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Antonio JM ............................................
Tú no puedes volver atrás porque la vida ya te empuja como un aullido interminable.
Hija mía es mejor vivir con la alegría de los hombres que llorar ante el muro ciego.
Te sentirás acorralada te sentirás perdida o sola tal vez querrás no haber nacido.
Yo sé muy bien que te dirán que la vida no tiene objeto que es un asunto desgraciado.
Entonces siempre acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti como ahora pienso.
Un hombre solo una mujer así tomados de uno en uno son como polvo no son nada.
Pero yo cuando te hablo a ti cuando te escribo estas palabras pienso también en otros hombres.
Tu destino está en los demás tu futuro es tu propia vida tu dignidad es la de todos.
Otros esperan que resistas que les ayude tu alegría tu canción entre sus canciones.
Entonces siempre acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti como ahora pienso.
Nunca te entregues ni te apartes junto al camino nunca digas no puedo más y aquí me quedo.
La vida es bella tú verás como a pesar de los pesares tendrás amor tendrás amigos.
Por lo demás no hay elección y este mundo tal como es será todo tu patrimonio.
Perdóname no sé decirte nada más pero tú comprende que yo aún estoy en el camino.
Y siempre siempre acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti como ahora pienso. .................................................
En esta ocasión ha sido Chumi Chunguez quien nos envía esta página de humor.
“ Ella: ¿Oiga? Papelera del Norte ¡Me diga!
Él: Aquí el Sr. Palencia, de Papelea del Sur Inc.
Ella: Sr. Palencia, ¿ Con B de Valencia , o con P de Palencia?
Él: querrá decir Vd. con B de Barcelona.
Ella: si es Vd. el Sr. Valencia como va a ser con B de Barcelona, para eso podría ser también con B de Burriana.
Él: ¿Cómo voy a ser el Sr. Burriana, si le estoy diciendo que soy el Sr. Palencia. Por eso le digo que no es con B de Valencia, sino con P de Palencia, la de las mantas, y no con B de Barcelona.
Ella: Bueno, Sr. Valencia, que no sé todavía como se llama , ¿Qué es lo que quería? Y no me pida mantas, por favor, que esto es una papelera.
Él: No le voy a pedir nada. Estamos haciendo una encuesta para averiguar el volumen de ventas en España de las papeleras existentes en el año 2001. ¿Cuántos millones facturaron Vds. el año pasado?
Ella: ¿En el año 2001? Millones con M de millones o con B de billones o, acaso, con V?
A las leyendas más antiguas les pasa lo que a la música; mecen y hacen dormirse a la mayoría, pero unos cuantos PRIMERA PARTE se esfuerzan en solfearlas, pues dichas leyendas tienen varios registros y otras tantas claves." Gérard de Sede
Su nombre era Eugenio de Torralba. Su mentor, el cardenal de Volterra Francisco de Sonderini, le había proporcionado estudios, hacía ya veinte años, por medio de grandes instructores de Roma: los maestros Manquera y Avansalvo y el médico Cipión. De los primeros llegó a entender la filosofía pirronista (que no es sino la religión natural del conocimiento, la duda que todo lo horada) ; del último aprendió los secretos de la ciencia de la medicina. Los viajes del licenciado Torralba por toda la Italia le dieron, amén de una fuerte complexión, muchos créditos de buen médico; pero oscuros motivos, en los que tuvo que ver su afición a la quiromancia, pronto le otorgaron mayor fama como nigromante, mago y aun hechichero. Muchos fueron los extraños sucesos -no por sabidos menos inquietantes- que rodearon las andanzas de Torralba. Los que ahora evocaremos acontecieron antes de su encumbramiento profesional como médico personal de la infanta Doña Leonor, reina viuda de Portugal, o como médico luego de Don Fadrique Enríquez, almirante de Castilla. Ocurrieron, también, antes de que una espiral infame de calumnias, instigadas por su supuesto amigo Don Diego de Zúñiga, arruinara su vida1. Era el verano del año 1520 del Salvador. Tras una corta estancia en Valladolid, y antes de volver a Roma, Torralba debía viajar a Cuenca con el objeto de estudiar la virtud oculta de ciertas hierbas y plantas medicinales. El regreso a su ciudad natal, de la que faltaba desde los quince años, le era especialmente grato. Torralba cubrió sin grandes contratiempos las jornadas de su camino hasta Cuenca a pesar de no ser fáciles las condiciones del viaje. Las matanzas y los saqueos sembraban la confusión por doquier. Castilla entera ardía -y no sólo figuradamente- por la disputa entre los comuneros y los realistas de Carlos I. Desde un lugar del vasto horizonte por donde se pone el sol, a más de dos leguas de distancia, divisó la ciudad hacia el nordeste. En verdad, la ciudad surgía inverosímil -ora anhelante, ora vertiginosa- según se considerara que buscaba el cielo o viceversa. Su caserío y sus imponentes murallas se asentaban, de forma casi milagrosa, en una áspera colina de piedra viva. Rodeada de cerros parcialmente, las hoces que se formaban hacían las veces, con sus ríos, de fosos naturales. Pequeña cuna, aunque fecunda, de grandes hombres, motivos desiguales habían mermado su población, otrora floreciente, a poco más de cuatro mil habitantes: la expulsión de los judíos; el descubrimiento del Nuevo Mundo; los reiterados estragos de la peste. Cuenca parecía condenada a vivir en algún siglo del medioevo por tiempos sin medida y a implorar en las alturas, sobre los farallones, pasadas glorias que ahora se le negaban. De toda esta guisa a Torralba se le antojaba que aquel contubernio de roca, aire y construcciones imposibles participaba de un designio a la vez divino e infernal y, por tanto, doblemente inhumano. Tras una concesión, tan debida como añorada, al reencuentro con sus parajes y amigos de adolescencia, Torralba inició sus investigaciones. Todas las mañanas atravesaba el milenario puente romano del Canto, sobre el verde río Xucar (titulado así del árabe Vad o Guad-el-Xucar). Llegaba de esta forma, extramuros de la ciudad, al barrio de San Antón. Este había tomado el nombre de su hospital principal, aunque había otros hospitales aledaños como el de San Lázaro o el de Belén. Los familiares de los enfermos habían ocupado la antiquísima barriada y se malganaban el sustento como herreros, olleros o curtidores. Asi el barrio crecía al dudoso amparo de la penuria. Así, la nobleza, que vivía con sus privilegios y parabienes en la zona alta de la ciudad, se aislaba hipócritamente de sus temores más íntimos. El hospital de San Antón había sido fundado, hacía casi dos siglos, por un grupo de seglares franceses procedentes de la Motte-Aux-Bois. Se construyó junto a una abandonada ermita templaria. Bajo los auspicios de Agustín de Montalbo, se edificaba ahora una nueva iglesia en su enterratorio. El hospital, centro de trabajo de Torralba, estaba especializado en el tratamiento del "ignis sacer" o "fuego sagrado". Esta enfermedad, que había devastado Europa, era conocida comunmente como "fuego de San Antonio" pues, según la creencia popular, la invocación del nombre de este cenobita proporcionaba algún alivio a los que la contraían. En los campos de Castilla abundaba aún una pústula nociva de la que crecían unos granos negros, llamados cornezuelos por su forma, en las espigas del centeno y otros cereales. Muchos animales enfermaban como consecuencia de la ingestión directa de estos granos. El pan fabricado con harina contaminada u otros alimentos populares (como las gachas elaboradas con harina de almortas) provocaban el mal en los hombres. Como quiera que este pan impuro era la principal comida de los pobres, tarde o temprano contraían la enfermedad. La ingrata disyuntiva era morir de hambre, ya que no podían pagar el precio de la blanca harina limpiada. La intoxicación aguda provocaba, entre otros síntomas variables, sequedad en las fauces e intensos dolores en la cabeza y el vientre, con vómitos y diarrea; el "fuego" no era sino la extrema elevación de la temperatura que sufría el enfermo. Si el cuadro progresaba, los afectados sentían una gran angustia y extraños delirios hasta que fuertes convulsiones debilitaban su pulso y sus sentidos pudiendo, finalmente, causarles la muerte. Sin embargo, era más frecuente el envenenamiento crónico, fruto del consumo prolongado de pequeñas dosis de alimentos impuros. En este caso, se producía una opilación u obstrucción de la sangre que ocasionaba dolores muy intensos por todo el cuerpo. Las orejas, la nariz y los miembros adquirían una coloración negra producto de la gangrena subsecuente que, en ocasiones, llevaba a su desprendimiento. El huerto de plantas medicinales anexo ai hospital de San Antón contenia diversas especies de éstas. En sus parterres abundaban los tanacetos, vegetales que habían demostrado grandes propiedades curativas. Ya el antiguo libro sobre la horticultura de Walchfrid Strabo destacó su papel para rebajar la sangre y los humores. Los tanacetos se habían empleado para calmar los flatos, las migrañas y utilizados como digestivos, diuréticos e, inclusive, febrífugos. Más: ciertas variedades eran potentes regularizadores de los menstruos, útiles en muchas dolencias uterinas y tomados por las mujeres para expulsar la placenta tras el parto. Más: eran eficaces como antihelmínticos y vermífugos al limpiar el cuerpo de los frecuentes gusanos que lo parasitan. Y -esto era lo que interesaba sobremanera a Torralba- aún más: los antonianos obtenían ácido tánico de estos y otros vegetales; la solución de esta sustancia, en las proporciones adecuadas, permitía lavar el estómago y combatir la inflamación de los intestinos. Asi atajaban, en gran medida, la intoxicación aguda provocada por el cornezuelo de centeno. Contra el envenenamiento continuado poco podían hacer salvo el deber sagrado del médico cuando, como suele ocurrir, no puede curar: calmar y consolar. Ambas cosas las conseguían con opio/oraciones y no pocos desvelos. Aparte de ésto, los antonianos procuraban controlar los alimentos en los mercados; medida ésta de salud pública, tan elemental como tantas veces descuidada, que Torralba consideraba de primerísima importancia. Con todo, Torralba conocía variedades de cornezuelo inusualmente poco tóxicas y de gran potencia visionaria. Las había visto crecer por todo el territorio griego y, especialmente, a corta distancia de Atenas, en los campos de Eleusis. Allí sabia de antiguos ritos mistéricos en los que, por una sola vez en su vida, los iniciados bebían una pócima que contenía agua con menta molida y harina plagada por el cornezuelo. Platón, Pausanias, Cicerón y otros grandes filósofos y emperadores como Adriano o Marco Aurelio aseguraban haber traspasado el umbral de Hades y haber visto la luz y la voz sagrada de los seres inmortales. Hacía algunos años, un viejo marinero contó a Torralba como, también, ciertos indígenas del Nuevo Mundo utilizaban en sus ceremonias semillas de una trepadora –que llamaban "ololiuhqui"- y obtenían efectos similares: miles de visiones y sonidos que los comunicaban con sus dioses. No pocas horas dedicó Torralba al estudio de las técnicas alquímicas que se practicaban en la importante botica del hospital. Lo cautivaba aquel mundo de crisoles y alambiques, retortas y morteros, probetas y bocales y mil ingenios más. Observaba, fascinado, como los antonianos se desenvolvían ágilmente por un suelo repleto de losas de mármol, que utilizaban para diluir sustancias, mientras los hornos modelaban el alma ya de pildoras y emplastos, ya de ungüentos y aceites, ya de electuarios y confites. En una ocasión, un miembro de la comunidad antoniana dio a probar a Torralba un raro elixir que elaboró allí mismo a partir de unos pocos granos de cornezuelo del centeno. Su formulación pertenecía a un pacto de riguroso silencio. De acuerdo con las instrucciones del monje, Torralba depositó unas pocas gotas del líquido bajo su lengua. Pasados unos minutos, percibió que los sonidos se transformaban en colores y éstos en aquellos. La voz del monje, de repente cavernosa y muy lejana, le indicó que saliera al exterior. Para sus nuevos sentidos, la ciudad se convirtió en un concierto de piedra, agua y viento. Notó que su ser se disgregaba: la noche era su alma y el cielo estrellado su mágica capa de brujo. Su mente se rompió mucho más allá de las murallas hasta que sus átomos cayeron, por un abismo sin límites, en las entrañas del Ser Eterno...No habría podido decir cuánto duró aquella experiencia extasiática y sobrehumana. Sólo sentía, cuando todo terminó, el dolor de saberse en su propio cuerpo. Como médico destacado de su época, Torralba estaba obligado al estudio de las claves de la Naturaleza, pues ésta era la primera y mejor maestra de su ciencia. Hubo un tiempo, antes de los dioses, en el que los hombres creían en la vida y amaban los montes, los ríos, los bosques y todos los seres en sus formas incontables. En el curso de sus investigaciones en el del crujiente catre, Torralba iniciaba sus estudios teóricos, acostumbrados a las nocturnas horas. Una noche, sin embargo, debió interrumpir el análisis apenas iniciado de unos impor tantes apuntes tomados de la farmacopea de Lorsch. Dos familiares de la Inquisición (asi se denominaban sus espías y delatores) requerían a Torralba ante la presencia del Corregidor de la ciudad. Don Rodrigo de Cárdenas. La presencia de aquellos seres siniestros no inquietó especialmente a Torralba. Sabía que la ausencia del alguacil y el notario descartaban que se tratase de una detención. Su vieja y conocida amistad con el Inquisidor General Cisneros contribuía, no poco, a su sosiego. Juntos, se dirigieron a la puerta de Huele. Desde allí, tomaron la calle principal de Cuenca que ascendía paralela a los puntos altos del collado, en los que se situaban los antiguos edificios medievales. En la costosa subida, a más del resuello, no pocos perdían la bolsa y hasta la vida. Precisamente, hacía tan sólo unos días que, en una de las casas de la empinada calle, frente a la puerta de San Juan, Doña Inés de Barrientos había envenenado a trece capitanes comuneros, tras invitarles con engaños a una cena. Al parecer, habían afrentado gravemente a su esposo. Don Luis Carrillo de Albornoz. El duro ascenso -habitualmente lúgubre y peligroso tras la puesta de sol- contaba con el horror añadido de trece cabezas colgadas en los balcones de la casona de Doña Inés. Antes de llegar a "la Correduría", una zona de comercios que continuaba la calle, Torralba y sus dos acompañantes se desviaron hacia el Alcázar. Este era un gran recinto fortificado que se hallaba dominado por la Torre de Mangana, un viejo alminar de las congregaciones árabe y judía. La Torre se atribuía por inercia a los constructores árabes, aunque Torralba la sospechaba mucho más antigua.
Notas a esta primera parte de “El llanto de Cuenca”
1.- Página 7, línea 14: Torralba fue acusado de hallarse encantado por un ángel malo, nombrado Zequiel. Bajo el influjo de éste -se decía- podía predecir el porvenir, obtener riquezas y hasta volar. Fue liberado tras cuatro años de prisión y tormentos en las cárceles de la Inquisición. Murió, poco después, por las secuelas del concienzudo quebranto al que había sido sometido. Mas Torralba no sucumbió, su espíritu de inteligencia perdura en la memoria de los hombres a través de la literatura de Zapata, Cervantes, Campoamor y D'0rs, entre otros muchos.
2.- Página 9, línea 8: El cornezuelo posee más de treinta alcaloides distintos. Algunos de ellos, como la ergotamina y la ergocristina, se siguen utilizando en los tratamientos de la migraña y de la enfermedad de Parkinson. Se ha querido ver en otro, el ácido lisérgico, al responsable de las alucinaciones eleusinas. Su obtención es fácil: al ser hidrosoluble basta con sumergir en agua las espigas contaminadas. Sin embargo, esa misma hidrosolubilidad impide su actividad psicotropa: el ácido lisérgico no puede llegar al cerebro. Sí puede hacerlo un derivado semisintético suyo, el LSD; pero éste no se obtendrá hasta 1938, por Hofmann y Stoel. La sustancia alucinógena que insinúa el texto es, probablemente, la ergonovina. El tóxico del cornezuelo que provoca la enfermedad de San Antonio es la ergotina. La enfermedad tiene su variante actual en el "ergotismo", producido por ciertas intoxicaciones medicamentosas.
3.- Página 10, línea 22: A fuerza de digresivos, podríamos decir que la Virgen de la Luz simboliza la Primera Negritud. Todas las culturas, de todos los tiempos, creían haber recogido fragmentos meteóricos de este Ser anterior a la propia creación del universo. En principio, estos aerolitos negros -compuestos en su mayor parte por hierro- sirvieron para la fabricación de utensilios y armas que otorgaron la supremacía de unos pueblos sobre otros (cuando la obtención de este mineral en la Tierra era aún sumamente dificultosa). Pronto fueron objeto de especial veneración como en el caso de la Piedra Negra de la Kaaba, en la Meca; o la mítica piedra de Shambala o la sagrada piedra de Saturno en el monte Helicón. En numerosas ocasiones, pequeños trozos de estas piedras negras se colocaron en oquedades dispuestas al efecto en los cuerpos y piaras de las Vírgenes Negras. Asi ocurrió, contra hipótesis legendarias, en el caso de otra Virgen Negra presente en la Catedral de Cuenca: la de las Batallas o del Sagrario. La asociación peculiar de esta última Virgen con la fenomenología celeste de la constelación de Virgo y su estrella Spica es, aunque interesantísima, demasiado extensa para desarrollarla aquí.
4.- Página 10, línea 38: Existen decenas de interpretaciones de las referidas armas. Sólo mencionaremos una que recoge Trifón Muñoz y Soliva sobre la opinión mayoritaria de los conquenses: "Observando que los destinos y los empleos lucrativos se otorgan a los forasteros, dicen que para éstos fue concedida la buena estrella, y que el cáliz con sus heces es para los naturales..." Como dijo Simmel : “una historia no es sólo verdad cuando se narra cómo ha sucedido, sino también cuando relata cómo hubiera podido acontecer".
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En el número anterior no hubo tiempo de recopilar la partitura correspondiente a la Ronda de Valdecabras, debido, como causa principal, al tiempo que hubo que dedicar a la muestra de escultura al aire libre “Días de Otoño en Valdecabras”. Publicamos sólo la letra, larguísima por cierto, causa de que dejáramos algunas estrofas sin incluir en la letra que se imprimió. La ronda, junto con la jota y otra ronda, se cantaban durante toda la noche, por lo que no es de estrañar que las letras fueran, a veces, tan largas. La música, transcrita por Herminio , es esta que reproducimos:
Hola amigos, he aquí una carta que he mandado a un conocido a raiz de una conversación mantenida la semana pasada. Marca el reencuentro con la pintura, tras meses, años, buscando potras cosas. Espero que ahora vengan los hechos y, en suma, la alegría de nuevos descubrimientos. Ya os contaré.
Jo, llevaba una semana en Madrid, desenchufado de la red. Y eso es duro. Total que he escrito un montón de cartas y ahora otra más. Aunque no sé si llegan las tuyas, total que seré breve, no vaya a ser un esfuerzo baldío.
Estuvo bien lo del otro día en Leganés, di una charla para mí mismo, no creo que te sirviera de nada -mi discurso es atropellado e inconexo- pero a mí si me sirvió, de hecho, el resto de la semana he estado trabajando en Madrid en esa dirección. Se trata de preparar material artístico, pero a la vez didáctico, donde se pueda comprender las etapas de formación de un artista clásico en un taller tradicional. No se trataría de un curso de pintura, que para eso ya hay libros y profes, y a mí eso no me va. Se trata de transmitir a los demás la pasión por la búsqueda de la belleza. Luego habría de ser algo alternativo y diferente, no linealmente didáctico. Sin sorpresas no hay interés.
Se trataría en último término de una discursión en torno al maldito tema de en qué momento del camino nos encontramos. Obviamente no tengo respuestas, afortunadamente, pero es haciéndome las preguntas cuando más cerca estoy de contestarlas. Es decir, no puedo afirmar nada, pero sí ir apuntando las direciones del mejor sendero a tomar.
Y que cada uno siga su camino, sabiendo que hay más alternativas. Curiosas las contradicciones que tú mismo apuntabas: te da igual la técnica. Eso supone -imagino- pensar que un técnico es el académico del XlX que pintaba los cuadros y mamarrachos que hay en el Congreso. Y no es eso: un técnico es aquel que pinta más y mejor. Pero para saber que eso es así tenemos que educar la mirada. Ese es el problema. Ese es el punto donde yo sitúo la intervención. Saber mirar. Ojo, ya sabes que no me gustan las memeces conceptuales (ejercicios de onanismo estilístico), pero tampoco considero clásicos ni maestros a un Antonio López, ni a un José Hernández (capullo que lleva cincuenta años pintando el mismo cuadro, no lo hace mal, pero en cincuenta años ya le ha podido dar tiempo a pintar el maldito cuadro). Con que no confundo ser un maestro con ser un pelma y ser un aburrido.
En pintura todo vale. Con razón hay tanto mamarracho suelto y tanta confusión. Todo vale. En cambio, en música, para tocar bien a Beethoven, Mozart... has pasado años y años àprendiendo duro. Y si un palurdo dice yo soy un genio y yo tengo arte y toco a Beethoven con mi ukalele desafinado, pues no. No cuela. Todos nos damos cuenta. ¿Porqué será que la música nos emociona a todos y en cambio la última exposición o restrospectiva del último genio de la pintura nos deja fríos? A lo mejor es que no todo vale. Porque, no te engañes, al final, lo que cuenta , es la emoción.
Moraleja, escucha la voz que sale de tu corazón y te marca el camino, déjate de revistas y mamarrachos que viven del cuento. Es su cuento, no el tuyo. Sólo cuenta la emoción, y eso es búsqueda, lucha. Que no te la den. Es absurdo pedir prestadas las emociones de cuatro seudolistos y conformarte con sentirlas como propias. Pocas cosas hay más apasionantes que la búsqueda de esa cosa que no sabemos lo que es ni donde está ni como se llama, que ni siquiera se come ni da calor, pero que sin ella nuestras vidas carecerían de toda verdad. Con que eso. Centegares es artista: visita su espacio en Internet: www.centegares.com ......................................................
I
Mi tren llegó a París la gélida mañana del 28 de diciembre de 1967. Atrás dejaba Madrid, ciudad gris, aún no modernizada, de franquismo reticente, libros prohibidos y ambientes cerrados. Dejaba la facultad de Económicas donde, a base de apuntes, había hecho hasta cuarto con clases magistrales de Tierno Galván, Paulino Garagorri, Ramón Tamames, Aranguren, García Calvo, y Fraga. Dejaba un trabajo en el Banco Zaragozano, en cuyas mazmorras yo cortaba cupones. Dejaba Cuenca, un poco más provinciana todavía que ahora, la familia, dos o tres amigos, y la que había sido mi mejor escuela hasta entonces: el Museo de Arte Abstracto, cuyos pintores me habían iniciado los dos años anteriores no solo en el Arte Contemporáneo sino también en la literatura y en la música que, con el cine, se convirtieron en mis pasiones.
A París me arrastró, supongo, una inquietud por el conocimiento y una mujer de la que, por entonces, estaba locamente enamorado. Ambos teníamos diecinueve años y estaba allí esperándome, en el andén de la estación de Austerlitz, como si fuera un pajarillo temblando por el frío. Mis posesiones consistían en una pequeña maleta con algo de ropa , dos o tres libros y mis primeros poemas, dos cartas en las que Fernando Zóbel me recomendaba a unos amigos suyos hispanistas y a una galería de arte de vanguardia (Dense René, especialista en arte cinético). Mi fortuna apenas llegaba a seis mil pesetas que, traducidas a francos, se quedaron en nada. Pero la ilusión y el amor una vez más pudieron con todo y una primera visión de París me inundó de luz y de brillos. Los primeros días fueron de lujuria: descubrí las galerías de arte, los museos, los cines, los parques, el Sena y sus puentes, los monumentos por doquier, el cosmopolitismo de una ciudad eterna donde nadie era ni se sentía extranjero. Compartía con P. una casita pequeña y oscura que iluminábamos con nuestra juventud en la rue Nollet, en el barrio de Batignolles, cerca de la Place Clichy y de Pigalle. Me sorprendía que, a pesar del frío, hubiera tanta actividad por las calles, las tiendas, los cafés, las estaciones de Metro, los autobuses de dos pisos con los que me conocí la ciudad recorriendo sus líneas de cabo a rabo sentado arriba, delante, como en un observatorio. Aquellos últimos días de Navidad fueron los más felices de mi vida porque todo había cambiado, porque por primera vez me sentía realmente libre, porque había cortado con un pasado semigrís y el futuro se desplegaba ante mis ojos con todas sus posibilidades. París, aquel tan leído París, estaba bajo mis pies y yo no tenía ninguna prisa.
Cumplí veinte años el diecisiete de enero de mil novecientos sesenta y ocho entre músicas de jazz, poemas de Rimbaud y Baudelaire, textos de Lautréamont y Sartre, vino tinto y finas hierbas. Pero el dinero se acababa y yo no era un turista que deseara volver: necesitaba un trabajo, ampliar mis estudios, conocer, vivir , ......
II
Febrero del 68 fue un mes de auténtica prueba: sin trabajo, sin dinero, con un frío aterrador. París también sabe mostrar sus colmillos carroñeros. Hambre, palabra que hasta entonces no había conocido, me obligó a sustraer a mi vecino, un tendero vietnamita, un enorme saco de patatas que consumimos en todas sus variaciones posibles. Las puertas del Louvre me conocieron porque en sus alrededores se daban las más sutiles variedades de colillas: medios cigarrillos orientales, habanos casi enteros, cigarros aún humeantes abandonados por una apresurada entrada que yo, en casa, desmenuzaba, mezclaba y liaba con habilidad. Conseguí que me fueran convalidados mis cuatro cursos de Económicas en Madrid por tercero de Sociología en la Universidad de Nanterre, al igual que en la Alliance Française comencé el curso de traducción (un viejo profesor, sabedor de mi interés por la Poesía me presenté un día, en La Coupole, al maestro Jacques Prévent, inmenso poeta de la cotidianidad e inspirador de bardos como Jacques Brel o Georges Brassens, quien me dio su autorización personal para vertirlo al castellano). Yo escribía como un cosaco (como un escritor cosaco) ya que disponía de todo el tiempo e inspiración del mundo, pero también frecuentaba la Cinématheque (casi gratis, un franco), donde tuve la oportunidad de conocer a los realizadores que allí mostraban sus películas a los verdaderos amantes del cine: Jean-Luc Godard, Truffaut, Buñuel, Brésson, Rivette, presentados siempre por el sabio Henry Langlois (aquellas salas del Trocadero, siempre latentes, donde también conocí a Wim Wenders, tan extranjero como yo y tan unidos por las imágenes: a ambos, y a otros muchísimos, el chauvinismo francés nos suspendió el ingreso en el I.D.H.E.C., la mejor escuela de cine de Occidente, junto con la de Lodzs en Polonia). Marzo fue un mes raro, de auténtica supervivencia personal por una parte e inicio de lo que más tarde se denominó la Nueva Historia internacionalmente: la sociedad estaba cansada de su propia explotación, obreros y estudiantes se sintieron fortalecidos por los ideólogos, los políticos comenzaron a mostrar sus debilidades y corruptelas, el pueblo abría su conciencia. A finales de marzo, y precisamente en la facultad de Sociología de la Universidad de Nanterre, adjunta a la Sorbona, comenzaron las primeras revueltas y la mecha de “la imaginación al poder” prendió por todas partes. Por entonces encontré trabajo en un periódico que, aunque de derechas, me daba de comer. Mi compañera también encontró trabajo en una agencia de viajes para estudiantes. Cuando todo parecía irnos mejor comenzaron las intermitentes huelgas generales, los cotidianos encuentros con la policía (los temibles C.R.S., duros y violentos, muchos de ellos procedentes de la guerra de Argelia, de la O.A.S., y que a extranjero que pillaban, amén de zurrarle la badana, lo deportaban).
Abril, Mayo y Junio fueron los meses dorados de una Revolución quizá condenada de antemano a no triunfar, pero que dio sus frutos a nivel mundial. Manifestaciones reivindicativas se multiplicaban por doquier inundando el inmenso centro de París, clamando a los cielos sus protestas, las injusticias, las diferencias, y acabando, indefectiblemente, a altas horas de la madrugada en algaradas y choques frontales con la policía con intercambios de piedras por gases lacrimógenos y balas no siempre de goma. Estudiantes y obreros lograron unirse por vez primera desde la Revolución rusa de Octubre, pero poco a poco fueron uniéndose menestrales y amanuenses, pequeñps empresarios, amas de casa, artistas y filósofos, “clochards” y millonarios anarquistas. Cientos de miles de individuos, de ciudadanos, de seres humanos, que gritaban por reivindicar a veces no solo un puesto de trabajo, o unas mejores condiciones de vida, o la libertad, sino la propia vida ante unos poderes obsoletos que aún mostrando sus fisuras mantenía a la policía armada por las calles y al ejército en sus cuarteles. La huelga general fue larga. París, una ciudad entonces de cinco millones de habitantes, sin Metro, sin autobuses, sin taxis, sin abastecimiento, con las fábricas cerradas, los comercios cerrados, la gente ocupando las calles y haciendo su vida en ellas, el poder temblando. No era el pueblo quien tenía miedo, por el contrario, nunca jamás se dio ni se daría tal derroche de imaginación, tal capacidad de supervivencia, tanta elevación de criterios, tanta comunicación y fraternidad. Porque en aquella manifestación final de más de un millón de participantes era el mundo mundial quien se manifestaba, quien exigía el deseo plural de que a partir de entonces ya nada sería como antes. Y París fue una fiesta como soñaron tantos Hemingways. Habían pasado las barricadas incendiadas de la rue de Rivoli, la quema de la Bolsa, las arengas de Jean- Paul Sartre en el patio de la Sorbona, las traiciones de Gobierno y Sindicatos, los destrozos por doquier, la violencia policial, ¿El descontento?. No existe verdadera juventud sin rebeldía.
III
Consecuencias de la llamada Revolución del 68, que no se dio sólo en París sino que, teniendo como precedente Berkeley (California), con la Beat Generation, los movimientos hippies, el rock, la discriminación racial, extendió sus secuelas a Berlín, Roma, Ámsterdam, Londres, fueron: cientos de reivindicaciones laborales, conquistas sociales, libertades y derechos, desaparición (o casi) de censuras, mayor democratización, libertad absoluta de pensamiento. No dudo en creer que, a más de treinta años vista, el hombre fue más libre a partir de Mayo de 1968 (aunque en España aún hubiera que esperar hasta finales del 75 con la muerte del Gran Dictador).
“Levantad los adoquines: debajo hay playas”. El corazón de París, el Distrito 6º, se convulsionó durante meses, pero sus rincones, plazas, calles y avenidas fueron el centro del mundo: entre la rue Gay Lussac y la de Saints-Péres se encuentran el Panteón, la Sorbona, la escuela de Farmacia, la de Medicina, el palacio, el Museo y los jardines de Luxemburgo, el Odeón, la escuela de Bellas Artes, los bulevares de Saint-Germin y Saint-Michel, la Place Saint-Sulpice, la rue Saint-André des Arts, la casa de Julio Cortázar, de quien tanto aprendimos, la taberna donde celebraba conciliábulos Fernando Arrabal, todos ellos lugares santos revolucionarios ya en el recuerdo de la historia pero absolutamente vivos para quienes tuvieron veinte años en París en mayo de1968. (Jesús Antonio Rojas es poeta, escritor y crítico de Arte).
Ya vimos como las dos denuncias que se presentaron ante la Autoridad competente para que se declarara que el monte de Valdecabras no pertenecía al Marqués de Valmediano no tuvieron éxito. Como se deduce claramente de la lectura del Auto que se reproduce más abajo, los vecinos, capitaneados por el mismo Ayuntamiento, se arrepintieron de haber dado poder a Juan Patiño, el traidor, para firmar el acuerdo con los herederos del Marqués. Antes de comentar la escritura firmada y, por tanto, válida, a pesar de las gestiones llevadas a cabo para impedirlo, voy a reproducir a continuación el Auto que el Investigador de Bienes y Derechos del Estado en Cuenca elevó al Gobernador Civil, a los efectos oportunos, con este escrito:
“ Sello con la inscripción: “Investigación de Bienes Nacionales de la Provin- cia de Cuenca Señor Gobernador
En este día he levantado el adjunto auto como cabeza de un expediente de denuncia. Lo que tengo el honor de poner en conocimiento de Vd. a los efectos oportunos que procedan.
Dios guarde a V.S. muchos años. Cuenca a 31 de Diciembre de 1865.
El Investsigador principal Santiago Cano y Meyllo
Sr. Gobernador Civil de esta Provincia “
El auto que se adjuntaba al escrito anterior es este:
“Auto En uso de las facultades que como Investigador principal de Bienes nacionales de esta provincia me confieren las leyes e instrucciones vigentes; Resultando de las noticias que de público y notorio han llegado a esta investigación, que el pueblo de Valdecabras intentó e intentaba hace poco tiempo promover pleito con el Marqués de Valmediano sobre la propiedad sobre la propiedad y posición de ciertos bienes que este parece poseer indebidamente en término de aquel pueblo, estimulado el vecindario por la sentencia recaída en el pleito que siguió Dn. Juan Cerdán y el citado Marqués también sobre la propiedad de terrenos enclavados en aquel término, por cuyo fallo fue condenado y declaradas de Dn. Juan Cerdán las fincas que se cuestionaban
Resultando, así mismo, de forma pública que los vecinos del pueblo tenían dispuesto instaurar pleito contra dicho Marqués y reunieron para ello gran porción de títulos de propiedad, formando a la vez expedientes posesorios que debieran inscribirse en el Registro de Hipotecas de esta Capital.
Resultando que el Marqués de Valmediano si fuese dueño, como se titula, de los dilatados pinares que cuenta y tiene el término de Valdecabras no satisface como terrateniente ni la décima parte de la contribución debida según el producto líquido que se fijara en esta provincia a cada fanega de monte pinar de primera clase en cuya categoría están los de dicho pueblo.
Resultando de forma pública que todos los vecinos otorgaron en marzo, abril o mayo del corriente año una escritura de poder ante el escribano Notario público de Cuenca Dn. Mariano Sanz (que hoy es uno de los compradores de los pinos y entonces también), a favor del comerciante de maderas Juan Patiño vecino de esta Capital para que transigiese, tramase y concordase con el Marqués de Valmediano un pacto que evitara el pleito para que se aparejaba el pueblo y aun en prueba de su intento celebró juicio de conciliación en Madrid en primeros de año siendo demandante el pueblo y en su representación Dn. Ramón Collado y demandado el dicho Marqués.
Resultando que por consecuencia del poder conferido a Dn. Juan Patiño por los vecinos actuantes entonces de Valdecabras, éste otorgó escritura de transación con el Marqués, reconociéndole dueño de los terrenos en cuestión y que el marqués les reservó a los vecinos el derecho a percibir cada uno cuatro mil reales del valor de los pinos que vendía a Dn. Patiño y compañía debían cortarse en los montes a cerca de los cuales Juan intentó pleito el Ayuntamiento contra el Marqués por medio del juicio de conciliación poco tiempo hacía celebrado; que el marqués les reservaba a todos los vecinos que son o fueren del pueblo, en cambio de la remisión que hacían de sus derechos, la gracia de dejarles pastar, roturar, extraer leñas desligadas y las maderas precisas para redificar sus casas y corrales de ganado; y que desde entonces se apartaban y desistían de toda acción contra el Marqués de Valmediano y todos sus herederos.
Resultando que una vez otorgada la escritura y recibido en señal cada vecino la suma de mil reales a cuenta de los cuatro mil estipulados, entregaron al marqués los expedientes posesorios que habían preparado para el litigio y se obligaron a cooperar para que el Marqués instruyese el suyo respectivo porque carecía de títulos inscritos en Hipotecas.
Resultando que los vecinos de Valdecabras y especialmente su celoso Ayuntamiento hubieron de consultar después con el letrado Dn. Juan Francisco Herráiz vecino de Cuenca si lo hecho de buena fe por los vecinos era legal o ilegal para subsanar su ignorancia en este último caso revocando lo hecho y dejando nula y sin ningún valor la transación si se había efectuado.
Resultando que a consecuencia de esta consulta el Ayuntamiento de Valdecabras sin perder momento revocó el poder dado a Juan Patiño y le remitió a Madrid la revocación en el mismo día para que cesase en la representación que se le había conferido, y que no satisfecho aun el pueblo con la revocación hecha por el alcalde llamó al día siguiente al Notario autorizante D. Joaquín Zomeño para revocar todos los vecinos el poder que había otorgado por ignorancia, como en efecto lo revocaron.
Resultando que a pesar de la revocación ésta llegó a Madrid después de hecha y firmada con el Marqués la transación pero que los vecinos del pueblo ni el Ayuntamiento han querido ratificar el contrato porque les consta que no es legal lo hecho.
Resultando que al amparo de las Ordenanzas e instituciones vigentes sobre montes, según se dice de público.
Y considerando esta investigación
1º.- Que ni los vecinos todos de Valdecabras no su Ayuntamiento ni unos ni otro juntos tenían ni tienen personalidad para transigir, concordar, ni renunciar ni pactar derechos comunales, siendo nulo por consiguiente el poder y la escritura que otorgó como apoderado del pueblo D. Juan Patiño.
2º.- Que las manos muertas de carácter civil no están autorizados por la ley para adquirir y mucho menos para vender ni renunciar.
3º.- Que el representante del común de vecinos de un pueblo es su Ayuntamiento y que estos por la Ley no tienen atribuciones deliberatorias sobre los asuntos de propiedad en los cuales ni los Gobernadores, ni los Ministros ni S.M. tienen tampoco retribuciones resolutivas, pues estas corresponden única y exclusivamente a los tribunales ordinarios.
Considerando que el Marqués de Valmediano según ha llegado a entender esta Investigación no tenía ni tiene otros derechos de propiedad en Valdecabras que los de simple Señoría y estos quedaron ya abolidos.
Considerando que tampoco parece que el citado Marqués obtuviera la declaración de excepción a favor de sus pretendidos derechos de propiedad en Valdecabras, cuando por virtud de la Ley de Señoríos debieron reincorporarse al Estado los de ilegítima procedencia, excepción que vimos, obrante en el protocolo del Notario de Cuenca D. Joaquín Zomeño.
5º.- Certificación del Catastro de 1752 en que constan los bienes que poseía entonces el Marqués de Valmediano en el referido pueblo.
6º .-Inscripción literal de los bienes y sus productos líquidos que figuran como de Valmediano en el término de Valdecabras, contrayendo la certificación al amillaramiento vigente en 1855. 7º.-Testimonio del Juzgado de 1ª Instancia de esta Capital en que consta por los registros de negocios civiles, si a consecuencia de la Ley de Señorías de negocios civiles, si a consecuencia de la Ley de Señorías el Marqués de Valmediano obtuvo de declaración judicial de excepción de reincorporación al Estado de los bienes que pretende en Valdecabras. 8º.-Testimonio de las pruebas documentales y testificales que resulten unidas al pleito seguido entre D. Juan Cerdán y el Marqués de Valmediano, fallado por el Tribunal Supremo a mediados del presente año, obrante en poder de los herederos del citado Cerdán vecinos de Cuenca.
Y para ello, poniendo este auto literal en conocimiento del Ministerio de Fomento, de la Dirección del ramo, del Sr. Gobernador Civil de esta provincia y del Caballero Fiscal de Hacienda para los usos que estimen conducentes, diríjase también por separado atento oficio aaa Sr. Gobernador para que se digne dar sus órdenes para la facilitación de los datos que esta investigación reitera con la urgencia que el asunto exige. Así lo acuerdo y firmo en Cuenca a 31 de Diciembre de 1865 El Investigador principal Santiago Cano y Meyllo “
Hasta aquí el Auto que se conserva en el Archivo Histórico de Cuenca, signatura 797, documento numerado con las páginas 18.19,20,21,22 y 23.
De la lectura detenida en este auto, que refleja el estado del problema posterior a la firma de la escriturra, está clarísimo que lo que el Marqués siempre pretendió (y por desgracia para los vecinos, consiguió) era la propiedad de “los extensos pinares” en Valdecabras; no pretendía, ni fue objeto de disputa otra cosa que no fueran los pinares (el monte pinar, al que se refiere el Tribunal Supremo en su sentencia de 1920, a la que llegaremos más tarde). Todo lo que no era monte era de sus respectivos dueños, ¿de quien iba a ser, si no? Y los dueños de los inmuebles fuera del pinar eran los vecinos de Valdecabras, el mismo Marqués de Valdediano, que tenía una casa, un molino y una era, Juan Cerdán, residente en Cuenca, y Antonio Luque residente, quizá, en Ciudad Real. Estas dos últimas personas no firmaron la escritura de 1865 y el Marqués de Valmediano les reconoció sus propiadades (tanto dentro, como fuera del monte, aunque esto último no era necesario); Juan Cerdán le ganó un pleito al Marqués nada menos que en el Tribunal Supremo, con lo que no quedó ni puede quedar duda de que las tierras que poseía en el monte de Valdecabras eran suyas y no del Marqués; por lo que respecta a Antonio Luque, existe un documento de apeo (deslinde de propiedades) entre éste y el representante del Marqués, posterior a la firma de la escritura de mayo de 1865, es decir que el Marqués de Valmediano reconoció las propiedades que Antonio Luque tenía en “su monte”, pues ya era suyo, una vez que los vecinos otorgaron la escritura engañados, eso sí, por Juan Patiño.
¿Que por qué llamo “traidor” a Juan Patiño y que los vecinos fueron “engañados” por él? Bueno, esto lo contaré en el próximo número, cuando empiece a comentar la famosa escritura de transacción de fecha 05-Mayo-1865. Tengo que hablar también de lo que es “propiedad” y lo que es “posesión”, conceptos similares, pero que no significan lo mismo y, aprovechándose de la confusión que puede generarse con estos dos términos, la dueña actual (no el Marqués de Valmediano) pretende hacer creer que lo que no es “posesión” no puede ser de los vecinos, sino suyo, ¡que lista! Tampoco los varios abogados originarios de Valdecabras o ligados al pueblo de alguna otra manera, se han molestado, eso parece al menos, en aclarar a los vecinos que se pueden tener propiedades, por ejemplo tierras, tinadas, etc. y no tratarse de posesiones. Ya intentaré yo explicar esto claramente, para que no haya ningún vecino al que se le ocurra cecir que una huerta suya no es suya, porque no es de “posesión”. Las piedras, si se tiran, hay que tirarlas contra el tejado del otro, no contra el de uno mismo. No sé todavía si escribiré sobre la escritura o sobre las “posesiones”. Ya veré.
“Tus árboles, fuentes de vida”; eso dice la contraportada del número 5 de la revista “Medio Ambiente/Castilla-La Mancha”. Las fotografías de la derecha corresponden al pino de la Burrueca, en Villanueva de la Jara; era el más grande de Castilla-La Mancha y , yo creo, que de España entera y estaba declarado por la Junta de Castilla-La Mancha “ejemplar singular” y, por tanto, protegido. Como se puede observar, el maiz –cultivo de regadío- llega al mismo tronco del pino, lo que supone su encharcamiento y lo que supone, a su vez, peligro de muerte, pues el pino piñonero no aguanta el encharcamiento. El pino estaba sentenciado a muerte. Y ya se ha muerto. Sí, el pino más grande de Castilla-La Mancha se ha secado por desidia de la Consejería de Agricultura que ha permitido que se encharcara su entorno, año tras año. ¿Qué bonito, no? Y venga revistas con el mejor y más caro papel y las mejores fotografías. Y las responsabilidades, ¿qué?; y los ecologistas de salón ¿dónde están?, ¿dónde? +++++++++++++++++++++++ Pregunta: ¿Tan importante es el valor para Vd.? Respuesta de Arturo Pérez Reverte: “Sí, cuando es resultado de la coherencia y no de la estupidez. Creo que ésa es la única virtud que no pueden manipular los curas ni los políticos.” (De una entrevista hecha por Arturo San Agustín para El Círculo de Lectores).
Como esta revista tiene algo de utópica – hay quien dice que lo que más nos acerca a la realidad es la utopía-, voy a lanzar a los cuatro vientos una idea, con cuya realización se conseguiría una obra de arte gigante, dedicada al gran gigante de la literatura, al Quijote de la Mancha, del gigante Cervantes. El proyecto consiste en que varios escultores de Castilla-La Mancha elaboren una parte de una escultura que representará a este personaje gigante de la literatura universal, que es Don Quijote de La Mancha, que se ubicaría a la entrada del Aeropuerto de Ciudad Real o a la entrada del Parque Temático “El Reino de Don Quijote”. Comenzando por un pedestal enorme ( de una altura de 6 a 10 metros) que realizaría, como es lógico, una empresa constructora, un escultor, que ya se eligiría entre los buenos, digamos que de Ciudad Real, esculpiría el comienzo de la escultura, que sería la parte comprendida entre los pies y las rodillas, cuya pieza tendría unas medidas que, partiendo de la altura total del conjunto (que debería medir unos 15 metros) sería de unos 3,5 metros de altura. La segunda pieza, que encajaría con la primera sería realizada por un buen escultor , digamos que de Albacete y tendría unos 3,70 metros de altura. La tercera parte podría consistir en dos mitades, en sentido vertical, del torso (de la cintura a los hombros) y sería esculpida por uin buen escultor, digamos que de Guadalajara, y la otra mitad, sería hecha por un buen escultor, como los demás, digamos que de Toledo y tendría una altura también de 3,70 metros, aproximadamente; y, por fín, el cuello y la cabeza estaría esculpida por otro gran escultor, digamos que de Cuenca. No es imprescindible que tengan que participar escultores de todas las provincias de Castilla-La Mancha y podrían muy bien participar dos o más escultores de una sola provincia, especialmente si no se encuentra escultor suficientemente bueno en alguna de las provincias aludidas. Tampoco la composición de la escultura tendría que ser como acabo de exponer: habría que aclarar, previamente, de qué partes se podría componer. Yo voy a escribir a todos los escultores que pueda de las cinco provincias de Castilla-La Mancha exponiéndoles la idea y pidiéndoles su parecer y su disposición a participar en la elaboración de la escultura gigante. A los que estén dispuestos a participar en el proyecto les pediré el envío de fotografías de algunas de sus esculturas o la indicación de la ubicación de las mismas, con el fin de poder visitarlas. Con los que no contesten, no se contará para este proyecto y, luego, si no les parece bien, pues que vayan a protestar a Cascorro. De entre los escultores dispuestos a participar en el proyecto, y a la vista de sus obras, se hará una selección, quedando fuera del proyecto aquellos escultores que no se consideren de calidad suficiente para esculpir alguna de las partes del Quijote. Que no se queje nadie luego, pues la selección se hará con el corazón en la mano y no a base de enchufes, medallas, u exposiciones realizadas, y se les dará las gracias por su predisposición y se les pedirá disculpas por no haberlos incluido en el proyecto. ¿Va a ser la escultura abstracta?, ¿va a ser clásica?, ¿va a ser una mezcla de estilos? Pues, quizá, esto también habrá que discutirlo entre los seleccionados. Con el resultado de esta discusión se expondrá el proyecto a la empresa promotora del parque temático “El Reino de Don Quijote” y a la empresa del Aeropuerto de Ciudad Real, con presupuesto incluido, con el fin de que estudien el proyecto, que seguro les interesará, y decidan si se lleva a cabo o no. ¿Qué tal os parece?
El día 21-02-2000 escribí al representante de la Consejería de Agricultura en Cuenca, Sr. Carricondo, pidiéndole una entrevista para aclarar el asunto en el que el jurisconsulto de la jurisprudencia de la Ciudad Encantada (paraje muy conocido, como se sabe, propiedad privada al igual que el monte en el que está enclavada, extremo ya menos conocido) me había metido por el mero hecho de haberle pedido que se identificara, acción que, como ya expuse en el número anterior, la Carta de los Derechos de los Ciudadanos de Castilla-La Mancha exige a los funcionarios de nuestra Comunidad efectuar sin necesidad de que preguntemos o averigüemos ante qué funcionario estamos.
La carta es esta:
“ Antonio JM Cl. E-Valdecabras
Sr. Delegado de la Consejería de Agricultura y M.A. de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha Cl. de Colón, nº 2 CUENCA
Sr. Delegado:
Con motivo de una pregunta que efectué en esa Delegación el día 13 de este mes de julio, referente al estado de un expediente sancionador (incoado por cazar ilegalmente el jabalí en terrenos de aprovechamiento cinegético común -eso dicen los que me denunciaron- tuve noticia de otro, cuya existencia desconocía. Resulta que en este segundo expediente, Adolfo Sequí Pérez me acusa de una manera muy grave de actos que yo no he cometido y que no estoy dispuesto a tolerar, por lo que le solicito a Vd. una entrevista, si es necesario en presencia de este funcionario corrupto, con el fin de que ese señor retire las acusaciones inventadas que vierte sobre mí, pues de otro modo, miraré yo otras medidas para poner a salvo mi buen nombre y honor, amparado en nuestra Constitución, que tanto ignoran muchos de los funcionarios de esa Delegación. Espero su pronta contestación.”
A esta carta adjuntaba una nota, en respuesta al falso relato del encantado guarda foresatal de la Ciudad Encantada, Adolfo Sequí Pérez, que decía así:
“ NOTA a la falsa denuncia del guarda forestal Adolfo Sequí Pérez
contra Antonio JM
El último día de caza de la temporada 1998-1999, acompañé a unos amigos que iban a cazar pues, después de la jornada de caza, íbamos a comer juntos como despedida de la temporada. Yo no tenía licencia de caza, por lo que fui de acompañante, sin llevar conmigo documentación o armas.
En las inmediaciones de la Ciudad Encantada, mientras Ignacio AC y Francisco G siguieron una ruta determinada, Andrés AC, hermano de Ignacio, y yo seguimos otra, para confluir los cuatro en un punto determinado que habíamos acordado; Andrés ÁC y yo íbamos en dirección aproximada a nuestros coches, cuando vimos entonces a un guarda forestal -que resultó ser Adolfo Sequí-, quien pidió la documentación a Andrés, que iba con su escopeta y su perro, y se puso a anotar sus datos en una libreta, sin venir a cuento, pues éste llevaba sus papeles en orden; mientras estaba anotando en su libreta yo le dije que él no se había identificado y que era lo primero que debía hacer al requerir la documentación a un cazador, pues no había dicho quien era ni había mostrado su credencial. Después sí la enseñó. A mí ni me pidió papeles ni me dijo nada. Mientras él escribía en su libreta, llegaron otros dos guardas forestales y estuvimos hablando un poco y tampoco estos dos guardas forestales se identificaron (nosotros tampoco les dijimos que lo hicieran), y ahí termionó lo que podríamos llamar la primera parte. Yo no supe entonces que este guarda forestal era el mismo que había estado presente en un reconocimiento de una corta abusiva de robles en Valdecabras, en la que se comportó como un guarda privado al servicio y a sueldo de la propiedad del monte de Valdecabras. Andrés y yo continuamos y fuimos en busca de su hermano y Francisco; no los encontramos donde suponíamos que podían estar, por lo que yo me fui en una dirección y Andrés en otra, con el fin de intentar coincidir y vemos los cuatro amigos; yo empecé a subir en dirección cercana a donde estaban los vehículos y, al poco de echar a andar, me crucé a una distancia aproximada de 50-60 metros a los tres guardas, pidiéndome Adolfo Sequí la documentación, quien parecía muy afectado por el hecho de que yo le hubiera dicho que se identificara; me la pidió sin acercarse a mí, desde la distancia, y yo le contesté que no la llevaba conmigo, pero que, de todos modos, no podía dedicarse a molestar, sin causa justa, a los ciudadanos que pasean tranquilamente por el monte; que cuando me viera a mí o a otra persona cometer un infracción de su competencia, o tuviera dudas razonables de que se hubiera cometido, que entonces sí que podía y debía pedir la documentación, después de haberse identificado él mismo como agente de la autoridad. Tanto él, como los que lo acompañaban me estuvieron platicando que ellos eran la autoridad en el monte y podían pedirme a mí, y a quienes quisieran la documentación como y cuando quisieran, y que eso estaba escrito en el nuevo Código Penal. Yo les contesté, medio en broma, que yo también era funcionario que no iba por ahí pidiendo la declaración de la renta a quien me pareciera bien y les dije que a ver si quedábamos en un bar de Cuenca y me enseñaban el artículo del Código Penal donde decía lo que ellos decían que decía. Uno de ellos al parecer, estudia o estudiaba derecho. Yo nunca dije que no les reconociera autoridad, o tonterías por ese estilo. Yo seguí en dirección directamente a los coches, ya bastante enfadado por las molestias de que fui objeto y por lo que creí, y sigo creyendo, que fue una actuación del guarda Adolfo Sequí, que rebasaba sus competencias, molestando indebidamente a un ciudadano y molestándose por habérsele pedido que se identificara, que es lo primero y lo mínimo que debe hacer un agente de la autoridad cuando se dirige como tal a un ciudadano. Después me enteré que este guarda, Adolfo Sequí, también le había pedido la documentación al hermano de Andrés, Ignacio, y había apuntado sus datos en una libreta, lo que supone igualmente extralimitarse en sus funciones, al tomar datos personales sin motivo alguno y sin que los interesados puedan saber con qué fines un guarda forestal toma datos personales de ciudadanos que están cazando legalmente en el campo, intimidándolos con su actitud.
Para finalizar, voy a hacer una observación a la denuncia inventada por el Sr. Sequí:
¿Por qué dice que Andrés Á llevaba una escopeta y yo llevaba un perro? ¿Lo llevaba yo atado al tobillo, o esa afirmación es fruto de su calenturienta imaginación? ¿Cómo sabe ese guarda mentiroso que yo era el que llevaba el perro y no su dueño, que era además el cazador? El perro en cuestión tenía su dueño y su cartilla veterinaria y el guarda podía haberla pedido, ya que le va tan bien pedir papeles a los demás. La calentura del señor Sequí va subiendo de tono cuando dice que el perro que yo llevaba "tenía heridas posiblemente causadas por un jabalí" ¿por qué no dice cuantas heridas tenía el perro, y si el jabalí era macho o hembra y cuantos kilos pesaba?), hasta llegar a afirmaciones más graves, sobre las cuales no voy a hacer referencia en esta nota. Vadecabras, a 13-julio-2000 “
La respuesta del Sr. Delegado no se hizo esperar y fue de este tenor:
“ Cuenca, 13 de julio de 2000 Secretaría Cdo. Escrito.
En relación con escrito suscrito por Vd. , con fecha de registro de entrada en esta Delegación Provincial de 12 de julio de 2000 donde manifiesta haber tenido conocimiento de un expediente cuya existencia ignoraba, siendo denunciante D. Adolfo Sequí Pérez, solicitando a su vez una entrevista, le comunico: Que efectivamente, se inició e instruyó expediente sancionador n° 16/cz/99/79 contra Vd., el cual fue tramitado y comunicado en legal forma en todas y cada una de sus fases, constando en todas ellas la devolución de las cartas certificadas con acuse de recibo remitidas, constando la reseña "rehusado", precediéndose, pues, tal y como prevé el artículo 59 de la ley 30/1992, de 26 de noviembre, a tener por efectuado el trámite de la notificación , siguiéndose el procedimiento.
Dicho expediente finalizó por Resolución del Sr. Delegado Provincial' de fecha 23 de septiembre de 1999 , y ante la falta de pago voluntario, fue remitida para su cobro por la vía de apremio con fecha 5 de junio de 2000, ante los Servicios Provinciales de la Consejeríapide Economía y Hacienda.
Habiéndose tramitado el expediente en legal forma sin que Vd. haya comparecido en el mismo ni haya hecho alegaciones en tiempo oportuno para surtir efectos dentro del mismo, es por ello que le comunico que la entrevista que Vd. solicita no tiene razón de ser, máxime teniendo en cuenta que dicho expediente es ejecutivo, según lo establecido en el artículo 21 del Real Decreto 1398/1993, de 4 de agosto por el que se aprueba el Reglamento del Procedimiento para el Ejercicio de la Potestad Sancionadora. El Delegado Provincial Fdo.: José Carricondo Martínez “
Como se puede apreciar, lo importante para que un picatoste –digo, capitoste- te reciba para intentar aclarar un asunto tan grave, como es que un funcionario a su cargo haya prevaricado, haya calumniado, haya falseado hechos, en base a lo cual se haya sancionado a un ciudadano injustamente es que el expediente se haya tramitado en forma legal. Lo que pasa es que “la forma legal” parece ser desconocida en la Delegación del Sr. Carricondo, pues el art. 59 de la Ley de Procedimiento Administrativo (Ley 30/1992 de 26 de noviembre) que él cita para justificar “la forma legal” no dice lo que quiere que diga el Sr. Delegado; molestaros en leerlo y veréis que no dice lo que dice el Sr. Carricondo. A renglón seguido dice que, ante la falta de pago, la resolución de fecha 23-09-1999 se remitió para su cobro a los servicios Provinciales de la Consejería de Economía y Hacienda el 05-06-2000, como veis, con mucha rapidez. Bueno, ya veremos en qué termina esto, pues el cobro en vía ejecutiva está recurrido ante el Tribunal Económico-Administrativo Regional, que todavía no ha dictado sentencia y, a lo peor, no termine muy bien para la Delegación Provincial en Cuenca de la Consejería de Agricultura y Medio Ambiente de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha (¡que nombres tan largos!). Yo, por mi parte, cuando el Tribunal decida, hablaré con mi abogado (eso dice la gente importante) para ver si al guarda forestal encantado se le puede denunciar por calumniar y denunciar, a sabiendas de que es mentira lo que relata en su denuncia, lo cual, tratándose de un funcionario público, es bastante más grave de lo que alguno que otro de la Delegación de Agricultura cree . Hasta la próxima.
Muchos siglos después del discurso de Pericles, en Francia se proclamaron los derechos del hombre, algunos de los cuales se reproducen en la selección de artículos siguiente.
La Déclaration des Drois de l’Homme et du Citoyen
Les principes de 1789 ont été repris dans la Déclaration de Droits de l’Homme et du Citoyen votée le 26 août 1789. Ce texte solennel énumère les droits de l'homme et ceux de la nation : égali- té politique et sociale, respect des opiníons et des croyances, de la propriété, souveraineté de la nation, liberté de parole et de la presse. Ces valeurs universelles ont inspiré les démocraties de l'Europe et du reste du monde.
Quelques articles de cette Déclaration
- Article ler - Les hommes naissent et de meurent libres et égaux en droits. Les distinctions sociales ne peuvent étre fondées que sur l'utilité commune. - Article 4- La liberté consiste á pouvoir faire touc ce qui ne nuit pas á autrui: ainsi, l'exercice des droits naturels de chaqué homme n'a de bornes que celles qui assurent aux autres membres de la socié- té lajouissance de ees i-némes droits- Ces bornes ne peuvent étre déterminées que par la loi. - Artick 5 - La Loi n'a le droit de défendre que les actions nuisibles á la Société. Tout ce qui n'cst pas défendu par la Loi ne peut étre empeché, et nul ne peut étre contraint á faire ce qu'elle n'ordonne pas. - Arlicle 10- Nul ne doit étre inquiété pour ses opí- nions , mêmes religieuses, pourvu que leur mani- festation ne trouble pas l'ordre public établi par la loi. -Artick 11 - La libre communication des pensées et des opinions est un des droits les plus précieux de l’Homme : Citoyen peut donc parler, écrire, imprimer librement, sauf à repondré á l'abus de cette liberté dans les cas determines par la Loi. - Article 17 - La propriété étant un droit inviolable et sacré, nul ne peut en être privé, si ce nést lorsque la nécessité publique, légalement constatée, l'exige évidemment, et sous la condition d'une juste et préalable indemnité.
La Declaración de los Derechos Humanos y del Ciudadano
La Declaración de los Derechos Humanos y del Ciudadano, votada el 26 de agosto de 1789, recoge Los principios de 1789. Este solemne texto enumera los Derechos Humanos y los de la Nación; igualdad política y social, respeto de las opiniones y creencias así como de la propiedad, soberanía de la nación y libertad de expresión y de prensa. Estos valores uni- versales han inspirado a las democracias de Europa y del resto del mundo.
Algunos artículos de la Declaración
- Artículo primero - Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales no pueden estar fundadas sino en la utilidad común. - Artículo 4 - La libertad consiste en poder hacer todo aquello que no perjudique a otros; por esa razón, el ejercicio de los derechos naturales de cada hombre no tiene más límites que los que garantizan a los demás miembros de la sociedad el disfrute de esos mismo derechos. Tales límites solo pueden ser deter- minados por la ley. - Artículo 5 - La ley solo tiene derecho a prohibir los actos perjudiciales para la sociedad. Nada que no esté prohi- bido por la Ley puede ser impedido y nadie puede ser constreñido a hacer algo que esta no ordene. -Artículo 10 - Nadie debe ser molestado por sus opi- niones, incluso religiosas, mientras su manifestación no altere el orden público establecido por la Ley. - Articulo 11 - La libre comunicación de pensamien- tos y opiniones es uno de los derechos más preciosos del hombre; en consecuencia, todo ciudadano puede hablar, escribir e imprimir libremente, a trueque de responder del abuso de esta libertad en los casos establecidos por la Ley. - Artículo 17 - Siendo la propiedad un derecho invio- lable y sagrado, nadie puede ser privado de ella, salvo cuando la necesidad pública, legalmente com- probada, lo exija de manera evidente, y a condición de una indemnización justa y previa.
Bux, Tomás Bustamante, nació en Almodóvar del Pinar en el año 1968, es decir es un joven artista, de cuyas manos salen piezas cerámicas magníficas, muchas de las cuales rozan la obra escultórica; si mantiene su nivel actual, y es de suponer que no sólo lo mantenga, sino que lo supere, estaremos ante un artista. Bueno, ya estamos ante un artista, lo que no suele ser habitual –es más, suele ser raro- entre las personas que se dedican a la alfarería.
La originalidad y la creatividad son dos conceptos bastante próximos, aunque en el arte no haya que confundirlos; la creatividad es una cualidad de la obra de arte, aunque haya obras de arte que sean copias de otras, en cuyo caso la creatividad consistitá en el tratamiento que se dé a su ejecución o bien, la cratividad no sería un rasgo fundamental en esa obra concreta, pues la creatividad es uno, de entre otros muchos, de la obra de arte, como lo es la belleza, concepto sobre el que sería prolijo hablar en una reseña tan pequeña como es esta que estoy escribiendo sobre Bux. Se da por sentado que la intención y el sentido religiosos estuvieron en la esencia tanto de las obras del arte primitivo, como en el clásico y así continuó siendo hasta la llegada del impresionismo y posimpresionismo, duramente atacado desde ámbitos tradicionales del arte y, en especial por León Tolstoy, quien consideraba la nueva pintura como objetos degenerados, que apenas servían para decorar casas de nuevos ricos, pero de ninguna manera obras de arte, pues se separaba del motivo e intención religiosa, rasgo necesario y fundamental de toda obra de arte, según él.
El arte, a pesar de todo, ha seguido su marcha, y aquel que se siente atraido por crear obras bellas, y tiene facultades para expresarlos, como es el caso de Tomás Bux, ha continuado creando obras de arte, aunque León Tolstoy, o cualquier otro, se empeñen en decir que está muerto. También Manolo Millares dijo, al parecer, por los años 50-60 que el arte había muerto, a pesar de lo cual él siguió pintando arpilleras, aunque la belleza de las mismas brillara por su ausencia (bueno, lo de la belleza parece ser relativo, como acabo de decir, aunque para mí, la relatividad no puede estirarse hasta límites tan negros; quizá su arte había muerto, efectivamente..., no sé).
Tomás BUX, sin embargo, no tiene problemas con la belleza ni con la creatividad, no sé si habría que decir originalidad; en todo caso sí hay que decir que BUX tiene oficio, cualidad que va unida, indisolublemente, a la originalidad en un artista, pues sin oficio no hay arte que valga, y cualquiera podría ser un artista. ¿Quién no ha imaginado un lienzo sobre el que pinta algo supremo en color, en tema, en intención, en disposición perfecta de las partes que lo integran? Claro, lo que no sabemos, los que así de bien pensamos, es plasmar las ideas tan brillantes en una tela estirada en un bastidor. Tomás BUX sí lo sabe, tiene oficio; con el barro, claro, que es lo suyo.
LA VII BIENAL DE ARTE DE CUENCA El día 01-11-2001 se inauguró en Cuenca la Bienal Internacional de Pintura que llegó a su séptima edición, proceso antes nunca logrado en nuestro país en donde los intentos anteriores realizados por otras ciudades no lograron continuidad. Con el inicio de la muestra no culminó un largo trabajo desarrollado por los actuales directivos, sino que se inició a la vez una nueva etapa que estuvo marcada por conferencias, debates, mesas redondas, visitas guiadas y otros eventos más que se organizaron en torno de esta muestra. Como ocurre con otros tantos procesos culturales, la Bienal no fue solamente lo que el público pudo ver en las distintas salas de exhibición. Detrás de esa muestra existió un largo trabajo responsablemente realizado por el Comité de Gestión, el Comité Técnico, los curadores y, sobre todo, por los artistas que prepararon sus obras para que fueran expuestas y consideradas por el público. La VII Bienal tuvo, adicionalmente, algunas novedades respecto a las anteriores. Una de ellas fue la de haber sido convocada y organizada dentro del amplio y por supuesto debatido principio de arte total. Significa ello que, dentro de los actuales avances tecnológicos que involucran a las artes visuales, se usaron técnicas que superan las tradicionales concepciones sobre el arte. La pintura seguirá siendo el núcleo en torno del cual gira la Bienal, pero se han creado importantes espacios para otras manifestaciones visuales que, más allá que encuentren o no cabida en el público, son nuevas formas de expresión de los artistas. Una bienal se supone que es oportunidad para conocer nuevas corrientes y justamente ese espacio es el que se ha abierto en la VII edición. Cuál sea el valor y la calidad de esas propuestas es algo que queda por verse y particularmente el público es el que tuvo allí mucho que decir. Por otra parte la Bienal tomó las recomendaciones de artistas, jurados y críticos de anteriores ediciones para incorporar algunos cambios como el señalado en la dirección del arte total. El apoyo recibido por parte del Municipio de Cuenca, de varios organismos e instituciones así como del sector privado y por supuesto del gobierno nacional, merece ser resaltado. La Bienal es parte del patrimonio cultural de Cuenca y debe mantenerse con el apoyo de todos. Tiene ya una importante tradición mantenida por quienes antes la dirigieron y reforzada por los actuales directivos. Las críticas y los debates que se generen sobre esta edición deben ser bienvenidos pues son parte fundamental de los procesos artísticos en donde nadie tiene la última palabra ni existen dogmas inamovibles. Bueno, a ver si los Días de Otoño en Valdecabras, la bienal de escultura al aire libre de la otra Cuenca va aprendiendo de esta otra que, a decir verdad, cuenta con los medios que, parece, no tiene la de CU-Valdecabras. Me voy a esconderme a otro sitio.
Al regreso de su primer viaje a Tahití, Gauguin rememoró en Noa Noa el deslumbramiento que le produjera el encuentro con aquel paraíso idealizado. Reproducimos aquí un capítulo correspondiente a la edición publicada en Barcelona en noviembre de 1998 por Parsifal Ediciones, con traducción de Gabriel Hormaechea.
Ya no estoy en Papeete, sino en el distrito de Mataiea. A un lado el mar y al otro la montaña. La montaña hendida por una enorme grieta que tapona un espeso grupo de mangos. Entre la montaña y el mar estaba mi cabana, hecha con madera de burao. Cerca de ella había otra pequeña choza, una fare amu (casa de comidas). Es de mañana. En el mar, junto a la orilla, veo una piragua y en la piragua una mujer. En la orilla un hombre semidesnudo. Junto al hombre un cocotero enfermo semeja un loro enorme al que le cayese la cola y cuyas garras sujetasen un gran racimo de cocos. El hombre, en un gesto ágil y armonioso, levanta con ambas manos una pesada hacha que deja su huella azul arriba, sobre el cielo plateado, y su incisión abajo, en el árbol muerto donde revivirán, en un instante de llamas, los calores seculares atesorados día a día. Sobre el suelo púrpura, largas hojas serpentinas de un amarillo metálico se me antojan los caracteres de la escritura de alguna lejana lengua oriental, y me parece leer en ellos estas palabras originarias de Oceanía: Atua, Dios, el Ta'ata o Takata, que a partir de la India se difunde por todas partes y se encuentra en todas las religiones.
A los ojos de Tathagata, los mayores fastos de los reyes y sus ministros no son más que escupitajos y polvo. A sus hojos la pureza y la impureza son como la danza de las seis nagas. A sus ojos la búsqueda del camino de Buda es parecido a las flores.
En la piragua, la mujer recogía unas redes. La línea azul del mar era interrumpida aquí y allá por el verde de la cresta de las olas que iban a romper en el batiente de los arrecifes de coral. Aquella tarde fui a fumar un cigarrillo tumbado en la arena de la orilla. El sol, que había descendido veloz hasta el horizonte, se escondía a medias tras la isla de Moorea, a mi derecha. Los contrastes de luz acentuaban poderosamente el nítido perfil de las montañas, negro sobre el incendio de cielo y sus crestas dibujaban antiguos castillos almenados. Sin duda no era casual que esa imagen feudal acudiera a mi mente ante aquel escenario natural.
Allá a lo lejos, las cimas de las montañas semejaban el penacho de un gigantesco yelmo. Las olas que lo rodean produciendo el estrépito de un inmenso gentío, nunca lo alcanzarán. Enhiesto entre tanta grandeza desmoronada, el yelmo protector se mantiene cerca del cielo. Desde lo alto, una mirada oculta penetra en las aguas profundas que tragaron a la multitud de los culpables de haber comido del árbol de la ciencia, culpables de un pecado cometido con la cabeza. El yelmo, que también es una cabeza y que evoca vagamente una esfinge, parece dedicar majestuosamente, por la amplia fisura que dibuja su boca, la ironía o la compasión de una sonrisa, a las olas bajo las que duerme el pasado. Pronto cayó la noche. Moorea dormía. Silencio. Aprendía a valorar el silencio de una noche tahitiana. Sólo se oían los latidos de mi corazón. Desde mi cama, gracias a la filtración de los rayos de la luna, podía distinguir las cañas que, alineadas a igual distancia unas de otras, formaban las paredes de mi cabaña. Parecían un instrumento musical, el caramillo de los antiguos que los tahitianos llaman «vivo». Pero se trata de un instrumento que guarda silencio durante el día y que por la noche, en el recuerdo y gracias a la luna, nos repite dulces melodías. Me dormí al son de esa música. Entre el cielo y yo sólo se interponía el vasto techo, alto y ligero, construido con hojas de pandanus, donde viven los lagartos. Mientras dormía, podía imaginar el espacio abierto sobre mi cabeza, la bóveda celeste y las estrellas. Estaba muy lejos de esas auténticas cárceles que en Europa llamamos casas. Una cabaña maori no exila, no separa al individuo de la vida, del espacio, del infinito. No obstante, me sentía muy solo allí. Los habitantes del distrito y yo nos observábamos mutuamente, mientras la distancia que nos se paraba permanecía intacta. Dos días más tarde, se me habían acabado las provisiones. ¿Qué hacer? Yo creía que con dinero encontraría lo necesario para sobrevivir. ¡Estaba en un error! Para sobrevivir, lo que hay que hacer es dirigirse a la naturaleza que es rica y generosa y no niega nada a quien le pide su parte de los tesoros que guarda en sus reservas, en los árboles, en la montaña, en el mar. Pero hay que saber trepar a lo alto de los árboles, ir a la montaña y volver cargando pesados fardos, capturar los peces, bucear, arrancar del fondo del mar la concha que se agarra con fuerza a la roca. Así pues, por el momento, yo, el hombre civilizado, era inferior a los salvajes que vivían felices a mi alrededor, en un lugar en donde el dinero, que no procede de la naturaleza, no sirve para adquirir los bienes esenciales que la naturaleza produce. Y cuando, con el estómago vacío, estaba meditando mi triste situación, vi cómo un indígena me hacía señas gritando. Los gestos eran muy expresivos y traducían suficientemente las palabras: mi vecino me invitaba a cenar. Sentí vergüenza y, con un gesto de cabeza, rechacé la invitación. Pocos minutos más tarde, sin decir palabra, una niña depositaba en el umbral de mi puerta algunos alimentos cuidadosamente envueltos en hojas recién cogidas, para retirarse luego con rapidez. Tenía hambre. Acepté guardando el mismo silencio. Poco más tarde el hombre pasó frente a mi cabaña y, sonriendo, sin detenerse, me dirigió una sola palabra en tono interrogativo: «¿Paia?» Adiviné: «¿Estás satisfecho?» Aquello fue el comienzo del mutuo aprovisionamiento entre los salvajes y yo. ¡Salvajes! Esa palabra me venía inevitablemente a los labios cuando pensaba en aquellos seres negros con dientes de caníbal. No obstante, ya empezaba a apreciar el auténtico encanto que poseían. Recuerdo aquella cabecita morena de ojos tranquilos, a ras de tierra, oculta tras anchas hojas de giromones, aquel pequeño que me observaba sin yo saberlo y que echó a correr cuando mi mirada tropezó con la suya... Yo era para ellos, como ellos para mí, un objeto de observación: el desconocido, el que ignora la lengua, las costumbres y hasta las habilidades más elementales, las más naturales en la vida. Como ellos para mí, yo era para ellos el «Salvaje». Y es probable que el equivocado fuese yo. . . . . . . . . .
Empezaba a trabajar: apuntes y croquis de todas clases. Pero el paisaje me deslumbraba, me cegaba con sus colores luminosos y ardientes. Con mi inseguridad de siempre, quería buscarle tres pies al gato. Sin embargo ¡era tan sencillo pintar las cosas como las veía, poner en la tela, sin perderme en cálculos, un rojo, un azul! En los arroyos veía formas doradas que me encandilaban. ¿Por qué no me decidía a verter en el lienzo todo aquel oro y toda aquella fiesta de sol? ¡Viejas rutinas de Europa, timideces de expresión de las razas degeneradas! Hacía tiempo que para iniciarme en el carácter tan especial de los rostros tahitianos, para penetrar todo el encanto de una sonrisa maorí, deseaba retratar a una de mis vecinas, una mujer de origen genuinamente tahitiano. Para pedírselo, aproveché un día en que ella estaba tan lanzada que se atrevió a venir a mi cabana para ver fotografías de cuadros. Miraba la Olympia con mucho interés. ¿Qué te parece? -pregunté. (En los meses que llevaba sin hablar francés, había aprendido algunas palabras tahitianas). Es muy bella -respondió mi vecina-. Aquella opinión me hizo esbozar una sonrisa y me admiró al mismo tiempo. ¡Tenía sentido de la Belleza! Pero ¿que dirían los profesores de la Escuela de Bellas Artes? De pronto, rompiendo el silencio que envuelve la gestación de las ideas, preguntó: ¿Es tu mujer? Sí. ¡Le conté esa mentira! ¡Yo tane de la Olympia! Intenté trazar un boceto de su rostro, esforzándome sobre todo en plasmar aquella enigmática sonrisa, mientras ella, llena de curiosidad, examinaba algunos cuadros religiosos de los primitivos italianos. Hizo una mueca de desagrado, dijo Azta (no) en un tono indignado y se fue. Una hora más tarde estaba de vuelta llevando un bonito vestido y una flor en la oreja. ¿Qué había pasado por su cabeza? ¿Por qué volvía? ¿Por un impulso de coquetería? ¿Por el placer de ceder después de haber resistido' ¿Por la atracción del fruto prohibido? (O sencillamente por capricho, sin mas razones, por el simple y puro capricho al que los maories son tan aficionados? Fui consciente de que mi examen de pintor implicaba, junto a un profundo estudio de su vida interior, una especie de toma de posesión fisica del modelo, como un cortejo tácito y acuciante, una conquista absoluta y definitiva. No era muy guapa, según los cánones estéticos europeos. Pero era bella. Todos sus rasgos poseían una belleza rafaelista en el encuentro de las curvas, y su boca era obra de un escultor que conoce todas las lenguas del pensamiento y del beso, de la alegría y del dolor. Yo leía en ella el miedo a lo desconocido, la mellancolía de la amargura que se mezcla con el placer, y ese don de la pasividad que parece ceder y que, finalmente, permanece dominadora. Sospechando que aquella voluntad no era inmóvil, trabajé deprisa, deprisa y apasionadamente. En aquel retrato puse lo que el corazón permitió que mis ojos viesen y, sobre todo, lo que los ojos solos tal vez no hubiesen visto: esa llama intensa de una fuerza contenida. Por sus abultadas líneas, aquella noble frente recordaba la frase de Edgar Poe: «No hay belleza perfecta sin algo singular en las proporciones». Y la flor que llevaba en la oreja escuchaba su perfume. Ahora trabajaba con mayor libertad, mejor. Pero la soledad me pesaba. Veía mujeres jóvenes de tranquila mirada, tahitianas puras. Tal vez alguna de ellas hubiese compartido mi vida con gusto. Pero todas quieren ser poseídas, poseídas a la manera maorí (mau, coger) sin cruzar palabra, brutalmente. Todas tienen una especie de deseo de ser violadas. Y yo, ante ellas, ante aquellas de entre ellas, por lo menos, que no tenían un tane, me sentía muy intimidado por su manera de mirarnos, a los demás hombres y a mí, con tanta franqueza, tanta franqueza, tanta dignidad y tanto orgullo. . Y además se decía que muchas estaban enfermas, infectadas por aquella enfermedad que los europeos contagiaron a los salvajes como primer y, ciertamente, esencial elemento de civilzación. Así es que era inútil que los viejos me dijeran, señalando a una de ellas: Mau tera (coge esta). No tenía ni la audacia ni la confianza necesarias. Hice saber a Titi que la acogería gustoso, a pesar de que en Papeete tenía una espantosa reputación porque había enterrado uno tras otro, a varios maridos. Por otra parte, la prueba fracasó, y pude comprobar, por el aburrimiento que me producía la compañía de aquella mujer habituada al lujo de los funcionarios, hasta qué punto había logrado progresar en el salvajismo. Al cabo de unas semanas, Titi y yo nos separamos para siempre. Otra vez solo.
A la sombra yaciendo perdí todos cuidados, y oí sones de aves dulces y modulados: nunca oyó ningún hombre órganos más templados ni que formar pudiesen sones más acordados.
Aquí estoy, sentado en esta piedra de toba, bien cuadrada, de medio metro de altura, que tengo a la entrada de mi chozo, contemplando cómo devienen las nubes por el cielo y pienso en las coplas de Don Jorge Manrique quien, en sus postreros días, se movió –quizá sin meta- en el triángulo que ahora quieren dar a conocer, convirtiéndolo en ruta turística, triángulo que trazan los pueblos Castillo de Garcimuñoz, donde cayó herido de muerte, Santa María del Campo Rus -¡ay, si hablara yo de Campo Rus!-, donde falleció y Uclés, donde fue enterrado (de Uclés podría hablar también bastante y algún día lo haré, si es que tengo tiempo, claro). Las nubes, decía, devienen por el cielo como los ríos de Don Jorge devienen al mar y como nuestras vidas devienen por este misterioso mundo, sin que nadie las detenga ni alguien sepa hacia donde, a no ser a la mar, que es el morir. Pero ...¿y después?, ¿hacia donde devendrán? Eso si que no lo sabe nadie. Voy a seguir con lo de la renta, aunque hoy, la verdad, no estoy yo para hablar de temas tan prosáicos, pero si lo dejo para otro día, a lo mejor se me olvida y tengo que volver a preguntarle a mi amigo cualquier cosilla sobre la que me hayan entrado dudas. Sobre los ingresos corrientes ya está todo dicho, prácticamente, salvo si añado que lo que puede percibir un agricultor del seguro, por pérdidas de cosechas, o un pastor porque le mató tres ovejas un rayo, o un perro, o un lobo, o un lobo-perro, que no podéis imaginaros el lío que se me traen – o que nos traemos -los pastores, los ecologistas, mayormente de salón, y la Consejería de Agricultura, que nunca sabe algo de nada, quiero decir que nada sabe de algo, que unos queremos que sean lobos y habría que matarlos, otros que no son lobos y si lo fueran habría que echarles de comer y dejarlos tranquilos y la Delegación del Medio Ambiente (yo creo que algunos se creen que lo son de Todo el Ambiente), que dice que se va a estudiar el teama y ya se verá; bueno lo que se perciba del seguro también se considera ingreso corriente de la actividad y hay que declararlo como si se tratara de venta de cebada o uva o, en mi caso, de la venta de tres ovejas. Que yo sepa, y mi amigo no me ha llevado la contraria, sólo hay un tipo de ingresos de estos rarillos, que no está sujeto al impuesto, es decir, que no hay que declararlo, y es la subvención que se concede al suscribir los seguros agrarios combinados, y que presta una entidad llamada ENESA (EnNidad Estatal de Seguros Agrarios). Si el seguro cuesta 80 euros, por ejemplo, el agricultor paga solamente 45 euros y los 35 restantes los pone ENESA. Bueno, esto último que he contado es pasarse ya un poco de la raya, pues si afino tanto, va a parecer que estoy escribiendo para asesores fiscales o funcionarios de Hacienda, y eso es ir demasiado lejos y, además, demasiado pretencioso por mi parte. Bueno, os podría asegurar que muchos asesores fiscales y muchos más funcionarios de Hacienda no saben casi nada –o nada- de algunas cosas que os cuento en estos articulillos que me voy sacando de la manga de vez en vez. ¿Qué y cuales son los ingresos del capital? ¡Ah! Esos, por lo pronto, no son ingresos corrientes, con lo cual nos metemos en otro lío a la hora de ver lo que hay que declarar de estos ingresos que podríamos llamar extraordinarios. Son ingresos del capital aquellos que obtenemos cuando vendemos algún bien que compone nuestro capital, pues estos ingresos no provienen de la actividad normal y, digamos, cotidiana del agricultor o pastor (ya dije que para un pastor su capital lo constitruye el ganado, las naves o tinadas y maquinaria para ordeñar, si es que se trata de ganado de leche); es decir, los ingresos por que hemos vendido un tractor –normalmente para comprar otro mejor- o hemos vendido una nave porque teníamos dos y una ya no nos era necesaria; también son ingresos del capital las subvenciones que podamos percibir para comprar una sembradora, o algo así. Claro, si vendemos un tractor y nos dan por él 15.000 euros que, quieras que no, son dos millones y medio de pesetas viejas, pues resulta que ese año tendríamos que pagar, posiblemente, una cantidad quizá demasiado elevada, si hubiera que declarar esa venta en su totalidad y en el año en que se vende; en realidad, estos ingresos del capital teienen un tratamiento bastante positivo para los agricultores y ganaderos y, al final, pues apenas tenemos que declarar alguna pequeña cantidad o, exclusive, ninguna. En estos casos sí es conveniente acudir a la Agencia Tributaria para que nos aclaren o nos hagan la declaración de la renta, pues explicar esto en artículos tan menudos como estos resultaría un poco difícil, amén de engorroso, más de comprender que de explicar, que también explicarlo resulta engorroso. Existen subvenciones, ayudas o primas relacionadas de un modo u otro con los bienes de inversión (con el capital), como pueden ser las ayudas por abandono de viñedo, por abandono de la producción lechera ... y otras –que no van con nosotros-, que no hay que declarar, es decir que están exentas o no sujetas, que son dos cosas distintas, pero muy parecidas; el abandono de la producción lechera no nos afecta a los pastores que triscamos por estas tierras montunas o los que deambulan allá por las tierras de Don Quijote. Recuerdo que, en cierto día, viajaba yo a Albacete y pude observar una estampa maravillosa, de esas que ni los mejores fotógrafos tienen el placer de captar con sus sofisticadas cámaras, pues es muy difícil estar allí, en el sitio y en el momento justo para plasmar esas imágenes inenarrables que atrapan una escena de raros acontecimientos; fue poco antes, o poco después -ya no me acuerdo-, de pasar a la altura del pueblo albacetense de Montalvos: era el paisaje un plano gigante con alguna carrasca y alguna otra clase de árbol allá y acá y por el centro de la llanura –por alguna vereda o simple camino- se movía, como suspendido en el aire, un ganado de ovejas en una nube de polvo semitransparente. Los tonos de la atmósfera, los del campo y la nube de polvo moviéndose lentamente con el ganado en medio formaban la estampa que, no sólo recuerdo con nitidez, sino que no podría olvidar, aunque quisiera. Decía que lo de las ayudas al abandono de la producción lechera no nos afectaba a nosotros, porque el ganado de estas sierras no produce leche, es ganado de carne y el ganado manchego, que sí produce leche, es ésta tan preciada que no cabe pensar, siquiera, en abandonar su producción, si no es, claro, por otras causas ajenas a esta leche con la que se elabora, junto con el Roquefort, el mejor queso del mundo. Creo que no exagero. Últimamente cundió, entre los tenderos y entre el público no entendido, el error de confundir cualquier queso hecho en La Mancha era “queso manchego”; claro, en algún sentido son quesos manchegos los elaborados en La mancha, pero el queso manchego no es eso, es otra cosa. También los grandes fabricantes de quesos contribuyeron a propagar la confusión, con etiquetas con molinos de viento u otros achaques y nombres que ayudaban a creer que lo que tenían delante era queso manchego; empresas como García Vaquero, Forlasa, y así, se fueron forrando a base de vender quesos de vaca; menos mal, que, entre tanto, se constituyó el Consejo Regulador, con lo que ya podemos decir, cuando tengamos delante un queso con el sello de garantía de este Consejo, que estamos ante un auténtico “queso manchego”, que no es otro que el que se elabora con leche de oveja manchega, única y exclusivamente. Me estoy enrollando más de la cuenta con esto del queso, pero es que si los pastores no hablamos de estas cuestiones, no va a venir el comisario de turno, de la Unión Europea, a dejar estas cosas claras, como debería ser; ¿o no? Y ya termino. Mientras aquí reinaba esta confusión con el queso manchego, los griegos –sabedores, como todo el mundo fuera de España, de la calidad del queso manchego- comenzaron ellos también a elaborar queso manchego y os puedo decir que yo he visto, en Alemania (que también yo estuve en Alemania, no os vayáis a confundir) queso manchego fabricado en Grecia. Ahora eso ya no se puede hacer. ¡Hasta donde íbamos a llegar! En el próximo número remataré esto de los ingresos del capital, que ya dije al principio que hoy no estaba yo para impuestos. Además, ya casi no veo escribir.
Los hombres y las aves cuantas allí acaecían llevaban de las flores las que llevar querían, mas de ellas en el prado ningura mengua hacían: por una que llevaban, tres y cuatro nacían.