paró a los pocos pasos, cerca de mí, a unos quince metros. A través del visor podía distinguir la silueta, pero no podía ver si aquel animal era macho o hembra; el caso es que, después de la experiencia tenida con el gamo, no quería desperdiciar otra ocasión y apreté el gatillo convencido de ver, en cuestión de segundos, al gamo tumbado en el suelo; pero no, el ruido del pistón, al no encontrar bala en su camino, espantó al ciervo, que desapareció en la oscuridad, nadie sabe por donde. Por segunda vez en un mismo día pude comprobar que, después de sendos intentos de disparo, en el cañón del rifle no había ninguna bala. ¡Qué chasco!

Bueno, me dije, a lo mejor era una cierva.
Con el rifle en el hombro me encaminé a la tienda que se encontraba a unos tres kilómetros de allí, en lo alto del Cerro del Tesoro.

Aquella tarde fue, sin duda, una de las mejores vivencias venatorias, si no la mejor, que yo he tenido en mis días de caza.

Cuando llegué a la tienda cené y me acosté. No fui capaz de dormir ni un solo minuto en toda la noche, no sé si a causa de las experiencias tenidas, a la falta de la medicina o de extrañar la dura cama en el monte; quizá, debido a todas esas circunstancias juntas.
Eso sí, y remedando al poeta, “toda la noche se oyeron pasar ciervos”. Berreaban a mi alrededor por todos los costados, como si quisieran hacer burla de mí.

¡Qué noche la de aquel día! ¡Y qué tarde! Y no cuento lo que me pasó a la mañana siguiente.....

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por Antonio Mur Gimeno

¡Hola Lucilio!

Te escribo esta carta para contarte mis impresiones de mi último viaje, que ha sido al templo Zen de la Gendronniere fundado por el maestro Taisen Deshimaru en 1979  a 14 kilómetros de Blois, en los terrenos y bosques de un antiguo Château de la Loire.
Yo quería ir a algún sitio pero no sabía a donde, y estaba barajando las posibilidades de ir a Polonia, que no he estado nunca, a Hamburgo para esparcimiento, a España para comprar libros, o  al Templo Zen. Al final han predominado en mi aquellas palabras del evangelio  que repetía Ignacio de Loyola a Francisco de Javier, “de que te sirve ganar el mundo si pierdes tu alma”.De que me sirve pasar de 19 a 20 el número de los países visitados, de los 183 ó 192 que existen según el computo, si pierdo mi norte.
Cogí un billete de tren para Blois (France) en Berlín, donde vivo como tu sabes, el día 15 de septiembre del año en curso, salí por la noche y al amanecer estaba en París, en taxi fui desde la Garre de Lord a la Garre de Osterlitz, entretanto ya sé hacerlo en metro.Vine en cama en el tren por lo que llegue descansado. No tenía ninguna duda de que mi elección era un acierto, iba con gusto, con ganas, como a un lugar maravilloso de recogimiento y descanso. Al gozo con el que iba también  contribuyó  la buena acogida que dio a mi petición de plaza la encargada  de la Recepción, cuando le llamé por teléfono desde Berlín.
Llegar a Francia desde Alemania para un español es una delicia, el idioma , el clima , la comida y todo anuncia la aproximación a nuestros orígenes, compré Le Monde, y lo entendía todo como agua, nada mas con los rudimentos que aprendí en el bachillerato.

     Ya es la  tercera vez que visito un templo Zen, y en los últimos 10 años he practicado con cierta continuidad la meditación Zen como tu sabes, y como entiendo que todo esto te interesa como a mi, te lo cuento en esta carta.
     El viernes, día 16, a las 16,30 estaba sentado en mi cojín y vestido con el kimono, luego tuvimos un descanso y a las 20, 30 tuvimos la última sentada hasta las 22, en la que vimos el proceso de oscurecerse el día. Los días sucesivos nos levantaríamos a la las 6 en punto
de la mañana. En seguida vino a mí la idea, de que yo no recordaba que esto era tan duro, e inmediatamente me vinieron dudas sobre si sería capaz de resistirlo. Me acordé de las dos veces, que había visitado en el año 2001 los templos Zen de Sevilla y este mismo de Francia; si lo que me sucedía, parece que les pasa a casi todos, que uno no esta seguro de resistirlo.
    Se trata de una vida espartana, austera, donde uno está muy en contacto con la naturaleza, donde se ve amanecer y anochecer, donde se come una comida sanísima, en base a verduras, sopitas de arroz, zanahorias, mucho té, y donde no creo que nadie engorde, aunque no se pasa hambre; se come con mucho apetito.
    El silencio yo no veo que sea tan extremado como el de los benedictinos o los carmelitas, pues la regla primera de San Benito dice: “No hablarás de nada, ni de las cosas buenas, ni de Dios.”
En el templo Zen se come en silencio, y se interrumpe para hacer alguna oración, que yo nunca he aprendido, pero que transmite reflexiones de mucha enjundia, una de ellas “si te has ganado y mereces lo que estás comiendo”. Por lo demás las vidas monacales de las distintas religiones tienen muchas variantes. Aquí lo novedoso es que estamos hombres y mujeres.
    El budismo y en particular el Zen ha interesado a muchos intelectuales y pensadores, como por ejemplo Octavio Paz, Levy Strauss, Erick Fromm,Miret Magdalena, Ortega y Gasset, y está alineado con las opiniones de muchos otros pensadores occidentales que no lo conocieron como todos los místicos y también con Sócrates, Marco Aurelio y otros de  la antigüedad greco romana.
    Se trata de un tema que no domino y se me escapan muchas cosas, pero te voy a contar las que mas me han sorprendido.

    Aunque llevo en esta práctica más de 10 años, nunca me había planteado el ordenarme de boditsava, por lo que he prestado poca atención a las oraciones y a los ritos. Hay muchas acciones que están ritualizadas y yo las veo bien, pues el rito te exige estar atento en la realización, como por ejemplo, para entrar en el Cojo, que es el templo Zen, hay un umbral elevado un geme, y no hay que pisarlo nunca, además se entra con el pie izquierdo, y se sale con el derecho, siempre sin pisar el umbral. Yo como hacía mucho tiempo que no iba por los Dojos lo tenía olvidado, lo que no tardaron en recordármelo. Uno de los secretos de la respiración es que ésta no ha de meter ningún ruido durante las sentadas en meditación, si se te oye, te amonestarán, y así todo.
    Para que te hagas una idea, la estancia en el templo Zen, recuerda algo al colegio de los jesuitas, y un tanto a los campamentos de milicias de Monte la Reina, donde estuvimos, en el que tocaban diana con corneta, y aquí se toca con una ristra de esquillas o sonajas, que pasa un monje corriendo por todos los pabellones donde se duerme. El levantarse es algo imponente a las 6 de la mañana, cuando todavía es muy de noche. El frío, si lo hace se siente mas que en ningún otro sitio, pues aunque en las habitaciones hay radiadores, se  pasa por balconadas al aire libre. En mi casa si tengo tiempo en el water hago lo mismo que Lutero, del que se dice que leía la Biblia, el mayor jurista que hemos tenido en Navarra he oído yo que leía los Aranzadi también en el water. En la Gendronniere aunque tuviera uno tiempo no lo haría, pues no estaría calentito y cómodo. A lo largo del día se llegan a sacar unas 7 horas de meditación en silencio.Yo no te recomendaría en absoluto que vinieras a la  Gendronniere sin llevar al menos dos años de entrenamiento, pues se trata de algo mucho mas duro que los campamentos de milicias.

      Los que hemos conocido la vida militar, como tú y yo, sabemos diferenciar entre campamento de milicias y cuartel. Un cuartel, según la definición chistosa de un primo mió, es un sitio donde no se hace nada , pero muy temprano, y bien en eso el Templo Zen de la Gendronniere se podía comparar con un cuartel, mas que con un campamento, pues un Templo Zen es un sitio , donde no se hace nada pero muy temprano. En los campamentos se hace gimnasia todos los días, instrucción, desfiles, marchas nocturnas, clases de topografía, tiro, y
un largo etcetera, que dejan a los mozos rendidos, y les obliga a llevar la cuenta de los días que faltan para terminar, cantando y gritando después del toque de puesta de sol ¡un día menos!
En cambio en los cuarteles están los soldados instruidos, y aunque se los mueve un poco, no se les da el tute de los campamentos, por cuanto esos soldados son el retén, como si dijéramos , por si hay guerra, o algo que hacer, pero cómo eso sucede rara vez, en los cuarteles, como los bomberos, se pasa el tiempo. Los oficiales y suboficiales en sus respectivas cantinas juegan a las cartas y beben, y yo supongo que debe ser parecido en todos los países del mundo.
      De la gente que visitamos los templos Zen, se dice que no hay jerarquías, y que todos somos iguales, aunque yo distingo varios grados, el primero es el maestro, llamado Godo, luego vienen los monjes, luego los bodisatvas ordenados, luego los practicantes buenos, y por último los practicantes con dificultades. Para los que no resisten a la perfección hay un espacio alargado en forma de pasillo, separado del templo por una valla de tela de un metro, ese espacio se llama el Gaitán. Yo te confieso, que me he instalado casi siempre en ese espacio, que generalmente suele estar concurrido, por gente que sencillamente no pueden adoptar esa postura de medio loto sobre un cojín, que se llaman zafú.

      Verdaderamente no sabemos nada de nada, y ni si quiera sabemos si el mayor delito del hombre es haber nacido, pues acerca de esta práctica también hay dudas, aunque yo diría que es la práctica mas centradora y tranquilizadora que conozco, de tal manera que uno se sienta allí a meditar, y se levanta con un estado de conciencia distinto, mas centrado, a veces con cierto gozo, muchas veces se levanta uno en silencio y no tiene ganas de hablar, algunos sonríen, en todo esto  están de por medio las endorfinas producidas por el cuerpo, en fin que se encuentra uno bien, y ¿qué más quiere?
      No hace falta ser un gran psicólogo para percibir que debajo de los kimonos de los monjes, boditsavas, y de los principiantes está en ebullición el hombre con todas  sus miserias, con su envidia, celos, amor, deseo, resentimiento, nacionalismo. A algunos nacionalistas, después de 15 años de práctica se les sigue notando, y a los que no lo somos ellos también nos lo detectan.
      Cuenta Ortega y Gasset, que cuando Beaudelaire regresó de viajar por todo el mundo a Paris le preguntaron, que  cual país  escogería él para vivir, a lo que contestó que “cualquier país sería bueno con tal de que estuviera fuera de este mundo”. Y así sucede, que de las posibilidades que se le pueden ofrecer a un hombre no son infinitas, voy a ponerles un número, según se me ocurran: 1º Ir a una playa. 2º Ir a un monasterio. 3º Ir a un Balneario. 4º Ir al monte. 5º Hacer un viaje cultural.6º Hacer una peregrinación a pie.7º Dar la vuelta al mundo. 8º Ir a las islas Boga-Boga.9º Hacerse farero. 10º Realizar una actividad profesional con vocación. 11º Ayudar a alguna madre Teresa. 12º Dedicarse al arte.

Quizá lo que más nos cueste, sea el no hacer nada.
       Colcha es una monja Zen de Cáceres, que he conocido en la Gendronnière, tiene unos 63
años, a los 21 era doctora en medicina, luego se hizo cirujana, profesión que ejerció   en Inglaterra, mas tarde se hizo siquiatra, sus calificaciones académicas fueron extraordinarias, me comentó que en sus tiempos floridos estuvo con Emilio Fiel en la Comuna de Lizaso, fue discípula de Antonio Blay, al que escuchó personalmente . Se fue a la India y visitó el Ashram de Aurobindo, durante 9 meses, aunque no conoció  al maestro porque ya había muerto. Me dice que en una Seshin en Barcelona estuvo siete horas en meditación sin moverse, cosa que no logra nadie. Además se ha sicoanalizado durante años. Verdaderamente, que señora tan interesante. Ella opina que el conocer distintas disciplinas es complementario, lo que yo también pienso, y aunque la señora sabe tanto, me pareció que le faltaba formación bíblica y literaria. Le pregunté si cuando estaba hablando conmigo, lo hacía con centramiento y me dijo que sí, aunque yo no le noté nada especial. Cuando terminaron los ejercicios de meditación, que se llaman Seshin, fuimos Colcha y yo a Auzein, que es un pueblo situado en las proximidades de la Gendronnière  y nos concertamos bastante bien. Al día siguiente me propuso ella que fuéramos a Blois , que está a 14 kilómetros a dedo, eran los últimos días del verano y el tiempo era muy bueno, salimos los dos contentos, el robledal es precioso, también tiene hayas y abedules. Uno no puede llegar a todo y Colcha sólo sabe que los árboles son árboles y le basta. Saliendo hacía el camino hay un magnífico cedro del Líbano, y le dije: ¿Conoces este árbol? y ella dijo: No me hables de árboles, vayamos centrados y en silencio. Con lo cual ya no dije ninguna palabra  y pensé si no tendría ella razón, pues hasta Plutarco podría haber dicho: Deja tu charlatanería y si sabes algo de árboles escribe un libro, pero no des la lata a los demás, que quizá no les interesa. Seguimos caminando en silencio, escuchando los pajarillos, yo iba detrás ella delante, y me dijo, cuando alcanzamos la carretera: No te pongas detrás mía, porque yo soy la que hago dedo  y si voy delante tu me tapas y no me ven. No nos cogió nadie. Cuando llegamos a un pueblecito situado a las orillas de la Loire, nos sentamos en la cuneta y yo le propuse a Colcha que llegando a  Blois podíamos visitar un palacio que se anunciaba como el palacio mejor amueblado de la Loire, a lo que Colcha me contestó que no le interesaban los muebles. De todas maneras esto que te cuento, querido Lucilio, no es nada de particular y sucede siempre que hay dos, y nos podía suceder a ti y a mi, incluso cambiándonos las cartas, y yo no sé si a Colcha se las podría haber cambiado.
     Colcha había venido a la Gendronnière para quedarse, pues había perdido su empleo, pero una vez terminada la Seshin, le vino un sentimiento que quizá lo debimos tener todos, y que Colcha lo formuló así: “Aquí ya no hago nada, me voy mañana”. Decidió que se iba a San Francisco, en Estados Unidos, para incorporarse a un monasterio Zen, con otros 140 monjes
                                                                                                                                          
     Todo esto me lleva a repensar el concepto ese de hacer algo o no hacer nada.
Tengo en la memoria una de las máximas de Baltasar Gracián, que después de revisar todo el Oráculo Manual no he logrado encontrar. Esa máxima, dice así: “Mas vale no hacer nada, que perder  el tiempo” Y todavía recuerdo que el tiempo se perdía con las polillas del tiempo. Ahora
bien, yo tengo muchas dudas respecto a cuales son esas polillas. En el caso del templo Zen, por cierto que se llama el Templo del No Miedo, lo que se haría sería nada en toda su pureza, mientras lo que hacen los suboficiales en su cantina en los cuarteles eso sería propiamente  emplear el tiempo en sus polillas, que consiste en jugar a las cartas , fumar y beber todo el día.
En este asunto, tu que eres campeón de jugar al subastado, quizá tendrías mucho que oponer, y dirías lo que se anuncia por Heraclio Furnier, de que el juego de cartas es una metáfora de la vida y que desarrolla la inteligencia, o que es un placer. ¿Acaso la finalidad de nuestras vidas es otra que el placer? Aun olvidando que el placer mas elevado es la práctica de la virtud. Mi abuelo José Mur , que era un intelectual, lector de Schopenhauer y otros importantes autores, para tranquilizarse hacía solitarios, para lo que en su ancianidad solía llevar consigo una barajita de cartas, dormía la siesta y todas las tardes daba un paseíto de mas de dos horas, con sentaditas en  el pedrís del arrabal, en el pajar de los peregrinos, etc., cuando en 1945 Göbels y su esposa se suicidaron, que eran del tiempo de mi abuelo, ella pasó la noche haciendo solitarios con una baraja. Hoy hubieran hecho quizá Yoga, meditación, tai-chi, Qi-gong, o cualquier otra práctica de lo que don Quijote y los griegos llamaban gimnosofismo,  o sencillamente relajación. Tu que sabes un montón del juego de las cartas, podrás informarme sobre el particular.
      Se cuenta que don Miguel de Unamuno jugaba al ajedrez con su hijo, el cual le infringía humillantes y continuas derrotas. Por lo que se oía decir a Don Miguel: “Que un  buen jugador de ajedrez lo único que ha demostrado, es que es un buen jugador de ajedrez.” O sea que uno puede ser un buen jugador de ajedrez y sin embargo también un botarate. Yo no lo sé, y no me lo parece del todo. ¿Desarrolla el ajedrez la inteligencia? y bien, seguir un partido de Fútbol en la TV, o seguir el Tour de France en la TV ¿son polillas del tiempo? Yo supongo que cuando uno dedica a esa actividad tres horas al día, sin duda pierde el tiempo, aunque no queda del todo claro.

     En la primera carta que escribía Séneca a tu homónimo hace 2000 años se refiere por  completo a este asunto, que es el buen empleo del tiempo, y no quiero repetir sus conceptos, pero lo que si quiero advertir que en esa carta, que también se vislumbra el “carpe diem” de Cicerón, sin embargo queda encubierta la actividad a la que dedicaba su tiempo tu tocayo. Misteriosamente Séneca dice, me parece muy bien que hagas lo que estás haciendo, eso es un auténtico ahorro del tiempo y te servirá de mucho. Y bien no me parece justo, que el estoico cordobés nos haya ocultado esa actividad tan acertada. Pero claro, yo supongo que lo dedicaba a hacer ensimismamientos al estilo de Sócrates, que como cuenta Platón los hacía de pie, pero yo supongo que también los haría en la misma línea de las palabras de Aristóteles, que comenta el Dante de: “el hombre sentado y reposando se hace sabio”. O como el tantas veces citado por ti y por mi Pascal, que intentaba aprender a estar tranquilo en una habitación, como asunto mas importante  para su fe.
      No quiero cansarte con la cita de toda la caterva de autores, que tu también conoces, lo que me interesa es sólo llegar a que sin meditación Zen, también se puede encontrar el norte, si bien es cierto,  que las sentadas Zen son eficacísimas.
    Porque el problema que plantea el Zen es que a poco te ves convertido en monje, y a mi la verdad no me gusta pertenecer a un grupo, en el que a veces no podré evitar sentir un no sé que de pertenencia a una secta. Si bien, después de 10 años nadie me había echado el gancho, como solía decirse, aunque como ellos dicen no hay ninguna obligación, sólo que escuche a mi interior y decida.
     Yo lo veo como el casarse, si no estoy enamorado, para que me voy a casar. ¿Sólo para escapar de mi soledad? y porque ella cocina bien....
      Kierkegaard lo formuló muy claramente “el grupo es la mentira, la verdad es el individuo”.
      Por otro lado esa practica tan intensa de la meditación podría hacer de un hombre un analfabeto, que es la pregunta que le hizo una discípula  a Emilio Fiel en las escuelas de San Francisco  de Pamplona. Dijo ella: “Te he seguido durante 5 años, y he hecho todo lo que me has dicho, pero en todo ese tiempo, viviendo siempre aquí y ahora, he descuidado mi instrucción, en cinco años podría haber aprendido un idioma, y ahora sabría francés o inglés. Y yo no recuerdo ninguna contestación clara de Emilio fiel.

     Por otro lado, los compromisos son distintos los de un boditsava Zen y los de un benedictino.
En Kioto Japón hay monjes cerrados como los benedictinos, pero la propuesta aquí es muy libre  el monje se casa y tiene hijos, y hace con su vida profesional lo que quiere, aunque se le exige alguna dignidad. 
     Hace tiempo oí comentar que el fundador del templo Taisen Desimaru, fumaba, bebía whisky
y hablaba de sexo. Al Buda se le atribuyen las palabras: “No penséis mas que en mujeres”. Pero yo hablo de oídas. El maestro Antonio Blay era un fumador empedernido. Lo mismo se puede contar de Bambwa Rashnees, alias Oso. ¿No podría haber dicho don Miguel de Unamuno, que un monje Zen, que se sienta en meditación, lo único que demuestra es que se sienta muy bien en meditación? Yo creo que hay mucho mas, no obstante hay algunas dudas.
       Supongo que todo esto te interesará, aunque lo he escrito sin amenidad, pues tendrás así un informe bastante completo de lo que es la práctica de la meditación Zen, que según Miret Magdalena, católico practicante y persona informadísima, considera que es la práctica mística mas importante de Occidente. 
       Sobre la práctica es lo siguiente: Nos sentamos 40 minutos en medio loto sobre un cojín especial, con una postura de columna vertebral estirada, barbilla metida, ojos abiertos con la mirada cayendo en 45 º hacia la pared, las rodillas ancladas en el suelo forman un triángulo base, las manos cogiendo una a la otra por debajo  unen en contacto los pulgares, el mentón metido. A los 40 minutos se hace un paseíto, que se llama kinin, en el que apenas se avanza mas que dos metros, dura unos 7 minutos, y sirve para aliviar el dolor de la postura anterior, luego se hace otra sentada igual que la primera de 40 minutos, por lo que todo lleva como mínimo 90 minutos, aunque muchas veces dura dos horas. También se rezan determinadas oraciones, pero aquí el Zen coincide con San Agustín, que decía “hay que rezar pero que sea poco”.
       Cuando se hacen esas tandas de ejercicios, que se llaman Seshin, se pasan unos 11 días, que son siempre en verano. Al quinto día se hace un descanso y se deja un día libre para que cada uno haga lo que le de la gana, también se liga y se baila.
    La oración mas famosa es el Hanya Singio, con un contenido muy filosófico. En la primera sentada los que quieren reciben cuatro palos, que se llaman Iosaku, el ruido del golpe es imponente, y el que lo ve por primera vez se asusta, el palo es muy grande, con bordes planos, el lugar donde se asienta el golpe es entre el cuello y el hombro, donde hay un conjunto de músculos que no quedan afectados, no deja marca, y produce un efecto brusco de despertar.
     A parte de que se hace unas 7 horas de meditación al día , el día es suficientemente largo y hay unas dos horas de trabajos comunales, en los que te puede tocar de todo, desde serrar madera hasta retejar un tejado, los trabajos comunales se llaman Samu. A parte del Samu están los servicios de cocina y todos los días hay que cocinar, fregar la bajilla, de lo que no se puede librar nadie. También hay otros servicios como lavandería costurería etc. de los que no libra nadie, por lo que permanecer allí es instructivo. Yo por ejemplo he aprendido los secretos de cómo hay que cortar una zanahoria, que nunca hubiera pensado que eso pudiera tener secretos.
     Uno de los grandes temas sería, ¿y quienes son los que se apuntan a esta práctica? , pero eso por  hoy, prefiero dejarlo por abreviar, porque no se llega a grandes conclusiones, ya que hay gente de todas las procedencias.
    La meditación, en mi opinión, no da el don de lenguas, pues en la Gendronnière, donde hay gente de toda Europa, las charla se hacen por mediación de intérpretes. Yo he visto al encargado de los asuntos de España, que es un francés, y después de muchos años de residencia en nuestra querida piel de toro, apenas conoce el español, lo que indica que esta práctica desde luego no da el don de lenguas. Un hombre que dedica tantísimo tiempo a  la meditación no tiene ni tiempo ni ganas de aprender el idioma. Esta es mi opinión, que he discutido con algunos. Del grupo de Pamplona, me parece que yo era de los que mas francés sabía,  lo que puede dar una idea. El ambiente de cosmopolitismo es extraordinario y si uno sabe idiomas puede tener esa sensación de poder que da  entenderse con tanta gente.
       Emilio Fiel debió de saber muchas de estas cosas desde muy joven, y Él practicó muchos ritos Zen como el kinnin, mondo. El mondo es una consulta ritual, en que cualquiera pregunta al maestro lo que le parece, se hace con gran silencio y respeto de rodillas, es algo interesante.

         Allá donde este el hombre agrupado habrá discusiones y divisiones de opinión, y yo he visto esto en todas partes donde he estado, también aparece la lucha por el poder, y como en todos los grupos hay gente que se sale, abandona, monta otro grupo aparte. Ignacio es un señor de Pamplona  que inició esta práctica  hace 30 años, el era de una familia rica y aristócrata, vivía en Sevilla , y cuando se casó abandonó la práctica Zen, pues ésta no agradaba a la familia de su mujer.Un holandés que fue de los primeros practicantes de Europa y que pasó 3 años en Kioto Japón, escribió dos libros que se leían en los Dojos, pues mas tarde escribió un libro burlándose del Zen, ese libro también lo hubiera podido leer en el Dojo  de Pamplona, traducido al español. Muchos se lo toman con ironía y con humor, y algunos aprenden a reírse de si mismos, no todos. Un grupo de Suiza hizo una representación teatral el último día de una tanda, haciendo una gran burla.
     Yo no he visto que la práctica de la meditación Zen después de años que la observo tome grandes difusiones, esto no atrae a todo el mundo, pero vamos es algo que está ahí.
      Como hay gente que abandona, a veces se plantean en los centros problemas del pago del alquiler, es decir que así como esta práctica no otorga el don de lenguas , tampoco de por sí hace  ricos a sus centros, quiero decir , que no se produce aquel efecto de “todo lo que pidáis en la oración se os dará”.Las cosas aquí no son como las explicaba Blay si pides un piano ten cuidado no te caiga encima, no, no llueve el dinero, aquí no hay ni Job , ni Calvino, ni Opus.

      Colcha la monja Zen de Cáceres me dijo que se me veía poco implicado hasta en el atuendo, pues debajo del kimono llevaba un jersey verde y se me veía algo. Ella opinaba que para sacar los beneficios, conviene implicarse a fondo, ella lo ha hecho siempre, y así se fue a la India y estuvo allí practicando 9 meses. Yo sin embargo, por ahora me inclino a seguir la tercera recomendación del frontispicio del templo de Delfos. La primera es:”Conócete a ti mismo”. La segunda:”Todo con medida”. La tercera “Los compromisos traen perjuicios”. Plutarco dice que esta tercera recomendación influyó en que muchos griegos de la antigüedad,  no se quisieran casar.
       Y yo en caso de duda, me abstengo de ordenarme. Y “on vera”.
                                                                                                                                                 Para terminar, quiero indicar, que los griegos de la antigüedad no sólo consultaban al sacerdote de Apolo, sino que, complementariamente, consultaban al sacerdote de Dionisios, que defiende tesis totalmente contrarias al primero, como, 1º Encuéntrate a ti mismo en los demás, 2º Come, baila, canta, bebe, diviértete, 3º Los compromisos traen muchos beneficios.

       Y ¿como se decide entre un consejo u otro? Si te interesa te lo contaré en la próxima carta.
Por hoy, me despido y te envío un cariñoso saludo desde el paralelo 53 latitud norte, meridiano 13, a 30 metros de altura sobre el nivel del mar, que es lo mismo que decir Berlín.
 
Antonio Mur es escritor y lector.

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Atila, el Rey de los Hunos,

la espada de Dios, el azote de Dios.                                                                                                      

Diario de un historiador bizantino que llega a la corte de Atila -rey de los hunos-
Prisco es un historiador del siglo V d.n.e.
En su diario se narra un complot urdido por los "señores de mármol" de Constantinopla para matar a Atila, orquestado por el eunuco de la corte del emperador Teodosio, llamado Crisafo.
Durante una embajada que debía llevar a Atila diecisiete prisioneros de guerra hunos, capturados por los romanos, Crisafo encarga a un hombre de los suyos, Vigilas, pagar al huno Edecón el precio de una traición. Con Vigilas viaja Maximino, hombre de gran sagacidad y Prisco, el autor del diario, éste invitado por Maximino a viajar hasta la corte del unificador de los hunos.
Lo que sigue es la narración, en primera persona, de aquel viaje. Hay que leerlo con atención; es un diario que tiene más de mil quinientos años.

.......................

““
Nos encaminamos juntos hacia los bárbaros y llegamos a Serdica, distante de Constantinopla trece días de marcha, caminando a buen ritmo. Estando allí consideramos oportuno invitar a la cena a Edecón y a sus bárbaros. Los habitantes del lugar nos proporcionaron ovejas y bueyes que nosotros matamos para preparar el banquete. Llegados los brindis, cuando los bárbaros exaltaban la figura de Atila y nosotros la del Emperador del Imperio Romano de Oriente, Teodosio II, Vigilas dijo que no se podía comparar a un dios con un hombre, dando a entender que Atila era un hombre y Teodosio un dios. Al oir esto, los hunos se irritaron hasta enfurecerse. Nosotros desviamos la conversación y, con modos corteses, logramos calmarlos.

Después de la cena, cuando nos despedíamos, Maximino regaló a Edecón y a Orestes magníficos vestidos de seda y gemas de la India. Orestes, sin  sensa fare udire dall´amico, le dijo a Maximino, que era hombre muy sagaz, que  él no le había ofendido como, por contra, habían hecho los funcionarios de la corte, quienes habían invitado a una fiesta a Edecón sin haberlo invitado a él y, además, lo habían honrado con presentes. Este discurso nos pareció absurdo, pues no teníamos idea de ninguna fiesta, por lo que le preguntamos cómo y en que ocasión había tenido lugar.
Él, empero, no dijo palabra y salió.
El día después, durante el camino, referimos a Vigilas cuanto nos había dicho Orestes. Y él nos dijo que Orestes no tenía por qué haberse enfadado por no haber recibido el mismo trato que Edecón, porque él era un simple servidor de Atila, mientras que Edecón, por contra, era un valeroso guerrero de estirpe hunita, de largo superior a él. Después de estas palabras Vigilas habló directamente con Orestes y, más tarde, nos contó que sólo el cansancio había logrado aplacarle el resentimiento.
 
Llegados a Naiso encontramos la ciudad desierta, pues había sido arrasada por los enemigos. Solamente en los hospicios de la iglesia quedaban todavía algunos enfermos. Acampamos en un lugar limpio, un poco alto en la ladera boscosa del río, dado que en toda la ribera del río estaban diseminados los cadáveres de los caídos.
El día después encontramos a Aginteo, el comandante de las fuerzas estacionadas en Iliria, no lejos de Naiso, para trasmitirle las órdenes del Emperador y hacernos cargo de los desertores. De los diecisiete prometidos a Atila, él no había podido conseguir nada más que cinco. Estuvimos conversando e impartimos órdenes para poner en marcha hacia los hunos a los cinco desertores. 
 
Después de haber pernoctado y haber descendido al Danubio, nos adentramos en un lugar estrecho y boscoso, con caminos tortuosos, anfratti y muchas desviaciones. Al despuntar el día creímos que veníamos de occidente, pues el sol naciente salía por la parte opuesta. Inexpertos como éramos en la geografía de la zona dimos un grito pensando que el sol había invertido su discurrir anunciando acontecimientos inesperados.Sin embargo, dada la montuosidad de la zona, el camino conducía verdaderamente hacia el oeste.
Desde esta zona impervia  llegamos a una llanura, también cubierta de bosque. Algunos transbordadores bárbaros nos sacaron su piragua que ellos mismos se construían tallando y vaciando los árboles, y nos llevaron al otro lado del río. No es que estuvieran allí por nosotros, sino que se encontraban allí por casualidad, después de haber transbordado a una horda de bárbaros que acababa de pasar de caza. La realidad parece que era otra, que el escita real (Atila), con el pretexto de que no le habían sido entregados todos los desertores, estaba ya haciendo preparativos para la guerra.
Atravesado el Danubio y recorridos entretanto unos setenta estadios por territorio bárbaro, fuimos obligados a quedarnos en campo abierto y esperar a que Edecón, con su séquito, anunciase a Atila nuestra llegada. Los bárbaros que nos hacían de guía se quedaron con nosotros. Cuando, caída la tarde, estábamos cenando se oyó galopeo de caballos y en esto aparecieron dos hunos que nos ordenaron retomar la marcha para llegar hasta Atila. Nosotros les invitamos a cenar antes con nosotros y ellos se bajaron del caballo, tomaron parte en el banquete y al día siguiente nos guiaron en nuestro camino.
 
Hacia la hora nona [las tres de la tarde] de aquel día llegamos a las tiendas del campamento de Atila, que eran numerosas, y cuando fuimos a plantar nuestras tiendas en una colina, los bárbaros allí presentes nos lo prohibieron por el motivo de que la tienda de Atila se encontraba en llano, en un lugar más bajo. Así que acampamos en un punto que pareció bien a los escitas (hunos), y vinieron Edecón, Orestes y Escoto, y otros notables entre los hunos y nos preguntaron que qué era lo que esperábamos obtener con nuestra misión. 
   Nos extrañó esta rara pregunta y nos miramos el uno al otro perplejos, mientras que ellos insistían en obtener una respuesta. Dijimos que el emperador nos había encargado hablar con Atila y con ningún otro. Pero Escoto se enfadó y respondió que ellos estaban también allí por orden de su soberano. Respondimos que no era costumbre que los embajadores, sin haber contactado y estado en presencia de aquellos a los que habían sido enviados, rindieran cuentas a otros de sus misiones. Y aquello lo sabían  muy bien también los escitas por sus frecuentes embajadas enviadas al emperador. Por ello era justo que también nosotros disfrutásemos de los mismos derechos; de no ser así, no entregaríamos nuestro mensaje.
   Tratamos de nuevo de llegar hasta Atila, pero ellos volvieron de nuevo, sin Edecón, y nos enumeraron todos los temas de nuestra embajada, amenazándonos con marcharse inmediatamente si no teníamos otra cosa que añadir. Cuando oímos estas palabras permanecimos todavía más desconcertados porque no se podía comprender cómo era posible que todos supieran ya las informaciones que debíamos trasladar a su rey. Consideramos de utilidad no dar ninguna respuesta sino a Atila en persona. Por ello respondimos que las preguntas sobre nuestra embajada solo podía hacerlas su soberano y que en ningún caso hablaríamos con otros. Ellos nos ordenaron partir inmediatamente.
 
Mientras nos preparábamos para el viaje, Vigilas nos reprochó esta respuesta, diciendo que era preferible quedar como personas cultas ante un fracaso que retornar sin haber llegado a ninguna conclusión. "Si Atila me hubiera recibido en audiencia, me hubiera sido fácil convencerlo de que desistiera de su hostilidad contra los romanos porque me hubiera conquistado su confianza". Dijo que también Edecón estaba en buena disposición hacia él. Por ello, con el pretexto de la embajada y de los discursos que habría que pronunciar, fueran verdaderos o sos, habría encontrado una excusa para el atentado, ya decidido, contra Atila y para llevar el oro que Edecón decía tener necesidad para pagar a los otros hombres que habrían participado en la conjura. Pero Vigilas no sospechaba que ya había sido traicionado. Pues, bien porque Edecón había hecho una falsa promesa, bien por el temor a que Orestes revelase a Atila lo que nos había dicho después de la cena en Serdica (y) le echara en cara su conversación a cuatro con el emperador y el eunuco, sin la presencia de Orestes, denunció a Atila la conjura tramada contrs él (ai suoi danni) y revelara la cantidad de oro y, también, cual era la finalidad de nuestra embajada.
 
Ya estaban cargados nuestros equipajes sobre los animales de carga y no teníamos otra elección que prepararnos para afrontar el regreso de noche cuando, he aquí que llegaron otros bárbaros y dijeron que Atila, visto que ya era tarde, nos ordenaba esperar. Algunos se acercaron al mismo lugar en el que estábamos para echar a andar y trajeron un buey y peces del río enviados por Atila. De esta manera cenamos y nos fuimos a dormir.

Al salir el sol pensamos que el bárbaro nos haría alguna propuesta más bondadosa y conciliadora: aquel, por el contrario, volvió a enviarnos a los mismos hombres y nos conminó a marcharnos si no teníamos que comunicar otra cosa distinta de aquello que ya conocían. Sin darle ninguna respuesta nos preparamos para partir, a pesar de que Vigilas insistía en que contestásemos que teníamos otras cosas que decir.
 
Cuando vi que Maximino estaba tan preocupado, llamé a Rusticio, que conocía perfectamente la lengua de los escitas (.....). Con Rusticio fui a ver a Escoto, pues en aquel momento estaba ausente (su hermano) Onegesio y, sirviéndome de Rusticio como intérprete, le dije que recibiría grandísimos presentes de Maximino si le conseguía un encuentro con Atila.
Su misión reportaría ventajas no sólo a los romanos y a los hunos, sino también a Onegesio, pues el emperador deseaba entrevistarse con él para "arreglar" las disensiones existentes entre los dos pueblos. Y si accedía a venir recibiría espléndidos presentes. Como Onegesio estaba ausente le spettaba colaborar con nosotros, o mejor, con su hermano en esta noble empresa. Añadí también haber oído que Atila se fiaba de él, pero que cuanto se oía decir sobre él se confirmaría solamente si demostraba su poder con los hechos. Nos contestó que no debíamos dudar ni un instante que él hablaba y trataba con Atila al mismo nivel que su hermano. Y, de un tratto, montó su caballo y se dirigió a la tienda de Atila.
Yo volví a donde estaba Maximino quien, junto a Vigilas, se quedó perplejo ante nuestra iniciativa. Le conté lo que le había dicho a Escoto y cómo era oportuno preparar los presentes que había que entregar al bárbaro y reflexionamos sobre lo que le teníamos que decir. Los dos, -que hasta ahora habían quedado tumbados sobre la hierba- se pusieron de pie de un salto, se congratularon por la iniciativa y pidieron que volvieran atrás a cuantos ya habían partido con los animales de carga. Después reflexionamos sobre como presentarnos a Atila y como entregarle los presentes del emperador y los otros traídos por Maximino, personalmente.
 
Mientras estábamos todos ocupados en estos problemas, nos hizo llamar Atila por medio de Escoto. Y así llegamos a su tienda, vigilada por todos los costados por una formación de guardias bárbaros. Cuando fuimos admitidos, encontramos a Atila sentado en un trono de madera. Permanecimos de pie a una cierta distancia del trono, mientras que Maximino se adelantó, saludó al bárbaro, le entregó las cartas del Emperador y le dijo que el Emperador le deseaba salud a él y a su séquito. Él devolvió los mismos deseos, pero inmediatamente después dirigió la palabra a Vigilas llamándolo "bestia desvergonzada" y preguntándole por qué motivo quería llegar a su presencia (cospetto), cuando conocía demasiado bien las condiciones de la paz estipulada entre él y Anatolio. tila había ordenado que no le visitaran embajadores antes de que fueran entregados a los bárbaros todos los desertores.
Cuando Vigilas replicó que entre los romanos no existía ya ni un solo desertor de estirpe escita, Atila se irritó todavía más y lo llenó de insultos, gritando que no lo mandaba empalar y lo echaba de comer a los cuervos si el respeto a la inmunidad de los embajadores no le hubiese detenido  de castigar su desvergüenza y la impertinencia de sus palabras. Sabía, efectivamente, muy bien que los romanos habían capturado muchos desertores de su pueblo y ordenó a sus secretarios leer los nombres contenidos en una lista. Después de que fueran enumerados todos, ordenó a Vigilas que se marchara de inmediato y a nosotros que lo acompañásemos para comunicar a los romanos que le devolvieran todos los bárbaros que se habían refugiado en sus tierras, en tiempos de Carpileón, el hijo de Ecio, el comandante romano en Occidente, que había sido rehén  en su corte. Que no permitiría nunca a sus siervos bajar al campo (de batalla) contra él, aunque si no pudiéramos ayudar con toda certeza a aquellos que le había encargado proteger su patria. 
"¿Qué ciudad o fortaleza" decía "que hubiera decidido conquistar podría resistírsele?" Una vez comunicadas sus decisiones respecto a los desertores, debíamos volver de nuevo para anunciarle si los romanos estaban dispuestos a extraditarlos o bien preferíamos afrontar la guerra por su causa. Ordenó, también, que se quedase Maximino para responder de su parte a las cartas del Emperador, permitiendo, luego, que nos retirásemos, una vez entregados los presentes de Maximino.
 
Una vez entregados los presentes nos retiramos a nuestra tienda, donde comentamos en privado todo aquello que se había hablado. Y Vigilas se sorprendió que, en el pasado, Atila se hubiese mostrado bondadoso y gentil, mientras que ahora lo había insultado con tanta vehemencia. Le contesté que temía que alguno de los bárbaros, de los comensales nuestros en Serdica, hubiera predispuesto a Atila contra nosotros en las informaciones que le hubiera dado, revelándole que había llamado al Emperador de los romanos un dios y a Atila, por el contrario, un hombre.  
Maximino tuvo esta explicación como probable, pues Atila no conocía la conjura tramada por el eunuco. Vigilas, por el contrario, tenía dudas: me parecía que estaba perplejo por el motivo por el que Atila lo había insultado. No pensaba -como me dijo más tarde- que le hubieran sido revelados a Atila los acontecimientos de Serdica o las particularidades del atentado, porque nadie del séquito, dado el terror que el rey les infundía a todos, hubiera osado nunca dirigirle la palabra; y, por otra parte, Edecón so solamente estaba condenado al silencio por su juramento y por lo incierto de toda la empresa, sino que, sobre todo, en cuanto persona al corriente de los planes, debía temer ser considerado cómplice y sufrir la pena de muerte.
 
Cuando estábamos en esta incertidumbre apareció Edecón y se llevó a Vigilas de nuestro grupo, con el pretexto de querer informarle sobre el complot. Ordenó así mismo llevar el oro para distribuirlo entre los otros participantes en la conjura y después se marchó. Cuando insistimos en qué era lo que le había dicho Edecón, Vigilas intentó engañarnos -sin darse cuenta de que él mismo ya había sido engañado- y, ocultándonos la verdad, dijo que Edecón le había contado que Atila estaba encolerizado, también con él, a causa de los desertores, pues quería a toda costa obtenerlos de nuevo a todos.
   Cuando discutíamos sobre todo esto, vinieron algunos del séquito de Atila para decirnos que, ni Vigilas, ni nosotros mismos debíamos comprar ningún prisionero romano ni esclavo bárbaro, ni caballos, ni cualquier otra cosa que no fuera estrictamente necesaria para nuestro sustento, hasta que no se resolvieran las cuestiones pendientes entre los romanos y los hunos. 
   Fue este un recurso hábil y astuto para coger fácilmente a Vigilas en fallo para su perjuicio, pues no había sabido explicar por qué razón llevaba consigo el oro, pero también porque nosotros, con el pretexto de esperar a dar una respuesta a la embajada, esperaríamos a que Onegesio recibiese los presentes del Emperador que intentábamos entregarle.
   (Onegesio, entre tanto, estaba con una misión con los acatirios, otra de las poblaciones escitas). Como he dicho (Atila) nos ordenó esperar a nosotros, mientras envió a Vigilas a los romanos (de Occidente), con el pretexto de preguntar por la entrega de los desertores, pero, en realidad, lo que pretendía era que trajese el oro para Edecón.
   Cuando Vigilas marchó, esperamos un día después de su partida y, al día siguiente, nos pusimos en camino con Atila hacia las regiones más septentrionales del país.
   Hasta un cierto punto avanzamos junto al bárbaro; después tomamos otro camino, pues así nos lo ordenaron nuestros guías escitas, mientras que Atila pensaba pararse en una villa donde quería casarse con la hija de Escán. Él tenía muchas mujeres, pero también quería tomar esta, según costumbre de los escitas.
 
Desde allí avanzamos por un camino cómodo que discurría por la llanura y atravesamos muchos ríos navegables, de entre los cuales los más grandes -después del Danubio- eran los conocidos como  Drecón, Tigras y Tifesas. Fuimos transbordados sobre las piraguas de las que se sirven los habitantes de la ribera. En cuanto a los otros ríos, los atravesamos sobre balsas que los bárbaros transportaban en sus carros cuando recorrían las zonas pantanosas.
Nos íbamos aprovisionando de viandas en los pueblos; en lugar de grano nos fue dado orzo y, en lugar de vino, lo que los indígenas llaman "medos". También el personal de nuestro séquito fue aprovisionado con orzo y con una bebida hecha con mijo que los bárbaros llaman "camon". Después de haber caminado un rato largo, avanzada ya la tarde, acampamos en la ribera de un estanque de agua dulce, donde solían abastecerse los habitantes del pueblo vecino.
 
De improviso, se desató un gran vendaval y tempestad, con truenos y rayos frecuentes y una lluvia torrencial. No solo volcó nuestra tienda, sino que inundó todos nuestros equipajes. Aterrorizados por el desbarajuste que reinaba en el área y por los daños causados abandonamos aquel lugar y nos perdimos de vista. Dada la oscuridad y la lluvia, cada cual cogió la senda que le pareció mejor. Así llegamos hasta las chozas de aquel pueblo -pues, aunque por diversos caminos, todos cogimos la misma dirección- y nos encontramos en el mismo lugar y, a voz en grito, nos pusimos a la búsqueda de los ausentes. En medio de este griterío aparecieron también los escitas, acercando cañas de las que se sirven para hacer fuego; de esta forma hicieron luz y nos preguntaron que por qué gritábamos así. Cuando nuestros traductores respondieron que habíamos estado gettati en el barullo de la tempestad, los habitantes nos invitaron a sus chozas y, quemando gran cantidad de cañas, nos ofrecieron un refrigerio.
 
El pueblo estaba gobernado por una dama, una de las mujeres de Bleda. Nos mandó alimentos y bellas muchachas para deleitarnos. Para ellos, se trataba de un acto de gran cortesía, pero nosotros agradecimos a las muchachas los víveres que habían puesto a nuestra disposición, pero rechazamos dormir con ellas. Permanecimos en las chozas y, al despuntar el día, reemprendimos la búsqueda de nuestro equipaje.
   Lo encontramos todo, en parte en el lugar donde habíamos acampado el día anterior,  en parte en la orilla del estanque y, en fin, en el agua misma. De esta manera, permanecimos también aquel día en el pueblo, ocupados en secar todas nuestras cosas, pues había cesado la tempestad y lucía el sol. Después de haber tomado provisiones también para los caballos y otros animales de carga, nos presentamos a la princesa. La saludamos y le devolvimos el buen trato con ofrendas (ricambiamo con ofrendas): tres copas de plata, pieles rojas, pimienta de la India, dátiles y otras golosinas apreciadas por los bárbaros, por desconocidas. Le dimos las gracias por la hospitalidad y, después de desearle todo bien, emprendimos la marcha.     
 
Recorrida una distancia de siete días, nos quedamos en un pueblo, bajo las órdenes de nuestros guías escitas, pues Atila estaba recorriendo el mismo camino y era nuestro deber avanzar tras su séquito. Allí nos encontramos con algunos romanos de Occidente, también ellos enviados como embajadores ante Atila. Entre ellos estaba Rómulo, hombre insigne con el rango de comes [grado militar importante], Promuto, prefecto de la provincia del Nórico, y Romano, comandante de un ejército. Con ellos estaba también Constancio a quien Ecio había enviado a Atila como secretario, y Tátulo, el padre de Orestes, aquel que estaba con Edecón. Éstos participaban en el viaje no como embajadores, sino por un asunto privado. Constancio porque había conocido a estos hombres en alguna ocasión anterior en Italia, Tátulo por su parentela. Venían como embajadores para aplacar a Atila, quien exigía la extradición de Silvano, director de la banca de un orfebre  de Roma. Silvano debía serle entregado porque había aceptado (recibido) dos cálices de oro (que Atila consideraba de su propiedad). (Ofrecían) una indemnización en forma de oro, pidiendo el perdón de Silvano, porque no podían extraditar a un hombre que no había cometido ningún crimen. Este era, pues, el motivo de su embajada privada y por ello seguían a Atila en espera de recibir una respuesta y volver de nuevo. 
 Como debíamos hacer el mismo camino, esperamos a que Atila nos adelantara y seguimos todo el grupo a su séquito. Atravesamos algunos ríos y llegamos a un pueblo enorme, donde se decía que la morada de Atila allí era la más hermosa de todas sus residencias. Estaba construida de vigas y tablas lustrosas y cerrada por una empalizada hecha de madera, no a modo de defensa, sino por decoración. Al lado de la casa del rey resaltaba la de Onegesio. También ésta tenía un recinto de palos pero, a diferencia de la morada de Atila, no estaba adornada con torres. No lejos del recinto había unos baños que Onegesio - que tenía el mayor poder entre los escitas, después de Atila- había construido haciendo traer las piedras de las tierras de Panonia, pues en la zona en la que  vivían aquellos bárbaros no había ni piedras ni árboles, por lo que tenían que servirse de materiales importados.

Cuando Atila hizo su entrada en aquel pueblo, salieron a su encuentro niñas que avanzaban en fila, bajo finísimos velos blancos de lino, tan largos y tesi , que bajo cada velo, levantado en los dos extremos por las manos de las mujeres, iban siete niñas o más. Las filas de mujeres que caminaban bajo estos velos eran muchas y cantaban canciones escitas. Cuando el rey se aproximó a la casa de Onegesio –la comitiva que se dirigía a la casa real tenía que pasar junto a ella-, salió su mujer con un nutrido grupo de servidores: unos llevaban viandas y otros vino, que representan el máximo honor para los escitas. Ella lo saludó y le dipió que probara aquellos presentes que había traido para darle la bienvenida. Para mostrar su simpatía por la mujer de un hombre amigo, Atila comió sentado en su caballo, mientras que los bárbaros del séquito tenían levantada, a su altura, la bandeja, que era de plata. Después de haber bebido también de la copa que le habían presentado, prosiguió el camino hacia el palacio, más alto que las otras casas y situado en un lugar elevado.
Nosotros nos quedamos en casa de Onegesio, por invitación suya, pues ya había vuelto. Allí comimos como huéspedes de su mujer y de los más respetables de sus parientes. Él mismo, cuando volvió, fue llamado a la presencia de Atila para informar del resultado de su misión, no teniendo tiempo, por ello, para comer con nosotros. Después del banquete abandonamos la casa de Onegesio y plantamos nuestra tienda cerca de la residencia de Atila, de modo que Maximino no tuviera que recorrer una larga distancia cuando llegara el momento de presentarse ante Atila o de hablar con su séquito. Pasamos la noche en aquel lugar, donde éramos atendidos; al alba, Maximino me mandó a casa de Onegesio a entregarle los preserntes, tanto los que le llevaba él mismo, como los que llevaba de parte del Emperador, y para saber donde y cuando quería conversar con él.
Cuando llegué, con los servidores que portaban los regalos, tuve que esperar a que salera alguien y anunciara nuestra llegada, pues las puertas estaban todavía cerradas.
Mientras esperaba y me paseaba (aggiravo) delante de la casa se me acercó un hombre que tuve por un bárbaro por su vestimenta escita, quien me saludó en griego con la palabra “Xaire”. Me extrañó que un escita hablara en griego. Tratándose de una población mixta, aquellos que han tenido trato con los romanos tienen conocimiento, aparte de su lengua bárbara, de la lengua de los hunos o de los godos o, incluso de los ausones, sin embargo es difícil que alguien hable griego, a no ser aquellos deportados como prisioneros de guerra en Tracia o en las zonas costeras del mar Ilírico. Cuando uno los encuentra, los reconoce fácilmente por sus vestidos hechos girones o por sus melenas descuidadas, como vívtimas de su cautiva suerte. Pero éste tenía el aspecto de un escita elegante, pues iba bien vestido y llevaba el cabello recortado en círculo. Después de haber contestado a su saludo le pregunté que quien era y de donde había venido a la tierra de los bárbaros, eligiendo la vida escita. Por toda respuesta me preguntó que cual era la razón por la que quería saberlo. Yo le dije que la razón de mi curiosidad era el hecho de haberme saludado en griego.
Entonces sonrió y contó que era un griego de nacimiento y que se trasladó, como comerciante, a Viminacio, la ciudad de los “misos” sobre el Danubio, donde había vivido durante mucho tiempo y se había casado con una mujer muy rica. Sin embargo, cuando la ciudad cayó en manos  de los bárbaros, perdió todos sus bienes y, en consideración a su riqueza, fue asignado a Onegesio en la distribución del botín. Más tarde, él se distinguió en el combate contra los romanos y contra el pueblo de los acatirios (acaricios?) y, también, según costumbre de los escitas, por haber cedido a su patrón bárbaro el botín obtenido en la guerra, consiguiendo así la libertad. Era comensal de Onegesio y llevaba una vida mejor que la de antes. ......
Entre los escitas, dijo, una vez terminada la guerra se vive cómodamente y cada cual disfruta de lo que tiene y no se mete nada –o muy poco- con los demás, ni nadie se mete con él. Entre los romanos, sin embargo, se muere fácilmente en las guerras, pues ellos ponen en otros su esperanza de salvación, en el momento en que, por voluntad de sus tiranos,  no se da a todos los hombres el permiso para llevar armas. Y para aquellos que ni siquiera llegan a hacer uso de ellas, la cobardía de sus generales, incapaces de mantener una guerra, es todavía más peligrosa. En periodos de paz, la situación es, incluso, peor que los males de la guerra a causa de los impuestos opresores y de las intrigas de los malvados, dado que las leyes no valen para todos. Así, si el trasgresor de la ley pertenece a la clase de los ricos, no se le obliga a pagar por su culpa; si es, por el contrario, pobre, no sabiendo cómo defenderse, debe soportar la pena establecida en la ley, si es que no muere antes de que se dicte sentencia, pues los procesos tardan mucho y tienen que pagar muchísimo dinero. Y lo mas escandaloso de todo es tener que comprar los derechos sancionados por la ley, porque a quien no tiene nada no se le concede si siquiera presentarse ante un tribunal, si antes no pone parte del dinero para el juez y los funcionarios que lo asisten.
A aquel que tenía estos y muchos otros argumentos le respondí que me escuchara pacientemente también a mí. Entonces, le expliqué que los fundadores de la constitución romana eran hombres muy sabios y nobles como para no permitir que el Estado fuera administrado de otra forma que no fuera con justicia. Ellos establecieron que algunos fueran los guardianes de las leyes, a otros les confiaron el cuidado de las armas y la práctica de los ejercicios militares; no tenían otro cometido que estar preparados para el combate e ir a la guerra sin miedo, como si se tratara de un ejercicio habitual, dado que todo temor había sido eliminado con anterioridad por medio del adiestramiento. Otros, en fin, fueron asignados a la agricultura y al trabajo de la tierra para el sustento, bien de ellos mismos, bien de aquellos que combaten por ellos; y encargaron a otras personas para recaudar el impuesto para el aprovisionamiento del ejército. Y otros fueron nombrados para proteger a quien sufriera injusticia, hombres que fueran capaces de tutelar los intereses de quienes, por causa de la debilidad humana, no estuviesen en disposición de hacer valer sus propios derechos, y jueces que interpretaran el sentido de las leyes (las intenciones contenidas en las leyes). Y aquellos otros que se presentaran ante los jueces no quedarían privados de asistencia, sino que también serían los que proveyeran a los mismos, de tal manera que aquel que obtuviera una sentencia de los jueces, pudiera obtener justicia, efectivamente. Por el contrario, desde que alguien era declarado culpable, no se le podía exigir más de lo que la deliberación de los jueces hubieran fijado. Si no se estaba de acuerdo con aquellos que estaban encargados de las providencias, podía nacer, en una misma causa, el derecho a un segundo proceso, o porque aquel la hubiera (considerado?) con demasiada dureza o, incluso también, si aquel que hubiera sido condenado en la sentencia insistía en la ilegalidad de la misma.
Por otra parte, a los tutores de la justicia les debían dar una determinada suma de dinero las partes en el proceso, de la misma forma que se les daba a los soldados por parte de los agricultores. ¿No es justo pagar a quien te ayuda y corresponder, así, a su atención? Lo mismo que es un bien para el jinete el cuidado del caballo o, también, para el boyero el cuidado de sus bueyes, para el cazador el cuidado de sus perros o de otros enseres que los hombres tengan para su protección o utilidad. Por tanto, si los condenados pagan el precio del juicio, debemos atribuir este perjuicio a su injusticia y no a otra causa distinta.
En cuanto a la larga duración de los juicios, si ese fuera el caso, se debía al cuidado meticuloso de la justicia, de modo que los jueces no improvisaran por apresuramiento y faltaran en escrupulosidad. Hay que tener en cuenta que es mejor concluir tarde un proceso antes que, no sólo cometer una injusticia a un hombre, sino también pecar ante Dios, el autor de la justicia. Las leyes valen para todos, de tal modo que también el Emperador está sometido a ella; y no es cierto, como sostenía el interlocutor en su acusación, que los ricos cometan actos violentos contra los pobres, aunque puede ocurrir que alguien quede sin castigo, una eventualidad que puede darse con los ricos pero, también, con los pobres: una vez que son encontrados culpables, también ellos pueden eludir el castigo por falta de pruebas. Y esto sucede no sólo entre los romanos, sino entre todos los pueblos. Por la libertad que le había sido concedido [al griego] debía dar gracias a la fortuna, no a su patrón que lo había enviado a la guerra: que hubiera podido morir a manos de sus enemigos a causa de su inexperiencia; o bien, si hubiera huido, lo hubiera castigado su patrón. Los romanos están habituados a tratar mejor a los esclavos. Se comportan con ellos como padres y maestros, pues se abstienen de acciones vulgares y se interesan por todo lo que pueda considerarse un bien para ellos; y si cometen errores se les reprende como si se tratara de sus propios y verdaderos hijos; está absolutamente prohibido inflingir la pena de muerte a los esclavos, contrariamente a lo que sucede con los escitas. Existen también varias maneras de obtener la libertad; no sólo la pueden obtener en vida, sino que pueden disponer de sus propiedades, para cuando mueran, según les plazca.  
Y él mismo me dijo, llorando, que las leyes de los romanos eran hermosas y buena la constitución, pero que los gobernantes la había corrompiendo, pues no eran tan sabios como los antiguos.
Cuando estábamos inmersos en aquel coloquio, alguien salió del interior y abrió las puertas del recinto. Fui y pregunté que qué hacía Onegesio, pues tenía que comunicarle algo de parte del embajador enviado por los romanos. Me contestó que lo encontraría si esperaba un poco, pues estaba a punto de salir. Fui a su encuentro y le dije que lo saludaba el embajador de los romanos y que había venido también a traer el oro de su parte y de parte del Emperador. Le pregunté que cuando y donde estaba dispuesto a hablar con Maximino, quien tenía deseos de ser recibido.
Onegesio ordenó a su séquito tomar en depósito el oro y los regalos y a mí me dijo que comunicara a Maximino que iría inmediatamente a verlo. Volví a anunciar la visita de Onegesio y, de repente, apareció en nuestra tienda. Dirigiéndose a Maximino le expresó su agradecimiento por los regalos, tanto a él, como al Emperador, y le preguntó por las razones que lo habían traído y de las que le quería hablar. Aquel le respondió que había llegado el momento en el que Onegesio alcanzaría una gloria todavía mayor si se presentaba ante el Emperador para resolver, con su inteligencia, las cuestiones pendientes y parra instaurar la concordia entre los romanos y los hunos. Ello no sólo sería un resultado provechoso para los dos pueblos, sino que conseguiría también muchas ventajas para su familia, pues tanto él como sus hijos se convertirían para siempre en amigos del Emperador y de su familia. Onegesio preguntó: ¿qué tendré que hacer para obtener el beneplácito del Emperador, o como podrían resolverse sus problemas?
Maximino le respondió que yendo a la tierra de los romanos podría mostrar su reconocimiento al Emperador, aclarar los puntos controvertidos, indagando las causas y eliminándolas, en base a un tratado de paz. El otro repondió que debía decir al Emperador y a sus funcionarios todo lo que Atila deseaba.
¿Acaso creen los romanos, dijo, que van a lograr con sus súplicas inducirme a traicionar a mi señor, a olvidar que he crecido entre los escitas, que tengo mujer e hijos y a no apreciar la esclavitud bajo Atila más que la riqueza entre los romanos? Añadió, luego, que sería más útil quedándose en su tierra intentando aplacar la ira de su soberano por los motivos que lo impelían a indignarse contra los romanos que renunciar a ellos (¿ella?) y exponerse a la acusación de haber tomado iniciativas contrarias a las decisiones del rey.
Así mismo, dijo y propuso que discutiera yo con él las cuestiones sobre las cuales queríamos interrogarlo. Después, se ausentó.
El día después yo me dirigí al recinto de Atila con los regalos para su mujer. Se llamaba Creca y de ella le habían nacido tres hijos, el mayor de los cuales reinaba sobre los acatirios y sobre otros pueblos de la costa del Mar Negro. Dentro del recinto había muchos edificios. Algunos hechos de tablas entalladas y unidas con arte, otros de vigas pulidas y cepilladas a plomo, fijadas en piezas de madera formando huecos entre los bloques, que se elevaban del suelo a una altura no excesiva. Era allí donde habitaba la mujer de Atila.
Los bárbaros que estaban de guardia delante de la puerta me permitieron entrar y la encontré recostada sobre un blando jergón. El suelo estaba cubierto de alfombras de lana, sobre las que se pisaba; estaba rodeada por una hilera de servidores y de doncellas sentadas en el suelo frente a ella, bordando cintas de lino en varios colores que, después, se aplicaban, como adornos, a los vestidos bárbaros. Avancé, la saludé, entregué los regalos y salí, dirigiéndome hacia otra casa, donde se encontraba Atila, a esperar que saliese Onegesio: supe, en efecto, que había salido de su casa y se encontraba allí dentro. Estuve en medio de la muchedumbre sin que nadie me lo impidiera, pues me conocían tanto los guardias de Atila, como los bárbaros de su séquito. Vi cómo avanzaba una multitud, mientras se escuchaba griterío y estrépito, pues estaba a punto de salir Atila. Venía desde la casa avanzando con aire altanero, mirando a su alrededor, de aquí para allá. Salió junto a Onegesio, se paró delante del edificio y muchas personas que tenían disputas entre ellos se adelantaron y escucharon su sentencia. Después entró en la casa para recibir a los embajadores bárbaros que habían venido a verlo.

Mientras estábamos esperando a Onegesio, se me acercaron Rómulo, Promuto y Romano, los embajadores llegados de Italia por el asunto de las copas de oro. Con ellos estaba también Rusticio, del séquito de Constancio, y Constanciolo, un hombre proveniente de la tierra de los peonios [Panonia] sometida a Atila.
Conversando conmigo  preguntó si habíamos sido despedidos u obligados a quedarnos. Dije que estaba esperando junto al recinto, justo para saber eso de parte de Onegesio. Cuando luego pregunté, después de volver, si Atila les había dado una respuesta conciliadora y favorable a su embajada, dijeron que su decisión era irrevocable y que amenazaba, incluso, con la guerra si no le entregaban a Silvano o las copas. Nos sorprendió la irracionalidad del bárbaro, pero Rómulo, un embajador experto en muchas misiones, tomó la palabra y dijo que su inmensa fortuna y la fuerza derivada de esa fortuna lo habrían exaltado hasta el punto de no querer escuchar ninguna otra  propuesta justa, a no ser que viniera de él mismo. Ningún otro que hubiera gobernado en Escitia o cualquier otra tierra había logrado empresas tan grandes en un tiempo tan breve. Atila reinaba, en efecto,  también sobre las islas del Océano, además de dominar todo el territorio escita, (y) había impuesto el pago de tributos también a los romanos.
Ahora aspira, se dice, a empresas aún mayores que las presentes y proyecta hacer la guerra a los persas para agrandar posteriormente sus dominios.
A la pregunta de uno de nosotros que cual sería el camino que podría tomar para dirigirse contra los persas, respondió Rómulo que las tierras de los medos no distaban mucho de la de los escitas y, además, que los hunos no eran nada inexpertos en esta ruta, pues ya la habían hecho una vez cuando en sus tierras hacía estragos la escased de alimentos y los romanos no les podían atacar por estar ellos en otra guerra.
...................

Ciertamente, él disponía de una fuerza armada tan potente que ningún pueblo podría resistirle. Mientras nosotros expresábamos el deseo de que se dirigiera contra los persas y llevara la guerra a aquel pueblo, Constanciolo dijo que temía que, una vez sometidos los persas con facilidad, Atila se volviera hacia nosotros no como amigo, sino como tirano, pues ahora se conformaba con recibir el oro que se debía a su rango, pero si ganaba también a los partos, medos y persas, no toleraría un estado romano independiente de su dominio, sino que consideraría a los romanos abiertamente como sus esclavos y les impondría sus órdenes todavía más gravosas o, mejor dicho, hasta insoportables. El rango al que aludió Constanciolo era el de general (magister militum) de los romanos, un título que Atila había recibido como un favor del emperador, dando a entender que, así, se enmascaraba la realidad del tributo: de este modo, con el pretexto del aprovisionamiento de los soldados que se enviaban a los generales, le eran enviados también los tributos. “Por eso, dijo, después de la victoria sobre los medos, partos y persas él, con toda seguridad, abandonaría el título con el que los romanos habían intentado llamarlo y el rango con el que creían haberlo honrado, y les obligaría a reconocerlo como emperador, no como general.
Ya, ahora, en los momentos de enfado solía jactarse de que sus servidores eran generales del Emperador; es más, que tenía servidores de igual rango que los emperadores romanos. Pasado no mucho tiempo, su potencia actual se acrecentaría y que esto se lo había revelado Dios blandiendo la espada de Ares [el dios de la guerra]. Este objeto, tenido como sagrado y venerado por los reyes escitas, que estaba dedicado a protegerlos de la guerra, estuvo perdido en tiempos antiguos y después fue encontrado gracias a una ternera.
Entretanto, cuando alguien de entre nosotros se disponía a decir algo sobre la situación presente, salio Onegesio. Nos acercamos a él preguntándole por lo que nos importaba saber. Y él, después de haber hablado con algunos bárbaros, me pidió que preguntara a Maximino que qué persona, con rango consular, pretendían enviar los romanos como embajador ante Atila. Me fui a nuestra tienda y conté lo que se me había dicho y consulté con Maximino la respuesta que habría que dar a la pregunta que nos había hecho el bárbaro. Volviendo a donde se encontraba Onegesio, le dije que los romanos deseábamos que viniese él mismo a discutir los asuntos en disputa pero que, en caso contrario, el Emperador enviaría a cualquier embajador que él propusiera. Inmediatamente me ordenó que llamara a Maximino y, apenas llegó, lo condujo a la casa de Atila. Poco después salió Maximino y dijo que el bárbaro  quería que el embajador fuera o Norno o Anatolio o Senador y que no recibiría a ninguno fuera de estos tres. A la objeción de Maximino en el sentido de que no sería oportuno dar los nombres de los embajadores para no levantar sospechas al Emperador, Atila habría replicado que si no estaban decididos a “cumplir” sus deseos, resolvería la disputa con las armas.

Cuando volvimos a nuestra tienda vino Tátulo, el padre de Orestes, para decirnos que Atila nos invitaba a los dos a comer, a las tres de la tarde. Cuando llegó la hora y nos presentamos al banquete como invitados, junto a los embajadores de los romanos de Occidente, nos quedamos en el umbral frente a Atila. Los coperos (escanciadores) nos pusieron una taza, según costumbre del país: antes de sentarnos debíamos brindar formulando nuestros buenos deseos. Hecho esto, y después de haber probado un poco de vino de la copa, nos dirigimos hacia los puestos reservados para nosotros en el banquete. Todas las sillas estaban alineadas a lo largo de las paredes de la sala, a ambos lados. Al lado, sobre un diván, se sentaba Atila y detrás de él había un segundo lecho, desde el cual algunas gradas conducían a su dormitorio que estaba oculto por velos y cortinas variopintas, como los que preparan los griegos y romanos para los esposos. Los puestos de los invitados que se encontraban a la derecha de Atila estaban considerados como los más distinguidos; los segundos en orden de rango eran los de la izquierda, los que ocupábamos nosotros; junto a nosotros, pero más cerca de Atila, se sentaba Berico, un noble escita.
Onegesio tenía su puesto en un sillón a la derecha del lecho del rey y frente a Onegesio, en una banca, se sentaban dos de los hijos de Atila. El hijo mayor, en cambio, estaba en el diván, pero no junto al rey, sino sentado en el borde y con los ojos mirando al suelo por respeto al padre. Una vez que todos estuvieron sentados en orden, entró un copero y ofreció a Atila una jarra de vino; él la tomó y saludó al primero de la fila; aquel que era honrado con el saludo se ponía de pie y no podía sentarse de nuevo antes de haber probado el vino o haber agotado la copa y haberla devuelto al escanciador.
Todos los presentes lo homenajearon de la misma manera, mientras él permanecía de pie: tomando las copas, saludando y bebiendo un sorbo. Cada cual tenía su copero particular que debía adelantarse, siguiendo el orden, cuando retrocedía el copero de Atila. Cuando el segundo en grado fue honrado de esta manera y, sucesivamente, los demás, Atila brindó también con nosotros ateniéndose al orden en el que estaban dispuestos los asientos. Una vez que todos hubieron recibido el honor de este saludo se retiraron los coperos y se trajeron las mesas –después de la de Atila- para tres o cuatro comensales, o para más y cada cual podía servirse los alimentos preparados en la bandeja, sin tener que perturbar el orden de los puestos.
En primer lugar entró un servidor de Atila con un plato lleno de carne y los demás sirvientes asignados a nosotros trajeron, después 8¡además?), pan y “companatico” para las mesas (mense). Mientras a los otros bárbaros y a nosotros nos trían los alimentos preparados con ostentación en bandejas de plata. Atila no tenía en el plato de madera nada más que carne, mostrándose moderado en todo lo demás. A los invitados en el banquete se les había puesto copas de oro y de plata, mientras que su taza era de madera. También era simple su vestimenta, que se distinguía solamente por estar muy limpia. Ni siquiera la espada que llevaba a su costado, ni los cordones de su calzado bárbaro, ni la brida del caballo eran como la de los otros escitas que estaban decorados con oro y gemas o con otros adornos preciosos. Una vez terminadas las pitanzas del primer plato, nos levantamos todos y estando, así, de pie, nadie volvía a sentarse en su asiento sin haber “agotado”antes, siguiendo el orden establecido, la copa de vino que le había sido ofrecido y  haber brindado a la salud de Atila.
Después de haberlo honrado de esta manera, nos volvimos a sentar y sobre todas las mesas se pusieron bandejas con otras viandas. Cuando todos hubieron comido también de éstas, y según el mismo ritual, se pusieron de pie y hubieron brindado, nos volvimos a sentar. Dado que se había hecho tarde, trajeron teas de pino y dos bárbaros se pusieron ante Atila y recitaron cánticos que habían compuesto para celebrar sus victorias y sus hazañas de guerra. Los invitados fijaban su mirada en los cantores. Algunos disfrutaban con las canciones y otros se entusiasmaban, recordando sus guerras, mientras que otros, ya débiles por la edad y cuyo ardor guerrero ya estaba debilitado, comenzaban a llorar. Después de estos cánticos entró un escita demente, haciendo reír a todos, al hablar con palabras extrañas, incomprensibles y faltas de sentido. Después entró Cercón, un enano morisco; había sido enviado por Atila a Ecio, como regalo, pero Edecón lo convenció para que volviera con Atila y recuperase a su esposa, que se había quedado en Escitia; la mujer era una escita que él había desposado por influencia de Bleda, su patrón. Sin embargo, no la recuperó, pues Atila estaba enojado con él por haber vuelto. Apareció con ocasión del banquete e hizo desternillarse de risa a todos, menos a Atila, con su apariencia, su vestido, su voz y su palabrería, una mezcolanza de latín, hunita y gótico. Atila, con todo, permaneció impasible y con semblante serio; ni de palabra ni por acción dejó escapar una sonrisa.
Cuando entró Ernas, su hijo menor, y se puso a su lado, él le pellizcó la mejilla, mirándolo con ojos contentos. Cuando pregunté por el motivo por el que Atila no se había preocupado de sus otros hijos, un bárbaro que entendía el latín, pidiéndome que no revelara nada de lo que me iba a decir, me explicó que los adivinos habían vaticinado a Atila que su estirpe se extinguiría, pero que sería restaurada más tarde, en la persona de este hijo suyo.
Dado que el convite se alargaba hasta bien entrada la noche, nosotros nos marchamos, pues no queríamos seguir bebiendo.

Cuando despuntó el día fuimos a casa de Onegesio a explicarle que teníamos que despedirnos, pues  no podíamos perder ya el tiempo inútilmente. Él nos dijo que también Atila pensaba partir. Poco después consultaron con los notables sobre las decisiones de Atila, quien mandó escribir una carta al Emperador. Mientras tanto, Creca, la mujer de Atila, nos invitó a comer en casa de Adarmo, su administrador. Acudimos, junto con algunos nobles de aquel pueblo, y fuimos acogidos hospitalariamente. Nos saludó con palabras gentiles y nos sirvió una comida exquisita. Y con generosidad escita, todos los presentes nos pusimos de pie, nos ofreció (“diede”) una copa llena y, luego, después de haber abrazado y besado a aquel que había bebido, la volvía a recibir de nuevo. Después del banquete volvimos a nuestra tienda y nos acostamos.
El día después del banquete, Atila nos invitó de nuevo a comer y, como la primera vez, nos presentamos ante él y, juntos, celebramos el banquete. Esta vez no se sentó con nosotros su hijo mayor, pero sí su tío Ebarsto, el hermano de su padre. Durante todo el banquete se mostró afable con nosotros.
...............................

Nos retiramos del banquete al caer la noche y tres días después fuimos despedidos, después de haber sido honrados con oportunos regalos.
””

El texto anterior ha sido traducido del italiano por Antonio Jiménez M. (Los vocabros o frases sin traducir están esperando a un o una italiana que eche una mano.

Brani tratti da: Prisci Panitae Fragmenta,
a cura di Fritz Bornmann, Le Monnier, Firenze 1979 -
© 1979 Le Monnier, per gentile concessione.
Oltre alle evidenziazioni, gli altri interventiredazionali sono indicati da parentesi quadre

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Enqui y el orden del mundo

El relato que refiere la grandeza del dios sumerio Enqui (el dios acadio Ea, el de la Epopeya de Gilgamés) se conserva en numerosos fragmentos de tablillas de barro, que se han descubierto principalmente en Nipur y se conservan, en su mayoría, en el Museo de Antigüedades de Estambul y en la Universidad de Pensilvania.

La lectura hay que hacerla por bloques: columna 1, columna 2, columna 3 y, a continuación, pasar al bloque 2: columna 3, columna 4, etc.

1
Enqui,
el más sabio de los dioses,
nacido del bravo toro,
engendrado por el uro,
árbol plantado en la orilla
de las aguas pantanosas,
que se alza como un dragón
y da sombra al mundo entero;
un huerto cuya arboleda
tiene ramas extendidas
por la ancha faz de la tierra;
el más poderoso aquí,
cuyo palacio altivo,
al borde de la laguna,
no tiene par en la tierra;
con un gesto de sus ojos
puede mover las montañas
de las que bajan los toros,
los ciervos y jabalíes.

Hasta las verdes praderas,
2
los precipicios del monte
y hasta los rojizos cielos,
cual impenetrable red,
llega su clara mirada,
penetrante como flecha,
como la flecha de caña.
Es el que ordena los días
y el que dispone los meses
hasta completar el año;
sólo con abrir su boca
hace que las plantas crezcan
y que llegue la opulencia
hasta las últimas ramas
que, rebosantes de frutas,
son adorno y enriquecen
las montañas de los dioses;
parece su compostura
como un árbol en el monte,
como un vestido de lana;

       
3
selecciona las ovejas
que adornan y enriquecen
los pastizales abiertos
y cuando los amplios campos
han sido laboreados,
a tu (¿su?) orden se cosechan
enormes cinas de mies
y grandes peces de grano.

Los ganados, en sus redes,
dan la leche apetecible
y cantan los pastorcillos
mientras el pastor mayor
hace queso en su quesera;
distribuye los productos
en ricas mesas dispuestas
para que coman los hombres;
su recia palabra llena
de fuerza al joven varón
que embiste como los toros

4
y arranca la tierraa misma
con la fuerza de sus cuernos,
y de encantadora gracia
a las jóvenes mujeres
que engalanan su cabeza
para alborozo de todos.

En el momento oportuno
establece los destinos,
el transcurrir de los días,
la ordenación de los meses;
hace que en el cielo anden
miles y miles de estrellas
cuyo nombre él conoce;
ha instalado a los hombres
en sus casas y cabañas
y cuida que sean felices;
ha hecho, también, que los hombres
dejen en casa sus armas
y puedan vivir en paz;
5
va recorriendo la tierra
sembrada de cereales
para que dé ricos granos;
va visitando majadas
y las ovejas preñadas
paren gordos corderillos,
las vacas gruesos terneros,
y cabritillos las cabras
.........................

cuando visita los campos,
los campos de pan llevar,
reúne los cereales
en grandes cinas y peces;
si va por los eriales,
renacen en verdes pastos.

Con razón pudo decir:
“el rey del mundo, mi padre,
me concedió el primer rango
dentro del gran universo;
mi hermano, el rey de la tierra,
6
me dio todos los poderes,
y, desde su templo allí,
en Nipur, los he traído
hasta Eridú, mi morada;
soy el nacido del Toro,
soy el terrible huracán
que ha salido de la tierra;
soy el señor del país,
creador de la opulencia;
soy el centro de la tierra,
arropado por los cielos
y mi hermano mayor es
el Sol que, desde la altura,
me ayuda en mi cometido
para que (con) mis poderes
pueda fecundar la tierra
y repartir los oficios
a los hombres en sus tierras.

Recorreré los lugares
para fijar los destinos
7
hasta el confin de la tierra;
siguiendo mis directrices
se han hecho los pesebres
para que coman las mulas
y cercado las tinadas
para guardar el ganado;
si toco el alto cielo,
éste chorrea la lluvia
de la mayor abundancia;
si toco las tierras altas
tiene lugar la crecida;
si toco los labrantíos
se cosechan grandes cinas
y grandes peces de grano;
he edificado mi casa
en la orilla de un pantano
y su sombra bondadosa
se esparce por la laguna
en la que, entre plantas bellas
se agitan los pececillos
8
y las plateadas carpas
van meneando sus colas
entre las menudas cañas,
mientras que los pajarillos
gorjean atropellados
alrededor de sus nidos;
los que cuidan mi palacio
guardan silencio ante ellos
y las divinas muchachas
se bañan en aguas claras
y cantan dulces canciones
que llenan de vida el lago.

Allí tengo yo una barca
con un carnero en su proa
que, sobre las aguas mansas,
lleva a los enamorados;
el agua mece sus flancos
y los expertos remeros
cantan canciones antiguas


9
que hasta la orilla se alegra;
y el capitán del navío
levanta su vara de oro
para gobernar mi barca
-la del carnero en la proa-
y me transporta ligero,
sobre las aguas tranquilas
de la sagrada laguna,
allí donde quiero ir;
en Eridú he levantado
mi casa, mi santuario,
y un destino afortunado
le he reservado en Sumeria;
sobre estas aguas dormidas
se extiende su sombra dulce
y, entre las pequeñas plantas,
mueven sus bocas los peces
y las carpas, entre cañas,
sus colas blancas agitan.


10
Yo, el señor, voy a partir
y recorreré mis tierras
y estableceré el destino:

De Dilmun, la deseada,
los mares recorrerán
los navíos bien cargados
de dátiles y otros frutos
y transportarán los ríos
oro y plata de Meluja;
a los que no tienen casa
les repartiré el ganado.

Voy a visitar Sumeria;
dejaré anclada la barca
junto a las pequeñas cañas
entre las que raudas carpas
sin cesar menean sus colas;
allí, junto a la laguna,
elevaré el estandarte,
11
la sombrilla protectora,
para los hombres sumerios,
y este país de Sumeria,
de una luz indefectible,
de corazón insondable,
de poder inaccesible,
enseñará a las naciones,
desde oriente hasta occidente,
mi habilidad inventora;
.............
en la casa de Sumeria
se edificarán tinadas
e innumerables rediles
y su ganado menor
sin fin se acrecentará;
los apriscos serán muchos
y tu (¿su?) ganado menor
no tendrá quien lo recuente;
tus torres se elevarán
altas, hasta el cielo “azul”,
12
donde los dioses mayores
establecerán destinos;
oh Sumeria, gran país,
....................
Luego, camina hasta Ur,
la ciudad sagrada y santa,
y establece su destino:
en todo, ciudad perfecta,
cuyos pies besan las aguas;
claro otero en el camino,
alta como una montaña
para dominar la tierra;
bosquecillo embalsamado,
dulce sombra desplegada
con los más grandes poderes;
Enlil pronunció tu nombre
sublime, ante el universo.

Luego se fue hasta Meluja
y le establece el destino:
13
serás un país umbroso,
con frondosas arboledas;
con tus árboles nativos
se fabricarán las sillas
de las estancias reales
y con tus nativas cañas
se fabricarán las flechas
que los valientes guerreros
lanzarán en la batalla;
tus toros serán terribles,
y similar su mugido
al de los toros montunos;
para ti los grandes dioses
dispusieron gran poder;
tus francolines tendrán
las plumas de cornalina,
los pavos serán tus aves,
cuyos gritos llenarán
los palacios de los reyes;
de oro será tu plata
14
y bronce será tu cobre;
grande será tu abundancia,
cuya (¿y su?) gente crecerá
y parecerán tus hombres
un toro para otros hombres.
.............
Dará al país de Magán
los más hermosos navíos
y a Dilmun, purificado,
lo confía a Ninsiquila
y a su templo principal
le concede las lagunas
para que coman sus peces;
a sus tierras de cultivo
le otorga los palmerales
para que sus habitantes
coman sus dátiles dulces.

Sólo de los territorios
de Marjasi y del Elán,
15
guerreros devoradores,
decide que se destruyan
los fortines y moradas,
y que se lleve su oro,
su lapislázuli y plata,
y cualquier otro tesoro,
a Enlil, rey del universo,
en su templo de Nipur.

Y a los que no tienen nada,
ni ciudadelas ni casas,
a los Martos les concede,
en el reparto, el ganado.

Apartando su atención
de todos estos lugares,
la pone, luego, en el río
Eúfrates y, a sus pies,
alza su verga, eyacula
y llena el río de agua
16
brillante (como la espuma),
como la vaca en el prado,
que muge por su ternero
que ha quedado en el establo.
Luego se dirige al Tigris,
que se somete ante él,
y como toro impaciente,
con su verga levantada,
le da el regalo de bodas,
y como un gigante uro,
que está a punto de saltar,
hace disfrutar al río;
y el agua, así producida,
era brillante y suave
y embriagadora a la vez.
El grano que producía
“este brillante caudal”
era muy grueso y muy bueno,
y así llenó de riquezas
la morada de Enlil,
17
y Enlil se regocijó
y  Nipur estuvo alegre.
Con la corona en su sien
tocó, con su mano izquierda,
el suelo y la opulencia
brotó de la tierra toda;
es el que empuña la vara
con su gran mano derecha
y el que dice las palabras
para que logren mezclarse
el Eúfrates y el Tigris,
haciendo que, de su templo,
brote la prosperidad
que rezuma como aceite.

Y el rey y señor del Apsu,
Enqui, que da los destinos,
a Embilolo le encargó
el cuidado de los ríos;
se ocupó de la laguna
18
y de sus cañaverales
y llenó, con abundantes
Peces, el inmenso lago,
poblando el cañaveral
de cañas secas y verdes.
......................
Tras realizar estas cosas,
allí, en el cañaveral,
en plenas aguas erige
un santuario precioso,
un templo de fantasía
de laberíntica planta,
cuya base se parece
a las estrellas Pegaso,
mientras que la parte alta
se asemeja a la Galera;
rodeado por el mar,
su brillo era divino
y al que ni los grandes dioses
se atrevían a acercarse;
19
allí estableció su morada
y, en este marino templo,
los anunos levantaron
elevada pasarela
que a su entrada conducía.
y así, para el gran señor,
el príncipe del E-Cur,
llena el templo de riquezas
y Enlil, gracias a Enqui,
se alegraba, y en Nipur
el alborozo reinaba.
...........
Al cuidado de su templo
y encargada de los mares
pone a la señora Nanse,
la señora del Sirara,
la inmensa ola marina,
la marejada y corriente,
del fondo del mar surgidas;
después convoca a la lluvia,
20
a las aguas celestiales,
y las coloca en lo alto
flotando en forma de nubes,
haciendo retroceder,
hasta el lejano horizonte,
al viento que las transporta
para convertir los campos,
de eriales abrasados,
en campos de cereales;
encargado de la lluvia
nombra “al bueno” de Iscur,
el amo de la abundancia,
jinete de tempestades,
el que cierra con su tranca
los celestiales estanques.

Luego, prepara el arado
con el yugo y con la yunta,
la de los cornudos bueyes
para abrir el noble surco
21
y hacer crecer cereales
en los campos cultivados;
y fue al señor adornado
con la corona de espigas,
a Enquindo, el hacedor
de las acequias y surcos,
al que nombra su patrono;
después se vuelve hacia el               
                               campo,
a la tierra cultivada,
y la abastece de grano,
de habichuelas y lentejas;
hace crecer las gavillas
y los molinos de piedra
y, en beneficio de Enlil,
esparce por las comarcas
la opulencia “del país”;
como encargado del grano
- del cereal y grufalla –
nombra al buen pan, a Asnán.
22
Luego asegura la azada,
con las cuerdas, al astil
y compone, con las tablas,
el molde de los adobes
y, como si queso fueran,
va cortando los adobes;
y al dios de la azadas doble,
como bífida culebra,
al que ordena los adobes,
a Culla -el que amasa el barro-,
lo nombraba su patrón.
Después estira la piola
para trazar los cimientos
y, diseñando una casa,
ordena que se hagan zanjas
para construir los cimientos
y colocar sobre ellos
los adobes moldeados;
de estos edificios firmes,
23
que no se derrumbarán,
y cuyos andamios tocan
el cielo, como arco iris,
nombra encargado a Musdama,
el gran albañil de Enlil.

Después se vuelve hacia el
                                   llano
y, sobre la gran llanura,
pone una noble corona
y, sobre la estepa seca,
extiende un manto verde
y, en la orilla de este manto,
una diadema de azul,
dotando a la tierra fértil
de hierbas amontonadas;
en estas verdes campiñas
hace crecer los rebaños
y los instala a su gusto
24
para que oveja y carnero
entre el pasto se apareen;
de la vida del ganado
nombra encargado a Sacán,
el señor de la llanura,
el campeón de los montes,
de la llanura corona
y león de las estepas.

Después construye tinadas
y establece su función,
delimitando majadas
a las que dota de leche,
de leche cremosa y blanca,
quedando así abastecido
el comedor de los dioses,
y la vida placentera
se instala en la verde estepa;
y patrón de los pastores,
nombra al yerno del dios Sin,
25
proveedor del E-Ana,
a  Damuzi Usungalana,
amigo del dios Anón
y el amarte de Inana,
la que difunde el amor
por las calles de Culaba;
de esta manera quedó
de bienes lleno el E-Cur,
la residencia de Enlil,
de lo que el dios se alegró
y en Nipur hubo alegría.

Luego establece el catastro
marcando el suelo con varas
y establece, en la ciudad,
el sitio de las moradas
de los dioses Anunacos
y su dominio en los campos;
y de todo el universo
nombra a Samas encargado,
26
al dios Uto, el campeón;
y al campeón de los cielos,
al león rugiente, al toro
que, orgulloso y bien plantado,
ostenta su gran poder;
padre de la gran ciudad,
del sagrado Anón heraldo,
al juez que dicta sentencias
por todos los “grandes” dioses,
al que, adornado con barba
de lapislázuli piedra,
sube desde el horizonte
hasta lo alto del cielo,
a Uto, de Ningal hijo,
es al que nombra encargado
del “infinito” universo.

Entonces, tendió la urdimbre
y dispuso “bien” la trama,
y logró la perfección
27
de este quehacer femenino;
gracias a él, desde entonces,
se hicieron bellos vestidos,
adorno de los palacios
y ornamento de los reyes;
a la fiel y silenciosa,
a Uta, nombró patrona.

Entonces , aquella diosa,
la que nada recibió,
la joven mujer Inana
fue al encuentro de su padre
y, entre lágrimas, a Enqui,
alborotada, le dijo:
de entre todos los Anunos,
los grandes dioses, Enlil
te ha dado la libertad
de determinar destinos;
¿por qué a mí, a la mujer,
no me has dado el mismo
                                trato?
28
¿por qué solamente a mí?
Yo, la sagrada Inana,
¿qué cometidos tendré?
La hermana de Enlil, Arura,
Ninta, patrona del parto,
como emblema de partera
recibió el sagrado adobe,
signo del alumbramiento;
tiene en su poder el corte
del cordón umbilical
y recibió, para ello,
cuchilla de silex, vara
y el vaso y fuente sagradas;
ella, así, se ha convertido
en comadrona del mundo
y a ella se ha confiado
el nacimiento de reyes.

Mi otra sublime hermana,
29
la sagrada Ninisina,
recibió la piedra “suba”,
con lo que se convirtió
en hieródula de Anón;
a sus deseos se acuesta
y él le dice, en alta voz,
todo aquello que desea.
(lo que su corazón quiere)

Mi noble hermana, Nimaj,
recibió el cincel de oro
junto al martillo de plata;
así mismo, recibió
cuchillo de pedernal
para labrar la madera;
artesana del metal
y de la “noble” madera
se ha convertido, así,
dentro de nuestro país,
30
es la que corona reyes
y les ciñe la diadema.

Mi noble hermana, Nisaba,
ha recibido la regla
de medir y, junto a ella,
el patrón de lazulita
por ella es custodiado;
ella difunde el poder
y establece las fronteras;
se ha convertido, así,
en secretaria del mundo
y a ella se han confiado
las cuentas de la comida,
la pitanza, de los dioses.

A Nanse, la gran señora,
a cuyas plantas se posa
la mismísima lechuza,
31
la ha convertido en vigía
de los productos del mar
y es ella la que presenta,
a Enlil, su padre en Nipur,
los suculentos pescados
y las aves más selectas.

A mí, que soy la mujer,
no me has dado el mismo trato;
¿por qué a mí, sólo a mí?
Yo, la sagrada Inana,
¿qué función voy a tener?
Y Enqui responde a Inana
a su hija, la sagrada:
¿qué se te ha negado a ti?
¿qué se te ha negado, Inana?
¿qué más te podría dar,
oh, Inana, mujer joven,
¿qué se te ha negado a ti?
¿que más te podría dar?
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Tú eres la que proclama
.......
para ti se ha dispuesto
..........
para que ...
tú te pones el vestido
de la fuerza varonil;
tú pregonas las palabras
que es necesario decir;
tú ostentas el bastón
y el cayado pastoril.
¿qué se te ha negado, entonces,
oh joven mujer, Inana?
Tú eres la que prepara
y anuncia guerra y batallas;
tú, en el fragor del combate,
dices las irreparables,
terroríficas palabras;
tú tuerces lo que es derecho
y enderezas lo torcido;
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tú te cubres con ropajes
y vestidos de buen lino;
tú que hilas con el huso
y urdes la lana suave
con los hilos de colores;
tú amontonas las cabezas
decapitadas, cual polvo,
o las esparces, cual grano;
tú barres sobre la tierra
lo que no ha de ser barrido
y “arrancas”, con el tambor,
el manto que la recubre,
y tú guardas, en su estuche,
oh joven mujer, Inana,
a “tigi” y “adaj” contentos
y nunca desapareces
de la mirada de aquellos
que son tus admiradores.
¿Acaso, joven mujer
Inana, no sabes tú
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atar la cuerda del zaque
de los pozos más profundos?

Y el corazón de Enlil
se desbordó en ese instante,
rebosó su corazón
y en el país puso el orden;
dado que su corazón
rebosa benevolencia
hacia los hombres, Inana,
no quieras trabas poner
 ...................
...............

wwwwwwwwwwwwwww     WWWWWWWWWWWWWWW     wwwwwwwwwwwwwwwww

Camino de Nambija (las minas de oro)

Es mediado el mes de noviembre del año 2007. He llegado a Catamayo todavía con luz. Aunque hay autobuses que te trasladan del aeropuerto a Loja, la capital de la provincia del mismo nombre, la mayoría de los viajeros suelen irse en taxi, que funcionan buscando a gente hasta completar las plazas disponibles y, de esa manera, el precio se reduce a 5 $ por persona, con lo que ya no merece la pena estar esperando a que llegue el carro. A Loja ya hemos llegado de noche, pues la distancia entre Loja y Catamayo debe rondar los 30-40 Km., y en la terminal terrestre, donde me ha dejado el taxi, he tomado un autobús hasta Zamora, la capital de la provincia “Zamora-Chinchipe” sin esperar prácticamente nada. Estoy, por tanto,  en el sur de Ecuador. Lo primero que he visto ha sido el reloj gigante iluminado, orgullo de la pequeña ciudad de Zamora, según dicen, el reloj más grande del mundo. Me he ido al hotel -u hostal- Betania, que me ha sorprendido por lo nuevo y lo cuidado que está y  he tomado una habitación con baño y agua caliente (13  $) y me he ido a dar una vuelta por la ciudad y he recalado en un Burguer (así lo pone en la puerta: Burguer) y he pedido pollo brosterizado con arroz y papas, es decir, pollo frito con arroz y patatas, arroz que en Ecuador se come como en España el pan, con todo y en todas las comidas. Es una lástima que no haya podido ver el paisaje entre Loja y Zamora; espero verlo a la vuelta, pero no quise quedarme a dormir en Loja para no perder tiempo (días), pues se me estaban acabando las medicinas que llevé de España para prevenir la malaria. Luego, el dueño del Tzanka, a que me referiré más adelante, médico, me dijo que no era necesario tomar medicinas, que por allí no se daban casos de malaria.
Desde la ventana del hotel Betania, y mejor desde su terraza, donde desayuné, se ve un paisaje montañoso muy bonito: todo verde y con bastante vegetación alta. Por allí crece el romerillo, único pino  autóctono de aquellas regiones tropicales, pero que yo creí entonces que se trataba de una planta endémica pequeña y no me esforcé por conocerlo o, al menos, por preguntar por él. El desayuno consistió en café con leche, huevo revuelto, panecillo-bollo con mantequilla y mermelada, jugo de naranjilla y una especie de panecillo que recuerda a los rollos de primavera chinos, con sabor algo raro (¿a yuca?, eso pensé, pero no había probado todavía la yuca). Se me olvidó preguntar de qué estaba hecho el panecillo, aunque sí comprobé que contenía carne de pollo y algunas frutillas. Después de desayunar, me fui a visitar el Tzanka. Se trata de un refugio privado de fauna y flora de la selva, aunque pequeño: había dos boas (una hembra de tres metros y un macho pequeño), varias especies de monos pequeños, un tigrillo enfermo, sahinos (especie muy parecida a los jabalíes, pero más pequeña), una danta, nombre que dan allí al tapir, un animal bastante más grande que un cerdo grande, tortugas de varias clases, dos águilas y varias especies de aves, como las pavas de la selva, guacamayos, tucanes, etc., algunas de ellas en libertad (pude ver una lora de cabeza roja, difícil de observar).
A media mañana me fui a la terminal terrestre (estación de autobuses) y cogí un carro (autobús) hasta Namírez para, desde allí, dirigirme a San Carlos de las Minas. En Namírez los que íbamos hacia San Carlos cruzamos el río Zamora por un puente colgante y esperamos en la orilla opuesta a que llegara la ranchera que nos llevaría a San Carlos de las Minas.

El recorrido hasta este último lugar fue muy bonito y pude ver a buscadores de oro en la orilla del río, cuyo nombre no anoté y ya no recuerdo. Llegué al único hotel de San Carlos, dejé la mochila y me fui al río, en el que vi. viejos lavaderos de oro; por allí me encontré una piedrecilla con oro incrustado, o eso al menos me pareció a mí. A las dos de la tarde me puse a comer ligero, pues la ranchera que me llevaría a Nambija pasaba a las dos y media. El hotelito, que yo conocía a través de Internet, pues en la red había leído algo sobre las minas de Nambija y allí había tenido lugar un simposio internacional sobre minas, estaba regentado por una mujer de unos cincuenta años y su hija de unos veinte y pocos, ambas muy guapas, de muy buen porte y muy bien arregladas. Digo esto, porque contrasta con la suciedad que había en la habitación. Para poder usar el lavabo tuve que proceder primero a limpiarlo a fondo: la limpieza, o mejor, la suciedad y el mal estado de las habitaciones es algo muy corriente en Ecuador, si se exceptúan las grandes ciudades y algún caso aislado en pequeñas ciudades o pueblos, como fue el caso del hotel Betania en Zamora que, por cierto no tenía agua caliente.

La subida a Nambija es espectacular. Se trata de la cordillera del Cóndor, ya en la frontera con Perú, tan cercana que, ya en Nambija, hay una montaña con minas explotadas por ecuatorianos en la falda sur y en la falda opuesta las minas son explotadas por peruanos. Es un poblado de mineros pobres que explotan pequeñas concesiones mineras con medios muy rudimentarios, de tal manera que apenas ganan para subsistir; de hecho no son capaces de ahorrar para un martillo neumático -que  ahorraría poner barrenos para romper la roca, lo que  puede resultar muy peligroso- o una trituradora moderna, por pequeña que fuera. En mi recorrido me crucé con dos mineros, uno joven y otro de unos sesenta años, que se dirigían a su casa cargados cada uno con un saco de piedras; los saludé y aprovecharon para descansar un poco y hablar conmigo. Luego, los acompañé a su casa y allí me contaron y me enseñaron cómo extraían el oro de las piedras. En primer lugar, introducen las piedras en un pequeño tambor eléctrico, dentro del cual tienen varios trozos de hierro de distintas formas que, al chocar contra las piedras al voltear, van triturándola hasta que se deshace y se queda como una pasta de barro.

                                                                  No sé el tiempo que durará la molienda pues, a simple vista parecía poco menos que imposible que en aquel tambor pudieran deshacerse las piedras; después esta pasta se lava removiéndola, con lo que se consigue que el oro se vaya al fondo del lavadero mientras que el agua mezclada con tierra se va desbordando y se precipita por rampas y canales monte abajo hasta los arroyos y ríos del valle. A medida que va bajando el agua de los distintos lavaderos, se van formando regueras y canales, cada vez más grandes, varios de ellos horizontales, que se desbordan formando cortinas de agua que dan al paisaje montañoso y verde un aspecto idílico, que contrasta con el poblado visto de cerca, con sus casas tan pobres y destartaladas, hechas todas con tablas de madera. La pasta que contiene el oro, que queda en el fondo del lavadero, se recoge y, poco a poco, se vuelve a lavar en la batea, donde ya el oro queda limpio en el fondo de la misma, mientras se va tirando el agua con el barro disuelto. Cuando ya solo queda el oro, se frota con un piedra dura y lisa añadiéndole mercurio para amalgamarlo, es decir para que se haga una bola o pepita, lista para ser vendida.

El mercurio es un mineral tanto para los mineros, como para los ríos a los que va a parar las aguas de todos aquellos canales. El oro se pagaba entonces a 22 $ el gramo, al parecer más que en otras minas, pues la calidad del de Nambija es superior. Allí compré un trocito de piedra con algo de oro incrustado y visible. Como la mayoría del oro aparece en forma de granos minúsculos, que solo aparecen después del triturado y lavabo, nadie tiene piedras para vender en las que se vea el oro.       
Cerca de las seis de la tarde cogí el camino de regreso y fui bajando unos dos o tres Km., con el fin de hacer fotos de los montes; la oscuridad se echó rápidamente encima y no pude hacer muchas. El sol en el Ecuador de la tierra se pone muy pronto y, además, lo hace más rápidamente de lo que lo hace por Europa. Lo que sí se veían eran las luciérnagas, con luz muy potente, comparada con la de las de España, que se encienden y apagan en pocos segundos (otra diferencia con las peninsulares y que dan nombre a Yantzaza, el valle de las luciérnagas en idioma shuar (jíbaro), según creo haber leído. No sé el motivo, pero a los shuaras no les agrada que se les llame jíbaros, quizá porque hace tiempo decir jíbaros era sinónimo de decir reductores de cabezas; ya hace muchos años que los jíbaros no llevan a cabo estas prácticas de reducir cabezas de los enemigos muertos por sus lanzas o flechas. Cuando pasó la primera ranchera, me subí y al poco llegamos a San Carlos de las Minas, donde estoy escribiendo estas notas. Mañana me iré a Yantzaza donde, según me dicen, hay una tienda con recuerdos y artesanías jíbaras o shuar y de la etnia Saraguro.

En Yantzaza he tomado algunas fotos, he pasado las fotos a un disco y me he venido a Los Encuentros; la tienda de recuerdos estaba cerrada, por lo que no compré nada. Los Encuentros lo constituyen unas cuantas casas  en la confluencia de tres ríos. He ido con una furgoneta a ver la unión de los ríos y hacer unas fotos, pero no había nada interesante. Ahora estoy esperando que llegue otra ranchera para viajar a Paquissa. En Paquisha he conocido a Minós (como el rey del palacio del Minotauro, pero acentuado al revés), que tiene una hija, Patricia, en Onteniente, casada con un valenciano (en libreta aparte he copiado los nombres y el teléfono, pues Minós quiere que me ponga en contacto con su hija y que vea si puedo buscarle trabajo a su marido) ; debe ser viuda, pues en casa de sus padres viven dos o tres hijos suyos que esperaban “los papeles” de España para viajar a Onteniente. Minós quería que me quedara en su casa, pero yo preferí irme a la pensión (5 $), y me estuvo enseñando su gallera, un ruedo muy a parecido a una plaza de toros pero en pequeño, muy bonita y muy bien conservada.


Al día siguiente me fui a Las Orquídeas, última población a la que se podía acceder por camino, a orillas del río Nangaritza por donde yo quería adentrarme en las espesuras de la cordillera del Cóndor; desde allí partían las canoas hacia el alto Nangaritza.

En Las Orquídeas me enteré de que cerca de allí se encontraban las cabañas Yankuan a las que se podía ir en bote o andando. Cogí el camino y me puse en marcha andando, por bosques espesos. Por allí me estuve bañando en un riachuelo cristalino rodeado por vegetación muy espesa con lianas por todos los lados; solo se podía avanzar hacia dentro del bosque siguiendo el riachuelo. En las cabañas me alojé en una con baño y hamaca, bastante bien. Eran cabañas hechas de madera con los suelo de láminas de chonta, una palmera con una madera muy dura, con la que los indígenas de aquellos lugares hacían sus lanzas y flechas guerreras y que ahora hacen para venderlas como recuerdos. Después de comer me fui por una senda en muy mal estado (de vez en cuando había cuerdas atadas a árboles para poder agarrarse y mantenerse de pie) a ver la cascada del “vino”, una cascada sin nombre conocido, cuyas aguas son de color vinoso, motivo por el que los de las cabañas la llaman así. No caía mucha agua, pero es muy alta (más de sesenta metros, a ojo) y tiene un color café. La poza que ha excavado el agua en la roca donde cae desde tan alto es muy oscura y, aunque parece que no cubre y es muy pequeña (unos cuatro por tres metros, lo que es muy poco para quien sabe nadar) infundía respeto y yo no me atreví a bañarme, en parte por el fresco que hacía y en parte por lo oscuro que estaba todo, incluida la poza, con lo que perdí la ocasión de haberme masajeado con el agua caída de tan alto, masaje que no había que perderse, según me dijeron.

Al día siguiente me fui en bote a Las Orquídeas con el fin de embarcarme en la canoa-ambulancia que recorre los poblados existentes en la ribera del río, con lo que lograría conocer de cerca a los indígenas de la margen izquierda del Nangaritza -en la orilla opuesta los poblados son de los colonos-, pero ya se había ido cuando llegamos. Cogí una de las que suben y bajan llevando personas y mercancías a lo largo del río y regresé en la misma, sin bajarme en los poblados recorridos, a excepción de una pequeña estancia en Saime, al regresar, donde compré una corona de plumas que los shuaras se ciñen en la cabeza en determinadas fiestas, y una rana fósil, que resultó ser de cerámica, sin duda precolombina. Las canoas, tanto las más modernas como las hechas  con troncos de árboles están equipadas con motor fuera borda y da gusto viajar por el río con el aire dándote en la cara. En el primer tramo el cauce transcurre entre montañas con vegetación espesísima y hermosa, con cascadas no muy grandes pero bonitas. Hice bastantes fotografías del paisaje y de alguna de las varias cascadas que se pueden observar, a excepción de la más grande, la del manto de la virgen, que solo se puede observar de lejos, pues la vegetación impide su visión al acercarse a ella.  En el segundo tramo el paisaje es más plano y menos espectacular; a esta altura se unen los ríos Nangaritza y el Río Negro, cuyas aguas oscuras recordaban el color vinoso de la cascada del vino. Durante un tramo bastante grande las aguas de los dos ríos corren cada cual con su color hasta que, poco a poco, se van mezclando y desaparece la dualidad de colores. Al tercer tramo no llegamos, pues la canoa no llegaba más lejos; otras subían a algunos poblados más lejanos aguas arriba y a algunos solo se podía acceder andando. Tan lejos no llegué yo. 


A la vuelta, en Las Orquídeas, vi.  en una casa un piel de boa arrugada y tirada en el suelo que debía medir unos cinco o seis metros; la piel tenía aproximadamente cuarenta y tantos centímetros de ancho. Le dije a la mujer que me la vendiera, pero me dijo que no sabía si su marido, que no estaba allí, quería venderla o no. Le dije que, al menos, la tuvieran cuidada, que era una pena verla tan estropeada.

Al regreso a Paquisha, Minós, cuya mujer tenía un pequeño restaurante en la terminal terrestre y allí se encontraba él, se puso muy  pesado y me tuve que quedar a dormir en su casa. Fue el día treinta de noviembre.

La gallera de Minós en Paquisha.


Minós amalgamando.

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Peregrinación a Roma I
por Antonio Mur Gimeno

Berlín, Domingo 17 de abril de 2005. Son las 9,56.      
Ayer hacia las 11 a. m. aproximadamente aterricé en Berlín Tegel de regreso de Roma. ¡Doy gracias al cielo  que todo fue bien! Las acacias de mi calle en Berlín todavía no han echado las hojas. Hoy es uno de esos días de buen tiempo, por primera vez me pongo zapatos de verano, ayer me quité la camiseta de invierno y salgo  a cuerpo a la calle en Berlín.
  Viaje a Roma
       El día 12 de abril he salido a las 6 de la mañana de Berlín en vuelo hacia Roma. La descripción minuciosa del viaje con sólo 4 pernoctas daría de sí materia  para un libro gordo, si bien ha sido un viaje sencillo y sin problemas. Los problemas son algo relativo, pues si consideramos el tocar  diana a las 3 de la mañana, podríamos calificar ese hecho como un auténtico problema. La semana antes el mismo día, o sea el martes hice una prueba, y me levanté a las tres, la boca del metro no la abrieron hasta las cuatro. Todo combinó bien. En la estación Zoo había ya mucha gente, algunos vestidos estrafalariamente, como un señor de unos 75 años, con botas de media caña, y exhibiendo una gran cruz pintada en la espalda de la chaqueta, que me hizo no pocas preguntas, dos de ellas : Si había sido antes el huevo o la gallina. Otra, si esta humanidad todavía podría salvarse. Me preguntó de donde era y al decirle que era español me riñó por lo de Cristóbal Colón, porque aquello tampoco estuvo bien.
     Lo cierto es que cuando llegó el día decidí gastarme 25 Euros e ir en taxi.
Día 12
       El vuelo fue muy bien, con nubes y claros. Pasamos los Alpes por las Dolomitas a 11.000 metros de altura y unos 1000 kms. por hora,  y pude divisar las cumbres nevadas, porque yo siempre escojo ventanilla. 

     Al llegar cerca de Roma me sorprendió que el paisaje no era como yo lo esperaba, pensaba que sería parecido a Mallorca, o Tarragona, pero no, lo que vi es un paisaje de un verdor exuberante, vi que muchos árboles no tenían hojas, se veía un suelo ondulado, con cultivos, pero fundamentalmente mucho verdor, como si llegáramos a Oviedo o a Estocolmo. Luego he pensado que era debido a que abril es época verde todavía. No obstante, nada de olivos ni almendros, ni naranjos. El manejo de la ciudad me pareció facilísimo, desde la estación Termini al Hotel d´Este en la vía de Carlo Alberto 4b fue un paseo a pie insignificante. El hotel está junto a Santa María la Mayor. Lo primero que hice fue dirigirme al Vaticano en bus 40, una vez dejado atrás el castillo de Sant Angelo me bajé y avancé por la vía de la Conciliacione, la visión de la cúpula de la basílica del Vaticano es algo memorable. La vía de la Cociliacione la imaginaba como la calle Serrano en Madrid, pero con cafeterías y terrazas. No, no es así, es una calle amplia y espaciosa con poco tráfico y edificios tan sólo de cuatro plantas, jalonada por unas farolas de piedra monumentales, que parecen de un escenario, todo parece un escenario, el Vaticano, la Basílica me sorprendió por lo blanca, limpia, como si estuviéramos en el año 1610 cuando terminaron las obras. Según tengo entendido en 1990 se hicieron obras de limpieza.     En los dos extremos de la famosa columnata de Bernini hay dos simpáticos olivos. El obelisco central, que según tengo entendido lo trajeron hace 2000 años de Egipto, y estaba en un extremo del circo Máximo ubicado allí mismo, lo trasladaron un poco para ponerlo en el centro de la plaza, tiene en su frente un inscripción que dice: “Vade retro partae adversae ante cruce. Leo Judae vincit” Retroceded partes adversas ante la cruz, ante el sufrimiento. El león de Judá vence.
     Me pareció curioso que a Jesús le llamen León de Judá, pues entiendo se refieren a él, puesto que era descendiente, como se puede ver en San Mateo, de Salomón, David, de la tribu de Judá. Las doce tribus de Israel fueron fundadas por los doce hijos de Jacob, que fueron Rubén, Simeón, Leví, Judá, Zabulón, Isacar, Dan, Gad, Aser, Neftalí, José y Benjamín. De todos ellos  el más famoso fue José, pero la tribu mas importante fue la de Judá, porque a ella pertenecieron  David, Salomón, San José y la Virgen María, padres de Jesús. Jacob se refirió a Judá como cachorro de león, pero lo que mejor sabemos de él  es que era un mujeriego, que iba de putas, lo que se cuenta en la Biblia al mínimo detalle, por lo que sabemos que el precio era un cabrito. Judá fue el padre entre otros muchos de Onán , aquel que se hizo famoso porque tiraba la semilla al suelo. Lo que queda claro es que en la tribu de Judá eran unos mujeriegos tremendos, a David se le contabilizan 10 esposas, pero a Salomón nada menos que 700 esposas legítimas y 300 concubinas, y no paraba en eso sino que hacía ofrendas a la Astarté de los cananeos. Perdón por la digresión, pero es que tengo reciente la lectura de la Biblia.
      El interior de la basílica  es impresionante, para acceder hay que pasar controles como en los aeropuertos, lo mas sublime y bello son los zuavos pontificios, sobre todo con las boinas, que parecen unos chicarrones “con toda la gala del septentrión”, con aquellos uniformes que diseñó el mismo Miguel Ángel. Eché de menos la auténtica devoción mística, pues fundamentalmente lo que se veía era un río inmenso de turistas, pues yo no creo que a los visitantes, se les pueda llamar con propiedad peregrinos. Yo si tuve un poco el espíritu del peregrino y me senté a hacer 20 minutos de quietismo en la capilla de San José, lo cual no es mucho si se tiene en cuanta que en los monasterios budistas se hace 7 horas de meditación diarias.     Los mármoles del suelo, las columnas, el techo, los altares, las pinturas, todo está como si hubiera acabado de fabricarse, todo nuevo, se trata de un templo enorme, hecho sin escatimar gastos, pues los materiales son los mas suntuosos, los mejores. Coincidió mi visita con el conclave para elección de papa, pues hacía unos 15 días, o así, que había muerto Juan Pablo II, Carol Woitila, aunque vi pocas demostraciones de piedad, sí algunas, como una señora rezando de rodillas, un grupo de niños de una escuela italiana recitando el Ave María con su maestro, y un grupo de jóvenes polacos cantando una canción piadosa en la plaza, polacos de Cracovia. A mi me hubiera gustado que en el Vaticano 100 personas por turno y permanentemente practicaran el quietismo, así como lo hacen ante la hostia en Salamanca en un convento, que una monja tras otra se mantienen de rodillas vestidas de novias, de blanco, frente al Santísimo las 24 horas. Algo que hubiera hecho exclamar a Aristóteles, efectivamente: “¡Esto es eso!”. O que Pascal dijera efectivamente “¡Esto es eso!”. En la línea de la habitación pascalina, pues Pascal nos dejó dicho que todo lo malo que nos pasa, es por no haber aprendido a estar tranquilos en una habitación, y Aristóteles nos dejó también escrito que: “El hombre sentado y reposando se hace sabio”. Si yo fuera papa, montaría un tinglado quietista permanente.
Día 13
      El Coliseo. Arco de Constantino. Colina del Palatinado. El Foro Romano. El altar de la patria italiana. La Fontana de Trevi.
Día 14
     La plaza de España. El Vaticano – 4 horas- . Misa de los libaneses, Líbano, Siria, Israel y Palestina.
Día 15
     La Scala Santa. San Juan de Letrán.
Día 16.
      Regreso a Berlín                                                                                                                
      El día 15 era mi último día y me fui a pie  a San Juan de Letrán, que se encontraba a 10 minutos a pie de mi hotel, atravesé un parque y vi a unas chinas bailando con música un baile graciosísimo parecido al Tai Chi. Llegué a la  Scala Santa. Según una tradición medieval, que comenzó a tomar consistencia en el Año Santo de 1450, (la Scala Santa), la hacía llegar a Roma en el 326, traída por Santa Elena, madre de Constantino, la cual la habría sacado del Palacio de Pilatos, en Jerusalén. Jesús habría subido y bajado por ella el día que fue condenado a muerte.     No quise escatimar esfuerzos y me dispuse a subir la escalera santa de rodillas, (de pie estaba prohibido y para ello había otras dos escaleras), me tocó detrás de un árabe católico, libanés, maronita, yo supongo, que en cada peldaño rezaba un misterio del rosario, y ya vi que no llegaría en toda la mañana a remontar la escalera, cuando una “tía buena” china, me adelantó por la izquierda, yo la seguí...y lo que luego sucedió lo contaré en la continuación. No te lo pierdas que es mucho mejor...        Todavía no he acabado el viaje a Roma y ya me he embarcado a otro viaje, este a Grecia. Los viajes se hacen siempre tres veces, una la primera en la preparación, la segunda en la realización efectiva, y la tercera en el recuerdo o contándolo.      Del viaje a Roma me falta un poco la tercera parte, el acabar de contar a estos cuadernos lo que vi, lo que sentí. El viaje a Roma fue los días 12, 13,14, y 15, el 16 regresé.
LOS RESTOS DE LA ANTIGUA ROMA
      A la hora de visitar el Coliseo, el Foro, el templo de Saturno y otras ruinas me hubiera gustado conocer muy bien la historia de Roma, sin embargo alguna idea tengo por haber leído a Plutarco (16 de sus 50 vidas paralelas) a Séneca Cartas a Lucilio, Marco Aurelio  Meditaciones, Ovidio Las Metamorfosis y el Arte Amatoria y muchas otras lecturas no exhaustivas de textos, sino parciales de Virgilio La Eneida, Horacio, Marcial, de los que recuerdo bastantes pasajes. Cicerón y Julio Cesar no los he leído. Hace tiempo  me dediqué a los libros  de Antonio García Moreno en Austral sobre la vida de España en tiempo de los romanos.
      Si seguimos repasando nuestro contacto con la antigüedad romana  puede ésta tener muchos nombres, como la película Yo Claudio, Quo Vadis, la biografía de  Calígula escrita por Javier Diaz Huder, las visitas a Segovia, Clunia, Mérida, Tarragona, Zaragoza, Alcántara... El Coliseo en Roma es el  un día soleado de primavera, salí no obstante con abrigo. El caso es que la visión del Coliseo no es una visión de un edificio desconocido, sino que lo hemos visto cientos de veces en el cine y en la TV, y sería demasiado prolijo el contar cuantas veces lo he visto en el cine, TV, o en fotos. En realidad esto mismo me pasa con la Plaza de España, o Escalinata de la Trinidad del Monte, que es lo mismo, la Fontana de Trevi, el monumento  a Victor Manuel de Saboya o Altar de la Patria Italiana, etc. Lo único que me cogió de nuevas fue San Juan de Letrán y la Scala Santa, aunque de ambos asuntos tenía vaga noticia, pero no sabían en concreto que eran.
     No obstante si hay sorpresas, el Coliseo, por ejemplo no está aislado, sino en un conjunto grandioso de ruinas de la antigüedad romana, o sea que no es lo que parece en vacaciones en Roma, que Gregory Peck lleva a Audrey Hepburn en vespa, pasando junto al Coliseo en un mar caótico de vehículos, ese sólo es un lado por el otro lado da a espacio amplísimo maravilloso lleno de restos de la antigüedad romana, se trata de la Via Sacra que transcurre por un vallecico jalonado de colinas, de las cuales la mas importante es la del Palatinado. Todo ello se encuentra vestido de árboles y arbustos, flores, en forma imprevista, el pavimento en algunas zonas es maravilloso, pues son las mismas losas de piedra del pavimento de Roma; la mayoría de los templos tan sólo conservan las escaleras  y algunas columnas,  como en el de Saturno. La verdad es que me admiró que Saturno tuviera un templo, pues teniendo tantos dioses, si a todos les dedicaran un templo no acabarían nunca, pues los romanos tenían 12 dioses principales y unos 100 de menos importancia. Los doce mas importantes eran 1 Júpiter, 2 Juno, 3 Ceres, 4 Minerva, 5 Baco, 6 Apolo, 7 Venus, 8 Vulcano, 9 Mercurio, 10 Marte, 11 Neptuno y 12 Diana. Estos 12 dioses eran imprescindibles y bien Saturno engendró con Rea a Júpiter, por eso también tiene su importancia por ser el papá de Júpiter. El que no este puesto en esta materia se preguntará, y ¿quién engendró a Saturno y Rea ¿ pues  muy sencillo estos dos que eran hermanos eran hijos de  Urano y de Gaia, o sea del Cielo y de la Tierra, que a su vez surgieron del Caos. Estos últimos dioses pertenecían a la estirpe de los titanes y formaban una cuadrilla de hermanos enorme. A favor de Saturno tengo que decir que el poeta alemán Schiller lo consideró el principal de todo el Olimpo, y que el cristianismo puso a Jesús en su trono, se queja Schiller de que antes, cuando los dioses eran tan humanos, los hombres eran mas divinos, cosa muy cierta.
      El paseo es muy agradable y no tiene desperdicio, algunas guías se paran con grupos y explican por ejemplo el templo de Saturno, y la gente se sienta escuchando una hora. Con el idioma italiano he tenido distintas experiencias, a veces “pan comido”, otras no. Durante un rato escuché a una guía italiana las explicaciones sobre el Coliseo y le entendía absolutamente todo, como si me hablara en español. Sin embargo luego he tenido otras experiencias desalentadoras,  incluso leyendo.      Ese recinto amplio de ruinas es sumamente atractivo, y una de sus maravillas es la limpieza, la pureza del agua y la vegetación. Los antiguos romanos consideraban, que allí donde había un manantial de agua , aquel lugar tenía algo numínico, un Numen , un dios. Las fuentes eran divinas, los árboles, los ríos, todos tenían su dios. Las nueve musas solían bailar y cantar al corro alrededor de las fuentes y de los altares. Nosotros nos hemos alejado tanto de la realidad que no nos damos cuenta que los altares originales eran mesas unos y otros fogones, para preparar banquetes. Pues bien frente al templo de Saturno hay una fuente, pregunté a la guía si era potable y me dijo que sí, y yo me maravillo que en una ciudad tan populosa y con tanto coche, en aquella fuente donde pudo haber bebido Marco Aurelio, ahora bebía yo chorros de agua fresquísima y buena.
     De la colina del palatinado mana agua, y cae por unas paredes de roca, abajo hay un estanque con pececillos rojos, pues la alberca es transparentísima, limpia, impoluta. ¿No es una maravilla? Cada uno de los monumentos es digno de comentario y ahora yo podía explicar el arco de Constantino y bla, bla, pero para eso están los libros, los prospectos. Desde el valle divisé al fondo un grandísimo edificio, que ya me era muy familiar por las películas, fotos, lo que no sabía yo es que aquel monumento de hacia 1900 dedicado a Victor Manuel de Saboya, creo, era el monumento a la Patria Italiana, un monumento con tanto boato y circo. Entrando por  la verja, se prohíbe fumar, no dentro sino también fuera, sentarse etc... Allí arde la llama del fuego de la patria, y lo vigilan en dos altares unos soldados vestidos de gala y con metralletas. Pasé adentro del edificio, donde se encuentran las semblanzas sobre todo de tres personajes, un aristócrata, un militar, y un político, o sea Victor Manuel, Garibaldi y Mazzoni. Desde allí preguntando y a pie fui hasta la Fontana de Trevi.     En la Fontana de Trevi había un gentío de turistas, que por cierto la tomaron más en serio que yo, pues la gente estaba sentada en las balaustradas con ademán de tirarse allí toda la tarde, o al menos horas. Yo pasé de largo casi, pues pretendía  llegar de una tacada a la Plaza de España, pero no lo conseguí. La Fuente es bellísima. Desconozco el escultor. ¿Será Bernini? Representa a Neptuno en pie con el tridente y dos caballos marinos. El estado de conservación es óptimo, parece que la hubieran inaugurado ayer. El agua y sus chorros son preciosos, resulta el agua mas limpia y transparente que uno puede imaginarse y sorprende una tonalidad azul muy suave bellísima. La fuente es enorme, monumental, en fin hay que verla. Yo no eché ninguna moneda, pues me sentía un poco escocido de haber soltado 5 Euros para no sé que rollo, que luego pensé podrían ser unos pícaros, que asaltan a los turistas en todos los idiomas y por un sistema complejo les sacan la pasta.
     La próxima vez que vaya a Roma me sentaré en las balaustradas de la Fontana de Trevi 5 y pasaré allí la tarde; aquellas piedras de mármol tan bonitas inspiran amor.

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