Portada
Gilgamés
Introducción
Tablilla I
Tablilla II
Tablilla III
Tablilla IV
Tablilla V
Tablilla VI
Tablilla VII
Tablilla VIII
Tablilla IX
Tablilla X
Tablilla XI
Tablilla XII
Notas Finales
Revista FURTIVO
Ciudadanos del mundo
Navaja-UR
Días de Otoño en Valdecabras
Esculturas de Vicente Marín
Esculturas de Julia
Fotos-Actualidad gráfica
Fotos-DíasdeotoñoenValdecabras1
Fotos-DíasdeOtoñoenValdecabras2
Fotos de Pozoamargo
Fotos de Valdecabras
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Poesía
Pozoamargo
Valdecabras
CuencosdeCuenca
Variopinta
Hongos y setas
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Libro de Visitas
 


Si te observo, Ut Napisti,
nada raro veo en tu rostro,
lo mismo que yo eres tú,
nada hay de extraordinario,
tú eres igual que yo.
Yo venía predispuesto
a retarte, a pelear,
pero ante ti estoy ahora
y algo raro me retiene.

¿Cómo hiciste para entrar
a la reunión de los dioses?
¿Qué hiciste para buscar
y encontrar la vida eterna?

Y Ut Napisti le habló,
le dijo a Gilgamés:
yo te voy a desvelar,
Gilgamés, un gran misterio;
yo te voy a confiar
un secreto de los dioses.

Surupak es la ciudad
que tú conoces muy bien;
está asentada en la orilla
del Eúfrates, el gran río;
era ciudad muy antigua,
frecuentada por los dioses,
hasta que a los grandes dioses
se les ocurrió la idea
de mandarnos el diluvio.

Anón, el padre de todos,
proclamó su juramento,
y también su consejero,
el heroico Enlil,
Ninurta, su camarero,
y también el dios Enugi,
el inspector de canales.
También el sagaz dios Ea
se juramentó con ellos;
pero él dijo su juramento
a mi cercado de cañas:

Oye, chamizo de cañas,
oye, la pared de adobes.
Escúchame bien, cercado,
pon atención, tú, pared.
Mira, hombre de Surupak,
hijo de Ubar Tutó,
derriba tu casa y, luego,
ponte a construir un arca.
Abandona las riquezas
y piensa en sobrevivir;  
olvida tus propiedades
tu vida has de salvar.
Lleva contigo semillas
de todos y cada uno
de los seres vivientes.

El arca que construirás
que sea igual en sus lados,
que su ancho y que su largo
tengan la medida igual.
Que tenga también un techo,
como lo tiene el Abismo(1).

Yo lo comprendí, y le dije
al dios Ea, mi señor:
yo obedeceré, señor,
el mandato que me has dado.
Lo entendí y lo cumpliré,
pero ¿qué voy a decir
a la ciudad, al guerrero,
al Consejo de Mayores?

Y Ea me contestó,
así le dijo a su siervo:
Hombre bueno, les dirás
las palabras que te digo:
he comprendido que el dios
Enlil me odia, por ello
no puedo seguir viviendo
en esta vuestra ciudad;
ya no quiero poner más
mis pies en tierra de Enlil.
Tengo que irme al océano
del Abismo, para estar
con mi señor, el dios Ea.

A vosotros, sin embargo,
os enviará la lluvia
de la mayor abundancia:
él os colmará con aves,
con peces en cantidad,
con una cosecha grande.

Amasará, a la mañana,
los cielos, y lloverá
panecillos  y cerveza;
granizará, por la tarde,
montones de trigo blanco.

Cuando empezó a clarear,
se reunió la muchedumbre
en la puerta de Atram Jasis.
Trajo el hacha el carpintero;
vinieron los trenzadores
de las labores de caña
portando mazas de piedra;
se pusieron los obreros
a la tarea, también,
y las familias tejían
las cuerdas y las maromas;
los ricos traían la pez,
los pobres iban trayendo
el aparejo hasta mí.

Al quinto día de trabajo
ya tenía listo el casco
y su cubierta tenía
tres mil y seiscientas varas;
y tenían sus costados,
al menos, diez varas de alto.
Las medidas del tejado
eran, también, de diez varas
en cada una de sus alas.
Luego empecé con el cuerpo
de la barca, y lo tracé:

Ordené poner seis puentes
y, con ello conseguí,
tener siete plataformas;
luego dividí las plantas,
a su vez, en nueve partes;
hendí, en el centro, la espiga
para el corte de las aguas,
y, más tarde, me ocupé
de los remos y aparejos.

Eché sesenta barriles,
en el horno, de alquitrán
y, así, obtuve sesenta
barriles de brea líquida,
sesenta, de añadidura,
trajeron los porteadores,
y, eso, sin contar los veinte
que puse yo para ofrendas,
y los sesenta barriles
que el constructor principal
dejó, aparte, para sí.
Yo, cada día, mataba
bueyes para mis obreros
y, cada día, degollaba
para ellos mis ovejas.
Daba a mis trabajadores
cerveza, vino y aceite
y corría la cerveza,
como si manara un río.
Era, en verdad, una fiesta
como en días de Año Nuevo.

Después, al séptimo día,
desde que Samas salió
me puse a trabajar,
y, antes de que se ocultara,
ya tenía lista el arca.

La botadura del arca
se presentaba difícil.
Desde atrás hacia delante,
le empujamos con maderos
sobre el rail preparado,
hasta que se metió el arca,
en el agua, en sus dos tercios.

Lo que me pertenecía,
lo hice subir a bordo;
todo el oro que tenía,
lo hice subir a bordo;
la plata que yo tenía,
la hice subir a bordo;
los animales vivientes
que eran de mi pertenencia,
los hice subir a bordo;
y mandé subir a bordo
a mi familia, a mis siervos,
así como a los animales
domésticos y salvajes,
y oficial de cada oficio.

Ya era el tiempo llegado
que Samas determinó:

Amasará, a la mañana,
los cielos, y lloverá
panecillos  y cerveza;
granizará, por la tarde,
montones de trigo blanco.
Ve, entonces, súbete  al arca,
y sella bien su compuerta.
Y ese momento llegó:

Amasará, a la mañana,
los cielos, y lloverá
panecillos  y cerveza;
granizará, por la tarde,
a montones, trigo blanco.

Yo miré hacia arriba, al cielo,
para ver que tiempo hacía.
El tiempo arriba, en el cielo,
nada bueno presagiaba.
Al arca subí y sellé,
desde dentro, la compuerta.
Al calafate del arca,
a Pazur Enlil, le di
mi palacio y sus enseres.

Cuando empezó a clarear,
se elevó en el horizonte
una oscura, negra, nube;
bramando allí estaba Adad,
el dios del trueno y la lluvia.
Los dioses Sulat y Janos(2)
iban por delante de él,
y le llevaban el trono
sobre montes y llanuras.
Arrancó Erragal(3) los postes 
de las compuertas del cielo
y, en su caminar, Ninurta,
por los elevados cielos,
iba reventando presas;
los grandes dioses blandían
las encendidas antorchas,
con sus rayos cegadores
prendían fuego a la tierra.

Se abrió el silencio de muerte
del señor de las tormentas
y, en donde había claridad,
todo se volvió tinieblas.
Él recorrió el territorio
como un toro sin freno,
lo hizo saltar en pedazos,
como puchero de barro.
Durante un día completo
arrasaron el país
los vientos huracanados;
se paraban y volvían,
de nuevo, a desencadenarse,
y, entonces, llegó el Diluvio:

Sobre los hombres cayó
como guerra la hecatombe.
Nadie podía ver al otro;
apenas podían verse,
desde lo alto, las personas
dentro de aquella marea.
Y los dioses empezaron
a tener miedo al Diluvio;
emprendieron la huida
y subieron hasta Anón,
al cielo más elevado,
y allí se agazaparon
como en la calle los perros.

La diosa empezó a gritar,
como la mujer que está
en los dolores del parto.
Con su hermosa voz, Arura,
se quejaba a voz en grito:

Ay, si no hubiera existido
el día en que pronuncié,
el maldito juramento.
¿Cómo pude pronunciar,
en la reunión de los dioses,
el maldito juramento
y declarar una guerra
a mi gente innumerable?
Yo soy la que los parió,
los hombres me pertenecen;
ahora flotan en el mar,
como pececillos muertos.

Lloraban, también, con ella
los Anunaki; rebosantes
de lágrimas, sollozaban
con los labios temblorosos,
secos de sed y de fiebre.
Durante las siete noches
y los seis días cayeron
torrentes; aullaba el viento
y bramaba la tormenta;
y el Diluvio arrasó
la vasta faz de la tierra.

Cuando abrió el séptimo día
pararon los fuertes vientos
y el Diluvio remitió.
Se tranquilizó el océano,
que se movía, de aquí
para allá, como mujer
en los dolores del parto.
La tormenta se calló
y el Diluvio terminó.

Miré el tiempo, miré al cielo,
miré a ver que tiempo hacía;
el cielo estaba tranquilo,
en paz estaban los cielos,
mas toda la humanidad
se había vuelto barro.
Por doquier había agua;
estaba todo allanado
como el techo de una casa.
Después abrí la compuerta
y me dio un rayo de sol
en las mejillas, caliente.

Yo me arrodillé y lloraba;
por mis mejillas corrían
las lágrimas en regueros.

Busqué por todos los lados
el horizonte lejano,
la orilla del océano;
podía verse una isla
a media legua de allí.
Era Nimús(4), la montaña
donde se detuvo el arca;
en la montaña Nimús
quedó varada mi arca,
y no la dejó seguir.

Un día, y un segundo,
estuvo varada el arca
en la montaña Nimús,
y no la dejó seguir;
un tercero, un cuarto día
estuvo el arca varada
en la montaña Nimús,
y no la dejó seguir;
un quinto, un sexto día
estuvo el arca varada
en la montaña Nimús,
ya no la dejó escapar.

Cuando abrió el séptimo día,
fui a por una paloma
y la paloma solté;
voló, pero regresó;
no pudo encontrar un sitio
donde poderse parar
y regresó hasta mí.
Tomé una golondrina,
y la dejé en libertad;
voló, pero regresó;
no pudo encontrar un sitio
donde poderse parar.
Cogí un cuervo, lo solté;
voló y vio como el agua
ya había descendido;
comida encontró, voló,
voló y revoloteó,
y levantando su cola,
hasta mí ya no volvió.

Todo lo que yo llevaba
lo esparcí a los cuatro vientos,
luego, en la cima del monte
una comida de ofrenda
preparé para los dioses.
En la cumbre de aquel monte
encendí incienso, dispuse
siete braseros, más siete,
y puse en ellos regaliz,
madera de cedro y mirtos.
Los dioses su aroma olieron,
olieron el dulce aroma;
como las moscas, los dioses,
revolaban sobre el hombre
que estaba haciendo la ofrenda.

Allí estaba la divina,
la princesa(5), y cuando habló
se le movía el collar
de moscas de piedra azul,
que Anón le había regalado
cuando fue su pretendiente.

Oh dioses, que estas cuentas,
que penden de mi collar,
me recuerden estos días
y no los pueda olvidar.
Que vengan todos los dioses
a este banquete de ofrenda,
y que coman; que no venga
el dios Enlil, pues él fue,
el que les mandó el Diluvio,
sin medir las consecuencias
y entregó a la humanidad
a la perdición mayor.

Entonces, apareció Enlil,
vio el arca, y se enfureció,
y se apoderó de él
la ira contra los dioses.
¡Conque, se ha salvado uno!
No debía ningún hombre
escapar a la hecatombe.

Abrió Ninurta la boca
para hablar y dijo a Enlil:
¿Quien, si no ha sido Ea,
puede ser el responsable
de que alguien se enterara?
Solamente Ea sabe
cómo se hacen esas cosas.

Luego abrió la boca Ea
para hablar, y dijo a Enlil:
Tú que eres el más listo
de entre los dioses, ¿por qué
les mandaste el Diluvio,
sin medir las consecuencias?
Tenías que haber castigado
al culpable por su culpa,
castigado al malhechor
por sus malas fechorías.
Tensa el cordel de tal modo
que no se rompa la vela,
y si no quieres que siga
ondeando, bájala.

Y en lugar del Diluvio,
que tú sólo has provocado,
hubiera sido mejor
haber soltado leones
que hubieran diezmado al hombre;
y en lugar del Diluvio,
que tú solo has provocado,
que hubieran salido lobos
que hubieran diezmado al hombre;
y en lugar del Diluvio,  
que tú solo has provocado,
que hubiera habido días
de hambre en los territorios,
que hubieran llevado, así,
a la tumba, a muchos hombres;
y en lugar del Diluvio,
que tú solo has causado,
que hubiera aparecido
el dios de la peste, Erra,
que hubiera llevado, así,
a la tumba, a muchos hombres.
Yo no fui el que reveló
el secreto de los dioses;
yo, a Atram Jasis, solamente
le hice ver una visión,
y, de esta manera, él
fue el que descubrió el secreto;
pero, ahora, está en tus manos
lo que le ha de suceder.

Subió, luego, Enlil al arca,
de la mano me cogió,
me ayudó a subir a bordo,
y conmigo a mi mujer;
nos arrodillamos juntos
y él se puso entre los dos
y tocaba nuestras frentes
dándonos su bendición.

Antes era Ut Napisti
una persona mortal;
desde ahora en adelante
serán él y su mujer
como nosotros, los dioses.
Ut Napisti deberá
vivir en la lejanía,
donde se mueren los ríos.

Y, así, me llevaron lejos
donde debía vivir,
en la desembocadura
de las corrientes de agua.

¿Quien iba a poder ahora,
convocar una asamblea
de los dioses, para ti,
para que, también, tú encuentres
la vida que estás buscando?
Como no sea, que pruebes
a no dormir en seis días
y durante siete noches.
Pero, apenas Gilgamés
hubo apoyado la espalda,
cual niebla, lo envolvió el sueño.

Ut Napisti le habló a ella,
le dijo a su mujer:
Mira al que busca la vida;
ahí está repantigado;
ya lo ha envuelto el sueño,
como si fuera la niebla.
Su mujer le dijo, entonces,
a Ut Napisti, el lejano:
tócale en el hombro al hombre,
haz que se despierte ya;
que vuelva, sano, por la senda
por la que vino hasta aquí;
que vuelva al mismo lugar,
por la puerta que salió.

Y Ut Napisti le habló,
le dijo a su mujer:
no es trigo limpio este hombre,
¡a ver si te va a engañar!
Ve, y le cueces cada día
un pan y los vas poniendo
cerca de su cabecera;
haz rayas en la pared
por cada día que duerma.
Y, entonces, ella coció,
cada día para él,
un pan y lo colocó
cerca de su cabecera;
rayó raya en la pared
por cada día que durmió.

Estaba ya el primer pan
tan duro como las piedras;
el segundo estaba seco;
algo blando el tercer pan;
blanquecino estaba el cuarto;
el quinto estaba manchado
de manchas grises de moho;
ya estaba sentado el sexto,
y el séptimo pan estaba
recién sacado del horno,
cuando le tocó en el hombro,
y el hombre se despertó.

Luego, le habló Gilgamés
a Ut Napisti, el lejano:
no he hecho más que dormirme,
ya me has tocado en el hombro
y ya me has despertado.
Y Ut Napisti le habló,
y le dijo a Gilgamés:
Ven conmigo, Gilgamés,
y cuéntame cada pan.
Entonces verás los días
que has estado durmiendo.
El primero de los panes
duro está como las piedras;
el segundo ya está seco,
algo blando está el tercero;
blanquecino está ya el cuarto;
el quinto ya está manchado
de manchas grises de moho;
sentado está el sexto pan,
y el séptimo pan está,
del horno, recién salido,
cuando te toqué en el hombro.

Luego le habló Gilgamés,
a Ut Napisti, el lejano:
¿Qué debo hacer, Ut Napisti,
a donde podría irme?
El demonio de la muerte
dentro de mí se ha hecho fuerte;
allí, donde yo duermo,
allí se sienta la muerte,
hacia donde me dirijo,
hacia allí la muerte va.

Entonces, le habló Ut Napisti
al barquero Ur Sanabi:
el puerto ya no te quiere,
ya tiene arena el rail;
tú que vas de un sitio a otro,
de una a la otra orilla,
lo tienes que abandonar;
y, por lo que toca a ese hombre,
al que has traído hasta aquí,
está hecho una piltrafa
y enmarañado su pelo;
las pieles que viste, quitan
a su cuerpo la hermosura.

Llévatelo, Ur Sanabi,
llévatelo al lavatorio
para que lave sus pelos,
su pelambre enmarañada,
tan limpia como se pueda;
que se quite los pellejos,
-que se los lleven las olas-,
y que se lave su cuerpo,
hasta que esté, otra vez, limpio.
Procura que se le dé
un turbante limpio y nuevo,
que se vista con la ropa
que rodee su cintura.
Hasta que a su ciudad vuelva,
hasta que logre llegar
al final de su camino,
que no se ensucie la ropa,
que la lleve como nueva.

Ur Sanabi lo llevó
al lugar del lavatorio;
él se lavó la cabeza
tan bien como fue posible,
luego, se quitó las pieles,
-que se llevaron las olas-,
y frotó todo su cuerpo
hasta que estuvo bien limpio.

Recibió un turbante nuevo,
y se puso ropa nueva
que rodeó a su cintura.
Hasta el día que llegara
al final de su camino,
no se debía ensuciar
su ropa nueva, antes bien
la debía mantener
reluciente, como nueva.
    
Gilgamés y Ur Sanabi
se subieron a la barca
y soltaron las amarras,
y maniobraron la barca.

Allí habló su mujer 
a Ut Napisti, el lejano:
Gilgamés vino hasta aquí,
él ha padecido mucho
en su larga travesía,
¿le has regalado algo
para que lleve a su casa?

Gilgamés agarró, entonces,
una lata y, velozmente,
volvió la barca, otra vez,
a la orilla de la playa.

Entonces, le habló Ut Napisti,
le dijo a Gilgamés:
tú has venido hasta aquí,
Gilgamés, has padecido
en tu larga travesía.
¿Qué cosa podría darte
para el viaje de regreso?
 
Yo te voy a desvelar,
un misterio, Gilgamés,
un secreto de los dioses.
Existe una planta aquí
que se parece a un espino;
como la rosa silvestre
tiene espinas; si la cortas,

con ella te pincharás,
pero cuando está en tus manos,
volverás a ser de nuevo
como cuando joven eras.

Cuando Gilgamés lo oyó,
cavó un hoyo profundo
para sacar de la tierra
piedras de tamaño grande;
luego, las ató a sus pies
para descender al fondo
de las aguas del abismo,
donde la planta encontró;
arrancó, luego, la planta,
aunque se pinchó con ella.
Luego desató las piedras
de sus pies, y la marea
lo devolvió hasta la playa.

Gilgamés le habló, entonces,
a Ur Sanabi, el barquero:
esta planta, Ur Sanabi,
es la planta del latido;
con ella recibe el hombre,
de nuevo, fuerza vital.
Yo la llevaré conmigo
a la ciudad de Uruk
-El Redil-
y la daré que la coma
a un viejo de la ciudad,
y con él la probaré.

La planta se llamará:
Joven Será El Hombre Viejo.
Luego, la comeré yo,
volveré a la juventud.

Cuando llevaban los dos
las veinte leguas andadas
a partieron el pan pararon,
cuando hicieron treinta leguas
plantaron el campamento.
Vio un estanque Gilgamés,
que tenía el agua fresca,
y saltó dentro de él
para bañarse en el agua.
El olor de aquella planta
atrajo a una culebra;
ella se arrastró en silencio,
y la planta se comió,
y, luego, cuando se iba,
se le mudó la camisa(6). 
Gilgamés se echó, llorando,
al suelo y sus lágrimas
corrían por el tabique
de su nariz y le dijo
a Ur Sanabi, el barquero:
¿Quién de los míos consiguió
algo, con que estos mis brazos
tanto y tanto se esforzaran?
¿Quién de los míos consiguió
algo, con que el corazón
me llegara a desangrar?
Nunca, con ello, me hice
a mí mismo algún favor;
sí lo hice a la culebra,
a la leona de tierra(7).

Veinte leguas hay que andar
hasta donde el mar se encuentra;
las piedras que yo saqué
allí quedaron hundidas,
¿cómo podría saber,
dónde encontrar aquel sitio?
También la barca quedó
olvidada en la ribera.
¡Ay, si pudiera volver!

Cuando llevaban los dos
las veinte leguas andadas
a partieron el pan pararon;
cuando hicieron treinta leguas
plantaron el campamento.
Cuando llegaron a Uruk
-El Redil-
le habló Gilgamés a él,
a Ur Sanabi, el barquero:
sube al muro, Ur Sanabi,
de la ciudad de Uruk
-El Redil-,
anda por el antepecho
y toca sus contrafuertes;
examina sus murallas,
mira su ladrillería.
¡Que adobes tan bien cocidos!
¿No pusieron los cimientos
los Siete Sabios, allí?

Tres mil seiscientas fanegas
ocupan las construcciones,
tres mil seiscientas las huertas
con sus palmerales dentro,
tres mil seiscientas las balsas
del barro de los adobes,
mil ochocientas fanegas
de terreno tiene el Templo
de la diosa Istar, el E Ana.
Doce mil seiscientas fanegas
de terreno tiene Uruk.
.......................................................

(1) El Abismo se encontraban en lo profundo de
      la tierra y de las aguas subterráneas, y la tierra
      hacía de techo.
(2)  Ver nota final F.
(3)  El dios Erragal, o Erra, era el responsable
       de la peste y otras epidemias.
(4)  Ver nota final G.
(5)  Ver nota final C.
(6)  Al comerse la planta, la culebra cambió la 
       piel (la camisa) y rejuveneció.
(7)  Parece que se refiere, con este nombre, a la         
       culebra, que salió ganando con la planta.

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