La Epopeya de Gilgamés A continuación puedes leer el Cantar de Gilgamés completo. Si quieres leer sólo alguna tablilla, márcala en los enlaces siguientes:
Portada de "GILGAMÉS El que vio lo más profundo" (en el libro publicado, la letra y los recuadros están en color plata)
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INTRODUCCIÓN
Hace más de 4500 años nació una leyenda en torno a un famoso rey de la ciudad de Uruk, en el sur de Mesopotamia, la tierra fértil a orillas de los ríos Tigris y Eúfrates, en lo que hoy es Irak. Este rey, Gilgamés, debió reinar por los años 2.700-2.680 a.n.e. y se convirtió en un ejemplo de héroe para las sociedades siguientes. Con el tiempo la leyenda de Gilgamés se fue agrandando y se trasladó a la escritura y, a través de múltiples copias, se extendió por toda Mesopotamia, reino hitita, Persia, El Elam y Palestina. Este Cantar de Gilgamés, olvidado siglos antes de nuestra era, se recuperó y se conoce, de nuevo, desde la segunda mitad del siglo XIX, sin embargo, a excepción de por contados estudiosos, esta narración apenas es conocida, pues no se ha dado a conocer en las escuelas de enseñanza primaria o secundaria y, por tanto, tampoco en las universidades -si se exceptúan los estudios de Historia-, como parte de la historia antigua de la Humanidad.
Los textos más antiguos que se han excavado pertenecen a principios del segundo milenio a.n.e. y representan la epopeya (canto de las hazañas y padecimientos de un héroe) más antigua de la humanidad. No se puede leer sin haber intentado antes apartar de la mente las creencias, ideas morales y prejuicios que tenemos hoy. Para las sociedades primitivas no había explicación para que las nubes pudieran transportar agua y la dejaran caer sobre la tierra. Tenía que haber un dios de la lluvia, invisible, que abriera las compuertas del cielo y dejara que la lluvia, almacenada allí, saliera y cayera sobre la tierra. Ese dios era Adad quien, montado encima de una nube, iba recorriendo y esparciendo el agua por montes y llanuras. Casi nada se explicaba sin que fuera provocado, o hecho directamente, por algún dios.
En el Cantar de Gilgamés hay referencias a hechos, creencias, tradiciones, formas de vida, refranes, etc., que ahora no comprendemos, pues el transcurso de varios milenios nos han alejado completamente del pensamiento y maneras de ver la vida de aquella época. Algunos de estos episodios difíciles de entender pueden explicarse, indirectamente, desde el estudio de otros documentos, anteriores o posteriores, que hacen referencia a distintos aspectos de la vida en aquella época. Otros son, sencillamente, incomprensibles para nosotros. Este no es el lugar para aclaraciones exhaustivas, pues mi objetivo, con la publicación de esta obra en verso, no es aclararlo todo (tampoco estoy preparado para ello), sino dar a conocer una obra universal que es muy poco conocida, aunque puedan quedar oscuros algunos episodios de la narración. Esta edición no está pensada para eruditos, que tienen a su alcance ediciones comentadas de la obra, con innumerables notas aclaratorias, sino para personas con inquietudes culturales, independientemente de su nivel de estudios, nivel que, por otro lado, no suele decir nada sobre la cultura o inquietudes culturales de quienes lo ostentan. De todos modos, sí he tratado de aclarar algunos extremos, con las mínimas notas posibles, que ayuden a tener una idea general de lo más imprescindible para entender mejor la narración en su conjunto.
He procurado que la puesta en versos octosílabos de la epopeya de Gilgamés no se aleje, no ya del espíritu, sino de la letra de la obra original y, desde luego, he mantenido siempre la narración original en su secuencia y en sus formas, de tal manera que no hay nada añadido o algo que se haya ocultado. Para el uso de episodios, frases o palabras, añadidos para suplir las lagunas existentes, o añadidos a la narración base, aún sin existir lagunas, he seguido a Raoul Schrott, quien intercala palabras, frases o pasajes pertenecientes a textos sueltos paleo y medio babilónicos de la epopeya, apoyándose en muchas ocasiones, a su vez, en Tournay/Shaffer (L´épopée de Gilgamesh).
He eliminado la mayoría de los signos de admiración y entrecomillado para no llenar el texto de signos gramaticales modernos, que no son necesarios para la comprensión o correcta lectura de los textos antiguos, así como la mayoría de las iniciales mayúsculas después de los dos puntos, iniciales que resaltaban demasiado en el texto castellano.
N O T A S G E N E R A L E S
Estas Notas Generales están contenidas y acualizadas en "Introducción"
El que vio lo más profundo, los cimientos de la tierra, el que conoció los mares y supo todas las cosas que se podían saber. Gilgamés era su nombre, el que vio lo más profundo, los cimientos de la tierra, el que conoció los mares y supo todas las cosas que se podían saber.
Vio los territorios todos, la redondez de la tierra. Él, a quien se reveló el último significado de todo aquello que existe. El que descubrió lo arcano y desentrañó misterios. El que nos trajo noticias anteriores al Diluvio.
Regresó de un largo viaje cansado, pero en paz; y mandó que se grabaran sus gestas y sus fatigas en una losa de piedra. Él fue el que construyó, de Uruk - El Redil-, los muros y los del templo Eana, la casa santificada donde se guarda el tesoro. Mira los muros, trazados como con cuerda de lana; contrafuertes como nadie se atrevió a levantar.
Sube la escalera, hecha en la noche de los tiempos, que lleva al templo Eana(1), casa de la diosa Istar, obra que ya ningún rey supo después igualar. Sube arriba, al corredor, anda por el antepecho, y toca sus contrafuertes; examina bien despacio la obra de las murallas; mira su ladrillería. ¡Que adobes tan bien cocidos! ¿No pusieron los cimientos los Siete Sabios, allí?
Tres mil seiscientas fanegas ocupan las construcciones, tres mil seiscientas las huertas con sus palmerales dentro, tres mil seiscientas las balsas del barro de los adobes, mil ochocientas fanegas de terreno tiene el templo de la diosa Istar, el Eana. Doce mil seiscientas fanegas, de terreno, tiene Uruk.
Busca la piedra primera, losa de la fundación, busca el arcón de madera, de fino cobre forrado, corre el cerrojo de bronce, y abre la tapa que oculta el secreto que él encierra. Toma en tus manos la losa de piedra azul(2);lee en voz alta: es de Gilgamés la historia, de sus gestas y fatigas.
El más grande entre los reyes, de una estatura perfecta, retoño fuerte de Uruk, toro salvaje, con cuerna radiante, que a todo embiste. Si iba el primero, todo el rebaño le seguía apiñado tras de él; si se ponía al final, le guardaba las espaldas. Era poderoso dique detrás del que se refugian las tropas que van con él, era como una riada que rompe muros de piedra. Así era Gilgamés, el toro de Lugalbanda, todo fuerza, era el ternero de la Gran Vaca Ninsuna(3). Muy grande fue Gilgamés, de gran porte y perfección. Abrió caminos y pasos a través de las montañas; cavó pozos en las tierras al borde de las estepas, y cruzó los anchos mares, hasta donde sale el sol.
Él cruzó, en su caminar, la redondez de la tierra; iba buscando la vida, y llegó hasta la morada de Ut Napisti, el lejano; él fue el que levantó los lugares de los ritos por el Diluvio arrasados; el que volvió a enseñar los sagrados rituales a la gente innumerable.
¿Quién se le iba a igualar?
¿Cómo, si no, iba a decir: yo soy el rey, solamente, y no hay rey mas que yo?
Ya tenía reservado, desde el día en que nació, el nombre de Gilgamés. En dos tercios era un dios, en un tercio un hombre era. Belet Ili (4) lo creó, madre de todos los dioses; y contribuyó el dios Ea a la forma de su cuerpo. Eran bellas sus facciones, y era su cuerpo inmenso; era delgado y muy grande. Sus brazos medían dos metros y casi medio su mano ...... Medía su pie medio metro, tres metros tenían sus piernas. Daba pasos de tres metros, su primer dedo tenía la mitad del medio metro.
Barbuda tenía la cara como la tienen los osos. Los mechones de su pelo le crecían fuertemente, como cebada en el campo. Cuando se hizo mayor fue de grandeza perfecta; era, sin duda, el más bello entre los seres terrestres. Se movía en Uruk -El Redil- como un verdadero toro, empinada la cabeza, y exultante de fuerza. Aún no ha nacido nadie que en algo se le parezca cuando blandía sus armas.
Las luchas que disputaba mantenían todo el tiempo de pie (5) a sus compañeros; acosaba a los muchachos de Uruk, de Uruk -El Redil- y los iba encizañando. Gilgamés ya no dejaba que se fuera ningún joven tranquilo a casa paterna; cada día que pasaba se hacía más insufrible su tiranía amarga.
¡El guía de una ciudad que está repleta de gente! ¡Él, que debería ser un pastor para Uruk! Sin embargo, Gilgamés, ya no dejaba a las hijas que regresaran en paz a la casa de sus madres.
Y las mujeres gritaron ante los dioses su enfado, y presentaron sus quejas.
Aunque era sabio y prudente, Gilgamés llegó, en su poder y dominio, a no dejar salir a ninguna joven, en paz, con su pretendiente. Los dioses su queja oyeron: la de la hija del guerrero, la de la novia del joven, y los dioses de los cielos, los que lo dominan todo, los que dirigen el curso del mundo hablaron a Anón, padre de todos los dioses:
Has soltado en Uruk, has soltado en El Redil, un toro que a todo embiste. No hay quien se le parezca cuando enarbola sus armas; y las luchas que disputa tienen a sus compañeros todo el día sin descanso; a los jóvenes de Uruk, los acosa y encizaña. Gilgamés ya no deja irse a ningún joven tranquilo a la casa de su padre; con cada día y cada noche que pasan se vuelve más amarga su tiranía.
¡Y es el pastor de Uruk -El Redil-! ¡Es Gilgamés, el guía de una ciudad que está repleta de gente! Sin embargo, aunque él es su pastor y protector, nunca deja de acosar a los jóvenes muchachos, no deja que las muchachas puedan pasear tranquilas, en paz, con sus pretendientes Escuchó Anón sus plegarias: las de la hija del guerrero, las de la novia del joven, y respondió a sus dioses:
Llamad a vuestra presencia a Arura (6), la Gran Madre; ella fue la que creó a la gente innumerable; que cree un igual a Gilgamés, que tenga fuerza bastante, que pelee contra él, que Uruk encuentre la paz.(7)
Y, entonces, ellos llamaron a la Gran Madre ante sí: tú, Arura, has creado hombres con imperfecciones, crea ahora un semejante sin falta, como Anón, el padre, tiene mandado. Haz que se manifieste el valor en sus entrañas, que rivalicen los dos y que Uruk tenga la paz.
Al oír esto, Arura hizo ya en su corazón al que Anón había dicho. Echó saliva en sus manos, y tomó del barro un poco; hizo una forma con él y la tiró en el desierto. En el desierto creó a Enkido, el valiente, al retoño del silencio por Ninurta endurecido (8).
Tenía el cuerpo cubierto de pelo, y los mechones caían sobre su espalda, como los de una mujer; fuerte le crecía el pelo, como cebada en el campo; él no conocía gente, ni conocía lugar.
Con la piel llena de pelo comía con las gacelas en los pastos de la estepa, como si fuera él Sakán, el dios de los animales; con los animales mismos bebía en un cilanco, y con las bestias salvajes se encenagaba en las charcas.
Un cazador, que ponía trampas, se topó con él a la orilla del cilanco. Aquel día y el siguiente y, también, el tercer día se dio de bruces con él en la orilla del cilanco. Cuando el cazador lo vio mudó el color de su cara. Enkido, empero, se fue con la manada a su monte.
Quedó el cazador de piedra, preocupado y pensativo; estaba muy intranquilo y serio tenía el semblante; en su estómago sentía los pinchazos de la angustia; parecía un caminante después de un largo camino.
Finalmente, abrió la boca para hablar y le contó a su padre: padre mío, me he topado con un hombre en el cilanco, el más fuerte del país; es increíble su fuerza, como las piedras del cielo son sus músculos de duros. En todo el día no para de caminar por los cerros; va siempre con las gacelas, con la manada salvaje come hierba en la pradera; encuentro continuamente sus huellas junto al cilanco; tengo mucho miedo, siempre, de encontrármelo otra vez.
Tapa los hoyos que hago, rompe las redes que tiendo, me espanta los animales y no me deja cazar.
Abrió la boca su padre para hablar y le dijo al cazador: hijo mío, hijo mío, vete a la ciudad de Uruk, vete a ver a Gilgamés, y cuéntale lo que sabes de la fuerza de ese hombre, cuyos músculos están tan duros como una piedra de las que caen de los cielos.
Parte y toma el camino que va a la ciudad de Uruk; y no te fíes de la fuerza de una persona sola. Ve, hijo mío, y tráete una joven del amor; a sus encantos se rinden los hombres más poderosos. Cuando la manada venga y se aproxime al cilanco, que deje caer su túnica y que su encanto le muestre. Él se acercará al verla y, entonces, se espantará la manada, de él querida, con la que creció en la estepa.
El consejo de su padre siguió, y partió el cazador; tomó el camino de Uruk, y llevó hasta Gilgamés, el rey, estas sus quejas: en la orilla del cilanco me he topado con un hombre, el más fuerte del país; increíble es su fuerza; sus músculos son tan duros como las piedras del cielo.
Anda siempre por los cerros, todo el día con la manada, pasta con ella en la hierba. Encuentro, continuamente, sus huellas junto al cilanco; tengo mucho miedo, siempre, de encontrármelo otra vez. Me tapa los hoyos que hago para la caza y me quita los lazos que voy poniendo. Me espanta toda la caza en las tierras de la estepa y no me deja cazar.
Y él le habló al cazador: llévate a Samjat contigo, una joven del amor. Cuando asome la manada, y se acerque al cilanco, que deje caer su túnica y que su encanto le muestre. Él se acercará al verla y, entonces, se espantará la manada, de él querida, con la que creció en la estepa. El cazador y Samjat, la muchacha del amor, se pusieron en camino y emprendieron el viaje. Al tercer día de andar alcanzaron su destino, y el cazador y la joven se sentaron en el suelo y esperaron escondidos. Un día entero y un segundo estuvieron esperando; cuando llegó el tercer día la manada se acercó al cilanco a beber agua.
Los animales bebían, disfrutaban en el agua, y también lo hacía Enkido, el que nacido había en tierras del altiplano. Comía con las gacelas en la estepa; se metía con ellas en el cilanco; se revolcaba con ellas en el barro de las charcas.
Así lo vio, así vio Samjat al hombre salvaje, a aquel hombre en ciernes, que del desierto llegó. ¡Es él, Samjat, es Enkido! Deja caer ahora el brazo que tu túnica sostiene y tus pechos muéstrale; ábrele, luego, tu vulva para que él pueda sentir el sexo de una mujer. No retrocedas ante él; tiene que husmearte y verte, para que se acerque a ti y le quites el sentido!
Quítate, luego, el vestido y sé para él una loma, para que él pueda montarte. Dale a ese salvaje todo lo que una mujer dar puede. Cuando comience a moverse, y a resollar de placer, se espantará de él la manada, con la que creció en la estepa. Samjat se quitó el vestido que rodeaba sus caderas, le abrió su vulva y él vio el sexo de una mujer. Ella no retrocedió ante él y le quitó el sentido; extendió su vestidura y fue para él una loma, y él, luego, la montó. Ella le dio a aquel salvaje todo lo que una mujer puede dar y él comenzó a menearse sobre ella y a resollar de placer.
Seis días y siete noches se mantuvo duro Enkido, se apareó con Samjat. Cuando su hambre de placer se hubo saciado, buscó con su mirada el rebaño.
Las bestias vieron a Enkido y emprendieron la huída: los animales del campo se espantaron ya de él.
Y fue así como Enkido su cuerpo puro manchó.
Tenía Enkido sus piernas como clavadas en tierra, mientras su manada huía a toda velocidad.
Se encontraba Enkido allí sin fuerzas, ya no podía corretear como antes, sin embargo, y con ello, ganó en uso de razón, amplió su conocimiento. Volvió y se echó a los pies de la joven del amor, la miraba y observó atentamente su rostro. Entonces puso atención a lo que dijo la joven, cuando habló Samjat a Enkido:
Tú, Enkido, eres guapo, eres igual que un dios. ¿Por qué andas todo el día con las bestias por los montes? Ven, que yo te acompañaré a la ciudad de Uruk -El Redil-, ven conmigo al templo santo, la casa de Anón e Istar, donde Gilgamés, el rey, en su estrenada hombría, como un salvaje toro, tiene siempre sometidos a los hombres de Uruk.
Así le habló, y a él le agradaron sus palabras. En el fondo de su alma iba buscando un amigo, un compañero buscaba.
Y Enkido contestó así a la joven del amor: ven, Samjat, y llévame contigo al templo sagrado, la casa de Anón e Istar, donde Gilgamés, el rey en su hombría estrenada, como un toro salvaje, está sometiendo a todos los jóvenes de Uruk.
Yo lo retaré allí, pues mi fuerza grande es, ufano me pasearé por Uruk e iré diciendo: ¡El más fuerte soy yo! Cuando llegue, cambiaré el discurrir de las cosas; quien ha nacido en la estepa tiene una fuerza increíble, y grande es su poderío.
Que la gente vea tu rostro, dijo Samjat; yo sé donde encontrar a Gilgamés, yo te lo voy a mostrar. Ven conmigo, Enkido, a Uruk -El Redil-, donde los muchachos ciñen cíngulo en su cintura, donde, casi cada día, tiene lugar una fiesta, donde los tambores llevan los compases de la danza y hay muchachas del amor de increíble belleza. Se puede oler su alegría y sentir su excitación, y donde hasta el viejo sube a la cama donde yacen.
Ay, Enkido, tú no sabes casi nada de la vida. Te mostraré a Gilgamés, un hombre que es infeliz en medio de los placeres. Obsérvalo bien, y mira con atención su semblante. Fuerza varonil rebosa, de porte altanero es y su cuerpo es seductor; irradia fuerza imponente, todavía más que tú; ni de día ni de noche se retira a descansar.
Pero no seas, Enkido, atrevido en demasía. Gilgamés es el amado de Samas, el dios radiante; el dios Anón, Ea y Enlil procuran que él sepa más que ninguno de nosotros. Incluso antes de que tú llegaras al altiplano, ya te veía Gilgamés en sus sueños, en Uruk; se levantaba a contar su sueño y decía a su madre: oh madre, éste es el sueño que he tenido esta noche:
Las estrellas en el cielo sobre mí estaban todas, cuando una de ellas caía sobre mí, como una roca, desde lo alto del cielo. Yo la levanté, pero era muy pesada para mí; yo la quise apartar, intentaba darle vueltas, pero no pude moverla.
Todo Uruk la rodeó; todo el lugar se reunió en corro a su alrededor; la rodeó un gran gentío; todos los hombres de Uruk, los jóvenes y los viejos, se agolpaban junto a ella. Todos la querían besar como a un niño pelirrojo; como a mujer yo la quise; la tenía entre mis brazos y la estuve acariciando. Yo la levanté y la puse a vuestros pies y vos, madre, la convertisteis en mi igual.
La madre de Gilgamés, que era sabia y prudente, y muy entendida en todo, le respondió a su hijo; Ninsún -La Vaca Salvaje- que era prudente y sabia, y que entendía de todo, le dijo a Gilgamés:
Las estrellas en el cielo estaban todas sobre ti, cuando una de ellas caía hacia ti como, una roca, desde lo alto del cielo. La querías levantar, pero era muy pesada; tú la quisiste apartar, intentabas darle vueltas, pero no podías moverla. Tú la levantaste, al fin, y la pusiste a mis pies; yo, Ninsún, la convertí en un semejante a ti.
Como a mujer la querías; la tenías en tus brazos y le hacías caricias: un compañero valiente viene de camino a ti; será el que salve a su amigo. Él es el más poderoso en todo el territorio; una enorme fuerza tiene; sus músculos son tan duros como las piedras del cielo; como a mujer lo querrás, y él será valeroso, y será tu salvador en cualquier dificultad.
Entonces tuvo otro sueño; se levantó, y fue a su madre, la diosa, y Gilgamés le habló a su madre de nuevo: oh madre, he tenido un sueño: en una calle de Uruk -la ciudad de La Explanada- había tirada un hacha y un gentío innumerable se agolpaba en torno a ella; todo el lugar se había congregado junto a ella.
Una muchedumbre enorme estaba a su alrededor; todos los hombres de Uruk, los jóvenes y los viejos, se agolpaban junto a ella. Levanté el hacha y la puse ante vuestros pies, desnuda, pues era como mujer; yo la amaba, y la tenía cual mujer entre mis brazos; la acariciaba y vos, madre, la convertisteis en mi igual.
La madre de Gilgamés que era sabia y prudente, y que entendía de todo, habló a su hijo así; Ninsún -La Vaca Sagrada- que era prudente y sabia, y que de todo entendía, le habló a Gilgamés: hijo mío, hijo mío, el hacha era un amigo; lo querrás como a mujer, lo tendrás entre los brazos, lo acariciarás y yo, Ninsún, lo convertiré en un semejante a ti.
Un compañero valiente viene de camino a ti, será el que salve a su amigo. Es el que más fuerza tiene en todo el territorio; sus músculos son tan duros como un pedazo de roca de las que del cielo caen.
Gilgamés dijo a su madre: oh madre, que quiera Enlil que llegue a mí un consejero, que venga pronto un amigo que me dé su compañía, que me sepa aconsejar. Y esto es lo que vio, en sus sueños, Gilgamés.
Cuando Samjat contó a Enkido los sueños de Gilgamés, se amaron los dos, de nuevo.
(1) Ver nota final A. (2) Lapislázuli; aunque "piedra azul" no es denominación correcta, yo la uso cuando el verso no admite lapislázuli. (3) Ver nota final B. (4) Ver nota final C. (5) Sin descanso. En el texto original: "sobre sus piernas" (6) Arura, nombre de la señora de los dioses (Betei Ili). Ver nota final C. (7) Tablilla medio babilónica de Nipur (Chicago). (8) Ninurta era el dios de la guerra.
Mientras hacían el amor, olvidó las tierras altas en las que había nacido. Seis días y siete noches se mantuvo duro Enkido, se apareó con Samjat. La muchacha del amor, para hablar, abrió la boca y así le dijo a Enkido: te estoy, Enkido, mirando, y me pareces un dios; ¿Por qué andas con las bestias por esas tierras silvestres?
Ven, que te voy a llevar a Uruk -la de La Explanada-, a la casa consagrada al templo santo de Anón. Deja que te lleve, Enkido, al sagrado templo E Ana, la casa santa de Anón, donde los mozos aprenden los oficios manuales y donde, también tú, como una persona ya, tu sitio vas a encontrar.
Él escuchó sus palabras y encontró en ellas agrado; de una mujer el consejo fue grato a su corazón. Rasgó ella su vestido; lo vistió con una parte y, con la otra mitad, ella misma se tapó.
Lo llevaba de la mano y, como a un dios protector, lo guió hacia el aprisco, donde estaban los pastores con sus rebaños de ovejas.
Lo rodearon los pastores, hablaban a sus espaldas: ¡Qué hombre tan grande! Cuanto se parece a Gilgamés. Tiene su constitución; es un hombre gigantesco; sobresale como almena.
Enkido tiene que ser, el que nació en altas tierras; su fuerza es tan poderosa como un pedazo de roca de los que del cielo caen.
Los pastores le sacaron jarras de cerveza y pan y ante él los pusieron. Enkido no comió pan, sino que estaba mirando, para sí se preguntaba, qué podría ser aquello. Y es que Enkido no sabía que el pan es para comer; nadie le había enseñado que se bebe la cerveza.
La joven abrió la boca para hablar y dijo a Enkido: come pan, Enkido, come, es bueno para vivir; bebe cerveza, que es lo que por aquí se bebe. Enkido se comió el pan y se hartó, bebió cerveza; siete jarras se bebió. Se puso, luego, contento y comenzó a cantar; se alegró su corazón y empezaron sus mejillas a ponerse coloradas.
Lavó su cuerpo peludo; y con aceite se ungió, se convirtió de este modo en uno como nosotros. Con túnica se vistió, y parecía un guerrero. Y así empuñó su arma para enfrentarse al león. Mientras dormían los pastores(1), Enkido mató a los lobos y espantó a los leones; mientras los viejos pastores dormían profundamente, Enkido, su zagal joven, permanecía despierto. Un joven, que había sido invitado a una boda, se dirigía a Uruk -El Redil- a preparar el banquete.
Enkido que, todavía, disfrutaba con Samjat, miró, y viendo a aquel joven, a la muchacha le dijo: dile a ese hombre que venga, Samjat, que quiero saber lo que por aquí lo trae.
Y la joven del amor se dirigió al hombre aquel, se acercó y le preguntó: ¿Adónde, mi amigo, vas tan deprisa por aquí? ¿Qué es lo que llevas contigo que parece tan pesado?
El joven abrió la boca para hablar y dijo a Enkido: fui invitado a la casa de los padres de la novia; es costumbre, por aquí, que el novio elija a la novia. Seré el que ponga la mesa para la celebración, el que ponga los manjares para la fiesta de boda, pues, para el rey de Uruk -la ciudad de La Explanada- se correrá la cortina del tálamo(2), pues él es el que primero elige. Para Gilgamés, el rey de Uruk -la de La Explanada- se correrá la cortina del tálamo, pues él es el que primero elige.
Él será el que se aparee con la futura esposa; el primero será él, el novio será después. Está estipulado así por decisión de los dioses. estaba así decidido desde que se le cortó el cordón umbilical.
Ante lo que dijo el hombre, mudó la cara de rabia; blanco tenía el semblante y Enkido dijo a la joven, a la joven del amor: llévame, Samjat, a Uruk, a Uruk -la de La Explanada-, donde los jóvenes sufren el acoso de su rey. Yo retaré a Gilgamés y lo venceré en la calle.
Se puso en camino Enkido y lo seguía Samjat.
Entró en la ciudad de Uruk, Uruk -la de La Explanada- y un gentío innumerable se agolpaba junto a él. En la plaza se paró de Uruk -la de La Explanada- y todos lo rodearon, todos hablaban de él:
Un porte tiene su cuerpo, igual que el de Gilgamés; un poco más bajo es, pero más ancho de espaldas. Seguramente que es el que nació en las estepas; el que fue amamantado con la leche de las bestias.
Cuando esto sucedía, tenía, en Uruk, lugar un festejo de ofrendas; los jóvenes festejantes apostaban cual de ellos sería el vencedor.
Al hombre que era hermoso como un dios, a Gilgamés, le había salido un rival.(3)
Enkido estaba en la calle de la ciudad de Uruk -El Redil-, se ufanaba de su fuerza, y a Gilgamés cerró el paso. La gente de Uruk estaba, toda en corro, junto a él; todo el lugar se había juntado a su alrededor; lo rodeaba el gentío, y todos los habitantes, los jóvenes y los viejos, se agolpaban junto a él y le besaban los pies, como a un niño pelirrojo.
Mientras tanto, Gilgamés, estaba ya preparado para verse con la novia cuando llegara la noche; la cama ya estaba lista para la diosa Isjara.(4)
A Gilgamés, sin embargo, le había salido un rival.
Enkido cruzó la pierna en la puerta de la casa, y no dejó a Gilgamés que entrara dentro de ella. Allí se enzarzaron ambos, junto a la puerta de entrada de la casa de la boda; pelearon en la calle, en la plaza del lugar. Se estremecían las paredes y el marco de la puerta se tambaleó también y, por los aires, saltó.
Puso, entonces, Gilgamés una rodilla en el suelo para derribar a Enkido, pero su furor y rabia, de pronto, lo abandonaron y dejó de pelear.
Cuando abandonó la lucha, habló Enkido a Gilgamés: como un ser muy especial te parió tu madre a ti, la diosa Ninsún, la Vaca más salvaje del redil. Tú has sido enaltecido sobre todos los guerreros, y Enlil te destinó para ser rey de las gentes.(5)
(faltan líneas; se supone que Gilgamés le dice a Enkido que va a hacer hazañas...)
¿Por qué quieres hacer eso? En el monte de los cedros hay un temible guardián; allí lo pudo Enlil para que guarde los cedros y meta miedo a la gente.
Déjame que yo consiga grandes hazañas y gestas; algo que nunca se hizo en todo este territorio; Ven conmigo, los dos juntos conseguiremos llegar a la cumbre de la fama. Se besaron las mejillas y se hicieron amigos.6
Él es el más poderoso de todo el lugar; es fuerte, sus músculos son tan duros como un pedazo de roca del cielo; grande es su porte, sobresale como almena.
La madre de Gilgamés, para hablar, abrió la boca y le dijo a su hijo; la Vaca Grande, Ninsuna, para hablar, abrió la boca y le dijo a Gilgamés:
Hijo mío, hijo mío, junto a la puerta de entrada de la casa de la boda Enkido te ha vencido; pero él, amargamente, está sólo en su victoria, no tiene quien lo acompañe.
Y Gilgamés contestó: ha crecido sin consuelo en las tierras altas, solo; en la estepa las gacelas, los animales salvajes, su única familia fueron.
Enkido no tiene padres, familia ni conocidos; su pelo cuelga en mechones caídos sobre su espalda, como cebada en el campo; él nació en el altiplano y no tuvo nunca a nadie.
Inmóvil estaba Enkido, escuchando a Gilgamés y como lo hubo entendido en el suelo se sentó y comenzó a llorar. Tenía los ojos llenos de lágrimas rebosantes; tenía caídos los brazos, entumecidos estaban, y sus fuerzas lo dejaron.
Se abrazaron, se besaron; se cogieron de la mano y, como hermanos, después, se sentaron en el suelo;
Gilgamés, el rey de Uruk, le dirigió la palabra y le dijo a Enkido: amigo mío, ¿por qué rebosan tus ojos lágrimas, tienes caídos los brazos, están como entumecidos, y te han dejado las fuerzas?
Enkido le respondió, contestó a Gilgamés: amigo mío, yo siento en mi corazón angustia, y presiento algo malo; me están temblando las piernas porque lloro; algo espantoso se ha metido en mis entrañas.
(parece que Gilgamés propone lo de Jumbaba como remedio a los males de Enkido). Faltan 25 líneas
Gilgamés, que había escuchado
las palabras de su amigo, abrió la boca para hablar y le dijo a Enkido: no vamos a tener miedo de Jumbaba, el feroz; en las entrañas del monte vamos a acabar con él, y perderá su poder. Lo vamos a sorprender en su escondite metido.
Abrió Enkido la boca para hablar y le dijo a Gilgamés: yo lo conozco muy bien del altiplano, mi amigo, de cuando yo todavía andaba con mi manada. La espesura de aquel bosque abarca tanta distancia como la que se recorre en tres días de camino; ¿quién se podría atrever a entrar dentro de allí? La voz de Jumbaba, ese, es como una torrentera; fuego su boca escupe, su aliento lleva la muerte.
¿Y por qué, entonces, te empeñas en algo así? Un ataque a Jumbaba, es una lucha que no se puede ganar.
Gilgamés abrió la boca para hablar y respondió a Enkido: yo subiré, amigo mío, por las laderas del monte, y un cedro cortaré allí, que será bastante grande7 para una puerta en Nipur.
Abrió Enkido la boca para hablar y le dijo a Gilgamés: amigo mío, amigo, ¿cómo vamos a saber dónde se esconde Jumbaba? Enlil lo destinó allí para guardar aquel monte, y meter miedo a la gente. Ese es, amigo, un viaje que no se debe emprender; es un ser que no se debe uno echar a la vista; él, que es el vigilante en el bosque de los cedros, tiene muy grande poder.
Jumbaba tiene una voz que es una torrentera. Fuego escupe su boca; su aliento lleva la muerte; en el monte oye él el murmullo más pequeño, hasta la distancia misma que se recorre en tres días.
¿Quién va a ser el que se atreva a adentrarse en la espesura? El dios de las tormentas es el primero, Adad, después le sigue Jumbaba. ¿Quién de entre los dioses tantos osará enfrentarse a él? Allí lo puso Enlil como guarda de los cedros, para dar miedo a la gente; si te internas en el monte, de ti se adueña la angustia y comienzas a temblar.
Gilgamés abrió la boca para hablar y dijo a Enkido: ¿Por qué estás hablando, amigo, como la gente cobarde? Con tus palabras sin fuste alejas de mí el valor. Los hombres tienen sus días contados; cuando algo emprenden no son como es el viento, que cambia continuamente de una a otra dirección. Ya no existe para mí otra meta que seguir.
Tú naciste y tú creciste en las estepas silvestres; los mismos leones tenían temor y miedo de ti; tú has vivido todo eso; hombres hechos y derechos huían de tu presencia; tú has hecho muchas cosas y estás probado en la lucha. Vamos, amigo, a la fragua; nos estaremos allí mientras nos funden las hachas.
Se cogieron de la mano y se fueron a la fragua, donde estaban los herreros, quienes les aconsejaron. Y fundieron grandes hachas y poderosos destrales; pesaba cada uno de ellos más de ciento ochenta libras. Fundieron grandes puñales; y pesaba cada hoja más de ciento veinte libras, treinta la empuñadura, y treinta libras de oro los adornos que tenían: Enkido y Gilgamés llevaban seiscientas libras cada uno sobre sí.
Las siete puertas de Uruk, a las siete las cerró, convocó la reunión y todos los habitantes se reunieron en la calle de Uruk -la de La Explanada- para oír su despedida. Se sentó allí Gilgamés, en el trono; en una calle de Uruk -la de la Explanada- se sentó la gente ante él. Y Gilgamés le habló al Consejo de Mayores:
Oídme bien, escuchadme, oh Consejo de Mayores de Uruk -la de La Explanada-. Voy a ponerme en camino hacia el salvaje Jumbaba; quiero conocer al dios del que tanto se está hablando, cuyo nombre es conocido en todos los territorios. Yo lo venceré en el monte y todo el país sabrá lo poderoso que es el gran retoño de Uruk. Dejadme ir, cortaré los cedros y me haré un nombre por toda la eternidad.(8)
Después habló Gilgamés a los jóvenes de Uruk -El Redil-: Jóvenes de Uruk, oídme, que sabéis bien qué es la lucha. Valeroso como soy, me pondré en largo camino que me llevará a Jumbaba y, en lucha a muerte, entraré con algo desconocido. Un camino tomaré para mí desconocido; por ello, para mi viaje, dadme vuestra bendición; que vuelva a ver vuestros rostros, que, por la puerta de Uruk, pueda retornar seguro y alegre de corazón. Al volver, celebraré la fiesta del Año Nuevo dos veces; la fiesta, al año, dos veces celebraré. Que tenga lugar la fiesta, que resuenen vuestros gritos, que redoblen los tambores ante la Vaca Ninsuna.
Entonces, apeló Enkido al Consejo de Mayores y a los jóvenes de Uruk, entendidos en combates: ordenadle que no vaya hasta el monte de los cedros. Donde quiere ir, es viaje que no se debe emprender; es un ser que no se debe uno echar a la vista; el que vigila los cedros un poder tiene, que llega muy lejos; ese Jumbaba: torrentera es su voz; escupe su boca fuego, su aliento lleva la muerte.
Él oye, dentro del monte, el más pequeño rumor a la distancia que se anda en tres días de camino; ¿dónde estará el que se atreva a adentrarse en la espesura? El dios de las tormentas es el primero, Adad, después le sigue Jumbaba. ¿Quién de entre los grandes dioses osará enfrentarse a él? Para que guarde los cedros allí lo puso Enlil, para dar miedo a la gente; si te internas en el monte, se apoderarán de ti los temblores y la angustia.(9)
Allí habló a Gilgamés el Consejo de Mayores y este consejo le hizo: Gilgamés, porque eres joven ha ido tu corazón tan lejos; no sabes bien de lo que habla tu boca. Ese Jumbaba, el guardián: torrentera es su voz; escupe fuego su boca; su aliento lleva la muerte.
Él oye el más pequeño ruido dentro del monte, a la distancia que se anda en tres días de camino. ¿Dónde estará el que se atreva a adentrarse en la espesura? El dios de las tormentas es el primero, Adad, después le sigue Jumbaba. ¿Quién de entre los grandes dioses osará enfrentarse a él? Para que guarde los cedros allí lo puso Enlil, para asustar a la gente.
Cuando Gilgamés oyó las palabras del Consejo, se reía y miró a Enkido: ¿No ves el miedo que tengo? ¿Cómo crees que yo, por miedo, ahora voy a cambiar a pensar en otras metas?(10)
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(1) Tablilla paleo babilónica de Pensilvania. (2) El texto original usa la expresión "se abrirá la red de la gente". (3) Tablilla paleo babilónica de Pensilvania. (4) Isjara (Ishara), la diosa de las bodas, era otro nombre de la diosa Istar. (5) Tabl. paleo babilónica de Pensilvania. (6) Tablilla paleo babilónica de Yale. (7) Tabl. paleo babilónica de Yale. (8) Tabl. paleo babilónica de Yale. (9) Tablilla neo babilónica de Uruk. (10)Tablilla neo babilónica de Chicago.
El Consejo de Mayores de la ciudad de Uruk -El Redil- le dijo a Gilgamés: Vuelve sano y salvo al puerto de nuestra querida Uruk. No confíes, Gilgamés, en tu fuerza solamente. Observa detenidamente, fíjate bien y, entonces, golpea con fuerte golpe. El que por delante va a su compañero salva, el que conoce el camino da protección a su amigo.
Que te preceda Enkido, pues él conoce el camino que va al monte de los cedros; está probado en la lucha, y es experto en el combate; por su amigo estará en guardia, protegerá al compañero; sano y salvo lo traerá, de nuevo, Enkido a su hogar, con sus mujeres amadas.
En esta nuestra asamblea te hemos confiado al rey para que tú lo protejas; debes traerlo de vuelta y reintegrarlo, otra vez, a Uruk, entre nosotros.
Gilgamés abrió la boca para hablar y dijo a Enkido: ven, amigo mío, ven, vamos al palacio excelso, a rendirle pleitesía a Ninsuna, la gran reina. Ninsuna es sabia y prudente, y muy entendida en todo; nuestros pasos guiará en la dirección correcta.
Se cogieron de la mano y Enkido y Gilgamés se fueron al palacio excelso a rendirle pleitesía a la gran reina Ninsuna. Entró, entonces, Gilgamés y, poniéndose ante ella, a Ninsuna así le habló:
Valeroso como soy, voy a ponerme en camino hacia Jumbaba, entraré en encarnizada lucha con algo desconocido. Voy a tomar un camino que no conozco; por ello, dadme vuestra bendición para mi viaje tan largo. Que vuelva a ver vuestro rostro. Que retorne sano y salvo y alegre de corazón, por la gran puerta de Uruk.
Al volver, celebraré la fiesta del Año Nuevo dos veces; la fiesta, al año, dos veces celebraré. Que llegue a tener lugar la celebración, que se oigan, fuertes, los gritos de fiesta, y en la presencia vuestra que redoblen los tambores.
La Gran Vaca Ninsuna, durante rato escuchó, con mucha y con honda pena, las palabras de su hijo, de Gilgamés, y de Enkido. Siete veces pasó al cuarto del lavatorio, y siete se lavó con tamarisco y con hierba jabonera. Se vistió con ropa fina para su cuerpo adornar, y eligió un bello collar para adornar su pechera. Se colocó la corona y se puso una diadema, y las hijas del amor hacia el suelo se inclinaban.
Comenzó a subir escaleras y subió hasta la terraza, hasta la alta azotea. En la terraza hizo arder el incienso en un brasero. Con el incienso humeante, suplicantes, elevó sus manos hacia el dios Sol: ¿Por qué has dotado a mi hijo de espíritu tan inquieto? Sí, tú has llegado hasta él y lo has llevado a emprender el largo camino al monte donde está el Malo Jumbaba; lo has llevado a acometer una lucha con lo ignoto, a recorrer un camino para él desconocido.
Mientras que dure su viaje de ida y de regreso, hasta que logre llegar al gran monte de los cedros, hasta que haya derribado a Jumbaba, el salvaje, y hasta que haya echado de este mundo al Maligno, al que odias tanto tú, que Aya, tu esposa amada, te recuerde cada día, en los que vas caminando alrededor de la tierra:
Concede la protección de los guardias de la noche. Desde que salga el lucero hasta que desaparezca la estrella de la mañana. Oh Samas, tú abres las puertas para que salga el ganado; te muestras a los países para que crezcan las plantas y pasten los animales. Con tu luz las tierras altas configuran su contorno; los cielos se vuelven claros; los animales del campo celebran tu resplandor.
Cuando se muestra tu luz, se reúnen las personas; la asamblea de los dioses espera a que aparezca tu resplandeciente ser.
Aya, tu esposa querida, que, sin temor, te recuerde: concede la protección de los guardas de la noche; también del dios Luna, Sin. Durante el tiempo que esté en camino Gilgamés hacia el monte de los cedros, haz que sean los días largos, que sean cortas las noches. Que su cíngulo esté bien ceñido a sus riñones, que sus pasos sean seguros. Que, cuando llegue la noche, instalen el campamento. Que sea reparador su sueño cuando, de noche, se echen a descansar.
Que Aya, tu esposa amada, te recuerde sin temor: cuando Gilgamés y Enkido se enfrenten a Jumbaba, oh Samas, que se desaten los vientos de temporal: el viento sur, el del norte, el solano y el poniente, el viento del mal oraje, el viento de la ventisca, el huracanado viento, el viento de la tormenta, el viento del remolino, el de la peste, y la escarcha, el de la nieve, y el viento de la arena del desierto.
Que se levanten los trece vientos, y que se ensombrezca la faz de Jumbaba, el Malo, que el arma de Gilgamés dé con Jumbaba en el suelo.
Cuando tu rojizo fuego se haya desparramado: vuelve tu rostro, oh Samas, a aquellos que te imploran.
Que te lleven en volandas las mulas de pies ligeros; que tengas, después del día, asiento reparador y cama para la noche. Que los dioses, tus hermanos, te sirvan buena comida para tu mejor contento. Que Aya, tu esposa amada, te limpie el sudor de la frente con la orilla del vestido.
Por segunda vez Ninsuna, la Gran Vaca, elevó a Samas su oración:
Oh Samas, ¿es que no va a sentarse Gilgamés en el cielo con los dioses? ¿Por qué no va a compartir el cielo, en tu presencia? ¿Es que no va a ser él sabio, como, también, lo es Ea, cuando esté en el océano de las aguas más profundas? ¿Por qué no va a reinar, con Irnina, en el reino de los cabezas negras?(1) ¿No va a estar, con Ningiscida, en el País Sin Retorno?
Haz que llegue sano, oh Sol, al final de su camino, que no tenga contratiempo en el monte de los cedros; que los dioses principales, que tienen su trono allí, protejan a Gilgamés hasta que mate a Jumbaba, y corte el cedro mayor para una puerta en Nipur.
Cuando terminó Ninsún, al dios Samas, de implorar, Ninsún, la Vaca Salvaje, que era sabia y prudente y que entendía de todo, la madre de Gilgamés, bajó sus manos alzadas, apagó, luego, el brasero y bajó de la terraza; llamó a Enkido ante sí, le confió su voluntad:
Valeroso Enkido, tú no has salido de mi vientre, sin embargo, desde ahora, pertenecerá tu estirpe a la de aquellos que están a Gilgamés dedicados en el Templo; a la estirpe de las esposas sagradas, a la de las mujeres santas, las hijas del amor divinas, y a la de los servidores.
Yo te pongo, Enkido mío, mis insignias en tu cuello.
Las esposas te acogieron como a un ser abandonado, y las hijas del amor, como a un desamparado. Oh Enkido, hijo mío, yo te confío a Gilgamés; él te elegirá a ti entre todos los que tienen su vida a él dedicada.
Y también le recordó: mientras que estéis en camino hacia el monte de los cedros, que los días sean largos, que sean cortas las noches, y que estén vuestras cinturas bien ceñidas, y que sea vuestro caminar seguro. Y cuando llegue la noche, levantad el campamento, que los guardias de la noche os concedan protección, que sea reparador el sueño cuando, de noche, os echéis a descansar.
Y Enkido le respondió a la Gran Vaca, Ninsuna: mi hermano es Gilgamés, y yo lo protegeré. Hasta donde quiera ir su corazón, iré yo; prometo no abandonarte, hasta que esté, de su viaje, de vuelta en mi compañía. Y yo lo acompañaré hasta el monte de los cedros, aunque un mes durase el viaje, y aunque un año durase, no lo abandonaré nunca. Mi amigo es Gilgamés. Su amigo lo guiará hasta que llegue a la entrada del gran monte de los cedros, donde reside Jumbaba.
Enkido, en el templo excelso hizo ofrendas al dios Samas y a la princesa Istar. Gilgamés en el palacio quemó incienso y enebro a Lugalbanda, su dios. Los servidores reales estaban allí presentes, le daban la bendición. Los primeros de entre ellos impartían los consejos, la despedida le daban ......... ........... ......
Por decisión del dios Samas alcanzaréis vuestra meta, lo que os habéis propuesto. En la puerta de Marduk quemaremos el incienso y sobre el pecho del agua os recordará el barquero ............... La espalda............ en la orilla del monte de los cedros No................. Gilgamés.............y Enkido .. Después de andar veinte leguas deberéis cocer el pan. ............. ............ ............. ............... faltan 30 líneas ......
Gilgamés abrió la boca y dijo a sus oficiales: durante los días que dure nuestro viaje de ida y vuelta, hasta que hayamos llegado al gran monte de los cedros, hasta que hayamos matado a Jumbaba, el salvaje, hasta que hayamos echado fuera del mundo al Maligno, al que odia tanto Samas, .......... ............ ... Los que sirven en palacio no deberán reunir a jóvenes en la calle. Debéis impartir justicia en asuntos de los pobres, indagad prontos las causas antes de decir sentencia, en el tiempo que tardemos en conseguir, como niños, aquello que anhelamos, y hasta que echemos abajo, con nuestras armas, la puerta de Jumbaba, el guardián.
Los servidores reales estaban allí, junto a ellos, les daban la despedida; los jóvenes de Uruk corrían junto a ellos, en tropel, los lacayos y oficiales los pies les iban besando:
Vuelve sano y salvo al puerto de Uruk - la de La Explanada-. No confíes solamente en tus fuerzas, Gilgamés; observa detenidamente, luego, golpea con fuerza. El que por delante va a su compañero salva, el que conoce el camino da protección a su amigo.
Que Enkido vaya delante, él sabe el camino recto que va al monte de los cedros. Él sabe qué es el combate y está probado en la lucha; ha cruzado muchas veces collados en las montañas; él velará por su amigo, guardará a su compañero. Enkido te devolverá, sano y salvo, a tu hogar, con tus mujeres amadas.
En esta nuestra asamblea te hemos confiado al rey; tú lo deberás traer, de regreso, entre nosotros.
Abrió la boca Enkido para hablar y le dijo a Gilgamés: amigo, piénsalo bien; no hagamos este viaje.
.......... faltan 10 líneas .....
Pero ya que lo has pensado, que comience el viaje ahora. Ya no debes tener miedo, vuelve tus ojos a mí. Yo conozco su escondite en el monte y los senderos por los que anda Jumbaba. Háblale a la muchedumbre y que se vaya a sus casas.
Gilgamés abrió la boca para hablar y dijo, luego, a la gente reunida en Uruk, en La Explanada: ningún muchacho de Uruk deberá venir conmigo, yo los confío a vosotros.
La gente volvía a sus casas con el corazón alegre, después de haber escuchado lo que dijo Gilgamés.
Los jóvenes proclamaron un deseo para su viaje: parte, Gilgamés, con suerte, que consigas lo que anhelas. Que te preceda tu dios. Que Samas, el dios, te ayude a que consigas tu meta.
Y Gilgamés y Enkido se pusieron en camino.(2) .....................
............................................................ 1 En la tradición babilónica antigua, el epíteto "cabezas negras" era sinónimo de "hombres". 2 Tablilla paleo babilónica de Yale
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Cuando llevaban los dos las veinte leguas andadas a partir el pan1 pararon; cuando hicieron treinta leguas plantaron el campamento; cincuenta leguas hicieron en el transcurso de un día; en tres días recorrieron lo que se anda en mes y medio. Ya se iban acercando al pie del Monte Líbano.
A la caída del Sol cavaron un pozo, echaron en sus odres agua fresca. Gilgamés subió a la cumbre y esparció harina olorosa como ofrenda a la montaña: oh montaña, envíame un sueño que pueda ver como una buena señal.
Enkido le construyó a Gilgamés una choza para el dios del sueño; luego la cerró con una puerta para que quedara fuera la intemperie; y trazó un círculo alrededor y ordenó a Gilgamés que en ella se acostara; él mismo se echó en la puerta, boca abajo, cual cebada que se ha tendido en el campo.
Gilgamés se acurrucó, la barbilla en las rodillas, y el sueño que se derrama sobre los hombres cayó sobre él. A media noche terminó ya de dormir; se levantó y, luego, dijo a su amigo: Amigo mío, ¿Eras tú el que me ha llamado? ¿Eras tú el que me ha tocado? ¿Por qué estoy tan asustado? ¿Ha sido, quizás, un dios el que ha pasado ante a mí? ¿Por qué tengo, amigo mío, todo el cuerpo agarrotado? He tenido, amigo, un sueño.
El sueño que he tenido era todo confusión: subíamos, por un barranco, la cima de una montaña, cuando una pared de roca se desprendió hacia nosotros; nosotros, volando, huimos, como salen los mosquitos, de entre los juncos, volando.
El que había nacido en tierras del altiplano bien le supo aconsejar; Enkido le habló a su amigo y el sueño le explicó: tu sueño, amigo mío, es un presagio muy bueno, es importante tu sueño; nos predice solamente cosas muy buenas. Amigo, la montaña que veías era el Maligno Jumbaba. Nosotros lo atraparemos; mataremos a Jumbaba, y arrojaremos su cuerpo lejos, en el campo abierto. Y a la mañana siguiente veremos una señal muy propicia del dios Samas.
Cuando los dos ya llevaban las veinte leguas andadas, a partir el pan pararon; cuando hicieron treinta leguas plantaron el campamento; cincuenta leguas hicieron en el transcurso de un día; en tres días recorrieron lo que se anda en mes y medio.
Se iban acercando más al pie del Monte Líbano.
A la caída del sol cavaron un pozo, echaron en sus odres agua fresca. Gilgamés subió a la cima, y esparció olorosa harina como ofrenda a la montaña: ¡Montaña!, envíame un sueño, que yo pueda percibir como una buena señal.
Enkido le construyó a Gilgamés una choza para el dios del sueño; luego, la cerró con una puerta para que quedara fuera la intemperie; y trazó un círculo alrededor y ordenó a Gilgamés que en ella se acostara; él mismo se echó en la puerta, boca abajo, cual cebada que se ha tendido en el campo.
Gilgamés se acurrucó, la barbilla en las rodillas, y el sueño que se derrama sobre los hombres cayó sobre él. A media noche terminó ya de dormir; se levantó, habló a su amigo: amigo mío, amigo, ¿Eras tú el que me ha llamado? ¿Eras tú el que me ha tocado? ¿Por qué estoy tan asustado? ¿Ha sido, quizás, un dios el que ha pasado ante mí? ¿Por qué tengo, amigo mío, todo el cuerpo agarrotado? Amigo, he tenido un sueño.
El sueño que he tenido era todo confusión. En mi sueño, amigo mío, se derrumbó una montaña; me tiró al suelo, caí de pie en un cenagal y no podía salir. Se llenó, después, el día de claridad cegadora, y, luego, apareció un hombre; era el más impresionante en todo el territorio, de belleza sin igual. Él me dio su protección, a salvo de la montaña, y me dio de beber agua; mi corazón intranquilo se calmó de esa manera; después me tomó y me puso otra vez, en tierra firme.
El que había nacido en las silvestres estepas, entendió el significado; Enkido habló a su amigo y el sueño le explicó: amigo mío, amigo, el sueño que has tenido es un presagio muy bueno, es importante; nos dice solamente cosas buenas. Amigo, iremos al monte, donde tiene la morada, de los cedros, el guardián; él nos será muy hostil; él es el Malo Jumbaba, pero allí, en la montaña que veías, no hay nada que nos vaya a ser adverso. ¡Venga!, supera ese miedo que te atenaza ante él.
Se nos aparecerá con sus auras relucientes, verás con tus propios ojos el cadáver del Maligno; contigo ..... ....deprisa ........... y de ello me alegré2.
Y a la mañana siguiente vamos a ver, del dios Samas, una propicia señal.
Cuando llevaban los dos las veinte leguas andadas a partir el pan pararon; cuando hicieron treinta leguas plantaron el campamento; cincuenta leguas hicieron en el transcurso de un día; en tres días recorrieron lo que se anda en mes y medio. Cada vez, más se acercaban al pie del Monte Líbano.
A la caída del sol cavaron un pozo, echaron en sus odres agua fresca. Gilgamés subió a la cumbre, y esparció olorosa harina como ofrenda a la montaña: ¡Montaña!, envíame un sueño que yo pueda percibir como una buena señal.
Enkido le construyó a Gilgamés una choza para el dios del sueño; luego, la cerró con una puerta para que quedara fuera la intemperie, y trazó un círculo alrededor y ordenó a Gilgamés que en ella se acostara; él mismo se echó en la puerta, boca abajo, cual cebada que se ha tenido en el campo.
Gilgamés se acurrucó, la barbilla en las rodillas, y el sueño que se derrama sobre los hombres cayó sobre él. A media noche terminó ya de dormir; se levantó y le habló a su amigo: Amigo mío, ¿Eras tú el que me ha tocado? ¿Por qué estoy tan asustado? ¿Ha sido, quizás, un dios el que pasó junto a mí? ¿Por qué tengo, amigo mío, todo el cuerpo agarrotado? He tenido el tercer sueño.
El sueño que he tenido era todo confusión: Rugían los altos cielos, y la tierra retumbaba, el día se oscurecía,
las tinieblas empezaron a descender sobre el suelo; un relámpago cruzó y todo comenzó a arder. Las llamaradas corrían quemando a su paso todo; estaba lloviendo muerte. De pronto se apagó el fuego, las llamas fueron ahogadas, las brasas, que cubrían todo, se cambiaron en ceniza.
Tú has nacido en tierras altas, me tienes que aconsejar.
Una vez que hubo escuchado las palabras de su amigo, supo dar consejo Enkido y le dijo a Gilgamés: el sueño, amigo mío, es una buena señal, su embajada es importante. Nos acercamos, amigo, al monte cada vez más; los sueños van a ser muchos; pronto llegará el combate.
Tú vas a ver los radiantes resplandores de aquel dios, de Jumbaba, al que tú temes en lo hondo de tu ser. Amagarás tu cabeza como un toro, obligarás, con tu fuerza y valentía, a que incline su testuz. (El hombre viejo que has visto es un dios muy poderoso, él es tu padre querido, el divino Lugalbanda).(3)
Y a la mañana siguiente veremos una señal propicia del gran dios Samas.
Cuando llevaban andadas veinte leguas dobles partieron el pan, a las treinta leguas dobles plantaron el campamento; cincuenta dobles hicieron en el transcurso de un día; en tres días avanzaron lo que se anda en mes y medio. Más, cada vez, se acercaban al pie del Monte Líbano.
Cuando caía la tarde cavaron un pozo, echaron en sus odres agua fresca. Gilgamés subió a la cima y esparció harina olorosa como ofrenda a la montaña: oh montaña, dame un sueño que yo pueda percibir como una buena señal.
Enkido le construyó a Gilgamés una choza para el dios del sueño; luego, la cerró con una puerta para que quedara fuera la intemperie, y trazó un círculo alrededor, y le mandó a Gilgamés que en ella se acostara; él mismo se echó en la puerta, boca abajo, cual cebada que se ha tendido en el campo.
Gilgamés se acurrucó, la barbilla en las rodillas, y el sueño que se derrama sobre los hombres cayó sobre él. A media noche, terminó ya de dormir; se levantó, habló a su amigo: amigo mío, amigo, ¿Eras tú el que me ha llamado? ¿Por qué me he despertado? ¿Eras tú el que me ha tocado? ¿Por qué estoy tan asustado? ¿Ha sido, quizás, un dios el que ha pasado ante a mí? ¿Por qué tengo, amigo mío, todo el cuerpo agarrotado? He tenido, amigo, un sueño.
El sueño que he tenido era todo confusión. Veía en el cielo a Anzo4, el pájaro de los truenos; subía como una nube, y volaba, dando vueltas por encima de nosotros. Era la imagen exacta del horror, y daba miedo; echaba su hocico fuego, su aliento era la muerte.
Pero allí estaba también un hombre, de rara faz; apareció de repente, y allí estaba en mi sueño. Él le ató, luego, las alas, a mí me cogió del brazo y me puso lejos de él. El hombre agarró a Anzo; lo tiró al suelo ante mí; luego desapareció el hombre y yo estaba sobre Anzo.
Una vez que Enkido oyó las palabras de su amigo, supo Enkido dar consejo y le habló a Gilgamés: tu sueño es un buen augurio, importante es su mensaje; veías en el cielo a Anzo, el pájaro de los truenos; se elevó como una nube y volaba dando vueltas por encima de nosotros. Era la imagen exacta del horror, y daba miedo; echaba su hocico fuego, era la muerte su aliento.
Tú vas a sentir temor de su horrendo resplandor; yo sujetaré su pata, para que tú te levantes. El hombre que allí veías era el poderoso Samas. Jumbaba, como un dios, intentará darnos miedo pero nosotros, valientes, antes de que amanezca entraremos en el monte y atraparemos a Anzo, el pájaro de los truenos. Lo venceremos allí, le vamos a atar sus alas; lo abandonará su fuerza, sobre él nos echaremos. Y a la mañana siguiente veremos del Sol, el dios, un propicia señal.5
Cuando llevaban los dos las veinte leguas andadas a partir el pan pararon; cuando hicieran treinta leguas plantaron el campamento; cincuenta leguas hicieron en el transcurso de un día; en tres días avanzaron lo que se anda en mes y medio. Ya se iban acercando al Monte Líbano, más.
A la caída del Sol cavaron un pozo, echaron en sus odres agua fresca. Gilgamés subió a la cumbre y esparció olorosa harina como ofrenda a la montaña: oh montaña, envíame un sueño que pueda ver como una buena señal.
Enkido le construyó a Gilgamés una choza para el dios del sueño; luego, la cerró con una puerta para que se guareciera de la intemperie; y trazó un círculo alrededor, y le mandó a Gilgamés que se acostara en ella; él mismo se echó en la puerta, boca abajo, cual cebada que en el campo está tendida. Gilgamés se acurrucó, la barbilla en las rodillas, y el sueño que se derrama sobre los hombres, cayó sobre él. A media noche, terminó ya de dormir; se levantó, habló a su amigo: amigo mío, amigo, ¿Eras tú el que me ha llamado? ¿Por qué me he despertado? ¿Eras tú el que me ha tocado? ¿Por qué estoy tan asustado? ¿Ha sido, quizás, un dios el que ha pasado ante a mí? ¿Por qué tengo, amigo mío, todo el cuerpo agarrotado? He tenido, amigo, un sueño: el sueño que he tenido era todo confusión; parecía ser el destino, amenazante y oscuro. Con un búfalo luchaba; sus bufidos desgarraban la tierra ante nosotros; las grandes nubes de polvo que levantaba, llegaban hasta lo alto del cielo y yo, la rodilla en tierra, a sus cuernos me agarraba. Luego, un hombre apareció de un hermoso semblante; se apareció en mis sueños y me cogió de la mano ............... con sus brazos abrazó mi cuerpo y lo levantó por los aires desde el suelo; él se presentó en mis sueños,
mis .............................. y me dio agua de su bota.
Después de haber escuchado las palabras de su amigo, Enkido supo entender, del sueño, el significado y habló a Gilgamés:
Tu sueño, amigo mío, un presagio bueno es, su embajada es importante. El Malo contra el que vamos no era el búfalo salvaje, era algo muy distinto. El búfalo que veías era el reluciente Samas; si el peligro acechara, nos tomará de la mano y, lejos, nos guiará.
El que te dio de beber de su bota era tu padre, el divino Lugalbanda que te tiene en mucho aprecio.
Uniremos nuestras fuerzas y haremos algo asombroso, una hazaña que aún nadie pudo realizar en el territorio nuestro.6
(parece que aquí son atacados por leones, que logran matar; parece que Enkido tiene un sueño que presagia su muerte. Ya en la orilla del bosque, Gilgamés tiene miedo y Enkido lo anima)
¿Por qué estás llorando, amigo? ¿Por qué tus lágrimas corren? Tú, retoño que ha brotado del corazón de Uruk ............. ponte ahora y .............. Gilgamés, rey y retoño, del centro de Uruk, nacido ...............
El dios Samas escuchaba lo que él decía y, al punto, una voz bajó del cielo: ¡Daos prisa, detenedlo!; no debe volver Jumbaba a encerrarse en su bosque, ya no debe descender a sus profundas entrañas, no debe esconderse allí. Que no se ponga las siete resplandecientes corazas. Debéis prenderlo y atarlo. Ahora lleva una puesta, las otras seis no las lleva todavía sobre sí.
Reanudaron el camino hacia el monte de los cedros; como enfurecidos toros, rompieron hacia delante, a por el feroz Jumbaba.
Rugió por primera vez; fue horrible; rugió Jumbaba como un trueno, una vez más, como el dios de las tormentas hacía temblar la tierra
........ Faltan 25 líneas .....
(parece que Jumbaba se puso en guardia al oír algún ruido de Gilgamés y Enkido)
Abrió la boca Enkido para hablar y le dijo a Gilgamés: si logro bajar allí a las entrañas del monte, para abrirnos un sendero, mis brazos se quedarán del todo paralizados.
Gilgamés abrió la boca para hablar y dijo a Enkido: amigo mío, ¿por qué, hablamos como cobardes? ¿No hemos atravesado los montes sin contratiempo? ¿No está, por fin, nuestra meta delante de nuestros ojos? Antes de que derribemos los cedros, Enkido amigo, que estás probado en la lucha y eres experto en combates, tienes que frotarte el cuerpo con hierbas tonificantes, para no tener, así, ningún miedo ante la muerte.
Ruge a plena garganta, como un brujo en el desierto, y que tu grito retumbe como retumba un timbal. Levanta el ánimo, amigo, para que desaparezca la flaqueza de tus brazos, la flaqueza en tu rodilla. Dame, mi amigo, la mano, nos animaremos juntos. Tu corazón debe arder ante el cercano combate. Rechaza los pensamientos de la muerte y hallarás la alegría de vivir.
El que camina delante,
un hombre prudente es; el que por delante va a su compañero salva; de esta manera se hace uno un nombre, para lejos en los días venideros.
Así llegaron los dos, finalmente, al verde monte; se callaron, se pararon y descansaron allí.
......................................................... 1 Partir el pan era sinónimo de comer. 2000 años después, esta expresión todavía se usaba en tiempos de Jesucristo (ver Evangelios). 2 Tablilla medio babilónica de Hutusa, capital del reino hitita. 3 Tablilla paleo babilónica de Nipur. 4 Ver nota final D. 5 Tablilla paleo babilónica de Nipur 6 Tabl. paleo babilónica de Saduppum).
Estaban allí aturdidos, en la orilla de aquel monte y, durante largo tiempo, dejaron volar su vista sobre los cedros tan altos; no dejaban de mirar, la entrada al monte buscando.
Por donde Jumbaba andaba se había hecho una senda. Se les había allanado el camino, era fácil poder transitar por él.
Y pudieron contemplar aquel monte de los cedros, la morada de los dioses(1), el alto trono de Istar. Florecía en las laderas el esplendor de los cedros, allí se manifestaba su riqueza lujuriosa; placentera era su sombra y dulce era su olor.
La maleza era espinosa debajo del techo oscuro de las ramas; entre cedros crecían los bienolientes arbustos de enebro y mirra. Una fosa de seis leguas rodeaba todo el monte; luego había una segunda, sólo dos tercios de larga.
(faltan 35 líneas. Es el relato de cuando se adentran en el monte)
Al momento echaron mano a sus puñales y hachas y, una vez que tuvieron desenfundadas las hojas, las untaron con veneno. Ya tenían preparadas las hachas y los puñales.
Andaba el uno tras del otro a través de la espesura, hasta el centro de aquel monte donde el salvaje Jumbaba tenía su habitación. Entraron sigilosamente en el cubil de Jumbaba. Jumbaba fue sorprendido, y nada pudo hacer para impedir que los dos lo ataran de pies y manos.
(parece que Jumbaba, atado, les amenaza con el castigo de Enlil. Gilgamés tiene miedo y Enkido lo anima)
Hemos venido a un lugar, en el que a las personas nada se les ha perdido; los dioses se irritarán. Dejemos las armas quietas junto a Jumbaba y huyamos.
Dijo Enkido a Gilgamés: como avalancha de un río, así es el feroz Jumbaba; como el dios de las tormentas nos va a llevar por delante. Amigo mío, Jumbaba es un ser muy peligroso(2), y dentro de su escondite, nos mataría a los dos por separado, allí dentro.
Pero sí de tres en tres, pueden enfrentarse a él y, también, de dos en dos; una soga de tres cabos no se rompe fácilmente, de igual modo, que dos lobos pueden vencer a un león. Amigo, juntos los dos, lo vamos a conseguir.
Abrió Jumbaba la boca para hablar y le dijo a Gilgamés: Gilgamés, solo los locos hacen caso del consejo de idiotas y mentecatos. ¿A qué has venido hasta aquí?
Ven, Enkido, hasta mí, tú, cabeza de sardina, que no conoce a su padre, cruce de ranas de lago y pantano, a quien ninguna madre nunca amamantó. Ya te observaba yo, entonces, cuando eras un muchacho y te dejé escapar; la poca carne que tienes tampoco hubiera servido para llenar mi barriga.
Y ahora quieres arrastrarme delante de Gilgamés de manera traicionera, y aquí estás ante mí, Enkido, como un extraño ser que carece de entrañas. Yo le voy a arrancar la cabeza a Gilgamés, le voy a cortar el cuello, y su carne voy a echar a los halcones y buitres y al águila culebrera.
Gilgamés abrió la boca para hablar y dijo a Enkido: amigo mío, repara cómo ha cambiado su cara. Nosotros hemos osado, de una manera valiente, llegar hasta su escondite, pero ahora mi corazón va empezando a tener miedo. Corazón sobresaltado no se calma de repente.
Abrió Enkido la boca para hablar y le dijo a Gilgamés: amigo mío, ¿por qué, hablas como un cobarde? Ponte la mano en la boca, que si te sigo escuchando voy a perder el valor. Ahora, amigo, ya está presto a levantarse el viento; el cobre, en caldo, ya corre al molde de fundición. ¿Hace falta que esté el horno ardiendo dos horas más? ¿Habrá que esperar dos horas más para que se enfríe? Si estás dispuesto a soltar las aguas, si estás dispuesto a arengar a los rehenes, no des ningún paso atrás, no te acobardes ante él, más bien golpea con fuerza, fuerte como seas capaz.
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Jumbaba estaba pensando cómo a ellos enfrentarse, cómo poder repelerlos. De repente, un salto dio y cayó de golpe al suelo, entre aullantes alaridos.
Y sus talones se hundieron en el suelo, y la tierra reventó ante sus pies. Allí se movían los dos en violentos remolinos; luego, los montes Sirara y el Líbano se abrieron, y se partieron en dos. Y lo blanco de las nubes se volvió negro; empezó a lloviznar sobre ellos, como una niebla, la muerte.
Samas soltó los potentes vientos de los temporales contra Jumbaba, el guardián: el viento sur, el del norte, el solano y el poniente, el viento del mal oraje, el viento de la ventisca, el huracanado viento, el viento de la tormenta, el viento del remolino, el de la peste, y la escarcha, el de la nieve y el viento de la arena del desierto.
Soplaron los trece vientos y oscurecieron la cara de Jumbaba; ya no pudo embestir hacia delante, ni podía retroceder; y así fue como Gilgamés le dio alcance con sus armas.
Suplicando por su vida, habló a Gilgamés Jumbaba: eres joven, Gilgamés, apenas te parió tu madre, pues eres, verdaderamente, hijo de Ninsún, la Vaca. Por mandato del dios Samas has allanado montañas. Retoño eres, del centro de Uruk, rey Gilgamés.
Gilgamés, Escúchame: ningún muerto puede ya rendir para su señor; permaneciendo con vida un sirviente sí podrá trabajar para su amo. Si me perdonas la vida, Gilgamés, seré tu siervo. Deja que para ti viva en el monte de los cedros. Yo cortaré para ti los árboles que tú quieras, guardaré para ti mirtos, toda la madera noble, para adornar tu palacio.
Abrió Enkido la boca para hablar y le dijo a Gilgamés: no escuches, amigo mío, las palabras de Jumbaba, no atiendas a sus gemidos y súplicas engañosas; vamos a acabar con él, con Jumbaba, el Maligno.
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Abrió la boca Jumbaba para hablar y dijo a Enkido: tú conoces bien las reglas que rigen en este bosque, las viejas leyes, también como hay que comportarse.
Yo te pude atrapar, y colgarte de algún árbol en la orilla de este monte, y tu cuerpo pude echar a los halcones y buitres, y al águila culebrera. Mas, ahora, depende, Enkido, de ti que sea liberado; anda, dile a Gilgamés que me perdone la vida.
Abrió Enkido la boca para hablar y le dijo a Gilgamés: amigo mío, Jumbaba, el que vigila este monte: mátalo a cuchilladas y quítale su poder. Jumbaba, el que vigila en el monte de los cedros: mátalo, mátalo ya, golpéalo hasta la muerte, y quítale su poder antes de que el dios Enlil, el primero entre los dioses, sepa nuestras intenciones.
Los dioses más importantes se van a encolerizar por lo que estamos haciendo: el dios Enlil en Nipur, y el dios Samas en Larsa, el dios Ea en Eridú, y Sin en Ur, su ciudad. Gana para siempre un nombre, una fama que perdure: ¡Cómo golpeó Gilgamés hasta la muerte a Jumbaba!
Jumbaba estaba escuchando lo que le decía Enkido, levantando su cabeza
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Abrió Jumbaba la boca para hablar y dijo a Enkido: tú que naciste en la estepa, tú te sientas ante él, como el pastor de un rebaño; como un asalariado sus órdenes obedeces, mas ahora depende, Enkido, de ti que sea liberado. Anda, dile a Gilgamés que me perdone la vida.
Abrió Enkido la boca para hablar y le dijo a Gilgamés: amigo mío, Jumbaba, el que vigila en el monte: mátalo a cuchilladas y quítale su poder. Jumbaba, el que vigila en el monte de los cedros: mátalo, mátalo ya, golpéalo hasta la muerte, y quítale su poder antes de que el dios Enlil, el primero entre los dioses, sepa nuestras intenciones.
Los dioses más importantes se van a encolerizar por lo que estamos haciendo: el dios Enlil en Nipur, y el dios Samas en Larsa, el dios Ea en Eridú, y Sin en Ur, su ciudad. Gánate por siempre un nombre, una fama que perdure: ¡Cómo golpeó Gilgamés hasta la muerte a Jumbaba!
Y Jumbaba, que escuchó lo que decía Enkido, levantando su cabeza y gritando hacia el cielo, los maldijo amargamente
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Que sufran padecimientos estos dos, que sus amigos se avergüencen de ellos, que no lleguen a ser viejos, que no entierre nadie a Enkido, si no es Gilgamés, su amigo.
Abrió la boca Enkido y le dijo a Gilgamés: amigo mío, te hablo, pero tú ya no me escuchas. Cuando él nos maldecía ........ deja que esas maldiciones caigan, de nuevo, en su boca, que se vuelvan contra él.
Escuchaba Gilgamés las palabras de su amigo y echó mano a su puñal que llevaba a la cintura. Y Gilgamés lo clavó en la nuca de Jumbaba.
Lo azuzaba Enkido, mientras le sacaba él el hígado a cuchilladas; saltó, después, Gilgamés y cogió, de su cabeza, los colmillos de trofeo.
La lluvia caía copiosa y con fuerza sobre el monte. Su sangre caía copiosa y con fuerza sobre el monte.
El guardián de aquellos montes se tambaleó y cayó; y los barrancos del monte se llenaron con su sangre. Jumbaba, que era el guardián, había caído al suelo. En leguas a la redonda se oían sus alaridos.
Y con él mató al Maligno, al demonio que odia Samas; ................. los montes liberó él; al demonio muerte dio, al vigilante del monte, a cuyo aullido se abrieron el Líbano y el Sirara.
Tan pronto como rompió los siete velos brillantes que Jumbaba tenía puestos, bajó a andar por el monte, y descubrió la morada más secreta de los dioses.(3)
Gilgamés cortaba cedros y Enkido los elegía.
Abrió la boca Enkido, y le dijo a Gilgamés: amigo, hemos cortado el cedro de mayor porte, un cedro con una copa que se elevaba hasta el cielo. Voy a hacer de él una puerta de sesenta codos de alta, de veinte codos de ancha y de un codo de grosor. Sus jambas y sus dinteles, tanto los que van arriba, como los que abajo van, serán de una sola pieza.
Nadie, que sea extranjero, deberá acercarse a ella; los dioses se alegrarán.(4) La llevará el Eúfrates hasta el templo de Enlil; que la gente de Nipur salte de alegría al verla. El dios Enlil deberá estar orgulloso de ella.(5)
Armaron, luego, una balsa, y la cargaron de cedros. Guiaba la balsa Enkido; Gilgamés, el que llevaba la cabeza de Jumbaba. .................................................
1 Ver nota final E. 2 Tabl. paleobabilónica de Saduppum. 3 Tabl. paleobabilónica de Iscali (Bauer). 4 Tablilla paleobabilónica de Bagdad 5 Idem...............................
Lavó su pelo enmarañado, lavó su turbante sucio, sacudió su cabellera hacia atrás, hacia su espalda. Se quitó las ropas sucias y se puso otras nuevas; se echó la túnica encima y un cíngulo se ciñó.
Cuando Gilgamés se puso la corona en su cabeza, en su belleza Istar, la princesa, se fijó.
Ven conmigo, Gilgamés, mi amante tienes que ser. Dame los frutos, oh dame, de tu amor como regalo y sé para mí marido y yo seré tu mujer. Yo unciré para ti un carro hermoso de guerra, de lapislázuli y de oro; de oro serán sus ruedas, las varas de ámbar serán; tendré en el carro dispuestos los fogosos corredores, grandes mulas, que lo lleven delante de nuestro casa, de la que saldrán aromas de maderas olorosas.
Cuando pises nuestra casa, los más altos sacerdotes te van a besar los pies. Reyes, príncipes, señores se postrarán ante ti, te darán, como tributo, todos los frutos que hay en el territorio nuestro y en el de las tierras altas.
Tus cabras tendrán tres crías y dos crías tus ovejas; tus burros serán, cargados, más rápidos que las mulas. Los caballos de tu carro las carreras ganarán; los bueyes bajo tu yugo no tendrán otros igual.
Gilgamés abrió la boca para hablar y dijo a Istar, la princesa: si me casara contigo, de verdad, ¿Quién me traería los ungüentos y las ropas? ¿De donde me iba a venir la comida y el sustento?
Aunque comieras el pan que sea digno de dioses, y aunque bebieras cerveza que sea digna de reyes, la sombra de una pared tu residencia será; ya no tendrás que llevar vestidos sobre tu piel.
¿Qué se me iba a dar a mí, si me casara contigo? Tú eres cuenco de ascuas, cuyas brasas languidecen con las primeras escarchas, puerta tan desvencijada que no es capaz de parar ni los vientos ni la brisa, un palacio que se cae sobre los que lo defienden con tesón y con valor; ratón que se come el nido de juncos, en el que duerme; elefante que se come las ramas que le dan sombra; betún que pone perdida la mano del que lo extiende; eres raído pellejo que cala al que lo transporta, piedra caliza en el muro, que revienta la pared, una almaina que no puede romper trinchera enemiga, un zapato que produce heridas al que lo calza.
¿A cual de entre tus amantes has amado largo tiempo? ¿Quién, de entre tus valientes guerreros, consiguió el cielo? Ven, que te voy a contar la historia de tus amantes: el que llevaba a su espalda la orza llena de leche y a tus reclamos paró; Dumuzi era, el pastor, tu amante de juventud, un día le has dedicado de recordatorio al año, en el que tenemos todos que lamentarnos por él.
El pájaro colorín, al que amaste, le pegaste y le cortaste las alas; ahora salta por el monte, de un sitio a otro, gritando ¡capi, capi, ay mis alas! ¡ ay mis alas, capi, capi!
Del león te encaprichaste, de su vigorosa fuerza; siete veces, siete hoyos, le cavaste como trampa. También quisiste al caballo, pura sangre en la batalla, y luego lo condenaste al látigo y a la espuela; lo condenaste a correr, sin parar, setenta leguas, y a beber agua en los charcos; y a Silili(1), su madre, a que lo llore por siempre.
También amaste al pastor, mayoral o rabadán, que, en las brasas, te cocían ricas tortas de buen pan y, cada día, mataban un cabrito para ti. Tú le pegaste y, al fin, en lobo lo convertiste; un lobo al que sus zagales tienen, ahora, que espantar, y al que sus perros, ahora, tienen que estar ahuyentando, mordiéndole en los perniles.
También amaste a Isulano, el huertano de tu padre, el que te traía cestos, de dátiles dulces, llenos y, cada día, como en fiestas, te preparaba la mesa. Tú le echaste el ojo encima y te fuiste a por él: déjame, oh Isulano, que tu virilidad pruebe y que me suba a tu árbol. Ven, cógeme los dátiles. Pero Isulano te dijo: ¿Yo?, ¿qué quieres tú de mí? ¿Es que no coció mi madre bastante pan para mí? ¿Es que no comí bastante? ¿Tendré que comer, ahora, mi pan entre maldiciones, escándalos e improperios, y cubrirme contra el frío con las hojas de palmera?
Cuando oíste lo que dijo, le pegaste, lo cambiaste en verrugosa tortuga y lo mandaste a vivir entre las plantas del huerto. No puede subir el zaque, si no baja la palanca. Si tú llegaras a amarme, me tratarías igual.
Cuando la diosa escuchó lo que dijo Gilgamés, se puso fuera de sí de rabia, y ascendió al cielo; temblando de ira se fue a ver a su padre, Anón, y a la diosa Anta, su madre, y comenzó a llorar: padre mío: Gilgamés me está llenando de agravios, los más brutales que puede, va pregonando de mí las calumnias más horrendas, y los peores insultos.
Abrió la boca Anón para hablar y le dijo a Istar, la princesa: pero, ¿es que no has sido tú la que llevó a Gilgamés a ir pregonando de ti las calumnias más horrendas, y los peores insultos?
Abrió la boca Istar para hablar y le dijo a Anón, su padre: me tienes que dejar, padre, te ruego, el toro del cielo, que extermine a Gilgamés y convierta su morada en escombros y ceniza.
Si no me dejas el toro del cielo, destrozaré los portones del Submundo, hasta que llegue hasta donde se encuentra la residencia; voy a liberar al mundo de allí abajo y a sacar afuera a todos los muertos, que aniquilen a los vivos y, seguro, que los muertos son muchos más que los vivos.
Luego, abrió la boca Anón para hablar y dijo a Istar, la princesa: si quieres que yo te deje el toro del cielo, atiende: haz que la viuda de Uruk guarde para siete años, y que el campesino siembre para siete años grano.
Abrió la boca Istar para hablar y le dijo a Anón, su padre: a la viuda de Uruk el grano de siete años ya le hice almacenar; al campesino de Uruk, para siete años grano ya le hice que sembrara. La viuda de Uruk guardó grano para siete años; el campesino de Uruk cosechando estuvo ya para siete años mies. Con la furia de ese toro voy a tener mi venganza.
Anón escuchó a Istar; luego, le puso en la mano las riendas del toro azul(2), e Istar venía hacia abajo y lo traía del ramal, hasta que los dos llegaron al territorio de Uruk. Allí secó las praderas, las lagunas pantanosas, los juncales de la orilla. Luego, se metió en el río, allí se puso a beber, e hizo bajar la corriente siete codos de nivel.
Y cuando el toro del cielo bufó, se hizo una hoya y cien personas de Uruk cayeron dentro de ella. Bufó por segunda vez y se hizo otra hoya; doscientos hombres de Uruk cayeron dentro de ella. Bufó por tercera vez y se hizo un agujero, y Enkido se cayó dentro, pero sólo hasta la espalda.
Enkido salió de un saltó y a sus cuernos se agarró. El toro le echó las babas en el rostro y con su rabo lo tiró a sus excrementos.
Abrió la boca Enkido y le dijo a Gilgamés: Amigo mío, amigo, nos hemos pavoneado con Jumbaba en la ciudad, ¿cómo podemos ahora ayudar a estas personas que se han congregado aquí?
Amigo mío, yo he puesto a prueba el poder del toro, he conocido su fuerza, las intenciones que tiene. Deja que pruebe otra vez el poder de ese morlaco; detrás me voy a poner detrás del toro del cielo, y lo agarraré del rabo. Pondré en su pata mi pie y del rabo estiraré con todas las fuerzas mías; luego tú, cual carnicero, valeroso y con buen tino, le clavarás el puñal detrás de los cuernos, justo en la nuca, en la cruz. Corrió Enkido tras del toro, buscando sus ancas iba, y del rabo lo agarró. Apoyó, entonces, su pie contra su pata trasera, y, fuerte, tiró del rabo.
Entonces, fue Gilgamés, y como un carnicero, valeroso y con buen tino, supo clavar su puñal detrás de los cuernos, justo en la nuca, en la cruz.
Después de que hubieron dado, al toro del cielo, muerte, el corazón le arrancaron, y lo ofrecieron a Samas; y, luego, retrocedieron para hacer la reverencia ante el Dios Samas, el Sol. Después se sentaron juntos, como hacen los hermanos.
Istar subió a la muralla de la ciudad de Uruk -El Redil-, comenzó a patalear, y, agarrándose los pechos, dio alarido de dolor: condenado sea este miserable Gilgamés, que en ridículo me deja. ¡Me mató el toro del cielo!
Cuando Enkido a Istar oyó, le arrancó al toro un brazuelo y lo arrojó a la terraza, donde se encontraba Istar: como suba y te pille, voy a hacer igual contigo; te colgaré de tus manos con las mismas tripas tuyas.
En el templo reunió Istar a todos los servidores, a las esposas divinas a las sacerdotisas, y muchachas del amor; y comenzó a celebrar las exequias funerarias ante el brazuelo del toro.
Gilgamés llamó ante sí a los mejores herreros y maestros oficiales, y todos pudieron ver el tamaño de los cuernos. Se usaron sesenta libras de piedra azul para adornos; se emplearon, solamente para los bordes, dos libras. Seis tinajones de aceite cabían en cada uno, y él todo lo ofreció para honra de la estatua de Lugalbanda, su dios. Luego, se volvió con ellos y los colgó en su palacio.
Los dos lavaron sus manos en aguas del río Eúfrates, se cogieron de la mano, y tomaron el camino de regreso a la ciudad. Se pasearon en carro por las calles de Uruk, en donde la muchedumbre se agolpaba para verlos.
Y Gilgamés preguntó a las sirvientas reales: ¿Quién es el hombre más bello de entre todos los mortales? ¿Quién de entre todos ellos se ha cubierto de más fama?
¡Gilgamés es el más bello de entre todos los mortales! ¡Gilgamés es el que más se ha cubierto con la fama!
Arrojamos los brazuelos del toro a los pies de Istar, pero ella no ha encontrado, en la ciudad de Uruk, a nadie que la consuele.
......... ...........
Gilgamés dio en su palacio un magnífico banquete.
Por la noche los dos hombres se echaron a descansar, y Enkido, mientras dormía, un terrible sueño tuvo. Enkido se levantó y se fue a contar su sueño a su amigo Gilgamés:
................................................. (1) Silili, diosa no mesopotámica desconocida. (2) "Toro azul", licencia por toro del cielo. ....................................................
Amigo mío, ¿por qué los grandes dioses están, en consejo, reunidos?
Al amanecer, Enkido le dijo a Gilgamés: amigo mío, qué sueño, que he tenido esta noche: Anón, Ea y Enlil y Samas el celestial mantuvieron un consejo; y Anón le dijo a Enlil: lo mismo que han dado muerte a nuestro toro del cielo, así mataron también a Jumbaba, el guardián en el monte de los cedros.
Y Anón dictó sentencia: que muera uno de los dos.
Y Enlil le contestó: que sea Enkido el que muera, que no sea Gilgamés.
Allí, Samas, el celeste, respondió al heroico Enlil: ¿No fue por orden mía(1) por lo que ellos dieron muerte a Jumbaba, el vigilante, también al toro del cielo? ¿Por qué tiene que morir ahora Enkido, el inocente?
Enlil se enfureció, entonces, contra el dios celeste, Samas: lo que es verdad es que tú acompañaste sus pasos todos los días de camino, como si tú hubieras sido su compañero de viaje.
Enkido estaba de pie ante Gilgamés, su amigo, y sus lágrimas corrían en verdaderos regueros. Te he querido, hermano mío, mas ahora me llevarán lejos de ti, hermano mío. Me sentaré entre los muertos; cruzaré el umbral de la muerte, y nunca ya te veré.(2)
Abrió la boca Enkido para hablar y le dijo a Gilgamés: ven amigo mío, vamos juntos al templo de Anón. Hasta la entrada del templo me tienes que acompañar; que voy a echarme a la cara, la puerta que yo ensamblé, para que mi corazón encuentre tranquilidad. Yo elegí el cedro mayor para honra de Nipur.
Enkido elevó la vista, como si estuviera viendo la puerta misma del templo y, luego, le empezó a hablar como se habla a una persona: oh puerta del monte oscuro; aunque no me puedas tú entender, aunque no tengas sentimientos como yo. Veinte leguas caminé hasta encontrar para ti la madera más preciosa, hasta que encontré en el monte el cedro de mayor porte.
No tenía comparación tu árbol en todo el monte; tú tienes sesenta codos de alta, veinte de ancha, y es de un codo tu grosor; tus jambas y tus dinteles, tanto arriba como abajo, están hechos de una pieza. Yo fui el que te ensamblé, el que te trajo a Nipur y fui el que te coloqué.
Si hubiera sabido, oh puerta, que me pagarías así, si hubiera sabido, oh puerta, con qué me ibas a pagar, hubiera cogido mi hacha y astillas te hubiera hecho.
Te podría haber llevado río abajo, como balsa, al E Babara. Al E Babara(3) podría haberte llevado, hasta el templo del dios Samas, y haber empleado el cedro en las puertas de E Babara. Clavaría en tu dintel a Anzo, el de las tormentas, y habría colocado, allí delante, toros con alas; con las piedras más preciosas la entrada habría adornado.
Fama daría a la ciudad, y esplendor al dios Samas, y en Uruk te envidiarían, pues Samas sí que me oyó cuando a él me dirigí y, cuando estuve en peligro, puso en mis manos un arma.
Pero, oh puerta, ahora que ya te hice, te traje y te coloqué en Nipur, ¿cómo voy a hacerte yo astillas y echarte abajo? El rey que reine después, que sienta odio hacia ti, si es hombre como si es dios, que te cuelgue en un lugar donde no te vea nadie; que borre de ti mi nombre, que ponga el suyo, si quiere.
Arrancó, en su corazón, su nombre y lo tiró lejos.
Escuchaba atento él, mientras Enkido hablaba raudamente, sin aliento. Cuando Gilgamés oyó las palabras de su amigo, rompió a llorar él también.
Gilgamés abrió la boca para hablar y dijo a Enkido: amigo mío, tú eres de una perfecta prudencia que abarca todas las cosas. ¿Por qué, si tienes razón y conocimiento, hablas de manera tan odiosa para con todos los dioses? ¿Por qué, mi amigo, importuna tu corazón a los dioses?
El sueño debió ser raro, y por eso fue tan grande la angustia que te embargaba; llegó de tu febril boca como un zumbar de moscardas; lo que te angustiaba era, sin duda, algo importante, y por eso raro el sueño. Los dolores y la angustia se quedan para los vivos; el muerto deja al que vive las penas y la ansiedad.
Yo suplicaré por ti a los dioses principales, iré a la casa de Samas, a tu dios imploraré. Al dios Anón rezaré, padre de todos los dioses; que Enlil, el gran consejero, mi prez oiga en tu presencia y que mi súplica encuentre misericordia ante Ea. De oro te haré una imagen, mi oro gastaré en ella.
No gastes en ella plata, ni lapislázuli ni oro. Las palabras que Enlil dijo no son como las que dicen dioses menos importantes; una vez que lo ha ordenado, ya no lo retira más, y lo que ha decidido, ya no lo retira más. Mi destino, amigo mío, ya se ha determinado. Muchos se tienen que ir antes de andar su camino.
Cuando empezó a clarear, levantó Enkido su rostro para quejarse ante Samas. Con el primer resplandor corrieron sus primeras lágrimas:
Porque mi destino ha sido ingrato, te pido, Samas, que el cazador, aquel hombre que cazaba con las trampas y no me dejó vivir tanto como a mis amigos, que tampoco viva él lo que sus amigos vivan.
Que le rehuya la caza, que su botín sea pequeño, que su parte en la ganancia sea menuda en tu presencia; que, en sus lazos, no se enganche ninguna pieza de caza, y si alguna se enganchara, que se escape otra vez.
Después de haber maldecido con toda su alma al cazador, pensó maldecir también a Samjat, la del amor: Vente, Samjat, hasta mí, que te voy a echar la suerte, un sino que arrastrarás por toda la eternidad. Yo te voy a maldecir con una maldición grande, maldición que arrastrarás desde ahora y para siempre.
Que no tengas una casa, como siempre has deseado, que nunca pases la vida en medio de una familia, que no te dejen entrar en donde están las muchachas; que por tus hermosos pechos salga cerveza podrida; que tu vestido de fiesta lo eche a perder un borracho; que no cuentes como propia ninguna cosa bonita; que tu protector prefiera a mujeres más hermosas. que te pegue como pega el alfarero a su barro.
Que te arruinen los jueces; que no te regale nadie perfumeros de alabastro; que la reluciente plata -la riqueza de los hombres- no llegue nunca hasta ti; que sea una banca dura la cama de tus placeres; que sólo puedas sentarte en el cruce de un camino.
Que sea un campo de ruinas la habitación donde duermas; que sea donde tu esperes la sombra de las murallas; que los abrojos y zarzas rasguen la piel de tus pies; que te peguen en la cara los borrachos y los sobrios; que rehuyan tu tugurio los jóvenes más hermosos.
Que, sin pausa, te denuncien, siempre ante los tribunales; que te griten en la calle sólo cosas de mal gusto; que nunca los albañiles limpien tu tejado roto; que las lechuzas aniden en las grietas de tu alcoba; que no se celebren fiestas alrededor de tu mesa; que nadie te corresponda nunca con algún regalo; que tu vestido violeta sea consagrado al templo. Y que te regalen bragas sucias, para tus vergüenzas. Tú me convertiste en débil, a mí que estaba sin mancha; cuando vivía en la estepa, tú me convertiste en débil, a mí que estaba sin mancha.
Oyó Samas lo que hablaba, y al punto sonó una voz desde el cielo, que decía: ¡Ay, Enkido, ay, Enkido!, ¿por qué a Samjat maldices, la muchacha del amor, que pan divino te dio, te dio cerveza de reyes, te puso ropa preciosa y te dio de compañero a Gilgamés, el buen rey?
Te va a poner Gilgamés, tu compañero y hermano, en una preciosa tumba; en una tumba que hará con mucho amor, Gilgamés; te va a sentar a su izquierda, y los grandes del Submundo te van a besar los pies.
Los habitantes de Uruk te van a guardar el luto y sentirán por ti pena. Él hará que el hombre rico te haga lamentaciones.
Una vez que ya no estés, dejará crecer su pelo en greñas, porque está triste. Con una piel de león vagará en tierras silvestres.
Enkido oyó las palabras del dios heroico, de Samas. Después de pensar ellas, su corazón inquietado encontró tranquilidad.
Oh Samjat, acércate, que te quiero echar la suerte. Te va a bendecir mi boca, la boca que te maldijo; que te amen gobernantes y los príncipes también; que desde una legua antes estén impacientes ya y se golpeen los muslos; que desde dos leguas antes vayan sacudiendo ya, de impaciencia, sus melenas; que no vacile el guerrero en quitarse por ti el cinto, que te regale obsidiana, lapislázuli y oro, que te regale pendientes y sean joyas su presente.
Istar, que es la más hermosa, de las diosas, que te dé acceso hasta aquellos hombres, cuyas casas están llenas de las riquezas más grandes; que abandonen por ti a su primera mujer, aun en el caso que fuera la madre de siete hijos.
Enkido estaba acostado; le dolía el cuerpo entero; estaba en la compañía de su amigo y le contó aquello que le agobiaba: amigo, mira que sueño tuve esta última noche: estaba tronando el cielo, repetía el eco la tierra. Yo estaba entre los dos y alguien apareció allí; era su rostro sombrío, se parecía a Anzo, el pájaro de los truenos. Eran zarpas de león sus manos, y eran sus uñas garras de águila finas. De los pelos me cogió y me quiso doblegar; yo le pegué y él, entonces, hizo una comba en el aire, se revolvió y se apartó. Luego, se echó sobre mí como tromba y me pegó.
Me tiró al suelo, después, como un toro poderoso, y mojó todo mi cuerpo con su espuma venenosa. Yo gritaba: ¡Amigo mío, sálvame, oh sálvame!, pero tú tenías miedo y no viniste en mi ayuda. Allí estaba yo indefenso y no podía hacer nada y te gritaba: ¡Sálvame, sálvame, amigo mío!
Me pegó y me convirtió en paloma y me ató los brazos como si fueran las alas de un pajarillo; lo hizo para llevarme a la mansión de Irkala(4), la casa de oscuridad; al sitio del que ya nadie puede salir, una vez que haya cruzado la puerta; al camino que se anda y no tiene vuelta atrás; a la casa donde nadie nunca puede ver la luz; donde se comen el polvo, tienen al barro por pan, donde, como pajarillos, van vestidos con plumajes; nunca pueden ver la luz, viven en la oscuridad. En la puerta y los cerrojos se va acumulando el polvo. En la morada del polvo reina un silencio mortal.
En la morada del polvo, en la que yo me interné, se amontonaban coronas por doquier donde miré; contemplé aquellos hombres que las llevaron un día, cuando regían territorios; aquellos que, para Anón y Enlil, ponían la mesa con asados bien calientes, a los que traían el pan y llenaban de agua fresca los recipientes reales.
En la morada del polvo, en la que yo me interné, estaban los sacerdotes, los monaguillos también; también allí se encontraban los curas de la pureza, los de la meditación, los sacerdotes ungidos de los dioses principales. Allí se encontraba Etana(5) y estaba también Sakán, y la reina del Submundo, la diosa Ereskigal. Ante ella, Belet Seri, la escribana del Submundo, con la tablilla de barro que le leía en voz alta.
Miró hacia arriba y me vio: ¿Quién ha traído a este hombre hasta aquí, quien ha traído a este tipo por aquí? Nadie me trajo noticia de que estaba ya en la tumba; tampoco dijeron nada los de la meditación, y tampoco me dio aviso la diosa Ereskigal, ni Nantar, su consejero ........................ el diluvio
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¡Yo he compartido contigo tantas privaciones, tantas! Acuérdate de mí, amigo, y no eches en olvido todo lo que hice por ti.
Tuvo una visión mi amigo que no va a haber otra igual.
El día que tuvo el sueño le abandonaron las fuerzas; enfermo estaba Enkido; acostado estuvo un día, y un segundo día, Enkido estuvo acostado, en cama, y su enfermedad crecía; un tercer y un cuarto día su enfermedad fue a peor; al quinto y al sexto día, al séptimo y al octavo, también al día noveno, y al décimo empeoró la enfermedad de Enkido.
Y al undécimo día, al duodécimo también, todo seguía lo mismo. Enkido estaba acostado, no se podía mover. Luego llamó a Gilgamés y le dijo a su amigo: me ha abandonado mi dios, mi amigo, me ha abandonado. No moriré como aquel que cae en la batalla; tuve miedo en el combate y ahora muero sin fama.
El que cae en la batalla, mi amigo, se forja un nombre; pero yo ya no caeré en el campo de batalla, y no me forjaré un nombre
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(1) En el texto original se dice, erróneamente, "tuya", en lugar de "mía". (2) Tablilla antigua de Hutusa, en lengua hitita. (3) E-Babara (Ebabbara), la casa reluciente, era el templo del dios Sol (Samas) en Larsa. (4) Irkala era la estancia de los muertos (de sus sombras o espíritus) en el Submundo o Infierno, que se encontraba debajo de la tierra. (5) Etana fue un rey de la ciudad de Kis. ...................................................................
Cuando empezó a clarear, comenzaba Gilgamés a llorarle a su amigo.
Oh Enkido, oh Enkido, fue la gacela, tu madre, tu padre, el asno salvaje, los que cuidaron de ti; y fuiste amamantado con la leche de la onagra; fue la manada salvaje la que te enseñó los pastos.
Que te lloren, oh Enkido, los caminos que conducen al gran monte de los cedros; que te lloren día y noche y que no cesen jamás.
Que lleve luto por ti el Consejo de Mayores de la ciudad de Uruk -El Redil-; que lleve luto por ti la gente que nos bendijo.
Que lleven luto por ti las cumbres de las montañas y las pequeñas colinas, y también las aguas claras que tienen su fuente allí; que lleve luto por ti, como madre, la pradera; que lleven luto por ti los matorrales y arbustos, los cipreses y los cedros a través de los que, a oscuras, nos abríamos camino.
Que te guarden luto el oso, las hienas y los leopardos, los chacales y los ciervos, los toros y los leones, los corzos y los carneros, y todos los animales; que lleve luto por ti el sagrado río Ulaya cuyas riberas pisamos en la flor de nuestras vidas.
Que guarde luto por ti el limpio río Eúfrates con cuyas aguas hicimos ofrendas de nuestras odres; que lleven luto por ti los jóvenes de Uruk -El Redil-, testigos de nuestra lucha con el gran toro del cielo; que lleve luto por ti el labrador en el surco cuando, al pronunciar tu nombre, rompa a cantar ¡Aleluya!, el canto de las cosechas.
Que guarde luto por ti, en la explanada de Uruk, la escuela de los escribas que tu nombre ensalzó; que guarde luto el pastor, cuya leche y mantequilla tan dulce era a tu boca; que lleve luto por ti el zagal de los pastores, que vigilaba sus sueños, el que te traía siempre el requesón a tus labios.
Que lleve luto por ti el hacedor de cerveza, aquel que te la traía para calmar tu garganta; que guarde luto Samjat, la muchacha del amor, la que te ungió con aceite de buen olor y fragancia.
Que te guarden luto todos en las casas de las bodas, porque te pusiste al lado de la novia, sabiamente; que guarde luto por ti al completo la familia; que lleven luto por ti los hombres y las mujeres, que dejen crecer su pelo por la espalda, como hermanas.
Yo fui para ti, Enkido, como una madre y un padre. Te lloraré en la pradera donde tenías los pastos.
Oh jóvenes, escuchadme, escuchadme los mayores de Uruk -la de La Explanada-, que voy a llorar a Enkido, y a hacer lamentaciones como hacen las plañideras.
Un viento de mil demonios se levantó y me quitó el hacha de mi costado, en la que confió mi brazo, el puñal de mi cintura, el escudo de mi cara, el vestido de las fiestas, y mi túnica mejor.
Amigo mío, amigo, impetuoso onagro, asno de las tierras altas, leopardo de las estepas. Amigo mío, Enkido, impetuoso onagro, asno de las altas tierras, leopardo de las estepas. Juntos subimos los montes, apresamos y logramos matar al toro del cielo; Juntos matamos, también, a Jumbaba, el que vivía en el monte de los cedros.
¿Qué es este sueño que tienes? Has perdido la consciencia y ya no me escuchas más.
Mas él no movió los ojos.
Él tentó su corazón, pero ya no le latía. Tapó la cara a su amigo, como se hace con las novias.
Como águila saltó, revolaba sobre él; como leona que ha perdido a sus leoncillos queridos, gritó de aquí para allá, gritaba y volvía a gritar. Se revolvió los cabellos, se rasgó las vestiduras y lejos las arrojó, como ropas hechizadas. Cuando empezó a clarear, hizo saber Gilgamés en todo su territorio:
Canteros y batidores del cobre, herreros, plateros, orífices y escultores: quiero que hagáis una estatua a mi amigo Gilgamés. Hacedme una gran estatua, como nadie nunca hizo alguna a un amigo suyo; que los miembros de mi amigo sean de plata reluciente, los ojos de piedra azul, que sea su pecho de oro, y que el resto de su cuerpo de precioso cedro sea.
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Yo te voy a sepultar en una tumba preciosa; yo te voy a sepultar en una tumba de honor, en una tumba que haré con el amor que te tuve. Voy a sentarte a mi izquierda, y los grandes del Submundo te van a besar los pies. Los habitantes de Uruk te van a guardar el luto y por ti sentirán pena. Yo voy a hacer que los ricos te hagan lamentaciones. Ahora que ya no estás, dejaré crecer mi pelo; con una piel de león vagaré en silvestres tierras.
Cuando empezó a clarear, se levantó Gilgamés; se apresuró hacia la casa donde guardaba el tesoro. Mandó romper los precintos, contempló la pedrería: obsidiana, cornalina, lapislázuli, alabastro.
Un vaso de cornalina, artísticamente hecho, con adornos de oro puro, lo apartó para su amigo; un becerrillo de oro, lo apartó para su amigo; un jarrón de plata, y asa de una libra de oro lo apartó para su amigo; un plato de bronce, y asa de una libra de oro lo apartó para su amigo; un plato de una libra de oro lo apartó para su amigo; ............................... .................... entre ellos, engastado con treinta libras de oro; ............... era a ella............. lo apartó para su amigo; .............................. .......................era de gruesa; ..................era ella ............ lo apartó para su amigo; ............................ ............................ ancho; ..................................... lo apartó para su amigo; una cadena de oro y plata para su pecho, con colgante de cristal, lo apartó para su amigo; un anillo de oro fino lo apartó para su amigo; una pulsera de plata la apartó para su amigo; un brazalete de bronce lo apartó para su amigo; tres candelabros de bronce, diez perfumeros de plata, lo apartó para su amigo; un dosel para sus pies lo apartó para su amigo; un baúl con más de ciento treinta libras de marfil, lo apartó para su amigo.
Una cántara de plata con un asa que tenía más de siete libras de oro, lo apartó para su amigo; lanzas de madera hermosa, para su robusto brazo, las sacó para su amigo; buenas pieles de becerro y, de ellas una aljaba con una hombrera adornada con sesenta libras de oro lo apartó para su amigo; para su brazo, un escudo adornado con marfiles, con asa de plata pura, de más de sesenta libras lo apartó para su amigo; ............................ tenía tres codos de largo ....................era de grueso lo apartó para su amigo; ................................... con adornos de oro fino
...................... ...............de cornalina, una vara de metal, y madera de buen boj, con un animal salvaje labrado en su empuñadura, lo apartó para su amigo;
Mató los bueyes cebados y ovejas, los amontonó, y todo para su amigo. Cuando Samas hubo visto todos aquellos tesoros, llevaron toda la carne a los amos del Submundo, y lo mostraron también a la gran reina Istar.
Una lanza hecha de tejo, de reluciente madera, la sacó a la luz de Samas para la gran reina Istar: que quiera la reina Istar aceptar este presente, y que dé la bienvenida a mi amigo, y que acceda a que camine a su lado.
Un arco hecho de olmo y buenas flechas de jara los sacó a la luz de Samas para Namra Sit(1), el dios: que quiera el dios Namra Sit aceptar este presente, y que dé la bienvenida a mi amigo, y que acceda a que camine a su lado. Un frasco de piedra azul, un frasco de cornalina, con bienolientes perfumes, los sacó a la luz de Samas para Ereskigal, la diosa, la señora del Submundo: que quiera Ereskigal, la señora del Submundo, aceptar este presente, y que dé la bienvenida a mi amigo, y que acceda a que camine a su lado. Un flautín de cornalina y una lira de ciprés, los sacó a la luz de Samas para Dumuzi, el pastor, el gran amante de Istar: que quiera el pastor Dumuzi, el gran amante de Istar, aceptar este presente, y que dé la bienvenida a mi amigo, y que acceda a que camine a su lado.
Una silla repujada de lapislázuli y de oro; de lapislázuli un cetro, los sacó a la luz de Samas para Nantar(2), el gran dios, el que administra el Submundo: que quiera Nantar, el dios, el que administra el Submundo, aceptar este presente, y que dé la bienvenida a mi amigo, y que acceda a que camine a su lado.
Un collar con cuentas de oro y piedras de cornalina, lo puso a la luz de Samas para Jusbisa, la dama, la señora del Submundo: que quiera Jusbisa, la señora del Submundo, aceptar este presente, y que dé la bienvenida a mi amigo, y que acceda a que camine a su lado. Mandó hacer un cinturón con una hebilla de plata, y una pulsera de cobre, los sacó a la luz de Samas para Kaso Tabat, sirviente de Ereskigal: que quiera Kaso Tabat, sirviente de Ereskigal, aceptar este presente, y que dé la bienvenida a mi amigo, y que acceda a que camine a su lado. que lleve alegría a mi amigo que mi amigo no esté nunca melancólico ni triste.
Una fuente de alabastro, incrustada en su interior con piedra azul, cornalina, representando una estampa de los montes de los cedros; una jarra de alabastro, de cornalina incrustada, los sacó a la luz de Samas para Ninsulujatuma, la que limpia la morada: quiera Ninsulujatuma, la que cuida la morada, aceptar este presente, y que dé la bienvenida a mi amigo, y que acceda a que camine a su lado. que lleve alegría a mi amigo, que mi amigo no esté nunca melancólico ni triste.
Un puñal con doble filo y el mango de piedra azul, representando una estampa del limpio río Eúfrates, lo sacó a la luz de Samas para Bibo, el carnicero: que quiera, que quiera Bibo, carnicero del Submundo, aceptar este presente, y que dé la bienvenida a mi amigo, y que acceda a que camine a su lado.
Un chivo de bronce y oro con el lomo de alabastro, lo sacó a la luz de Samas para Dumuzi Abzo, el chivo expiatorio del Submundo infernal: que quiera Dumuzi Abzo, el chivo expiatorio del Submundo infernal, aceptar este presente, y que dé la bienvenida a mi amigo, y que acceda a que camine a su lado.
Una maza de madera, con remate en piedra azul, con cornalina adornado, lo sacó a la luz de Samas para Nergal, el gran dios, el que gobierna el Submundo: que quiera Nergal, el dios, el que gobierna el Submundo, aceptar este presente, y que dé la bienvenida a mi amigo, y que acceda a que camine a su lado.
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Un de madera de buen cedro lo sacó a la luz de Samas para el gran que quiera el gran aceptar este presente, y que dé la bienvenida a mi amigo, y que acceda a que camine a su lado.
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.......... que nosotros.......... .............sus nombres ......... ............ el juez de todos los dioses ......................
Esto escuchó Gilgamés y, entonces, tuvo la idea de hacer en el río una presa.
Cuando empezó a clarear, abrió Gilgamés su puerta; sacó afuera una gran mesa hecha de árbol de tejo; llenó con miel una fuente de cornalina, y un cuenco de piedra azul, con calostros. Con todo adornó la mesa, lo puso a la luz de Samas.
Y llamó a los sacerdotes de los dioses principales: los consagrados a Anón, los dedicados a Enlil, las grandes sacerdotisas y a las hijas del amor; a todos les encargó las exequias funerales para su amigo Enkido.
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(entierro de Enkido y abandono de la ciudad por Gilgamés) .............................................. (1) Namra-Sit era otro nombre del dios Sin, el dios Luna. (2) Ver nota final H. ..........................................................
Errante en tierras silvestres, sin consuelo, Gilgamés lloraba a su amigo Enkido:
¿Por qué no me muero yo? ¿Es que no soy como Enkido?
Se ha metido en mí la angustia, y el temor ante la muerte hace que vague en la estepa, para encontrar a Ut Napisti, el hijo de Ubar Tutó; tan pronto encuentre la senda, quiero caminar ligero; por la noche cruzaré los pasos de las montañas; cuando vea los leones tendré miedo, como siempre, pero alzaré mi cabeza para rezar al dios Luna; a Sin, linterna del cielo, dirigiré mi plegaria:
Dame protección, oh Luna, que estoy en este peligro.
Aquella noche durmió, pero despertó del sueño con una gran pesadilla: junto a un cilanco, las bestias se alegraban de vivir; él echó mano a su hacha que llevaba en el costado, y desenvainó el puñal. Como una flecha se echó entremedias de las fieras, y se fue a por los leones; a unos muerte les dio, y a otros los espantó.
Luego............ arrojó................ trazó.......... El nombre de uno era........ El nombre del otro era........ Levantando su cabeza le rezó al dios de la Luna; a Sin, linterna del cielo, dirigió sus oraciones
Él se vistió con sus pieles, se alimentó con su carne; pozos cavó Gilgamés donde nunca hubo pozos, sació su sed con sus aguas, mientras corría tras los vientos, mientras perseguía los vientos(1). Samas, con preocupación, se inclinó, miró hacia abajo y le habló a Gilgamés: oh Gilgamés, ¿dónde vas? La vida que estás buscando no la encontrarás jamás.
Por mucho que esté corriendo y vagando por la estepa, tiempo habrá de descansar cuando llegue al Submundo. Allí tendré que estar quieto y dormiré para siempre. Deja que mis ojos vean, y que se harten de luz. Sin fin es la oscuridad, en él hay muy poca luz. ¿Cuándo volverán los muertos a ver los rayos del Sol?(2) ........................
El nombre del monte es Masu.
Llegó a la montaña Masu, a la montaña gemela, la que guarda la salida de donde, día tras día, se eleva el brillante Sol, en cuyas cimas se apoya la bóveda celestial, y cuyas laderas se hunden en el Submundo infernal.
Su puerta está custodiada por dos hombres-escorpión; sólo mirar, da terror, su vista es mortal veneno y su brillo es espantoso; ellos cubren con sus rayos toda la montaña Masu; ellos hacen guardia al Sol, cuando sale y en su ocaso.
Gilgamés los vio y tapó, de miedo y horror, su rostro; poco a poco se repuso y se fue hacia donde estaban. El hombre-escorpión, varón, le gritó a su mujer: aquel que viene a nosotros tiene la carne de dioses. El hombre-escorpión, mujer, respondió a su marido: no, sólo dos partes de él son carne de dioses, y una de él es carne de hombres. El hombre-escorpión, varón, lo llamó, y estas palabras le dirigió a Gilgamés, al rey con carne de dioses:
¿Cómo has venido hasta aquí, y has hecho este largo viaje? ¿Cómo has llegado hasta aquí, y estás delante de mí? ¿Cómo has cruzado los mares, difíciles de cruzar? Cuéntame cómo has venido; quiero saber de tu viaje, de qué lugar has partido, qué dirección has seguido, y cómo te has mantenido; quiero saber de tu viaje
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Si he hecho un viaje tan largo ha sido para encontrar a un antepasado mío, a Ut Napisti, el que asistía a la asamblea de los dioses y encontró la vida eterna; que quiero que me desvele el secreto de la vida, el secreto de la muerte.
El hombre-escorpión varón para hablar abrió la boca y le dijo a Gilgamés: Nunca antes, Gilgamés, hubo alguien como tú; nunca nadie hizo antes la senda de las montañas. Nunca nadie anduvo antes la senda oculta del monte. Doce horas hay que andar a través de su interior; la oscuridad es muy densa, no hay allí ninguna luz. Por donde se asoma el Sol, todo es luminosidad, por donde se pone el Sol todo es oscuridad, Por donde se asoma el Sol, .......................... lo llevan ........... afuera .......................... y tú, ¿cómo quieres tú emprender ese camino? Y tú, quieres, de verdad, en .........
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llevados por la tristeza ................................ la escarcha y el calor me requemaron la cara. Aunque ya estoy agotado y mis fuerzas ya flaquean, quiero llegar, todavía, hasta el fin de mi camino.
El hombre-escorpión varón para hablar abrió la boca y le dijo a Gilgamés, al rey de carne de dioses: puedes marchar, Gilgamés. Quieran las montañas Masu permitirte que las cruces. Que hagan guardia en tu camino las montañas y las lomas, que te ayuden a seguir, con seguridad, tu viaje. Que las puertas de los montes quieran abrirse ante ti
Gilgamés escuchó atento. Lo que habló el hombre-escorpión lo guardó dentro de sí; tomó la senda de Samas, y se metió en la montaña. Cuando había andado una hora, lento era su caminar, la oscuridad era densa, no había ninguna luz; Samas no le permitía poder mirar hacia atrás.
Cuando llevaba dos horas, lento era su caminar, la oscuridad era densa, no había ninguna luz; no le estaba permitido poder mirar hacia atrás.
Cuando pasaron tres horas lento era su caminar, la oscuridad era densa, no había ninguna luz; no le estaba permitido poder mirar hacia atrás.
Después de las cuatro horas, lento era su caminar, la oscuridad era densa, no había ninguna luz; no le estaba permitido poder mirar hacia atrás.
y después de cinco horas, lento era su caminar, la oscuridad era densa, no había ninguna luz; no le estaba permitido para mirar hacia atrás.
Cuando había andado seis horas, lento era su caminar, la oscuridad era densa, no había ninguna luz; no le estaba permitido poder mirar hacia atrás.
Después de andar siete horas, lento era su caminar, la oscuridad era densa, no había ninguna luz; no le estaba permitido poder mirar hacia atrás.
Cuando llevaba ocho horas comenzó a andar más deprisa; la oscuridad era densa, no había ninguna luz; no le estaba permitido poder mirar hacia atrás.
Después de andar nueve horas notó el viento del norte, que le venía de frente y le daba en las mejillas; la oscuridad era densa, no había ninguna luz; no le estaba permitido poder mirar hacia atrás.
A las diez horas de andar cerca estaba la salida. Cuando llevaba once horas, solo faltaba una hora.
Después de las doce horas, Gilgamés llegó a la puerta, por delante del dios Samas. Salió a fuera y todo allí era luminosidad.
Una vez que vio su rostro, se fue al jardín de los dioses: árboles de cornalina, del que pendían las frutas; colgaban como en racimos, era una preciosa vista.
De lapislázuli el árbol, lucía en todas sus ramas, estaba lleno de frutas, era su vista un placer.
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Había altos cipreses de piedra, como peñascos; cedros hermosos había, con las hojas de alabastro; había muchas palmeras, con hojas del paraíso(3).
Corales de mar había, todos eran de rubíes; y pendían hematites como alcaparras allí. En vez de frutas del pan y bolas blancas de chopo, ágatas y olivino, de los árboles pendían; y piedras que caen del cielo embellecían las plantas del jardín, y en abundancia; abundoso era allí el verde de las turquesas.
Entre fuentes de agua clara, para regar tanta abundancia, los árboles de los dioses se extendían desde el mar hasta las altas montañas.
Gilgamés iba y venía por aquel jardín hermoso. Ella levantó la vista y lo estuvo observando. .......................................................... (1) Estos "vientos" son espejismos del desierto. (2) Tablilla paleobabilónica de Sipar. (3) en el original "Dilmun", el Paraíso, la isla de la felicidad, en la tradición sumeria. .................................................................
Siduri, una tabernera que vivía allí abajo, en la soledad del mar; vivía en una taberna, de la mar, en la ribera. Allí había repisas para colocar las jarras y las vasijas de oro; en la cabeza llevaba un pañuelo y una toca.
Gilgamés se iba acercando despacio a donde ella estaba. Sin embargo, aunque tenía algo de carne de dioses, la angustia había anidado dentro de su corazón. Tenía la cara de alguien que viene de recorrer un camino muy lejano.
Al verlo, la tabernera musitaba en su interior las palabras que ahora siguen, hablaba consigo misma, quien podría ser aquel: éste es, seguramente, un hombre que se dedica a cazar toros salvajes; pero, ¿de donde vendrá y por qué viene hacia mí? Cuando lo hubo observado despacio, atrancó la puerta; cuando la tuvo cerrada se subió a la azotea.
Gilgamés, que había escuchado el ruido que había hecho, levantó un poco el mentón y se volvió a donde estaba. Y Gilgamés le habló, le dijo a la tabernera: Tabernera, ¡has cerrado!, ¿por qué atrancaste la puerta cuando me viste de lejos? Has atrancado la puerta y te has subido arriba. Desatrancaré la puerta y la tranca romperé. Luego, habló la tabernera, le dijo a Gilgamés: tuve miedo de un extraño, por eso atranqué la puerta; porque no sabía quien eras, me subí a la terraza; ahora que te veo, quiero saber todo de tu viaje.
Gilgamés le replicó, a ella, a la tabernera: mi amigo Enkido y yo somos aquellos que, juntos, subimos a las montañas, atrapamos y matamos, los dos, al toro del cielo, destrozamos a Jumbaba, el que tenía su escondite en el Monte de los Cedros; juntos matamos leones en los puertos de montaña.
Entonces, la tabernera le dijo a Gilgamés: si vosotros sois aquellos que mataron al guardián, abatieron a Jumbaba en el Monte de los Cedros, los que mataron leones en los puertos de montaña, atraparon y mataron al mismo toro del cielo, ¿por qué es por lo que tienes las mejillas tan hundidas, tienes cansado el semblante, el timbre de voz tan débil, el rostro tan demacrado? ¿Por qué la preocupación se ha metido en tus entrañas, tienes la cara de aquel que vuelve de un largo viaje? ¿Por qué la escarcha, el calor, han requemado tu rostro, vas errante por los cerros con una piel de león?
¿Y cómo no iba a tener las mejillas tan hundidas, el semblante tan cansado, débil el timbre de voz, el rostro tan demacrado? ¿Por qué la preocupación no se iba a deslizar dentro de mi corazón, y no iba a tener mi rostro como la del caminante que vuelve de un largo viaje? ¿Por qué la escarcha, el calor, no iban a quemar mi rostro, no iba a vagar por los cerros con una piel de león?
¡Mi amigo, mi gran amigo, un onagro impetuoso, un asno del altiplano, un leopardo de la estepa! ¡Enkido, mi amigo Enkido, un onagro impetuoso, un asno del altiplano, un leopardo de la estepa! Mi amigo, al que tanto quise, el que conmigo sufrió en el claro y la espesura. Enkido, al que tanto quise, el que conmigo sufrió en la espesura y el claro. A él lo alcanzó el destino de las personas mortales. Seis días lloré por él, y durante siete noches; permití que lo enterraran sólo cuando vi un gusano caerle de la nariz.
Entonces me entró la angustia, tuve miedo, porque yo también tenía que morir; Comencé a sentir, entonces, el temor ante la muerte y a vagar por las estepas. Lo que le pasó a mi amigo algo muy pesado fue para poder soportarlo; desde entonces, un camino largo tengo tras de mí por las montañas silvestres; Lo que a Enkido le pasó algo muy pesado fue para poder soportarlo; desde entonces, un camino largo tengo tres de mí por las silvestres estepas.
¿Cómo podía callar? ¿Cómo iba a estar tranquilo? Mi amigo, al que tanto quise se había vuelto barro. Enkido, al que tento quise se había vuelto barro. ¿No me va a pasar a mí lo mismo, no voy a estar postrado y ya nunca más voy a poder levantarme, en toda la eternidad?
Gilgamés le habló de nuevo, le dijo a la tabernera: dime, ahora, tabernera ¿dónde encontraré el camino que me lleve a Ut Napisti? ¿De qué lugar partiré? Muéstrame en qué dirección me tendré que mantener. Si es posible para el hombre, cruzaré los océanos, si no, seguiré vagando por la estepa, como antes.
Entonces, la tabernera respondió a Gilgamés: oh Gilgamés, nunca hubo un camino hasta allí; desde los remotos tiempos no hubo quien consiguiera cruzar el ancho océano. Sólo Samas, el heroico, puede cruzar océanos. La travesía es peligrosa, está llena de peligros y, a la mitad del camino, está el Agua de la Muerte que impide seguir el viaje. Y aunque pudieras lograr cruzar el mar, Gilgamés, ¿qué piensas que vas a hacer cuando consigas llegar a las Aguas de la Muerte?
Allí está Ur Sanabi, el barquero de Ut Napisti, Los de Piedra están con él mientras él, dentro del monte, pelando pinos está.
Vete a él, que vea tu rostro. Si es posible a los humanos, entonces, viaja con él, y si no es posible, vuelve, y regresa a tu lugar.
Cuando esto oyó Gilgamés, cogió el hacha y se sacó el puñal de su cintura, se deslizó y se lanzó sobre los Seres de Piedra; sin parar daba sablazos, como una flecha, entre ellos, y el eco de su alarido dentro del monte se oyó.
Ur Sanabi vio brillar la hoja de su puñal, y hacia él se dirigió, llevando el hacha en la mano; sin embargo, Gilgamés se revolvió y le asestó fuerte golpe en la cabeza, luego, lo agarró del brazo, lo sujetó fuertemente.
Y el miedo se apoderó de aquellos Seres de Piedra al servicio de la barca, sin los que el Agua de Muerte no se puede atravesar. Él los hizo mil añicos, los echó al fondo del mar; en el agua se quedaron, en el agua en que se hundieron. Él los hizo mil añicos en el ardor de su ira, y los echó a la corriente. Luego, contempló la barca que se encontraba en la orilla, y se fue a ver al barquero.
Volvió y se inclinó ante él y ,observándolo Ur Sanabi, le miraba a él a los ojos; luego le habló Ur Sanabi, le dijo a Gilgamés: ¿por qué nombre te conocen?, Ur Sanabi soy yo, de Ut Napisti, el lejano.
Gilgamés le contestó, le dijo a Ur Sanabi: yo me llamo Gilgamés, vengo de Uruk, la ciudad donde el dios Anón reside; he esquivado las montañas por una senda escondida, por la que sale el dios Sol.(1)
Luego le habló Ur Sanabi, le dijo a Gilgamés: ¿Por qué tienes, Gilgamés, las mejillas tan hundidas, el semblante tan cansado, el timbre de voz tan débil, el rostro tan demacrado? ¿Por qué las preocupaciones se han metido en tus entrañas, tienes la cara de aquel que vuelve de un largo viaje? ¿Por qué la escarcha, el calor, han requemado tu rostro, vas errante por los cerros con las pieles del león?
Gilgamés dijo a Ur Sanabi: ¿Y cómo no iba a tener las mejillas tan hundidas, el semblante tan cansado, débil el timbre de voz, el rostro tan demacrado? ¿Por qué la preocupación no se iba a deslizar, dentro de mi corazón, y no iba a tener el rostro como el del caminante que vuelve de un largo viaje? ¿Por qué la escarcha, el calor, no iban a quemar mi rostro, no iba a vagar por los cerros con las pieles de león?
¡Mi amigo, mi gran amigo, un onagro impetuoso, un asno del altiplano, un leopardo de la estepa! ¡Enkido, mi amigo Enkido, un onagro impetuoso, un asno del altiplano, un leopardo de la estepa! Mi amigo, al que tanto quise, el que padeció conmigo en el claro y la espesura. Enkido, al que tanto quise, el que padeció conmigo en la espesura y el claro. A él lo alcanzó el destino de las personas mortales. Seis días lloré por él, y durante siete noches; no dejé que lo enterraran hasta que cayó un gusano del hueco de su nariz.
Entonces me entró la angustia, tuve miedo, porque yo también tenía que morir; empecé a sentir entonces el temor ante la muerte, y a vagar por las estepas. Lo que le pasó a mi amigo pesó mucho sobre mí para poder soportarlo; desde entonces, un camino largo tengo tras de mí por las montañas silvestres; Lo que a Enkido le pasó pesó mucho sobre mí para poder soportarlo; desde entonces, un camino largo tengo tres de mí por las silvestres estepas.
¿Cómo podía callar? ¿Cómo iba a estar tranquilo? Mi amigo, al que tanto quise, se había vuelto barro. Enkido, al que quise tanto se había vuelto barro ¿No me va a pasar a mí lo mismo, no voy a estar postrado y ya nunca más voy a poder levantarme, en toda la eternidad?
Gilgamés le habló de nuevo, a Ur Sanabi le dijo: dime, ahora, Ur Sanabi ¿dónde encontraré el camino que me lleve a Ut Napisti? ¿De qué lugar partiré? Muéstrame en qué dirección me tendré que mantener. Si es posible para el hombre, cruzaré los océanos, si no, seguiré vagando por la estepa, como antes.
Allí le habló Ur Sanabi, le respondió a Gilgamés: oh Gilgamés, Gilgamés, han sido tus propias manos las que han hecho imposible seguir con la travesía. Destrozaste a Los de Piedra, al río los arrojaste. Los de Piedra están deshechos, sin pelar están los pinos. Coge, Gilgamés, el hacha, vete para abajo, al monte, y corta trescientas latas, de treinta metros de largas; quítale las ramas, hazles, en sus puntas, un tetón y tráelas ante mí.
Gilgamés escuchó atento las palabras que él le dijo; cogió con su mano el hacha, sacó el puñal de su cinto y se dirigió hacia abajo, al monte, y de treinta metros trescientas latas cortó; les quitó todas las ramas, les hizo un abultamiento en la punta y las llevó ante Ur Sanabi, el barquero.
Gilgamés y Ur Sanabi se subieron a la barca; se sentaron, maniobraron.
En tres días avanzaron tanto como se recorre navegando mes y medio; llegó, entonces, Ur Sanabi a las Aguas de la Muerte. Y Ur Sanabi le habló, le dijo a Gilgamés: ¡Hazte a ello, Gilgamés! Coge la primera lata. Ten cuidado, que no toque tu mano el Agua de Muerte, que si no, se secará. Toma la segunda lata, la tercera, Gilgamés. Toma la cuarta y la quinta, y la sexta, Gilgamés. Una séptima, la octava, la novena, Gilgamés. Coge la décima lata la undécima, Gilgamés, la duodécima, también. Después de las treinta leguas Gilgamés había gastado todas las latas que había. Ur Sanabi se quitó sus ropas, y Gilgamés la piel que llevaba puesta; extendió, luego, sus brazos y en ellos colgó la ropa, para que hiciera de vela.
Ut Napisti, desde lejos, observaba a Gilgamés y, hablando consigo mismo, se preguntaba, estrañado, que significaba aquello. ¿Por qué fueron destruidos todos los Seres de Piedra, viene de guía en la barca uno que no es su barquero? El que allí viene no es ninguno de mis sirvientes, pero el que va a su derecha sí parece Ur Sanabi. Aunque mire fijamente, no puedo reconocerlo; sí, aunque me fije mucho, reconocerlo no puedo;
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No es ninguno de los hombres que tengo yo a mi servicio; el ................... ...........3 líneas faltan .............
Gilgamés se iba acercando a donde dejar la barca.
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En un sitio resguardado pararon y se bajaron; se acercaron a Ut Napisti, el hijo de Ubar Tutó, el que después del diluvio se vino a vivir aquí, por mandato de los dioses .................................
Y Ut Napisti le habló, le dijo a Gilgamés: ¿Por qué tienes, Gilgamés, las mejillas tan hundidas, el semblante tan cansado, el timbre de voz tan débil, el rostro tan demacrado? ¿Por qué la preocupación se ha metido en tus entrañas, tienes la cara de aquel que vuelve de un largo viaje? ¿Por qué la escarcha, el calor, han requemado tu rostro, vas errante por los cerros con una piel de león?
Habló, entonces, Gilgamés, y le dijo a Ut Napisti: ¿Y cómo no iba a tener las mejillas tan hundidas, el semblante tan cansado, débil el timbre de voz, el rostro tan demacrado? ¿Por qué la preocupación no se iba a deslizar dentro de mi corazón, no iba yo a tener el rostro como el del caminante que vuelve de un largo viaje? ¿Por qué la escarcha, el calor, no iban a quemar mi rostro, no iba a vagar por los cerros con una piel de león?
¡Mi amigo, mi gran amigo, un onagro impetuoso, un asno del altiplano, un leopardo de la estepa! ¡Enkido, mi amigo Enkido, un onagro impetuoso, un asno del altiplano, un leopardo de la estepa! Mi amigo, al que tanto quise, el que me acompañaba en el claro y la espesura. Enkido, al que tanto quise, el que padeció conmigo en la espesura y el claro. A él lo alcanzó el destino de las personas mortales.
Seis días lloré por él, y durante siete noches; no dejé que lo enterraran hasta que cayó un gusano del hueco de su nariz. Entonces me entró la angustia, tuve miedo, porque yo también tenía que morir; empecé a sentir, entonces, el pavor ante la muerte y a vagar por las estepas. Lo que le pasó a mi amigo pesó mucho sobre mí para poder soportarlo; desde entonces, un camino largo tengo tras de mí por las montañas silvestres; Lo que a Enkido le pasó pesó mucho sobre mí para poder soportarlo; desde entonces, un camino largo tengo tres de mí por las silvestres estepas.
¿Cómo podía callar? ¿Cómo iba a estar tranquilo? Mi amigo, al que tanto quise se había vuelto barro. Enkido, al que tnto quise se había vuelto barro. ¿No me va a pasar a mí lo mismo, no voy a estar postrado y ya nunca más voy a poder levantarme, en toda la eternidad?
De nuevo habló Gilgamés, y le dijo a Ut Napisti: me pensé: voy a buscar a Ut Napisti, el lejano, del que todo el mundo habla. Recorrí, en mi caminar, países de muchos amos, y muchas veces crucé montañas que daban miedo. Muchas veces navegué los mares, y retorné.
De dormir plácidamente engordó poco mi cara; yo mismo me flagelé en tanto que me negaba el sueño reparador; mis músculos se agotaron, ¿ y qué es lo que conseguí con tanto padecimiento? Antes de ver a Siduri ya estaba mi ropa rota, maté osos, hienas, leones, chacales y leopardos, corzos y fieras salvajes y animales de la estepa; tuve que comer su carne y vestirme con sus pieles.
Ahora espero que la puerta de los pesares se cierre para siempre, tras de mí. Ciérrame con pez la puerta, ciérrala con alquitrán. Mi sino no me dejó ocasión para reír, antes bien, me hizo triste, infeliz, como ahora soy.
Y Ut Napisti le habló, le dijo a Gilgamés: ¿Por qué llevas, Gilgamés, tan lejos tus aflicciones? Tú, que estás hecho de carne de los dioses y los hombres; tú, al que los dioses tratan como a tu padre y tu madre; ¿por qué, Gilgamés, comparas tu suerte con la del loco?
A ti te han puesto los dioses un asiento en su asamblea y te han dicho: ¡Siéntate! Los locos sólo reciben las migas de lo que sobra, en lugar de mantequilla; come granzas y salvado, en lugar de buena harina; se cubre sólo de harapos, en vez de ropajes bellos, y en lugar de faja hermosa, lleva anudado un cordel.
Él no tiene consejero que, con tesón, lo defienda; le falta, en todas las cosas que emprende, el conocimiento. Y, aun así, no es infeliz, pues no se preocupa tanto. Piensa en él, oh Gilgamés, ................................... quien es su señor ........... .......................................... también del dios Luna, Sin, de los dioses de la noche; de noche viaja la luna, nos ilumina el camino; los dioses están despiertos siempre hacen la vigilia, siempre en vela, sin dormir; El destino de los hombres desde siempre está fijado que ................................ ahora piensa en el camino que tienes que recorrer tu protección ................ .................................... Cuando ya no haya nadie que cuide, oh Gilgamés, de los templos de los dioses, de los templos de las diosas ......... ........................................... Ella ................................ los dioses .......................... porque ..................................... él hizo ............................ ......................... como regalo ................... él ................... ......................... las ........... ................... arrojaran al suelo.
Ellos sorprendieron, sí, a Enkido con su destino, pero tú te has esforzado ¿y qué has podido alcanzar? Has agotado tus fuerzas con trabajos incesantes, tus brazos están cansados de tantos padecimientos, y de esa manera vas, más deprisa cada vez, hasta el final de tus días.
El hombre será segado cual caña en cañaveral, sin que importe quien es él. Lo mismo si es joven guapo, o es hermosa muchacha, la muerte los arrebata pronto, en la flor de sus años.
Nadie ve nunca la muerte, nadie ve jamás su rostro, nadie percibe su voz, nadie ve la muerte gris, segadora de los hombres. A pesar de ello, los hombres seguimos fundando hogares; a pesar de ello, seguimos obligaciones cumpliendo, a pesar de ello, los hermanos siguen partiendo su herencia, y a pesar de todo, siguen surgiendo desavenencias en todos los territorios. Y el río sigue creciendo y nos va inundando a todos como a la cachipolla(2), que vuela sobre las aguas y, cuando la tarde cae, de repente, allí no hay nada.
Los que duermen y los muertos ¡cuanto, entre sí, se parecen! y, aun así, ninguno puede, con atino, reflejar una imagen de la muerte. Todavía ningún muerto ha podido devolver un saludo a los que viven. Los Anunaki, los grandes dioses, tuvieron reunión. Mamita, la que da el sino a cada uno de los hombres, fijó con ellos la suerte de toda la humanidad: nos concedieron la vida, nos cargaron con la muerte, pero el día de la muerte a nadie lo revelaron. ......................................................
(1) Tabl. paleobabilónica de Sipar (Meissner/Millard). (2) En entomología se conoce el insecto citado, como "efímera" o "cachipolla", cuyo nombre científico es ephemera vulgata.
Si te observo, Ut Napisti, nada raro veo en tu rostro, lo mismo que yo eres tú, nada hay de extraordinario, tú eres igual que yo. Yo venía predispuesto a retarte, a pelear, pero ante ti estoy ahora y algo raro me retiene.
¿Cómo hiciste para entrar a la reunión de los dioses? ¿Qué hiciste para buscar y encontrar la vida eterna?
Y Ut Napisti le habló, le dijo a Gilgamés: yo te voy a desvelar, Gilgamés, un gran misterio; yo te voy a confiar un secreto de los dioses.
Surupak es la ciudad que tú conoces muy bien; está asentada en la orilla del Eúfrates, el gran río; era ciudad muy antigua, frecuentada por los dioses, hasta que a los grandes dioses se les ocurrió la idea de mandarnos el diluvio.
Anón, el padre de todos, proclamó su juramento, y también su consejero, el heroico Enlil, Ninurta, su camarero, y también el dios Enugi, el inspector de canales. También el sagaz dios Ea se juramentó con ellos; pero él dijo su juramento a mi cercado de cañas:
Oye, chamizo de cañas, oye, la pared de adobes. Escúchame bien, cercado, pon atención, tú, pared. Mira, hombre de Surupak, hijo de Ubar Tutó, derriba tu casa y, luego, ponte a construir un arca. Abandona las riquezas y piensa en sobrevivir; olvida tus propiedades tu vida has de salvar. Lleva contigo semillas de todos y cada uno de los seres vivientes.
El arca que construirás que sea igual en sus lados, que su ancho y que su largo tengan la medida igual. Que tenga también un techo, como lo tiene el Abismo(1).
Yo lo comprendí, y le dije al dios Ea, mi señor: yo obedeceré, señor, el mandato que me has dado. Lo entendí y lo cumpliré, pero ¿qué voy a decir a la ciudad, al guerrero, al Consejo de Mayores?
Y Ea me contestó, así le dijo a su siervo: Hombre bueno, les dirás las palabras que te digo: he comprendido que el dios Enlil me odia, por ello no puedo seguir viviendo en esta vuestra ciudad; ya no quiero poner más mis pies en tierra de Enlil. Tengo que irme al océano del Abismo, para estar con mi señor, el dios Ea.
A vosotros, sin embargo, os enviará la lluvia de la mayor abundancia: él os colmará con aves, con peces en cantidad, con una cosecha grande.
Amasará, a la mañana, los cielos, y lloverá panecillos y cerveza; granizará, por la tarde, montones de trigo blanco.
Cuando empezó a clarear, se reunió la muchedumbre en la puerta de Atram Jasis. Trajo el hacha el carpintero; vinieron los trenzadores de las labores de caña portando mazas de piedra; se pusieron los obreros a la tarea, también, y las familias tejían las cuerdas y las maromas; los ricos traían la pez, los pobres iban trayendo el aparejo hasta mí.
Al quinto día de trabajo ya tenía listo el casco y su cubierta tenía tres mil y seiscientas varas; y tenían sus costados, al menos, diez varas de alto. Las medidas del tejado eran, también, de diez varas en cada una de sus alas. Luego empecé con el cuerpo de la barca, y lo tracé:
Ordené poner seis puentes y, con ello conseguí, tener siete plataformas; luego dividí las plantas, a su vez, en nueve partes; hendí, en el centro, la espiga para el corte de las aguas, y, más tarde, me ocupé de los remos y aparejos.
Eché sesenta barriles, en el horno, de alquitrán y, así, obtuve sesenta barriles de brea líquida, sesenta, de añadidura, trajeron los porteadores, y, eso, sin contar los veinte que puse yo para ofrendas, y los sesenta barriles que el constructor principal dejó, aparte, para sí. Yo, cada día, mataba bueyes para mis obreros y, cada día, degollaba para ellos mis ovejas. Daba a mis trabajadores cerveza, vino y aceite y corría la cerveza, como si manara un río. Era, en verdad, una fiesta como en días de Año Nuevo.
Después, al séptimo día, desde que Samas salió me puse a trabajar, y, antes de que se ocultara, ya tenía lista el arca.
La botadura del arca se presentaba difícil. Desde atrás hacia delante, le empujamos con maderos sobre el rail preparado, hasta que se metió el arca, en el agua, en sus dos tercios.
Lo que me pertenecía, lo hice subir a bordo; todo el oro que tenía, lo hice subir a bordo; la plata que yo tenía, la hice subir a bordo; los animales vivientes que eran de mi pertenencia, los hice subir a bordo; y mandé subir a bordo a mi familia, a mis siervos, así como a los animales domésticos y salvajes, y oficial de cada oficio.
Ya era el tiempo llegado que Samas determinó:
Amasará, a la mañana, los cielos, y lloverá panecillos y cerveza; granizará, por la tarde, montones de trigo blanco. Ve, entonces, súbete al arca, y sella bien su compuerta. Y ese momento llegó:
Amasará, a la mañana, los cielos, y lloverá panecillos y cerveza; granizará, por la tarde, a montones, trigo blanco.
Yo miré hacia arriba, al cielo, para ver que tiempo hacía. El tiempo arriba, en el cielo, nada bueno presagiaba. Al arca subí y sellé, desde dentro, la compuerta. Al calafate del arca, a Pazur Enlil, le di mi palacio y sus enseres.
Cuando empezó a clarear, se elevó en el horizonte una oscura, negra, nube; bramando allí estaba Adad, el dios del trueno y la lluvia. Los dioses Sulat y Janos(2) iban por delante de él, y le llevaban el trono sobre montes y llanuras. Arrancó Erragal(3) los postes de las compuertas del cielo y, en su caminar, Ninurta, por los elevados cielos, iba reventando presas; los grandes dioses blandían las encendidas antorchas, con sus rayos cegadores prendían fuego a la tierra.
Se abrió el silencio de muerte del señor de las tormentas y, en donde había claridad, todo se volvió tinieblas. Él recorrió el territorio como un toro sin freno, lo hizo saltar en pedazos, como puchero de barro. Durante un día completo arrasaron el país los vientos huracanados; se paraban y volvían, de nuevo, a desencadenarse, y, entonces, llegó el Diluvio:
Sobre los hombres cayó como guerra la hecatombe. Nadie podía ver al otro; apenas podían verse, desde lo alto, las personas dentro de aquella marea. Y los dioses empezaron a tener miedo al Diluvio; emprendieron la huida y subieron hasta Anón, al cielo más elevado, y allí se agazaparon como en la calle los perros.
La diosa empezó a gritar, como la mujer que está en los dolores del parto. Con su hermosa voz, Arura, se quejaba a voz en grito:
Ay, si no hubiera existido el día en que pronuncié, el maldito juramento. ¿Cómo pude pronunciar, en la reunión de los dioses, el maldito juramento y declarar una guerra a mi gente innumerable? Yo soy la que los parió, los hombres me pertenecen; ahora flotan en el mar, como pececillos muertos.
Lloraban, también, con ella los Anunaki; rebosantes de lágrimas, sollozaban con los labios temblorosos, secos de sed y de fiebre. Durante las siete noches y los seis días cayeron torrentes; aullaba el viento y bramaba la tormenta; y el Diluvio arrasó la vasta faz de la tierra.
Cuando abrió el séptimo día pararon los fuertes vientos y el Diluvio remitió. Se tranquilizó el océano, que se movía, de aquí para allá, como mujer en los dolores del parto. La tormenta se calló y el Diluvio terminó.
Miré el tiempo, miré al cielo, miré a ver que tiempo hacía; el cielo estaba tranquilo, en paz estaban los cielos, mas toda la humanidad se había vuelto barro. Por doquier había agua; estaba todo allanado como el techo de una casa. Después abrí la compuerta y me dio un rayo de sol en las mejillas, caliente.
Yo me arrodillé y lloraba; por mis mejillas corrían las lágrimas en regueros.
Busqué por todos los lados el horizonte lejano, la orilla del océano; podía verse una isla a media legua de allí. Era Nimús(4), la montaña donde se detuvo el arca; en la montaña Nimús quedó varada mi arca, y no la dejó seguir.
Un día, y un segundo, estuvo varada el arca en la montaña Nimús, y no la dejó seguir; un tercero, un cuarto día estuvo el arca varada en la montaña Nimús, y no la dejó seguir; un quinto, un sexto día estuvo el arca varada en la montaña Nimús, ya no la dejó escapar.
Cuando abrió el séptimo día, fui a por una paloma y la paloma solté; voló, pero regresó; no pudo encontrar un sitio donde poderse parar y regresó hasta mí. Tomé una golondrina, y la dejé en libertad; voló, pero regresó; no pudo encontrar un sitio donde poderse parar. Cogí un cuervo, lo solté; voló y vio como el agua ya había descendido; comida encontró, voló, voló y revoloteó, y levantando su cola, hasta mí ya no volvió.
Todo lo que yo llevaba lo esparcí a los cuatro vientos, luego, en la cima del monte una comida de ofrenda preparé para los dioses. En la cumbre de aquel monte encendí incienso, dispuse siete braseros, más siete, y puse en ellos regaliz, madera de cedro y mirtos. Los dioses su aroma olieron, olieron el dulce aroma; como las moscas, los dioses, revolaban sobre el hombre que estaba haciendo la ofrenda.
Allí estaba la divina, la princesa(5), y cuando habló se le movía el collar de moscas de piedra azul, que Anón le había regalado cuando fue su pretendiente.
Oh dioses, que estas cuentas, que penden de mi collar, me recuerden estos días y no los pueda olvidar. Que vengan todos los dioses a este banquete de ofrenda, y que coman; que no venga el dios Enlil, pues él fue, el que les mandó el Diluvio, sin medir las consecuencias y entregó a la humanidad a la perdición mayor.
Entonces, apareció Enlil, vio el arca, y se enfureció, y se apoderó de él la ira contra los dioses. ¡Conque, se ha salvado uno! No debía ningún hombre escapar a la hecatombe.
Abrió Ninurta la boca para hablar y dijo a Enlil: ¿Quien, si no ha sido Ea, puede ser el responsable de que alguien se enterara? Solamente Ea sabe cómo se hacen esas cosas.
Luego abrió la boca Ea para hablar, y dijo a Enlil: Tú que eres el más listo de entre los dioses, ¿por qué les mandaste el Diluvio, sin medir las consecuencias? Tenías que haber castigado al culpable por su culpa, castigado al malhechor por sus malas fechorías. Tensa el cordel de tal modo que no se rompa la vela, y si no quieres que siga ondeando, bájala.
Y en lugar del Diluvio, que tú sólo has provocado, hubiera sido mejor haber soltado leones que hubieran diezmado al hombre; y en lugar del Diluvio, que tú solo has provocado, que hubieran salido lobos que hubieran diezmado al hombre; y en lugar del Diluvio, que tú solo has provocado, que hubiera habido días de hambre en los territorios, que hubieran llevado, así, a la tumba, a muchos hombres; y en lugar del Diluvio, que tú solo has causado, que hubiera aparecido el dios de la peste, Erra, que hubiera llevado, así, a la tumba, a muchos hombres. Yo no fui el que reveló el secreto de los dioses; yo, a Atram Jasis, solamente le hice ver una visión, y, de esta manera, él fue el que descubrió el secreto; pero, ahora, está en tus manos lo que le ha de suceder.
Subió, luego, Enlil al arca, de la mano me cogió, me ayudó a subir a bordo, y conmigo a mi mujer; nos arrodillamos juntos y él se puso entre los dos y tocaba nuestras frentes dándonos su bendición.
Antes era Ut Napisti una persona mortal; desde ahora en adelante serán él y su mujer como nosotros, los dioses. Ut Napisti deberá vivir en la lejanía, donde se mueren los ríos.
Y, así, me llevaron lejos donde debía vivir, en la desembocadura de las corrientes de agua.
¿Quien iba a poder ahora, convocar una asamblea de los dioses, para ti, para que, también, tú encuentres la vida que estás buscando? Como no sea, que pruebes a no dormir en seis días y durante siete noches. Pero, apenas Gilgamés hubo apoyado la espalda, cual niebla, lo envolvió el sueño.
Ut Napisti le habló a ella, le dijo a su mujer: Mira al que busca la vida; ahí está repantigado; ya lo ha envuelto el sueño, como si fuera la niebla. Su mujer le dijo, entonces, a Ut Napisti, el lejano: tócale en el hombro al hombre, haz que se despierte ya; que vuelva, sano, por la senda por la que vino hasta aquí; que vuelva al mismo lugar, por la puerta que salió.
Y Ut Napisti le habló, le dijo a su mujer: no es trigo limpio este hombre, ¡a ver si te va a engañar! Ve, y le cueces cada día un pan y los vas poniendo cerca de su cabecera; haz rayas en la pared por cada día que duerma. Y, entonces, ella coció, cada día para él, un pan y lo colocó cerca de su cabecera; rayó raya en la pared por cada día que durmió.
Estaba ya el primer pan tan duro como las piedras; el segundo estaba seco; algo blando el tercer pan; blanquecino estaba el cuarto; el quinto estaba manchado de manchas grises de moho; ya estaba sentado el sexto, y el séptimo pan estaba recién sacado del horno, cuando le tocó en el hombro, y el hombre se despertó.
Luego, le habló Gilgamés a Ut Napisti, el lejano: no he hecho más que dormirme, ya me has tocado en el hombro y ya me has despertado. Y Ut Napisti le habló, y le dijo a Gilgamés: Ven conmigo, Gilgamés, y cuéntame cada pan. Entonces verás los días que has estado durmiendo. El primero de los panes duro está como las piedras; el segundo ya está seco, algo blando está el tercero; blanquecino está ya el cuarto; el quinto ya está manchado de manchas grises de moho; sentado está el sexto pan, y el séptimo pan está, del horno, recién salido, cuando te toqué en el hombro.
Luego le habló Gilgamés, a Ut Napisti, el lejano: ¿Qué debo hacer, Ut Napisti, a donde podría irme? El demonio de la muerte dentro de mí se ha hecho fuerte; allí, donde yo duermo, allí se sienta la muerte, hacia donde me dirijo, hacia allí la muerte va.
Entonces, le habló Ut Napisti al barquero Ur Sanabi: el puerto ya no te quiere, ya tiene arena el rail; tú que vas de un sitio a otro, de una a la otra orilla, lo tienes que abandonar; y, por lo que toca a ese hombre, al que has traído hasta aquí, está hecho una piltrafa y enmarañado su pelo; las pieles que viste, quitan a su cuerpo la hermosura.
Llévatelo, Ur Sanabi, llévatelo al lavatorio para que lave sus pelos, su pelambre enmarañada, tan limpia como se pueda; que se quite los pellejos, -que se los lleven las olas-, y que se lave su cuerpo, hasta que esté, otra vez, limpio. Procura que se le dé un turbante limpio y nuevo, que se vista con la ropa que rodee su cintura. Hasta que a su ciudad vuelva, hasta que logre llegar al final de su camino, que no se ensucie la ropa, que la lleve como nueva.
Ur Sanabi lo llevó al lugar del lavatorio; él se lavó la cabeza tan bien como fue posible, luego, se quitó las pieles, -que se llevaron las olas-, y frotó todo su cuerpo hasta que estuvo bien limpio.
Recibió un turbante nuevo, y se puso ropa nueva que rodeó a su cintura. Hasta el día que llegara al final de su camino, no se debía ensuciar su ropa nueva, antes bien la debía mantener reluciente, como nueva.
Gilgamés y Ur Sanabi se subieron a la barca y soltaron las amarras, y maniobraron la barca.
Allí habló su mujer a Ut Napisti, el lejano: Gilgamés vino hasta aquí, él ha padecido mucho en su larga travesía, ¿le has regalado algo para que lleve a su casa?
Gilgamés agarró, entonces, una lata y, velozmente, volvió la barca, otra vez, a la orilla de la playa.
Entonces, le habló Ut Napisti, le dijo a Gilgamés: tú has venido hasta aquí, Gilgamés, has padecido en tu larga travesía. ¿Qué cosa podría darte para el viaje de regreso?
Yo te voy a desvelar, un misterio, Gilgamés, un secreto de los dioses. Existe una planta aquí que se parece a un espino; como la rosa silvestre tiene espinas; si la cortas,
con ella te pincharás, pero cuando está en tus manos, volverás a ser de nuevo como cuando joven eras.
Cuando Gilgamés lo oyó, cavó un hoyo profundo para sacar de la tierra piedras de tamaño grande; luego, las ató a sus pies para descender al fondo de las aguas del abismo, donde la planta encontró; arrancó, luego, la planta, aunque se pinchó con ella. Luego desató las piedras de sus pies, y la marea lo devolvió hasta la playa.
Gilgamés le habló, entonces, a Ur Sanabi, el barquero: esta planta, Ur Sanabi, es la planta del latido; con ella recibe el hombre, de nuevo, fuerza vital. Yo la llevaré conmigo a la ciudad de Uruk -El Redil- y la daré que la coma a un viejo de la ciudad, y con él la probaré.
La planta se llamará: Joven Será El Hombre Viejo. Luego, la comeré yo, volveré a la juventud.
Cuando llevaban los dos las veinte leguas andadas a partieron el pan pararon, cuando hicieron treinta leguas plantaron el campamento. Vio un estanque Gilgamés, que tenía el agua fresca, y saltó dentro de él para bañarse en el agua. El olor de aquella planta atrajo a una culebra; ella se arrastró en silencio, y la planta se comió, y, luego, cuando se iba, se le mudó la camisa(6). Gilgamés se echó, llorando, al suelo y sus lágrimas corrían por el tabique de su nariz y le dijo a Ur Sanabi, el barquero: ¿Quién de los míos consiguió algo, con que estos mis brazos tanto y tanto se esforzaran? ¿Quién de los míos consiguió algo, con que el corazón me llegara a desangrar? Nunca, con ello, me hice a mí mismo algún favor; sí lo hice a la culebra, a la leona de tierra(7).
Veinte leguas hay que andar hasta donde el mar se encuentra; las piedras que yo saqué allí quedaron hundidas, ¿cómo podría saber, dónde encontrar aquel sitio? También la barca quedó olvidada en la ribera. ¡Ay, si pudiera volver!
Cuando llevaban los dos las veinte leguas andadas a partieron el pan pararon; cuando hicieron treinta leguas plantaron el campamento. Cuando llegaron a Uruk -El Redil- le habló Gilgamés a él, a Ur Sanabi, el barquero: sube al muro, Ur Sanabi, de la ciudad de Uruk -El Redil-, anda por el antepecho y toca sus contrafuertes; examina sus murallas, mira su ladrillería. ¡Que adobes tan bien cocidos! ¿No pusieron los cimientos los Siete Sabios, allí?
Tres mil seiscientas fanegas ocupan las construcciones, tres mil seiscientas las huertas con sus palmerales dentro, tres mil seiscientas las balsas del barro de los adobes, mil ochocientas fanegas de terreno tiene el Templo de la diosa Istar, el E Ana. Doce mil seiscientas fanegas de terreno tiene Uruk. .......................................................
(1) El Abismo se encontraban en lo profundo de la tierra y de las aguas subterráneas, y la tierra hacía de techo. (2) Ver nota final F. (3) El dios Erragal, o Erra, era el responsable de la peste y otras epidemias. (4) Ver nota final G. (5) Ver nota final C. (6) Al comerse la planta, la culebra cambió la piel (la camisa) y rejuveneció. (7) Parece que se refiere, con este nombre, a la culebra, que salió ganando con la planta. .......................................................
¡Si hubiera dejado el bolo en casa del carpintero! Ay, madre del carpintero, que eres como mi madre. Ay, si lo hubiera dejado. Ay, hija del carpintero, que eres como mi hermanica. Ay, si lo hubiera dejado. Hoy se me ha caído el bolo en el Submundo; en el Submundo el palo se me ha caído.
Dijo Enkido a Gilganmés: ¿Por qué lloras, mi señor, y está tu corazón triste? Yo el bolo te sacaré del Submundo; del Submundo el palo te sacaré.
Gilgamés le dijo a Enkido: Si bajaras al Submundo, ten en cuenta mis consejos. No te pongas ropa limpia: sabrán que eres un extraño; no te pongas buen perfume: pues vendrán todos a olerlo; no arrojes lanzas allí: los heridos del Submundo amenazantes vendrán; no lleves ningún bastón: pues las sombras de los muertos se van a echar a temblar; no lleves en pies sandalias: pues no deberás hacer ruidos en el Submundo.
No beses a la mujer a la que, en la tierra, amaste; no pegues a la mujer a la que, en la tierra, odiaste; no beses, tampoco, al hijo al que quisiste en la tierra, ni pegues al hijo tuyo que no quisiste en la tierra, porque, si no, el griterío será ensordecedor.
Aquella que yace allí, aquella que yace allí, es la madre de Ninazo(1), aquella que yace allí; no lleva sobre sus hombros ningún lienzo que la cubra; sus pechos, sin ropa alguna, dos cuencos de piedra son.
Enkido no tuvo en cuenta de Gilgamés los consejos. Se vistió con ropa limpia: supieron que era un extraño; se puso un perfume bueno: todos vinieron a olerlo; arrojó lanzas allí: los heridos del Submundo vinieron amenazantes; llevó un bastón en su mano, y los muertos se asustaron; en los pies calzó sandalias: hizo ruidos allí; besó a la mujer que amó, y pegó a la que odió; besó a su querido hijo, al que no quiso pegó: los gritos, en el Submundo, atronaron sus oídos.
Aquella que yace allí, aquella que yace allí, es la madre de Ninazo, aquella que yace allí; no lleva sobre sus hombros ningún lienzo que la cubra; sus pechos, sin ropa alguna, dos cuencos de piedra son.
Pero ya no pudo Enkido del Submundo escapar.
No lo retuvo Nantar, ni lo retuvo Asaco: el Submundo lo retuvo, no lo retuvo el malvado vigilante de Nergal: el Submundo lo retuvo; no cayó en el combate, en batalla con los hombres: el Submundo lo retuvo. Entonces, el rey Gilgamés, hijo de Ninsún, la Vaca, lloró por su siervo Enkido; se fue solo al templo E Kur, la morada de Enlil.
Escúchame, padre Enlil: hoy se me ha caído el bolo en el Submundo; en el Submundo el palo se me ha caído; los quiso subir Enkido: el Submundo lo retuvo; no lo retuvo Nantar, ni lo retuvo Asaco: el Submundo lo retuvo; no lo retuvo el malvado vigilante de Nergal: el Submundo lo retuvo; no cayó en el combate, en batalla con los hombres: el Submundo lo retuvo.
Pero Enlil no respondió.
Se marchó solo a Ur, la morada del dios Sin.
Escúchame, padre Sin: hoy se me ha caído el bolo en el Submundo; en el Submundo el palo se me ha caído. Los quiso subir Enkido: el Submundo lo retuvo; no lo retuvo Nantar, ni lo retuvo Asaco: el Submundo lo retuvo, no lo retuvo el malvado vigilante de Nergal: el Submundo lo retuvo; no cayó en la batalla, en combate con los hombres: el Submundo lo retuvo.
Pero Sin no respondió.
Se fue solo a Eridú, la morada del dios Ea.
Escúchame, padre Ea: hoy se me ha caído el bolo en el Submundo; en el Submundo el palo se me ha caído. Los quiso subir Enkido: el Submundo lo retuvo; no lo retuvo Nantar, ni lo retuvo Asaco: el Submundo lo retuvo; no lo retuvo el malvado vigilante de Nergal: el Submundo lo retuvo; no cayó en la batalla, en combate con los hombres: el Submundo lo retuvo.
Y Ea sí respondió.
Y dijo al valiente Samas: Samas, hijo de Ningal, ¿por qué no haces en la tierra una rendija, que pueda subir la sombra de Enkido, como aire, del Submundo? Y las palabras de Ea las hizo suyas el Sol; Samas, hijo de Ningal, hizo una grieta en la tierra, para que pueda la sombra de Enkido, como aire, del Submundo escapar.
Se abrazaron, se besaron, y platicaron los dos:
Cuéntame, amigo mío, amigo mío, cuéntame. Cuéntame lo que has visto, lo que pasa en el Submundo, las leyes que hay allí.
No te voy a contar nada, nada te voy a contar; si lo que vi te contara, lo que en el Submundo vi, las leyes que hay allí, te echarías a llorar.
Pues, a llorar me echaré.
Amigo mío, los penes, que, cuando los acaricias, te alegran el corazón, como los tejidos viejos se los comen los gusanos; amigo mío, las vulvas que, cuando las acaricias te producen alegría, se están llenando de tierra, como grietas en el suelo. Ay, respondió su señor, y se tiró por los suelos. Ay, respondió Gilgamés, y se tiró por la tierra.
Has visto a los que tuvieron un hijo solo? Los vi: un clavo, en su pared, tienen y lloran amargamente. ¿Has visto a los que criaron dos hijos? Sí, los he visto: sentados en dos adobes están comiéndose el pan. ¿Has visto al de los tres hijos? Lo he visto: bebiendo está del jarro de la aguadera. ¿Has visto al que crió cuatro hijos? Lo he visto: su corazón está alegre como el dueño de seis asnos.
¿Has visto a los que tuvieron cinco hijos? Los he visto: como escribanos escriben y acceso al palacio tienen. ¿Has visto al que crió seis hijos? Lo he visto: su corazón está alegre, como está el del labrador. ¿Has visto a los que criaron siete hijos? Los he visto: como hermanos menores de un dios, sentados están .......................... ................................ ¿Viste a los que no tuvieron herederos? Los he visto: como palos de estandarte en un rincón están quietos. ................................... ¿Has visto al que golpearon con un astil? Lo he visto: ¡Ay, de su madre y su padre! Cuando cortan una vara, corre de aquí para allí. ¿Has visto a los que murieron cuando quisieron los dioses? Los vi: descansando están en trono divino y beben agua clara y cristalina. ¿Has visto al que murió en la batalla? Lo he visto: su padre y su madre tienen, en lo alto, su cabeza; su mujer llora por él.
¿Has visto aquel, cuyo cuerpo en el campo fue arrojado? Lo he visto, pero su sombra no tiene descanso allí. ¿Has visto aquel, cuya sombra no tuvo quien la cuidara? Lo vi, pero solo come lo que se pega al puchero y los mendrugos que tiran. ............................................................... (1) Ver nota final H.
Notas aclaratorias finales
A.- En las grandes ciudades mesopotámicas de Babilonia (territorios de Sumeria y Acadia) y, también, en territorios limítrofes existían templos principales dedicados a alguno de los grandes dioses o diosas del panteón mesopotámico. A estos grandes templos se les conocía por un nombre propio concreto. Así, el E Ana (casa del cielo) era el gran templo de Uruk, dedicado al dios Anón (el dios cielo), el E Kur (casa de la montaña) era el templo principal de la ciudad de Nipur, dedicado al dios Enlil, el dios de los montes; el E Babara (la casa brillante), dedicado al dios Samas (el Sol), en las ciudades de Sipar y Larsa, etc.
El E Ana era, así mismo, el templo o casa de la diosa Istar. Debía ocurrir, sin duda, como en la actualidad con la mayoría de los templos (iglesias) cristianos. Así, una iglesia puede estar dedicada a la Santísima Trinidad, sin embargo, las fiestas principales no aluden a la titular del templo, sino a los patronos del pueblo: la festividad principal es la de una determinada Virgen, la patrona del pueblo, y la segunda en importancia puede ser la fiesta de un santo, el otro patrono.
El nombre Anón, Annun en acadio, pasó a formar parte de los nombres de tradición cristiana, posiblemente a través de la tradición bíblica, existiendo en el santoral cristiano San Anón, que fue obispo de Colonia en el siglo XV. B.- La Vaca Salvaje, en acadio Rimat; Ninsuna (Ninsun) era otro nombre de la Vaca Salvaje. En el texto orignal se le cita como Rimat-Ninsun. Aquí aparece como la Vaca Salvaje o la Gran Vaca por Rimat, y Ninsuna (en algún caso Ninsún, por mor del verso) por Ninsun.
C.- Arura (Aruru) era la diosa madre, la esposa del dios Ea, el dios de las aguas, uno de los tres dioses principales, junto a Anón y Enlil. Se le conocía también con otros nombres, como Belet-Ili (tablilla XI), Nintu (Poema de Atam Jasis), Mamita (tablilla X), o Mami (en otros textos abilónicos).
D.- Anzo (Anzu) era como un diablo o diosillo de las tormentas y truenos. Tenía cabeza y zarpas de león y garras de águila. Fue el que robó a los dioses la tabla de los destinos, que fue recuperada, finalmente, por el dios Ninurta. En algunos templos, palacios o casas, se ponía a Anzo en el dintel de la puerta de entrada, como proteccón frente a rayos, tormentas etc.
En este sueño de Gilgamés Anzo aparece en lugar de Humbaba, como un alias.
E.- Los montes se consideraban morada de los dioses, especialmente de Enlil, dios de los montes, quizá porque sus cumbres están en contacto con los cielos, la morada de los dioses principales. Las cumbres de las montañas se consideraban también templo y altar, desde donde se hacían ofrendas o imploraciones a los dioses.
F.- Sullat y Janos (Hanis en acadio) eran los dioses gemelos “Saqueador” y “Sumisión”, cuyo cometido era preparar y transportar el trono de los dioses principales, aquí el de Adad.
G.- Se cree que la montaña o monte Nimús es el que hoy se conoce como Pir Omar Gudrum, en el Kurdistán, de 26oo metros de altura, distante 450 Km. de Surupak. Era el monte más alto conocido en la época en la que se escribió esta obra. Más tarde, en la narración bíblica del Diluvio, cuando ya se tenía noticia de la existencia de montes más altos en el Cáucaso armenio, en el macizo de Urartu, se trasladó hacia más arriba la historia del varamiento del arca, concretamente al monte Ararat.
H.- La diosa principal del Submundo era Ereskigal, la madre de Ninazo, a su vez dios infernal secundario. Fue Ninazo el dios que llevó la cebada desde las montañas, donde crecía en estado silvestre hasta Sumeria, donde no existía. Este relato está contenido, parcialmente, en la tablilla publicada por S. N. Kramer en 1961 con el nº 5 de los textos literarios sumerios procedentes de Nipur, Sumerische literarische Texte aus Nippur, Band 1, al parecer la primera tablilla a la que seguirían otras, que no se han descubierto, que contendrían la continución del poema o leyenda referente a cómo fueron traídos los cereales a Sumeria. ¿Es posible que, bajo esta imagen, subsista un nebuloso recuerdo de la introducción de los cereales que, tal como sabemos, estuvieron originariamente en esta parte del mundo en estado silvestre en los piedemontes que rodean Mesopotamia, tanto al Norte, como al Noroeste?, se pregunta Jean Bottéro. Y es que, siendo así, esta tablilla revelaría una tradición mantenida durante varios milenios. La tablilla, traducida por Samuel Noah Kramer, de la colección de la profesora Hilprecht, propiedad de la Universidad de Jena, dice así:
Con su boca,comían hierba los hombres, lo mismo que las ovejas En tiempos muy remotos, Anón hizo descender del cielo los cereales Enlil bajó de los cielos como un ........... y levantó sus ojos Tendió su mirada a los lados, y allí estaba los mares, rebosantes de agua Tendió su mirada al frente, y allí estabas los montes, con sus plantas de especias y sus cedros Enlil amontonó la cebada; la apiló en la montaña Amontonó la abundancia del país; apiló los cereales "inuja" en los montes Cerró los montes, tan ampliamente abiertos antes Cerró su morada, la que une el cielo y la tierra Echó sus cerrojos ......... Él ................ Un día, Ninazo ............... le habló a su hermano Ninmada: Vamos a ir a la montaña A los montes, donde crecen la cebada y las legumbres Al confín del misterioso río, donde el agua brota de la tierra Bajemos la cebada de sus montes Traigamos a Sumeria los cereales "inuja" Démos a conocer la cebada a Sumeria, que no conoce la cebada Ninmada, el devoto de Anón, le respondió: ¡Cómo vamos a ir a la montaña, si no lo ha mandado nuestro padre Ni tampoco lo ha mandado Enlil! ¡Cómo vamos a hacer para que descienda la cebada de sus montes! ¡Cómo vamos a traer a Sumeria los cereales "inuja"! ¡Cómo vamos a dar a conocer la cebada al país de Sumeria, que no conoce la cebada! Ven, vamos a ver al Sol del cielo Al que miran con devoción, tanto los que se sientan, como los que están echados El héroe, el hijo de Ningal, al que miran con devoción, tanto los que están sentados, como los que se acuestan El Sol ........... para ellos .................... las siete puertas (aquí termina la tablilla de la colección de la profesora Hilprecht, única que se conoce sobre esta leyenda. No se sabe, por tanto, cómo los dioses menores, los hermanos Ninazo y Ninmada consiguieron llevar los cereales a Sumeria, aunque es de suponer que lo hicieron con la ayuda del dios Sol)
Nantar era un dios de los principales del Submundo, el administrador del destino y brazo derecho del dios principal, Nergal, el esposo de Ereskigal.
Asaco (Asakku) era otro dios secundario del Submundo, responsable de las epidemias, junto con Nantar.