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Editorial
Agrícola-Ganadera (Por escribir. Si quieres puedes escribirlo tú)
El Cestas
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La Lanza
El Crucifijo de Cimabue
Cotilleo Visual
Rincón del ecologista
A la sombra del alianto
Los maquis
Atila -El diario de Prisco- (próximamente)
Historias para no dormir (Por escribir. Si quieres puedes escribirlo tú)
Valdecabras

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Es mucho lo que se acumula, cuando lo que se te acumula es tanto que, ni en broma ni de veras, puedes hacer lo que tienes programado. Sí, hay que elegir qué es lo que quieres hacer de entre tantas tareas que te has echado encima. Y, muchas veces, eliges no hacer nada, pues tú mismo te convences de que no hacer nada es, a veces, una tarea importante y necesaria, incluso más que escribir esta revista.
 
Y esto último es lo que me ha pasado con este número 6 que, como el anterior, salen con medio año de retraso. Yo todo lo achaco al ojo, quiero decir a la operación del ojo que me hicieron, y también porque últimamente muchas cosas las voy dejando para cuando me jubile, dentro de un año, que está a la vuelta de la esquina y entonces sí tendré tiempo para todo. Todo puede ser, incluso que me dé por no hacer nada y, entonces, adiós revista, adiós Días de Otoño en Valdecabras ... y así, por el estilo, con otras cosas.  

El caso es que, para salir del paso, nada mejor que conocer a buenos escritores, como son, sin duda, Alejandro Pareja, Jesús A. Rojas, Vicente García “Centegares”, Urbano Elche Corada o Antonio Mur, y éstos van y te sacan de un apuro en un santiamén. Bueno conozco a más escritores –y escritoras, claro-, ya lo iréis comprobando. Con un poco de suerte, el próximo número no saldrá alicortado como éste y volverán las secciones de rigor a su sitio. Los problemas informáticos no son ajenos tampoco a este retraso desastroso.

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El Cestas, por Urbano Elche Corada

Dedico este relato (que no cuento) a S.Z., J. J. Elche
y a todos los niños que luchan contra el cáncer

Yo no creo en el Más Allá, ni en las historias de fantasmas, pero cada vez que paseo por el parque de San Julián me acuerdo de un viejo hacedor de cestas, me entran escalofríos y tiemblo.
  Cuando este parque no me daba miedo, me encantaba recorrer sus pequeños paseos y glorietas. Raro era el día que no lo visitaba dos o tres veces, o incluso más. En realidad, no exagero si digo que tengo mi memoria llena de miles de castañas pilongas y de bellísimas alfombras de hojas otoñales. Creo que a mi bisabuelo ya le pasaba lo mismo, por lo que intuyo que mi querencia por este parque es ceremonia antigua que me fue dada con los genes.
El parque de San Julián está junto a un río, el Huécar, y al otro lado de éste la ciudad de Cuenca se eleva (o se descuelga, que esto  nunca  se  ha  sabido)  como  una piña gigantesca. Algunos piensan que Cuenca no existe y por tanto, en buena lógica, piensan también que el parque del que les hablo es tan solo fruto de mi imaginación. Pero esto no es cierto: el parque existe (de lo de Cuenca ya no estoy tan seguro) y está lleno de vida y acoge álamos, tilos, plátanos, castaños, moreras, algún abeto y carreras de niños entre los  setos de evónibus.                                     
  Ocurre que hasta para los que lo frecuentan, este parque es casi un perfecto desconocido, de tan cotidiano;  como  un  vecino  al  que  siempre saludamos sin conocer siquiera su nombre. Pocos saben que antes de tener su actual nombre, el parque de San Julián se llamó parque del Retiro y, aún antes, parque de Canalejas. Son muy pocos los que han oído hablar de Desiderio "patatas fritas", el regidor de la biblioteca "Fray Luis de León", la primera biblioteca pública de Cuenca que fue instalada en los bajos del quiosco de la música, un templete situado en el centro del parque y que está coronado por un gran cáliz y una estrella translúcida, símbolos de la ciudad de Cuenca. Casi nadie se acuerda de las tardes verbeneras del parque, con sus churrerías y puestos de dulces entre los que te podías encontrar con adivinadores, sacamuelas, barquilleros y fotógrafos al minuto. Sólo los visitantes más ancianos del parque recuerdan a los "leros", los niños "sanjulianeros" acogidos por la Casa de Misericordia, en sus paseos tristes y monótonos porque sus vigilantes no les permitían jugar. Sé de todas estas cosas porque se las he escuchado a mis mayores, pero también guardo recuerdos propios de mis mañanas niñas, o de los primeros besos y caricias furtivas o de cuando -a su debido tiempo- grabé mi corazón adolescente en la corteza de uno de sus árboles centenarios.
Este  es  el  escenario  donde  conocí  al progonista de esta historia.  Su nombre era Adelelmo y se decía hacedor de cestas (no sé ustedes, pero yo nunca había oído antes este nombre, aunque el asunto de las cestas me resultaba, -como  buen  conquense-  más  que familiar). Fue durante una de las Ferias del Libro que se celebraban en el parque. Era de noche y los libreros ya habían cerrado sus casetas tras cumplir con su trabajo. Al principio, Adelelmo fue sólo para mí un bulto informe tendido en uno de los bancos del parque, tapado por unos pocos periódicos y un trozo de
plástico. Al poco de ir acercándome al banco me di cuenta de que el bulto era una persona; no en vano yo ya había visto en mis paseos  nocturnos   a  otros Adelelmos, aunque quizás con otros rostros. Al llegar a su altura, Adelelmo se incorporó lentamente dejando caer una botella vacía de vino y se echó un cigarrillo a la boca.
  —Por favor -dijo-, ¿me das fuego? Mientras lo hacía, añadió sin venir a cuento, en un tono ampuloso y teatral, como si recitara las palabras de un místico: "Pues de Dios es el dominio de los cielos y de la tierra, a Dios conduce el viaje".
  —¡Vaya, un loco! -pensé-. Y me senté inmediatamente a su lado.
A la luz del mechero sus facciones se me habían antojado fantasmagóricas. Adelelmo tenía una larga, rizada y cana cabellera y la barba muy poblada. Lo hubiera descrito como un grave patriarca de los cuadros clásicos de no ser por su harapienta vestimenta y, sobre todo, porque en el abismo de sus pupilas brillaba la negra luz de la demencia. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fueron las arrugas de su rostro; tenía pocas, pero cada una de ellas parecía tener mil años.
  En aquel primer encuentro, Adelelmo me embaucó en las increíbles circunstancias de su azarosa vida; y relatárselas a ustedes, como buenamente pueda, es el motivo que me trae aquí. Antes de empezar, he de reconocer desde ya que Adelelmo era un buen mentiroso: parecía creerse sus propias invenciones y los excesos de su imaginación desbordada. Mientras me contaba sus disparatadas aventuras, yo imaginaba cuántas chanzas de taberna habría soportado para ganarse algún que otro merecido trago con la presunta historia de sus rocambolescas andanzas. Por supuesto, aunque admito que me fascinó con su elocuencia apasionada, no di ningún crédito a sus palabras. Ni creo que ustedes debieran hacerlo.
  Adelelmo me contó que había nacido en Alejandría, hacía la friolera de dieciocho siglos "poco más o menos" (por utilizar su misma apostilla). Hijo de una prostituta, había conseguido empero estudiar teología y hacerse con un lugar destacado en cierta comunidad gnóstica, donde ocupó la mayor parte de sus horas aplicado en la contemplación y en la oración permanente. Mas, antes de que llegara lo que debía haber sido el final natural de sus días, cometió un horrendo (e inconfesable) pecado por el que había sido condenado a errar por el mundo durante tiempos sin medida ("a lo judío errante", añadí yo para mis adentros). Los primeros siglos de su inaudito castigo los dedicó a vagar por los desiertos de Egipto, alimentándose como un animal salvaje de yerbas y raíces. "No es que precisara comer -me explicaba intentando convencerme de sus desvaríos-, ya que no podía morir, pero sí necesitaba calmar de cuando en cuando la espantosa sensación que produce el hambre". De esta guisa,  Adelelmo terminó recalando en la secta de los estilitas, con los que pasó decenas de años, viviendo y rezando en lo alto de una columna a más de diez metros de altura.
Como quiera que ninguna mortificación, por severa que fuese, conseguía reconciliarle consigo mismo, Adelelmo llegó a desesperarse y a pensar únicamente en diversas formas de quitarse la vida. Para ello, no se le ocurrió otra cosa que viajar a los confínes de la India, a la tierra de los adoradores delfuego, para estudiar allí las múltiples técnicas de   autoinmolación  que   aquellos   idólatras practicaban. En una ocasión, al son de multitud de tambores y de flautas, Adelelmo apretó con sus  manos y en su propia garganta una gran tijera fabricada con dos largos hierros cortantes en forma de  sables  curvos.  Previamente,  había  atado  sus cabellos a una pértiga de caña de más de cuarenta codos, tensada e inclinada hasta su cabeza para el efecto. Cuando su cuello quedó cercenado, la pértiga  se  alzó   en  un abrir y cerrar de ojos, llevándose su cabeza colgada en la parte superior.
Adelelmo pareció sonreír cuando dijo recordar cómo los fanáticos que lo acompañaban salieron huyendo despavoridos, al ver que su cuerpo decapitado marchaba por sí solo hacia la caña, volvía a inclinarla, recogía su cabeza y la colocaba en su debido sitio.   No  todo  habían  sido  pesares  en  las  estrafalarias peripecias  de  Adelelmo.    Tras  comprobar  que  era
imposible escapar de  su maldición,  Adelelmo decidió refugiarse   de  nuevo en  la  vida  ascética  y  se  vino hasta  las tierras de Cuenca, para vivir como ermitaño en una  recóndita  cueva  de  uno   de  los  cerros que rodean  esta  ciudad.  Aquí  conoció a  alguien a quien llego a amar como si hubiese sido el padre que nunca tuvo. Ese alguien era un hombre santo que se convirtió en   el  maestro  de  Adelelmo   y le  enseñó  a    hacer cestillos de mimbre con sus propias manos. La aparentemente inocente   ocupación  escondía   una oración  secreta  con  la  que  se  pretendía abandonar cualquier pensamiento mundanal, con el fin de intentar encontrar a Dios en el limpio interior de uno mismo. Se trataba, siempre según Adelelmo, de una sofisticada variante del "ora et labora” de los Padres de la Iglesia. Adelelmo aprehendió con devoción las enseñanzas de su maestro, fue dichoso a su lado y consiguió una gran destreza en la singular y mística oración del mimbre -así la llamaba su maestro-, aunque nunca alcanzó su objetivo último: hallar la Misericordia.

  El parque y yo escuchábamos el relato de Adelelmo entre embelesados y estupefactos. Lo curioso del caso es que hace muchos siglos, en tiempos del Rey Alfonso VIII, pararon en Cuenca dos famosos constructores de cestas, por eso la historia de Adelelmo me era familiar en este punto. Uno  de  ellos  se  llamaba  Julián Tauro  y  llegaría  a  convertirse en Patrón de la ciudad de Cuenca. Además de dar nombre al parque de mis desvelos, la figura de Julián tuvo una importancia de primerísimo orden por más que esto fuera ignorado ya hasta por los propios conquenses. Baste con decir que dentro de la jerarquía de culto del santoral español, sólo el apóstol Santiago lo superó y ningún otro santo lo igualó. El otro hacedor de cestas, con el que Adelelmo parecía identificarse de alguna manera, era el fiel discípulo y servidor de San Julián y su nombre era Lesmes. Según tradición antigua, Julián y Lesmes acudían con frecuencia a un paraje denominado la "fuente del Tranquillo", para remojar los mimbres con los que fabricaban sus cestos en una pequeña cueva aledaña. Para mí era evidente que Adelelmo había leído u oído la piadosa leyenda y la había adaptado e incorporado como un episodio más de su imaginaria vida.
El resto de los chascarrillos de Adelelmo no eran menos fantásticos, ni tampoco menos absurdos. Tras la llorada muerte de su maestro, Adelelmo se dirigió a Tebriz, donde pasó un tiempo enseñando la oración del mimbre a los giróvagos sufíes. Viajó luego or muchos países,  en realidad hacia ninguna parte,  siempre en busca del perdón de un Dios que le había condenado al peor de los nfiernos:  la inmortalidad.  Con los monjes hesicastas del monte Athos estuvo otros dos siglos, "pizca más o menos", instruyéndose esta vez en la plegaria del corazón. Como ellos, Adelelmo era capaz de estar inmóvil días enteros en la posición del loto, con   la   cabeza   agachada, entregado    a   la   ecitación incesante del nombre de Dios. Los abandonó, harto de mirarse el ombligo, por una inclusa de un convento benedictino de occidente porque deseaba encerrarse para  siempre,  como  lóbrega  penitencia,  en  una inmunda celda. Pero su sino era viajar, aunque en sus  contactos con el mundo externo no le fue mucho mejorue en sus periodos de vida remítica: tres veces fue quemado en las hogueras de la Inquisición y dosdescuartizado; y otras tantas su piel y su carne se regeneraron y sus miembros dispersosse reinsertaron.
Cuanto más vivía, más lejos de Dios se sentía. Hasta olvidó la oracióndel mimbre, de tanto pensar en ella, aunque al menos la fabricación de cestillos lepermitía ganarse la vida (¡a él, que no podía perderla!). Al final de este trajín, había sentido algo parecido a la llamada de su maestro y regresó a tierras conquenses y se afincó en el parque donde yo lo había encontrado. Cuando Adelelmo terminó su inaudita historia, era ya muy tarde. Le dejé mi paquete de tabaco y me fui.   A la  noche  siguiente volví  al  parque.  Por primera vez  su  soledad  me  parecía misteriosa y ajena. Iba rezando (es un decir) por ver de nuevo a Adelelmo. Tuve suerte -o entonces así lo creí- y lo encontré sentado en el mismo banco, garabateando unos versos en una sucia hoja de papel. Le pedí permiso para acompañarle.
  —Yo hablo con la Muerte, ¿sabes? -me espetó-. Y siguió con su tarea.   Respeté su afanoso silencio. La noche anterior pensé que Adelelmo debía haber sido seminarista,  o algo así,  pues sus conocimientos de historia eclesiástica no eran precisamente los que se podían esperar de un pobre vagabundo. Sin embargo, al verle escribir con lentitud de orfebre una poesía, se me ocurrió que bien podría estar ante un viejo poeta maldito venido a menos, si es que esto fuera posible en un poeta  maldito.  Pero  yo  seguía  dándole  vueltas  a  la  enigmática conversación del día anterior y, cuando entendí que había terminado su poema, traté de llevarlo por aquellos derroteros.
Directamente, le pregunté cómo se llamaba el maestro que había conocido en Cuenca. Adelelmo no me contestó, sólo me miró (algunas noches aún me despierta el abismo de sus pupilas) y rompió a llorar como un niño. Fue entonces cuando comprendí que las arrugas de su rostro eran tan solo la superficie visible de auténticos desgarros interiores, y que eran como grietas abrelatas, o como lechos de olas amargas, o como surcos o cauces u hoces labradas con implacable paciencia por lágrimas incontables.
Nos sorprendió un sobresalto de campanarios. Eran las campanas de las iglesias cercanas, las del Salvador y San Esteban, que tocaban a no sé qué a tan nocturnas horas. Aquel estruendo fue como un resorte que Adelelmo hubiese estado esperando largamente. Se puso de pie y musitó muy nervioso:
  —Lo siento, he de irme. Ha llegado mi hora. 
 Adelelmo se perdió, como un fantasma, en la noche del parque. En el banco quedó una sucia hoja de papel, y en ella un soneto de notable factura que transcribo íntegro:

Pobre viejo y cansado caminante
que discurres sin rumbo ni destino                       
compartiendo las dudas del camino.
Nazareno del mimbre siempre errante,                
¿dónde va tu lamento desgarrado?,                           
¿dónde, alma, tu rostro llora y gime                 
con sus lágrimas más cálidas? Dime:              
¿dónde viertes tu grito enamorado? 
           
Larga y cruel es ya Muerte la demora     
a este cuerpo tan anciano y lastimero               
que en ti busca el consuelo, ¡Oh, señora,          
negra amada, quitad a este viajero
de su andar sin final! Traed la hora
del regreso a mi Dios y compañero.

  Muchas noches busqué a Adelelmo por los bancos del parque, pero nunca más volví a verlo, ni a saber de él. Guardé su poesía durante años, y con ella la firme decisión de que si alguna vez escribía un cuento sobre el fiel discípulo de San Julián, Lesmes, éste sería como Adelelmo. Y tendría una larga, rizada y cana cabellera y la barba muy poblada. Y en su rostro habría pocas arrugas, pero cada una de ellas parecería tener mil años.
  En esas estaba cuando cayó en mis manos una "Vida de San Julián" escrita por el jesuíta Bartolomé Alcázar, uno de los miembros de la primera Academia de la Lengua que por aquel entonces estaba empeñada en perfeccionar y ampliar la obra de un ilustre canónigo de la Iglesia conquense, el "Tesoro de la lengua castellana o española" de  Sebastián de Covarrubias. Antes que Bartolomé Alcázar, una veintena de autores había glosado la vida de San Julián. El último de ellos había sido el Padre Poza, confesor del Rey, pero oscuras intrigas cortesanas llevaron todas sus obras al Índice de libros prohibidos, incluida su hagiografía del renombrado santo que de esta manera nunca pudo pasar de manuscrito. Por ello, Bartolomé Alcázar fue el designado para escribir una nueva obra sobre la vida de San Julián que sustituyese a la del Padre Poza, caída en desgracia. A lo que íbamos: en el monumental libro de Bartolomé Alcázar, las pocas noticias que se recogen sobre Lesmes no coinciden en nada -por fortuna- con los delirios de cuando entendí que había terminado su poema, traté de llevarlo por aquellos derroteros.
Adelelmo; pero allá por la página doscientos sesenta y dos, Bartolomé Alcázar hace una advertencia que no podía pasarme desapercibida. Resulta que el nombre con el que se conoce en la actualidad al fiel discípulo de San Julián, Lesmes, no es sino una corrupción a través de los tiempos de su originario y verdadero nombre y que éste no era otro que el de... ¡Adelelmo!
¿Comprenden ustedes ahora mis miedos? Yo no creo en el Más Allá, ni en las historias de fantasmas, pero cada vez que paseo por el parque de San Julián me acuerdo de un viejo hacedor de cestas, me entran escalofríos... y tiemblo.



El uno: Oye, ¡mira que estos ingleses son cabezones!. En el siglo  XXI ya, y que no quieren soltar Gibraltar.
La otra: Es que, dicen, llevan allí 334 años y, claro, lo consideran suyo.
El uno: Pero bueno, ya no tiene sentido mantener un trozo de tierra que, está claro, es un trozo de la península ibérica y a muchísimos Kms. de Inglaterra (Gran Bretaña, vamos).
La otra: Sí, en realidad tienes razón, ocurre lo mismo que con Ceuta y Melilla y el huerto ese del peregil.
El otro: Hombre, no me digas, ¡a ver si vas a comparar ahora una cosa con la otra!                      
La otra: Ah, ¿ no son Ceuta y Melilla y el peregil trozos de Marruecos que, además, están en África, allá en otro continente?                         
El uno: Sí, pero nosotros llevamos allí desde hace 335 años.
La otra: ¡Ah! si es así . . . . . . . .


Desde principios del siglo pasado estaba en explotación una cantera de margas (piedras calcáreas y arcillosas empleadas como abono para tierras de labor po-bres en estos minerales) en el pueblo de Lehringen, 10 kilómetros al sur de Verden, capital de la comarca del mismo nombre en el Estado de Baja Sajonia, al norte de Alemania; de vez en cuando, habían aparecido huesos de animales prehistóricos que algunos curiosos se iban llevando como recuerdo o como objetos de colección; en el año 1935 se hizo, por primera vez, referencia expresa en el periódico lo-cal a estos hallazgos de animales extraños y hasta de restos de “los hombres de la Edad de Piedra”.
Fue, sin embargo, durante los días anteriores al 17-03-1948 cuando comenzaron a aparecer muchos de estos huesos de animales extinguidos a los que en un princi-pio no se les prestó atención por lo que, en su mayoría, fueron esparcidos con las margas extraídas por campos de labor de tres comarcas distintas. El  mencionado día 17, ya mosqueada de tanto hueso, la dirección de la explotación de la cante-ra lo puso en conocimiento del inspector cultural de zona, el rector de la Escuela de Enseñanza Media Alexander Rosenbrock, quien al día siguiente se personó en la cantera y se quedó como electrizado cuando el conductor de la excavadora lo llevó al lugar del hallazgo. Habían pasado tres años desde el final de la II Guerra Mundial y todavía persistían las consecuencias y miserias que la misma había dejado tras de sí, por lo que no fue posible hacerse con aparatos de cine o fotografía con que fijar para el futuro el hallazgo, el proceso de los trabajos y las circunstancias del mismo.
Pasados ocho días, el rector Rosenbrock consiguió un vehículo con el que poder empezar el salvamento de lo que quedaba de lo que resultó ser el esqueleto de un elefante antiguo ya extinguido (Elephas antiquus). El rector Rosenbrock comenzó los trabajos de extracción de los huesos restantes con sus dos hijos, el profesor Voigt y algunos voluntarios, descubriendo el día 1 de abril la existencia de una lanza de madera clavada en las costillas del elefante por un hombre neandertal. La lanza quedó completamente liberada el día 05-04-1948, en once trozos que encajan unos en otros exactamente, por lo que se sabe su medida exacta: 2,40 metros.
¿Qué había pasado allí hace 120.000 o 125.000 años?
En un relato de los años sesenta, los alemanes P. Donat y H. Ullrich  se referían a este descubrimiento de la siguiente manera:

“Es abatido un elefante

 Los neandertalenses fueron siempre hábiles cazadores. Sus campamentos  base dan buena prueba de ello, ya que miles de huesos de animales  abatidos y comidos fueron descubiertos en dichos campamentos por los  investigadores. En Weimar-Ehringsdorf se han encontrado, inclu-so, capas  carbonizadas que indican que en esos lugares se encendieron reiteradamente fuegos. Capas densas, formadas por infinidad  de huesos, testimonian los resultados de la caza. Allí había huesos de animales pequeños como castores, linces, martas y zorros, y de animales gran-des como  bisontes, gigantescos ciervos de enorme cornamenta, ciervos colorados,  alces, osos, y también caballos salvajes y jabalíes. Los más sorprendentes son siempre los hallazgos de hue-sos de elefantes y rinocerontes.
En Ehringsdorf se hallaron numerosos huesos chamuscados por el fuego y  a menudo quebrados de tal modo que resulta claro que luego de asar la carne y de comerla, los hombres quebra-ban los huesos para ingerir la médula. Esto es particularmente interesante,  puesto que la  mé-dula contiene sustancias muy importantes para una sana alimentación.  De lo que no cabe du-da alguna es que, incluso animales tan grandes como los elefantes eran cazados por parte de los neandertalenses.  Este tipo de caza se llevaba a cabo sin armas de largo alcance.  No poseían ni lanzas arrojadizas ni arcos con flechas. Su arma más importante era la lanza de madera (una vara larga de madera con un extremo puntiagudo). Es difícil imaginar en la actualidad que se hayan podido cazar elefantes con un arma semejante, y sin embargo así fue. Lo sabemos con absoluta certeza a raíz de un feliz hallazgo hecho en 1948 por un maestro e investigador del Museo de Hannover, quien encontró en una cantera, cerca de la aldea de Lehringen, la osamenta de un elefante. De primera intención encontró utensilios de piedra parecidos a cuchillos, cerca de la cabeza del animal. Al observar más minuciosamente dichos utensilios, se pudo determinar que eran de la época de los neandertalenses. Pero el hallazgo más  sensacional fue una lanza totalmente conservada, hecha de madera de ciprés que medía exactamente 2,44 m de largo. Los cazadores rompieron el tronco de un árbol joven y astillaron la parte inferior.
La vara de madera fue luego trabajada con raspadores; primero le quitaron la corteza, luego le cortaron las ramas y finalmente le dieron forma puntiaguda en un extremo. Era bien visible que la punta de la lanza había sido endurecida con fuego; estaba ennegrecida, mientras que el resto del madero era de un color parduzco.
Con esta lanza había sido abatido el elefante. Hay que tener en cuenta, además, que el elefante tenía una alzada de casi cinco metros y, por lo tanto era tres veces más alto que el hombre que lo atacaba. La lanza de este tipo no era arrojada desde lejos sino que el hombre embestía con ella al lado mismo del animal, hundiéndosela desde abajo profundamente en el cuerpo.  La excavación hecha lo demuestra fehacientemente. Era evidente que el elefante había huido al sentirse herido, pero al correr, la herida se le había hecho más grande todavía.  Se  ocultó en un pantano y allí murió. Probablemente estaba de pie en el agua, que le llegaba hasta el vientre. Los cazadores sabían que el animal había sido seriamente herido y no tenían más que seguir sus huellas para hallarlo. Podemos imaginarnos como los cazadores esperaron al borde del pantano hasta que murió el animal, lo cual pudo haber durado varios días. En ese ínterin los cazadores confeccionaron nuevos utensilios de sílex, ya que los que allí se encontraron demostraban haber sido apenas utilizados. Finalmente el elefante murió, sólo emergían del agua su lomo y su cabeza. Fue cuando los cazadores se pusieron a la tarea. Todas las partes del animal que se hallaban a su alcance fueron cortadas y llevadas al campamento base donde, posteriormente, sirvieron de alimento para todos. Por suerte para los científicos, en este caso los cazadores no lograron comerse toda la presa. Precisamente por eso los investigadores pudieron reconstruir todos los detalles de la caza. Es así como pudo conservarse, por primera vez, una lanza de madera confeccionada por los hombres antiguos. Por eso el hallazgo de Lehringen pertenece a los descubrimientos más destacados de las investigaciones vinculadas
a los neanderthalenses que se vienen realizando desde hace más de cien anos.”
 



El pisto se elabora de distinta manera, según zonas o comarcas de La Mancha y de España. El que ha dado el salto a la cocina de restaurantes, tanto dentro, como fuera de la región, ha sido el que se cocina con berenjena, aparte de con los dos componentes principales: el tomate y el pimiento (éste parece que es el pisto manchego). Luego los restaurantes le han ido añadiendo cebolla y lo que les ha parecido bien, con el resultado de un revoltijo, que no se parece al pisto ni en su aspecto ni en su sabor. Aquí, sin embargo vamos a decir cómo se hace el pisto a secas que, en opinión de Leonardo Da Vinci, es el verdadero pisto manchego, el que se hace en Pozo Amargo que, como casi todos los buenos guisos, se cocinan no sólo en la región de la fama, sino en otros muchos lugares.

En una sartén con aceite de oliva a fuego medio se fríen pimientos en tiras, hasta que estén bien fritos, con la sal que corresponda. Se apartan en un plato, y en el mismo aceite se frie tomate de buena calidad  con un poco de azúcar y otro poco de sal. Hay que freir el tomate bien, se tarde lo que se tarde en freirlo. Cuando esté, se le agregan los pimientos fritos anteriormente y se tienen en la sartén otro rato, dándole vueltas para que se mezclen bien los sabores. Se epuede añadir algo de sal, si le faltara algo.

Este es el pisto, con un sabor extraordinario, tanto en caliente, como en frío, que no todo el mundo conoce y que no se puede comer en restaurantes pués, entre otras cosas, no saben cocinarlo o, peor, no lo conocen.
 



El ecologista de salón Joaquín Araújo es el protagonista de esta anécdota, más verdadera que la operación euclidiana de que dos y dos son cuatro.
Fue el día 29-03-2003
En el programa “Reserva Natural” de R.N.E., hablando de la floración, una tertuliana dijo que un cerezo podía tener dos mil flores, luego puntualizó que “aproximadamente”. A continuación intervino el mayor ecologista de salón de España y parte del extranjero y dijo:  “Te has quedado corta; yo, una vez, me puse a contar un cerezo de mi jardín. Tenía 6.888”

(Si alguien no se lo cree, puede pedir a R.N.E. una copia del programa para comprobarlo. Yo no necesito pedir la copia, pues lo escuché directamente y tomé nota de una de las muchas tonterías que suele decir en la radio Joaquín Araújo, el padre de los ecologistas de salón).



(En un tanque de guerra como este fue transportado el Crucifijo
de Cimabue a su imposible retauración.)

Llegué a Florencia en 1961, atraído por mi afición al arte. Quería aprender restauración y estuve trabajando en restauración de pinturas sobre tabla por cuenta del Organismo Oficial “Bienes Culturales”.
Aquella mañana del  4 de noviembre de 1966, tenía yo veinticinco años, me desperté pronto, pues tuve pesadillas y no pude dormir bien; había estado lloviendo como cuando el Diluvio Universal, durante cuarenta días y cuarenta noches ininterrumpidamente y en algunas partes de la ciudad el agua se acercaba ya al medio metro de altura. Comencé a escuchar un estruendo enorme, como si huracanes violentísimos se estuvieran acencando a Florencia. Pude ver, inmediatamente, como un aluvión de agua irrefrenable invadía las calles, arrastrando papeles, muebles, libros, palos y cómo arrancaba todo lo que se ponía a su paso. Después de poco tiempo la desolación se había apoderado de la ciudad. Todo era fango, tanto fango que a los voluntarios que acudieron de todo el mundo a ayudar en las labores de limpieza se les llamó “los ángeles del fango”. Yo fui uno de ellos. La semana primera mi cometido consistió en llevar alimentos a las personas que quedaron atrapadas en sus casas, especialmente ancianos; recuerdo, como uno de ellos por lo primero que preguntaba era por los cigarrillos olvidándose del pan u otros alimentos que le llebaba. Después estuve destinado en la sacristía de la Santa Croce, donde pude ver cómo el famoso crucifijo de Cimabue yacía en el suelo irreconocible por los efectos del agua y el barro. Participé en su recuperación y en su traslado a un tanque de guerra que debía trasladarlo a un sitio seguro para su restauración.

(El Crucifijo es levantado del fango)

El alcalde de Florencia, años después, recordó este episodio así:
Cuando el Crucifijo de Cimabue, herido de muerte, era transportado sobre un tanque con dirección a Limonaia, hasta los hombres más endurecidos y los blasfemos más vociferentes interrumpían, a su paso, las labores en el fango descubriéndose con respeto; las mujeres de toda condición se santiguaban con sincera devoción. El silencio era tan absoluto como en el día del Viernes Santo.

El cricifijo de Cimabue ha quedado como símbolo de aquella terrible mañana en la ciudad.

Así era. Fue pintado en el último tercio del siglo XIII y se conserva en el Museo de la iglesia de la Santa Cruz en Florencia, aunque con los daños causados por las inundaciones del río Arno en Noviembre de 1966. Mide 4,35 metros de alto por 3,52 de ancho y es el segundo pintado por Cimabue. El primero, con rasgos todavía muy influenciados por el bizantinismo, ha sido recientemente restaurado y se conserva en la iglesia de Santo Domingo en la ciudad de Arezzo. Están pintados ambos sobre tabla. En este segundo crucifijo ya se aprecian los avances pictóricos que culminarían con el Renacimiento.

(Crucifijo dañado irremediablemente. Crucifijo en su ubicación actual)



Cuando, en el siglo XIX, Madame de Stäel tuvo que exiliarse a Alemania, nos cuenta su llegada, el paso del Rin en una barcaza. Llegar a Alemania en invierno es muy triste; ella y otros exiliados cambiaban de lugar, de clima, de comida, de relaciones sociales, de idioma, sin haber cambiado el corazón. Ciro Bayo, insigne y eterno peregrino, decía que para ir a una ciudad la mejor manera de trasladar-seera a pie, así la progresión de los cambios de ambiente se hacen gradualmente y se comprende todo mejor, por ello él no recomendaba a un madrileño que fuera a Granada en tren. ¿Que hubiera dicho Dn. Ciro de los aviones? En dos horas y cuarenta minutos he pasado de Madrid a Berlín; todavía tengo en mi retina las montañas de la cuenca de Pamplona y ya estoy en Berlín. ¿Quién me cambia el corazón para la nueva situación? ¡Que bien que ya no tenemos que cambiar la hora del reloj, ni la  moneda, ni enseñar el pasaporte! Además, existe una globalización vegetal, pues las hierbas que veo en un campo en Berlín me son muy f-miliares: grama, margaritas, diente de león, ortigas, bardana, hojicas como de violetas, es decir, lo mismo que en la cuenca de Pamplona.
En la rambla Steglitz, cerca de mi casa, hay unos aliantos; yo los doy por tales, como todo, siempre que no aparezca una autoridad superior y diga otra cosa. Yo estoy acostumbrado a ver aliantos, “ailanthus altissima”; éstos árboles me recuer-dan mis dificultades en latín, pues yo los denominaba “ailanthus altissimus”, hasta que un filólogo me dijo que no, que los árboles y terminados en –us en latín son femeninos y el adjetivo, por tanto, es “altissima”. Se trata de un árbol que no me ha acabado de gustar del todo, los conozco del repertorio de árboles de Pamplona del Ayuntamiento, libro 1, y los tengo buscados y observados en la Taconera, al otro lado de la calle, frente al Convento de Recoletas. Hace muchos años que mi sobrino Andresito me dijo que estos árboles venían, o los trajeron por mejor decir, de Japón. Y la verdad, su forma de hojas, al tacto, son como las de nogal, la distribución,  que  tiene  un  no  sé  qué  de  estrellado,  me gusta.  Pero los veo como falsos, como que su madera debe ser fofa y poco consistente, a sus hojas les falta   en su textura algo de calidad, de elegancia. Era jueves, el miércoles a las 7,05 salí de Naoin-Pamplona y a las 12 estaba en Berlín; ya llevaba 29 horas en la capital de Alemania y todavia no habia visto una sola mujer, que no me pareciera como los alianatos. En una esquina de la rambla, que tiene la esquinada cónca-va, hay un grandísimo alianto aparasolado que, en lugar de alto, es de copa muy ancha y tiene, rodeando el tronco, un banco de barras de madera pintadas de rojo. Allí me senté y estuve dos horas sin hacer  nada, solo me levantó la enfermera de la consulta medica que visité este invierno. Esta “joven señora”, esta señorita, esta chica sí que me hizo levantar del banco.
Hace veinte años en Alemania había señoras y señoritas, pero ahora ya hace tiempo que el Parlamento prohibió la denominación de señoritas, por considerarla de resabios machistas. Antes, a las camareras se las llamaba siempre ¡Señorita! y, ahora, oigo que algunos las llaman: ¡Joven señora!
Pues bien, estaba con la enfermera, o sea viéndola pasé junto a ella, pero ella, sin fijarse en mí, daba círculos en la esquina, iba y venia, sin dejar de hablar con el móvil. Yo volví al banco del alianto y me senté de nuevo. ¡Aquel angelico rubio! ¿En qué bella flor habría libado el Amar el oro fino de su trenza hermosa? habría dicho Petrarca. Pero ésta, el oro fino lo llevaba en forma de melenita que le cu-bría los hombros y la espalda; de tamaño normal, era ella delgadita, con una cara bonita capaz de prendar a cualquiera, con aquellos ojos azules oscuro intensos y llenos de luz, quedaba todo neutralizado por su eficiencia alemana. En Berlín, cla-ro está, también hay gente pija, y la enfermera tenia un empaque de angelito al-go pijillo. Ella esperaba y esperaba en la esquina y yo estaba seguro de que ven-dría un BMW descapotable, conducido por un tipo “ad hoc” de la interfecta. Tardó 15 minutos en llegar un maravilloso BMW descapotable conducido por otra  “joven señora” con melenita rubia, que me pareció otro angelico. ¡Que bien! Esto de los angelicos a mí me anima tanto! Al poco, desapareció el BMW descapotable azul con las dos preciosas elementas. Yo seguía sentado bajo el alianto, cuando un sol radiante bajaba a los tejados de Berlín.
Temperatura + 28ºC, buen tiempo, el sol se pone y la farmacia de enfrente se cerró y pasó el mancebo de botica muy moreno, la mancebita es muy morenita; ambos podían ser de Murchante, por ejemplo, y como ellos saben que yo soy español me saludan con una complicidad étnica (así me lo parece), aunque a lo mejor son de Anatolia.
Yo sigo sentado bajo el alianto y es que no tengo ganas de nada, porque todavía me acuerdo mucho de la sierra de Tajamar, del Perdón, la Higa de Monreal y la Peña de Izaga que, vistos desde la casita del cazador del Tenis de Pamplona, me resulta uno de los parajes más cautivadores del planeta.
Sigo en la  Rambla de Steglitz, bajo el alianto, sentado en el banco y me  acuerdo que en el pueblo de mi abuela, en la provincia de Teruel, a los aliantos los rebautizaron con el nombre de “árboles de la carretera”. Cuando se construyeron las carreteras, a principios del siglo pasado, aquellas que parecían de turrón de Alicante, blancas y llenas de piedras, en algunos puntos de los márgenes plantaron aliantos pues parece ser que este árbol, venido de Japón (lo dice Andresito), es muy bueno para drenar los suelos, pues absorbe mucho el agua y la evapora, por lo que evita la formación de humedales, que luego son charcos que, luego, hacen baches. Lo que digo, todo siempre que no venga una autoridad superior y diga otra cosa. A mí, a decir verdad, no me gusta la mujer alianto sino, más bien, la mujer encina, la pata negra y todo eso, aunque aquellos angelicos del BMW también me gustan, porque son mujeres abedul y el abedul es de tronco plateado, esbelto, de fuerte madera; si los angelicos rubios se volvieran árboles, se volverían abedules.
Sentado, como estaba, bajo el alianto he vuelto la cabeza para mirar hacia el cielo y, a través de las hojas, he visto su azulado, el dibujo estrellado, tamizador del sol, actúa y recuerda a los fresnos y a los sauces, aunque éstos son más valiosos para mí, más elegantes y de grandes virtudes; la lanza de Sigfrido era de fresno, las varas de los carros son de fresno y del sauce se saca nada menos que la aspirina. Al mirar al cielo, bajo el alianto, me acordé de un paraje, más allá de la Fuente del Piojo de Castrogeriz, en una planicie con una vaguada, yendo a Santiago, me quité la mochila y, bajo unos fresnos y sauces, dormí la siesta. El dibujo del follaje de fresnos y sauces me parecía maravilloso, y me desperté feliz.
El recuerdo de la peregrinación a Santiago me hizo pensar que, ahora en Berlín, bajo aquel alianto, seguía siendo un peregrino, un peregrino a lo desconocido. ¿Acaso no lo somos todos? Yo creo que sí, a menos que venga una autoridad superior y diga otra cosa. 
 



Matemáticas, puras y duras:

  “El cubo de un binomio es igual al primero más el segundo por el cuadrado del segundo, digo del primero, menos el primero por el segundo, más el cuadrado del segundo por el tercero y ésto, partido por el doble del primer coeficiente.

....eso, y no más.

(de un cuaderno de notas de clase de matemáticas)



por Honorato Álvarez

Los maquis estuvieron en los montes de Valdecabras unos tres años o más.
Por entonces murió mi padre.

Fue el día 24 de noviembre de 1947, no se me olvidará, cuando me salieron a mi. Unos días antes le salieron a mi padre, Luis Álvarez, en el portillo del Cambrón, cuando volvía de Zarzuela donde había ido a comprar una mula. Se conoce que, por lo que fuera, mi padre les tuvo que decir que era juez –o ellos ya lo sabrían -, el caso es que algo muy grave tuvo que oír y sentir, pues cogió tal canguis, del miedo que le metieron, que la sangre se conoce que se le envenenó. Se metió en la cama y ya no salió. Se fue al otro mundo sin saber que yo sabía lo que le había pasado. No dijo nada a nadie, aunque yo sospecho que el tío Casimiro algo tenía que saber, a lo mejor mi padre le comentó algo. Mi padre no era un enclenque, era un hombre sano y salvo, alto, fuerte, lo que se dice un tiarrón.        
Aquel día 24 yo había terminado de comer y tenía una perra que era muy cazadora y vi, subido a una piedra, algunos papeles rotos y me entretuve en unirlos para ver si podía saber de que trataban, pero fue imposible, pues estaban hechos pedazos muy pequeños. Pero ellos ya me estaban guipando.Yo pensé que la noche anterior habría dormido por allí algún fuinero, porque entonces solían ir por allí a cazar fuinas. Y luego vi a la perra comiendo huesos, y dije: “pero, bueno, si está comiendo huesos la perra”, y había  también piedras removidas y pude comprobar que alguien las habían levantado para hacer sus necesidades y luego había tapado la mierda con las piedras, para no dejar rastro. Fue en el Puntal de La Hoya de los Ajos. Luego los Maquis se cambiaron más arriba, a Los Callejones de Abarca.
Estando en esas, vi que se me acercaban dos tíos y me vocearon: ¡pastor, venga Vd. para acá!; yo creí que eran forestales, por los fusiles que llevaban, y salí a su encuentro y entonces vi que un tercer hombre estaba escondido detrás de un enebro, seguro cubriendo a los otros dos, por si yo hacía algo raro o amago de salir corriendo. Llegué a donde estaban y dije: ¡buenos días! ¡Buenos días! me dijeron y entonces oí como el que estaba en el enebro descerrajaba el fusil. Me preguntaron si los conocía o había oído hablar de ellos; yo dije que no, pero yo sí que  estaba bien enterado de todo aquello, pues mi padre, como era juez, recibía todas las semanas el boletín y yo los leía y sabía que en tal o cual pueblo habían matado a algún guardia u otra persona. Ellos me dijeron entonces que eran los guerrilleros de Levante y me preguntaron si había oído hablar de los maquis.  “Sí, de eso si que he oído hablar, pero yo como soy pastor llego tarde a mi casa y enseguida me acuesto” les dije. Me dijeron entonces que me fuera con ellos a merendar; yo les dije que no, que no tenía pan. Me dijeron que no hacía falta que iba a merendar con ellos a las chavolas que tenían. Me dijeron: Vd. ha estado con nosotros, pero Vd. no sabe nada y no tiene que decir nada de esto a nadie, ni a los guardias ni a la familia ni a nadie. Ya no me acuerdo, pero tuve que decirles, a preguntas suyas, que me llamaba Álvarez, pues me dijeron: “¿no será Vd. hijo de un señor, que es el juez de Valdecabras, que vimos hace unos días cuando venía de comprar una mula de Zarzuela? (A mi padre le habían salido unos días antes en el cruce del camino que va a Villalba por el de El Cambrón) y yo les dije que sí; me llevaron a una garita que tenía en la puerta un cascabel con dos cuerdas; se conoce que era para avisarse de cuando tenían que relevarse cuando hacían guardia o decirse algo el uno al otro. Me dijeron que yo era joven, que por qué no me iba con ellos, que la vida de pastor era muy mala y, yéndome con ellos, el día de mañana podría ser un hombre, no como allí, siempre con el ganado. Les contesté que mi padre era ya muy viejo y que no podía dejarlo sólo.
  Entretanto llegamos a otra chabola. Allí tenían de todo, fusiles, bombas, pistolas… Ya, antes, como he dicho, me habían advertido de que no tenía que decir nada a nadie de lo que había visto. Me volvieron a decir que de pastor no tenía futuro, que me fuera con ellos. Luego me llevaron a otra chabola que tenían llena de naranjas y granadas, ¡que naranjas! ¡que granadas! Me querían llenar el morral de naranjas, pero yo les dije que con una tenía bastante; cogí una naranja y dos granadas. Me dijeron también que podía llevarme un fusil o una pistola y, finalmente, cuando me dijeron que ya me podía ir, salí enhebrando ...

Aquel día, por la tarde se lió a nevar y cayó un buen nevazo y al día siguiente había un palmo de nieve y  el ganado lo había dejado en El Tirao. Mi padre, que ya  estaba en la cama, me dijo: más vale que, en lugar de ir solo, te vayas con tu hermano; os vais los dos y pasais el ganado del Tirao  a La Rocha; había que pasarlo por El Escalerón y La Cambronera a Hoya Carriz, que aquellas tinadas eran de nosotros. Total, que yo ya iba muy malo, no me encontraba bien; le dije a mi hermano que diera la vuelta al ganado para ir al Escalerón y yo me fui al chozo del Tirao a echar lumbre, pues empezaba a sentir un frío .., un frío ..., y a tener mal cuerpo, yo creo que a causa del miedo que tenía ya metido. Total que, después, en vez de seguir a mi hermano que iba a pasar el ganado a la parte de Buenache, cogí el camino que viene por El Polvoso y me vine al pueblo. ¡Nueve meses malo! ¡Nueve meses malo que me tiré!

Estábamos mi padre y yo en la cama.

El día que murió mi padre me tuvieron que coger y llevarme a casa de mi tía: cuando estaba ya agonizando me cogieron, con la cama y todo, y me llevaron a la casa de mi tía y cuando murió mi padre fue el tío Nicolás a decírmelo. Yo lo único que le dije es que no quería que tocaran las campanas. Y en el entierro de mi padre no tocaron las campanas. No pude ir al entierro de mi padre y así me tiré nueve meses. Cuando llevaba cuatro o seis meses, el médico Torrecilla me dijo que estaba mejor, que tenía que bajar a Cuenca a revisión. Bajamos yo, mi madre y mi primo Valeriano y entonces fue cuando les conté lo que me había pasado con los maquis y, también, el encuentro de mi padre con ellos,  pues no sabían nada ni mi madre ni Valeriano.




Próximamente


Ya he explicado que, cuando se vendió el monte el 15-julio-1916, los herederos del marqués de Ariza, Valmediano y otros títulos, no tenían nada fuera del monte de Valdecabras, exceptuando la Dehesa de Cotillas y dos casas, un molino y una era, que pertenecían en propiedad al duque del Infantado, no a los herederos en su conjunto, como se dice erróneamente en el Capítulo II y V publicados en la revista Furtivo bajo el título “Valdecabras”, firmados por  “Bruna, la pastora”, por lo que el padre de la actual dueña no pudo comprar lo que no tenían los vendedores. Nadie puede dar lo que no tiene.
¿Por qué, entonces, la dueña actual y sus guardas particulares quieren hacernos creer que son dueños, también, de las tierras de la ribera del río Valdecabras, situadas fuera del monte? La respuesta es relativamente sencilla: “porque lo dice la escritura de 1865”. En la, para los vecinos, famosa escritura de 05-Mayo-1865, junto a dehesa o monte, se habla, también, de “término”. Es decir, que si lo que se firmó en 1865 re refería al término de Valdecabras, los herederos del Marqués serían los propietarios del término, todo el término municipal, y todo el término municipal sería lo que compró el padre de la actual dueña a los herederos del marqués fallecido en 1864. ¿No?
Pues, no.
El Tribunal Supremo sentenció el 20-Abril-1922 que el “monte” de Valdecabras perteneció, desde 1481, a los que lo vendieron a Salvador Correcher; desde entonces, los antiguos marqueses eran dueños de la “villa y término” de Valdecabras. No he tenido tiempo, hasta ahora, de averiguar cuando perdió vigencia o se prohibió ser dueño de una “villa y término” (quizá con la Ley de Señoríos), o qué hay que entender bajo esas tres palabras. Lo que sí está claro es que cuando se firmó la escritura de transacción ya no eran dueños de la “villa y término”, pues tal denominación no aparece en ningún sitio. Lo que sí pasó a la escritura de transacción fue la denominación “término”, pero no con el significado de término municipal, sino de “monte o dehesa”. Es decir, que cuando en la escritura de 1865 se usa el nombre  “término” se está aludiendo, exclusivamente, al monte o dehesa de Valdecabras.
Veamos más detenidamente por qué el “término de Valdecabras” no pudo ni puede ser igual a término municipal o “todo el término municipal de Valdecabras”, como quiere la dueña actual y sus guardas particulares.
En primer lugar, la finca “El Cambrón” ni aparece en la escritura de transacción, ni en el laudo de 1915, al que se hace referencia a continuación, por lo que su venta tuvo que ocurrir antes de 1865. Siendo esto así, el vocablo “término” no podía significar “todo lo que había en el término municipal de Valdecabras”, ni siquiera en tierras, pues ni los herederos del marqués vendieron ni Salvador Correcher compró El Cambrón, por lo que hay que concluir que el significado de “término” era igual a “monte”, que es lo que figura a partir de este laudo, junto con la denominación “dehesa”.
En el Resultando tercero de la sentencia del T.S. aludida se dice que los condes de Torres-Cabrera demandaron al marqués de Valmediano, recayendo sentencia el 05-Diciembre-1911 que mandaba proceder a la división y adjudicación de todos los bienes que, pro indiviso, fueron adjudicados a los partícipes de la herencia de Andrés Avelino de Arteaga y Palafox, aprobados en la testamentaría de fecha 01-Julio-1867 (el marqués había fallecido en1864).
A la hora del reparto, ordenado por el juez, surgieron desavenencias, no fueron capaces de llegar a un acuerdo, por lo que se vieron obligados a encomendar aquella tarea a un “amigable componedor”, una persona ajena a la familia,  quien debía establecer como repartir el botín. Nombraron como amigable componedor a Antonio Maura y Muntaner, de todos conocido, quien dictó un laudo, de obligado cumplimiento, en fecha 24-Diciembre-1915.

El laudo de Antonio Maura separa el “monte de Valdecabras" de la “Dehesa de Cotillas”, también del término municipal de Valdecabras, que estima absolutamente distinta de aquel.
Si El Cambrón y la Dehesa de Cotillas son fincas distintas del monte o dehesa de Valdecabras, en las que los vecinos del pueblo nunca tuvieron ni propiedades ni derechos, y las dos pertenecían y pertenecen a su término municipal, está claro que la palabra “término” de la escritura de transacción de 1865 solo puede considerarse un sinónimo de “monte”, un vocablo repetitivo procedente de las viejas escrituras de 1469 y 1481, por las que, según la sentencia del Tribunal Supremo, los viejos marqueses compraron el término y la villa de Valdecabras, vendiendo en 1916 solamente el monte de Valdecabras.
¿Qué es un monte? Hay que entender por monte lo que gramatical y jurídicamente se entiende por ello: porción de terreno poblado de árboles y arbustos, es decir, el monte alto y el bajo. La ribera del río Valdecabras nunca ha estado poblada de árboles o arbustos, por lo que nunca fue monte; al contrario, siempre se han cultivado sus tierras y nunca se discutió el derecho de los vecinos a ellas.

Antonio Maura consideró que ni el monte de Valdecabras ni la Dehesa de Cotillas tenían buena partición, por lo que falló que se subastaran. La subasta salió al tipo de 660.000 pesetas para el monte de Valdecabras y 325.468 para la Dehesa de Cotillas. La subasta del monte se llevó a cabo el 15-Julio-1916, adjudicándose a Juan Correcher, para cederlo a su hermano Salvador. Salvador Correcher Pardo compró, por tanto, el monte o dehesa de Valdecabras en la fecha dicha y la escritura se registró el 02-Marzo-1917. ¿Compró algo más?
Con el monte solamente compró “la casa de la Dehesa”, que se encontraba y se encuentra (ya en ruinas) dentro del monte.
¿Por qué no aparecen en la escritura de 1865 las eras y los huertos? Sencillamente, porque nunca fueron objeto de disputa. Las tinadas y los rediles o corrales tampoco fueron nunca objeto de disputa alguna, si bien salen a relucir en la escritura, junto con las casas de los vecinos, porque los herederos a los que se les reconoció el derecho de propiedad sobre el monte, se obligaron a determinadas servidumbres, entre las que estaba el derecho de los vecinos a cortar las maderas necesarias para sus casas, sus tinadas y sus rediles. Las huertas o eras no aparecen, por tanto, porque no se establecía ninguna servidumbre que les afectara directamente. Pero, además:
El duque del Infantado tenía en Valdecabras, como propios, en propiedad exclusiva (no pertenecientes a los demás herederos del marqués fallecido en 1864), los siguientes bienes:

dos casas (en la calle de la fuente), un molino (con unos celemines de tierra) y una era, contigua a las casas.

Estos bienes no los adquirió Correcher con la compra del monte.
Salvador Correcher parece que habló con el duque del Infantado y le tuvo que decir, aproximadamente, que él, Salvador Correcher, había comprado el monte de Valdecabras, con la “casa de la dehesa”, a los herederos del marqués fallecido y que él entendía que en esta compra, de 1916,  estaban incluidos, también, estos cuatro inmuebles. Tuvo que ser así, porque el 23 de julio (en otro lugar se dice junio) de 1917 Salvador Correcher y el duque del Infantado firmaron una escritura, según la cual el duque vendía sus cuatro inmuebles por 0 pesetas a Correcher, cediendo el duque a las súplicas del padre de la actual dueña. Hasta la firma de esta escritura de 1917 Salvador Correcher no tenía absolutamente nada fuera del monte. A partir de 1917 sí tenía algo fuera del monte (los cuatro inmuebles), pero ni compró, ni tenía ni tiene lo que no es monte ni nunca lo ha sido, los huertos o tierras en la ribera del río, las eras (solo compró una) o las mismas casas de los vecinos, como nos dijo el abogado de Mª del Carmen en 1995, en una visita a Valdecabras, de la que hablaré en otra ocasión.
Como ya dije en algún capítulo anterior, los Correcher vendieron las dos casas y la era, perdiendo también el molino derruido, que ya no puede levantar ni volver a usar, pues los derechos están prescritos . . . . . . . 

 

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