Si te observo, Ut Napisti, nada raro veo en tu rostro, lo mismo que yo eres tú, nada hay de extraordinario, tú eres igual que yo. Yo venía predispuesto a retarte, a pelear, pero ante ti estoy ahora y algo raro me retiene.
¿Cómo hiciste para entrar a la reunión de los dioses? ¿Qué hiciste para buscar y encontrar la vida eterna?
Y Ut Napisti le habló, le dijo a Gilgamés: yo te voy a desvelar, Gilgamés, un gran misterio; yo te voy a confiar un secreto de los dioses.
Surupak es la ciudad que tú conoces muy bien; está asentada en la orilla del Eúfrates, el gran río; era ciudad muy antigua, frecuentada por los dioses, hasta que a los grandes dioses se les ocurrió la idea de mandarnos el diluvio.
Anón, el padre de todos, proclamó su juramento, y también su consejero, el heroico Enlil, Ninurta, su camarero, y también el dios Enugi, el inspector de canales. También el sagaz dios Ea se juramentó con ellos; pero él dijo su juramento a mi cercado de cañas:
Oye, chamizo de cañas, oye, la pared de adobes. Escúchame bien, cercado, pon atención, tú, pared. Mira, hombre de Surupak, hijo de Ubar Tutó, derriba tu casa y, luego, ponte a construir un arca. Abandona las riquezas y piensa en sobrevivir; olvida tus propiedades tu vida has de salvar. Lleva contigo semillas de todos y cada uno de los seres vivientes.
El arca que construirás que sea igual en sus lados, que su ancho y que su largo tengan la medida igual. Que tenga también un techo, como lo tiene el Abismo(1).
Yo lo comprendí, y le dije al dios Ea, mi señor: yo obedeceré, señor, el mandato que me has dado. Lo entendí y lo cumpliré, pero ¿qué voy a decir a la ciudad, al guerrero, al Consejo de Mayores?
Y Ea me contestó, así le dijo a su siervo: Hombre bueno, les dirás las palabras que te digo: he comprendido que el dios Enlil me odia, por ello no puedo seguir viviendo en esta vuestra ciudad; ya no quiero poner más mis pies en tierra de Enlil. Tengo que irme al océano del Abismo, para estar con mi señor, el dios Ea.
A vosotros, sin embargo, os enviará la lluvia de la mayor abundancia: él os colmará con aves, con peces en cantidad, con una cosecha grande.
Amasará, a la mañana, los cielos, y lloverá panecillos y cerveza; granizará, por la tarde, montones de trigo blanco.
Cuando empezó a clarear, se reunió la muchedumbre en la puerta de Atram Jasis. Trajo el hacha el carpintero; vinieron los trenzadores de las labores de caña portando mazas de piedra; se pusieron los obreros a la tarea, también, y las familias tejían las cuerdas y las maromas; los ricos traían la pez, los pobres iban trayendo el aparejo hasta mí.
Al quinto día de trabajo ya tenía listo el casco y su cubierta tenía tres mil y seiscientas varas; y tenían sus costados, al menos, diez varas de alto. Las medidas del tejado eran, también, de diez varas en cada una de sus alas. Luego empecé con el cuerpo de la barca, y lo tracé:
Ordené poner seis puentes y, con ello conseguí, tener siete plataformas; luego dividí las plantas, a su vez, en nueve partes; hendí, en el centro, la espiga para el corte de las aguas, y, más tarde, me ocupé de los remos y aparejos.
Eché sesenta barriles, en el horno, de alquitrán y, así, obtuve sesenta barriles de brea líquida, sesenta, de añadidura, trajeron los porteadores, y, eso, sin contar los veinte que puse yo para ofrendas, y los sesenta barriles que el constructor principal dejó, aparte, para sí. Yo, cada día, mataba bueyes para mis obreros y, cada día, degollaba para ellos mis ovejas. Daba a mis trabajadores cerveza, vino y aceite y corría la cerveza, como si manara un río. Era, en verdad, una fiesta como en días de Año Nuevo.
Después, al séptimo día, desde que Samas salió me puse a trabajar, y, antes de que se ocultara, ya tenía lista el arca.
La botadura del arca se presentaba difícil. Desde atrás hacia delante, le empujamos con maderos sobre el rail preparado, hasta que se metió el arca, en el agua, en sus dos tercios.
Lo que me pertenecía, lo hice subir a bordo; todo el oro que tenía, lo hice subir a bordo; la plata que yo tenía, la hice subir a bordo; los animales vivientes que eran de mi pertenencia, los hice subir a bordo; y mandé subir a bordo a mi familia, a mis siervos, así como a los animales domésticos y salvajes, y oficial de cada oficio.
Ya era el tiempo llegado que Samas determinó:
Amasará, a la mañana, los cielos, y lloverá panecillos y cerveza; granizará, por la tarde, montones de trigo blanco. Ve, entonces, súbete al arca, y sella bien su compuerta. Y ese momento llegó:
Amasará, a la mañana, los cielos, y lloverá panecillos y cerveza; granizará, por la tarde, a montones, trigo blanco.
Yo miré hacia arriba, al cielo, para ver que tiempo hacía. El tiempo arriba, en el cielo, nada bueno presagiaba. Al arca subí y sellé, desde dentro, la compuerta. Al calafate del arca, a Pazur Enlil, le di mi palacio y sus enseres.
Cuando empezó a clarear, se elevó en el horizonte una oscura, negra, nube; bramando allí estaba Adad, el dios del trueno y la lluvia. Los dioses Sulat y Janos(2) iban por delante de él, y le llevaban el trono sobre montes y llanuras. Arrancó Erragal(3) los postes de las compuertas del cielo y, en su caminar, Ninurta, por los elevados cielos, iba reventando presas; los grandes dioses blandían las encendidas antorchas, con sus rayos cegadores prendían fuego a la tierra.
Se abrió el silencio de muerte del señor de las tormentas y, en donde había claridad, todo se volvió tinieblas. Él recorrió el territorio como un toro sin freno, lo hizo saltar en pedazos, como puchero de barro. Durante un día completo arrasaron el país los vientos huracanados; se paraban y volvían, de nuevo, a desencadenarse, y, entonces, llegó el Diluvio:
Sobre los hombres cayó como guerra la hecatombe. Nadie podía ver al otro; apenas podían verse, desde lo alto, las personas dentro de aquella marea. Y los dioses empezaron a tener miedo al Diluvio; emprendieron la huida y subieron hasta Anón, al cielo más elevado, y allí se agazaparon como en la calle los perros.
La diosa empezó a gritar, como la mujer que está en los dolores del parto. Con su hermosa voz, Arura, se quejaba a voz en grito:
Ay, si no hubiera existido el día en que pronuncié, el maldito juramento. ¿Cómo pude pronunciar, en la reunión de los dioses, el maldito juramento y declarar una guerra a mi gente innumerable? Yo soy la que los parió, los hombres me pertenecen; ahora flotan en el mar, como pececillos muertos.
Lloraban, también, con ella los Anunaki; rebosantes de lágrimas, sollozaban con los labios temblorosos, secos de sed y de fiebre. Durante las siete noches y los seis días cayeron torrentes; aullaba el viento y bramaba la tormenta; y el Diluvio arrasó la vasta faz de la tierra.
Cuando abrió el séptimo día pararon los fuertes vientos y el Diluvio remitió. Se tranquilizó el océano, que se movía, de aquí para allá, como mujer en los dolores del parto. La tormenta se calló y el Diluvio terminó.
Miré el tiempo, miré al cielo, miré a ver que tiempo hacía; el cielo estaba tranquilo, en paz estaban los cielos, mas toda la humanidad se había vuelto barro. Por doquier había agua; estaba todo allanado como el techo de una casa. Después abrí la compuerta y me dio un rayo de sol en las mejillas, caliente.
Yo me arrodillé y lloraba; por mis mejillas corrían las lágrimas en regueros.
Busqué por todos los lados el horizonte lejano, la orilla del océano; podía verse una isla a media legua de allí. Era Nimús(4), la montaña donde se detuvo el arca; en la montaña Nimús quedó varada mi arca, y no la dejó seguir.
Un día, y un segundo, estuvo varada el arca en la montaña Nimús, y no la dejó seguir; un tercero, un cuarto día estuvo el arca varada en la montaña Nimús, y no la dejó seguir; un quinto, un sexto día estuvo el arca varada en la montaña Nimús, ya no la dejó escapar.
Cuando abrió el séptimo día, fui a por una paloma y la paloma solté; voló, pero regresó; no pudo encontrar un sitio donde poderse parar y regresó hasta mí. Tomé una golondrina, y la dejé en libertad; voló, pero regresó; no pudo encontrar un sitio donde poderse parar. Cogí un cuervo, lo solté; voló y vio como el agua ya había descendido; comida encontró, voló, voló y revoloteó, y levantando su cola, hasta mí ya no volvió.
Todo lo que yo llevaba lo esparcí a los cuatro vientos, luego, en la cima del monte una comida de ofrenda preparé para los dioses. En la cumbre de aquel monte encendí incienso, dispuse siete braseros, más siete, y puse en ellos regaliz, madera de cedro y mirtos. Los dioses su aroma olieron, olieron el dulce aroma; como las moscas, los dioses, revolaban sobre el hombre que estaba haciendo la ofrenda.
Allí estaba la divina, la princesa(5), y cuando habló se le movía el collar de moscas de piedra azul, que Anón le había regalado cuando fue su pretendiente.
Oh dioses, que estas cuentas, que penden de mi collar, me recuerden estos días y no los pueda olvidar. Que vengan todos los dioses a este banquete de ofrenda, y que coman; que no venga el dios Enlil, pues él fue, el que les mandó el Diluvio, sin medir las consecuencias y entregó a la humanidad a la perdición mayor.
Entonces, apareció Enlil, vio el arca, y se enfureció, y se apoderó de él la ira contra los dioses. ¡Conque, se ha salvado uno! No debía ningún hombre escapar a la hecatombe.
Abrió Ninurta la boca para hablar y dijo a Enlil: ¿Quien, si no ha sido Ea, puede ser el responsable de que alguien se enterara? Solamente Ea sabe cómo se hacen esas cosas.
Luego abrió la boca Ea para hablar, y dijo a Enlil: Tú que eres el más listo de entre los dioses, ¿por qué les mandaste el Diluvio, sin medir las consecuencias? Tenías que haber castigado al culpable por su culpa, castigado al malhechor por sus malas fechorías. Tensa el cordel de tal modo que no se rompa la vela, y si no quieres que siga ondeando, bájala.
Y en lugar del Diluvio, que tú sólo has provocado, hubiera sido mejor haber soltado leones que hubieran diezmado al hombre; y en lugar del Diluvio, que tú solo has provocado, que hubieran salido lobos que hubieran diezmado al hombre; y en lugar del Diluvio, que tú solo has provocado, que hubiera habido días de hambre en los territorios, que hubieran llevado, así, a la tumba, a muchos hombres; y en lugar del Diluvio, que tú solo has causado, que hubiera aparecido el dios de la peste, Erra, que hubiera llevado, así, a la tumba, a muchos hombres. Yo no fui el que reveló el secreto de los dioses; yo, a Atram Jasis, solamente le hice ver una visión, y, de esta manera, él fue el que descubrió el secreto; pero, ahora, está en tus manos lo que le ha de suceder.
Subió, luego, Enlil al arca, de la mano me cogió, me ayudó a subir a bordo, y conmigo a mi mujer; nos arrodillamos juntos y él se puso entre los dos y tocaba nuestras frentes dándonos su bendición.
Antes era Ut Napisti una persona mortal; desde ahora en adelante serán él y su mujer como nosotros, los dioses. Ut Napisti deberá vivir en la lejanía, donde se mueren los ríos.
Y, así, me llevaron lejos donde debía vivir, en la desembocadura de las corrientes de agua.
¿Quien iba a poder ahora, convocar una asamblea de los dioses, para ti, para que, también, tú encuentres la vida que estás buscando? Como no sea, que pruebes a no dormir en seis días y durante siete noches. Pero, apenas Gilgamés hubo apoyado la espalda, cual niebla, lo envolvió el sueño.
Ut Napisti le habló a ella, le dijo a su mujer: Mira al que busca la vida; ahí está repantigado; ya lo ha envuelto el sueño, como si fuera la niebla. Su mujer le dijo, entonces, a Ut Napisti, el lejano: tócale en el hombro al hombre, haz que se despierte ya; que vuelva, sano, por la senda por la que vino hasta aquí; que vuelva al mismo lugar, por la puerta que salió.
Y Ut Napisti le habló, le dijo a su mujer: no es trigo limpio este hombre, ¡a ver si te va a engañar! Ve, y le cueces cada día un pan y los vas poniendo cerca de su cabecera; haz rayas en la pared por cada día que duerma. Y, entonces, ella coció, cada día para él, un pan y lo colocó cerca de su cabecera; rayó raya en la pared por cada día que durmió.
Estaba ya el primer pan tan duro como las piedras; el segundo estaba seco; algo blando el tercer pan; blanquecino estaba el cuarto; el quinto estaba manchado de manchas grises de moho; ya estaba sentado el sexto, y el séptimo pan estaba recién sacado del horno, cuando le tocó en el hombro, y el hombre se despertó.
Luego, le habló Gilgamés a Ut Napisti, el lejano: no he hecho más que dormirme, ya me has tocado en el hombro y ya me has despertado. Y Ut Napisti le habló, y le dijo a Gilgamés: Ven conmigo, Gilgamés, y cuéntame cada pan. Entonces verás los días que has estado durmiendo. El primero de los panes duro está como las piedras; el segundo ya está seco, algo blando está el tercero; blanquecino está ya el cuarto; el quinto ya está manchado de manchas grises de moho; sentado está el sexto pan, y el séptimo pan está, del horno, recién salido, cuando te toqué en el hombro.
Luego le habló Gilgamés, a Ut Napisti, el lejano: ¿Qué debo hacer, Ut Napisti, a donde podría irme? El demonio de la muerte dentro de mí se ha hecho fuerte; allí, donde yo duermo, allí se sienta la muerte, hacia donde me dirijo, hacia allí la muerte va.
Entonces, le habló Ut Napisti al barquero Ur Sanabi: el puerto ya no te quiere, ya tiene arena el rail; tú que vas de un sitio a otro, de una a la otra orilla, lo tienes que abandonar; y, por lo que toca a ese hombre, al que has traído hasta aquí, está hecho una piltrafa y enmarañado su pelo; las pieles que viste, quitan a su cuerpo la hermosura.
Llévatelo, Ur Sanabi, llévatelo al lavatorio para que lave sus pelos, su pelambre enmarañada, tan limpia como se pueda; que se quite los pellejos, -que se los lleven las olas-, y que se lave su cuerpo, hasta que esté, otra vez, limpio. Procura que se le dé un turbante limpio y nuevo, que se vista con la ropa que rodee su cintura. Hasta que a su ciudad vuelva, hasta que logre llegar al final de su camino, que no se ensucie la ropa, que la lleve como nueva.
Ur Sanabi lo llevó al lugar del lavatorio; él se lavó la cabeza tan bien como fue posible, luego, se quitó las pieles, -que se llevaron las olas-, y frotó todo su cuerpo hasta que estuvo bien limpio.
Recibió un turbante nuevo, y se puso ropa nueva que rodeó a su cintura. Hasta el día que llegara al final de su camino, no se debía ensuciar su ropa nueva, antes bien la debía mantener reluciente, como nueva.
Gilgamés y Ur Sanabi se subieron a la barca y soltaron las amarras, y maniobraron la barca.
Allí habló su mujer a Ut Napisti, el lejano: Gilgamés vino hasta aquí, él ha padecido mucho en su larga travesía, ¿le has regalado algo para que lleve a su casa?
Gilgamés agarró, entonces, una lata y, velozmente, volvió la barca, otra vez, a la orilla de la playa.
Entonces, le habló Ut Napisti, le dijo a Gilgamés: tú has venido hasta aquí, Gilgamés, has padecido en tu larga travesía. ¿Qué cosa podría darte para el viaje de regreso?
Yo te voy a desvelar, un misterio, Gilgamés, un secreto de los dioses. Existe una planta aquí que se parece a un espino; como la rosa silvestre tiene espinas; si la cortas,
con ella te pincharás, pero cuando está en tus manos, volverás a ser de nuevo como cuando joven eras.
Cuando Gilgamés lo oyó, cavó un hoyo profundo para sacar de la tierra piedras de tamaño grande; luego, las ató a sus pies para descender al fondo de las aguas del abismo, donde la planta encontró; arrancó, luego, la planta, aunque se pinchó con ella. Luego desató las piedras de sus pies, y la marea lo devolvió hasta la playa.
Gilgamés le habló, entonces, a Ur Sanabi, el barquero: esta planta, Ur Sanabi, es la planta del latido; con ella recibe el hombre, de nuevo, fuerza vital. Yo la llevaré conmigo a la ciudad de Uruk -El Redil- y la daré que la coma a un viejo de la ciudad, y con él la probaré.
La planta se llamará: Joven Será El Hombre Viejo. Luego, la comeré yo, volveré a la juventud.
Cuando llevaban los dos las veinte leguas andadas a partieron el pan pararon, cuando hicieron treinta leguas plantaron el campamento. Vio un estanque Gilgamés, que tenía el agua fresca, y saltó dentro de él para bañarse en el agua. El olor de aquella planta atrajo a una culebra; ella se arrastró en silencio, y la planta se comió, y, luego, cuando se iba, se le mudó la camisa(6). Gilgamés se echó, llorando, al suelo y sus lágrimas corrían por el tabique de su nariz y le dijo a Ur Sanabi, el barquero: ¿Quién de los míos consiguió algo, con que estos mis brazos tanto y tanto se esforzaran? ¿Quién de los míos consiguió algo, con que el corazón me llegara a desangrar? Nunca, con ello, me hice a mí mismo algún favor; sí lo hice a la culebra, a la leona de tierra(7).
Veinte leguas hay que andar hasta donde el mar se encuentra; las piedras que yo saqué allí quedaron hundidas, ¿cómo podría saber, dónde encontrar aquel sitio? También la barca quedó olvidada en la ribera. ¡Ay, si pudiera volver!
Cuando llevaban los dos las veinte leguas andadas a partieron el pan pararon; cuando hicieron treinta leguas plantaron el campamento. Cuando llegaron a Uruk -El Redil- le habló Gilgamés a él, a Ur Sanabi, el barquero: sube al muro, Ur Sanabi, de la ciudad de Uruk -El Redil-, anda por el antepecho y toca sus contrafuertes; examina sus murallas, mira su ladrillería. ¡Que adobes tan bien cocidos! ¿No pusieron los cimientos los Siete Sabios, allí?
Tres mil seiscientas fanegas ocupan las construcciones, tres mil seiscientas las huertas con sus palmerales dentro, tres mil seiscientas las balsas del barro de los adobes, mil ochocientas fanegas de terreno tiene el Templo de la diosa Istar, el E Ana. Doce mil seiscientas fanegas de terreno tiene Uruk. .......................................................
(1) El Abismo se encontraban en lo profundo de la tierra y de las aguas subterráneas, y la tierra hacía de techo. (2) Ver nota final F. (3) El dios Erragal, o Erra, era el responsable de la peste y otras epidemias. (4) Ver nota final G. (5) Ver nota final C. (6) Al comerse la planta, la culebra cambió la piel (la camisa) y rejuveneció. (7) Parece que se refiere, con este nombre, a la culebra, que salió ganando con la planta.