Siduri, una tabernera que vivía allí abajo, en la soledad del mar; vivía en una taberna, de la mar, en la ribera. Allí había repisas para colocar las jarras y las vasijas de oro; en la cabeza llevaba un pañuelo y una toca.
Gilgamés se iba acercando despacio a donde ella estaba. Sin embargo, aunque tenía algo de carne de dioses, la angustia había anidado dentro de su corazón. Tenía la cara de alguien que viene de recorrer un camino muy lejano.
Al verlo, la tabernera musitaba en su interior, hablaba consigo misma, quien podría ser aquel: éste es, seguramente, un hombre que se dedica a cazar toros salvajes; pero, ¿de donde vendrá y por qué viene hacia mí? Cuando lo hubo observado despacio, atrancó la puerta; cuando la tuvo cerrada se subió a la azotea.
Gilgamés, que había escuchado el ruido de la puerta, levantando la barbilla se volvió a donde estaba, y Gilgamés le habló, le dijo a la tabernera: Tabernera, ¡has cerrado!, ¿por qué atrancaste la puerta cuando me viste de lejos? Has atrancado la puerta y te has subido arriba. Desatrancaré la puerta y la tranca romperé. Luego, habló la tabernera, le dijo a Gilgamés: tuve miedo de un extraño, por eso atranqué la puerta; porque no sabía quien eras, me subí a la terraza; ahora que te veo, quiero saber todo de tu viaje.
Gilgamés le replicó, a ella, a la tabernera: mi amigo Enkido y yo somos aquellos que, juntos, subimos a las montañas, atrapamos y matamos, los dos, al toro del cielo, destrozamos a Jumbaba, el que tenía su escondite en el Monte de los Cedros; juntos matamos leones en los puertos de montaña.
Entonces, la tabernera le dijo a Gilgamés: si vosotros sois aquellos que mataron al guardián, abatieron a Jumbaba en el Monte de los Cedros, los que mataron leones en los puertos de montaña, atraparon y mataron al mismo toro del cielo, ¿y por qué es por lo que tienes las mejillas tan hundidas, tienes cansado el semblante, el timbre de voz tan débil, el rostro tan demacrado? ¿Por qué la preocupación se ha metido en tus entrañas, tienes la cara de aquel que vuelve de un largo viaje? ¿Por qué la escarcha, el calor, han requemado tu rostro, vas errante por los cerros con una piel de león?
¿Y cómo no iba a tener las mejillas tan hundidas, el semblante tan cansado, débil el timbre de voz, el rostro tan demacrado? ¿Por qué la preocupación no se iba a deslizar dentro de mi corazón, y no iba a tener mi rostro como la del caminante que vuelve de un largo viaje? ¿Por qué la escarcha, el calor, no iban a quemar mi rostro, no iba a vagar por los cerros con una piel de león?
¡Mi amigo, mi gran amigo, un onagro impetuoso, un asno del altiplano, un leopardo de la estepa! ¡Enkido, mi amigo Enkido, un onagro impetuoso, un asno del altiplano, un leopardo de la estepa! Mi amigo, al que tanto quise, el que conmigo sufrió en el claro y la espesura. Enkido, al que tanto quise, el que conmigo sufrió en la espesura y el claro. A él lo alcanzó el destino de las personas mortales. Seis días lloré por él, y durante siete noches; permití que lo enterraran sólo cuando vi un gusano caerle de la nariz.
Entonces me entró la angustia, tuve miedo, porque yo también tenía que morir; Comencé a sentir, entonces, el temor ante la muerte y a vagar por las estepas. Lo que le pasó a mi amigo algo muy pesado fue para poder soportarlo; desde entonces, un camino largo tengo tras de mí por las montañas silvestres; Lo que a Enkido le pasó algo muy pesado fue para poder soportarlo; desde entonces, un camino largo tengo tres de mí por las silvestres estepas.
¿Cómo podía callar? ¿Cómo iba a estar tranquilo? Mi amigo, al que tanto quise se había vuelto barro. Enkido, al que tento quise se había vuelto barro. ¿No me va a pasar a mí lo mismo, no voy a estar postrado y ya nunca más voy a poder levantarme, en toda la eternidad? (1) Gilgamés le habló de nuevo, le dijo a la tabernera: dime, ahora, tabernera ¿dónde encontraré el camino que me lleve a Ut Napisti? ¿De qué lugar partiré? Muéstrame en qué dirección me tendré que mantener. Si es posible para el hombre, cruzaré los océanos, si no, seguiré vagando por la estepa, como antes.
Entonces, la tabernera respondió a Gilgamés: oh Gilgamés, nunca hubo un camino hasta allí; desde los remotos tiempos no hubo quien consiguiera cruzar el ancho océano. Sólo Samas, el heroico, puede cruzar océanos. La travesía es peligrosa, está llena de peligros y, a la mitad del camino, está el Agua de la Muerte que impide seguir el viaje. Y aunque pudieras lograr cruzar el mar, Gilgamés, ¿qué piensas que vas a hacer cuando consigas llegar a las Aguas de la Muerte?
Allí está Ur Sanabi, el barquero de Ut Napisti, Los de Piedra están allí mientras él, dentro del monte, pelando pinos está.
Vete a él, que vea tu rostro. Si es posible a los humanos, entonces, viaja con él, y si no es posible, vuelve, y regresa a tu lugar.
Cuando Gilgamés lo oyó, cogió el hacha y se sacó el puñal de su cintura, se deslizó y se lanzó sobre los Seres de Piedra; sin parar daba sablazos, como una flecha, entre ellos, y el eco de su alarido dentro del monte se oyó.
Ur Sanabi vio brillar la hoja de su puñal, y hacia él se dirigió, llevando el hacha en la mano; sin embargo, Gilgamés se revolvió y le asestó fuerte golpe en la cabeza, luego, lo agarró del brazo, lo sujetó fuertemente.
Y el miedo se apoderó de aquellos Seres de Piedra al servicio de la barca, sin los que el Agua de Muerte no se puede atravesar. Él los hizo mil añicos, los echó al fondo del mar; en el agua se quedaron, en el agua en que se hundieron. Él los hizo mil añicos en el ardor de su ira, y los echó a la corriente. Amarró, luego, la barca que se encontraba en la orilla, y se fue a ver al barquero.
Volvió y se plantó ante él y ,observándolo Ur Sanabi, le miraba a él a los ojos; luego le habló Ur Sanabi, le dijo a Gilgamés: ¿por qué nombre te conocen?, Ur Sanabi soy yo, de Ut Napisti, el Lejano.
Gilgamés le contestó, le dijo a Ur Sanabi: yo me llamo Gilgamés, vengo de Uruk, la ciudad donde el dios Anón reside; he esquivado las montañas por una senda escondida, por la que sale el dios Sol.(2)
Luego le habló Ur Sanabi y le dijo a Gilgamés: ¿Por qué tienes, Gilgamés, las mejillas tan hundidas, el semblante tan cansado, el timbre de voz tan débil, el rostro tan demacrado? ¿Por qué las preocupaciones se han metido en tus entrañas, tienes la cara de aquel que vuelve de un largo viaje? ¿Por qué el calor y la escarcha han requemado tu rostro, vas errante por los cerros con las pieles del león?
Gilgamés dijo a Ur Sanabi: ¿Y cómo no iba a tener las mejillas tan hundidas, el semblante tan cansado, débil el timbre de voz, el rostro tan demacrado? ¿Por qué la preocupación no se iba a deslizar, dentro de mi corazón, y no iba a tener el rostro como el del caminante que vuelve de un largo viaje? ¿Por qué la escarcha, el calor, no iban a quemar mi rostro, no iba a vagar por los cerros con las pieles de león?
¡Mi amigo, mi gran amigo, un onagro impetuoso, un asno del altiplano, un leopardo de la estepa! ¡Enkido, mi amigo Enkido, un onagro impetuoso, un asno del altiplano, un leopardo de la estepa! Mi amigo, al que tanto quise, el que padeció conmigo en el claro y la espesura. Enkido, al que tanto quise, el que padeció conmigo en la espesura y el claro. A él lo alcanzó el destino de las personas mortales. Seis días lloré por él, y durante siete noches; no dejé que lo enterraran hasta que cayó un gusano del hueco de su nariz.
Entonces me entró la angustia, tuve miedo, porque yo también tenía que morir; empecé a sentir entonces el temor ante la muerte y a vagar por las estepas. Lo que le pasó a mi amigo pesó mucho sobre mí para poder soportarlo; desde entonces, un camino largo tengo tras de mí por las montañas silvestres; Lo que a Enkido le pasó pesó mucho sobre mí para poder soportarlo; desde entonces, un camino largo tengo tres de mí por las silvestres estepas.
¿Cómo podía callar? ¿Cómo iba a estar tranquilo? Mi amigo, al que tanto quise, se había vuelto barro. Enkido, al que quise tanto se había vuelto barro ¿No me va a pasar a mí lo mismo, no voy a estar postrado y ya nunca más voy a poder levantarme, en toda la eternidad?
Gilgamés le habló de nuevo, a Ur Sanabi le dijo: dime, ahora, Ur Sanabi ¿dónde encontraré el camino que me lleve a Ut Napisti? ¿De qué lugar partiré? Muéstrame en qué dirección me tendré que mantener. Si es posible para el hombre, cruzaré los océanos, si no, seguiré vagando por la estepa, como antes.
Allí le habló Ur Sanabi, le respondió a Gilgamés: oh Gilgamés, Gilgamés, han sido tus propias manos las que han hecho imposible seguir con la travesía. Destrozaste a Los de Piedra, al río los arrojaste. Los de Piedra están deshechos, sin pelar están los pinos. Coge, Gilgamés, el hacha, vete para abajo, al monte, y corta trescientas latas, de treinta metros de largo; quítale las ramas, hazles, en sus puntas, un tetón y tráelas ante mí.
Gilgamés escuchó atento las palabras que él le dijo; cogió con su mano el hacha, sacó el puñal de su cinto y se dirigió hacia abajo, al monte, y de treinta metros trescientas latas cortó; les quitó todas las ramas, les hizo un abultamiento en la punta y las llevó ante Ur Sanabi, el barquero.
Gilgamés y Ur Sanabi se subieron a la barca; se sentaron, maniobraron.
En tres días avanzaron tanto como se recorre navegando mes y medio; llegó, entonces, Ur Sanabi a las Aguas de la Muerte. Y Ur Sanabi le habló, le dijo a Gilgamés: ¡Hazte a ello, Gilgamés! Coge la primera lata. Ten cuidado, que no toque tu mano el Agua de Muerte, que si no, se secará. Toma la segunda lata, la tercera, Gilgamés. Toma la cuarta y la quinta, y la sexta, Gilgamés. Una séptima, la octava, la novena, Gilgamés. Coge la décima lata la undécima, Gilgamés, la duodécima, también. Después de las treinta leguas Gilgamés había gastado todas las latas que había. Ur Sanabi se quitó sus ropas, y Gilgamés la piel que llevaba puesta; extendió, luego, sus brazos y en ellos colgó la ropa, para que hiciera de vela.
Ut Napisti, desde lejos, observaba a Gilgamés y, hablando consigo mismo, se preguntaba, estrañado, que significaba aquello. ¿Por qué fueron destruidos todos los Seres de Piedra, viene de guía en la barca uno que no es su barquero? El que allí viene no es ninguno de mis sirvientes, pero el que va a su derecha sí parece Ur Sanabi. Aunque mire fijamente, no puedo reconocerlo; sí, aunque me fije mucho, reconocerlo no puedo;
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No es ninguno de los hombres que tengo yo a mi servicio; el ................... ...........3 líneas faltan .............
Gilgamés se iba acercando a donde dejar la barca.
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En un sitio resguardado pararon y se bajaron; se acercaron a Ut Napisti, el hijo de Ubar Tutó, el que después del diluvio se vino a vivir aquí, por mandato de los dioses .................................
Y Ut Napisti le habló, le dijo a Gilgamés: ¿Por qué tienes, Gilgamés, las mejillas tan hundidas, el semblante tan cansado, el timbre de voz tan débil, el rostro tan demacrado? ¿Por qué la preocupación se ha metido en tus entrañas, tienes la cara de aquel que vuelve de un largo viaje? ¿Por qué el calor y la escarcha han requemado tu rostro, vas errante por los cerros con una piel de león?
Habló, entonces, Gilgamés, y le dijo a Ut Napisti: ¿Y cómo no iba a tener las mejillas tan hundidas, el semblante tan cansado, débil el timbre de voz, el rostro tan demacrado? ¿Por qué la preocupación no se iba a deslizar dentro de mi corazón, no iba yo a tener el rostro como el del caminante que vuelve de un largo viaje? ¿Por qué la escarcha, el calor, no iban a quemar mi rostro, no iba a vagar por los cerros con una piel de león?
¡Mi amigo, mi gran amigo, un onagro impetuoso, un asno del altiplano, un leopardo de la estepa! ¡Enkido, mi amigo Enkido, un onagro impetuoso, un asno del altiplano, un leopardo de la estepa! Mi amigo, al que tanto quise, el que me acompañaba en el claro y la espesura. Enkido, al que tanto quise, el que padeció conmigo en la espesura y el claro. A él lo alcanzó el destino de las personas mortales.
Seis días lloré por él, y durante siete noches; no dejé que lo enterraran hasta que cayó un gusano del hueco de su nariz. Entonces me entró la angustia, tuve miedo, porque yo también tenía que morir; empecé a sentir, entonces, el pavor ante la muerte y a vagar por las estepas. Lo que le pasó a mi amigo pesó mucho sobre mí para poder soportarlo; desde entonces, un camino largo tengo tras de mí por las montañas silvestres; Lo que a Enkido le pasó pesó mucho sobre mí para poder soportarlo; desde entonces, un camino largo tengo tres de mí por las silvestres estepas.
¿Cómo podía callar? ¿Cómo iba a estar tranquilo? Mi amigo, al que tanto quise se había vuelto barro. Enkido, al que tnto quise se había vuelto barro. ¿No me va a pasar a mí lo mismo, no voy a estar postrado y ya nunca más voy a poder levantarme, en toda la eternidad?
De nuevo habló Gilgamés, y le dijo a Ut Napisti: me pensé: voy a buscar a Ut Napisti, el lejano, del que todo el mundo habla. Recorrí, en mi caminar, países de muchos amos, y muchas veces crucé montañas que daban miedo. Muchas veces navegué los mares, y retorné.
De dormir plácidamente engordó poco mi cara; yo mismo me flagelé en tanto que me negaba el sueño reparador; mis músculos se agotaron, ¿ y qué es lo que conseguí con tanto padecimiento? Antes de ver a Siduri ya estaba mi ropa rota, maté osos, hienas, leones, chacales y leopardos, corzos y fieras salvajes y animales de la estepa; tuve que comer su carne y vestirme con sus pieles.
Ahora espero que la puerta de los pesares se cierre para siempre, tras de mí. Ciérrame con pez la puerta, ciérrala con alquitrán. Mi sino no me dejó ocasión para reír, antes bien, me hizo triste, infeliz, como ahora soy.
Y Ut Napisti le habló, le dijo a Gilgamés: ¿Por qué llevas, Gilgamés, tan lejos tus aflicciones? Tú, que estás hecho de carne de los dioses y los hombres; tú, al que los dioses tratan como a tu padre y tu madre; ¿por qué, Gilgamés, comparas tu suerte con la del loco?
A ti te han puesto los dioses un asiento en su asamblea y te han dicho: ¡Siéntate! Los locos sólo reciben las migas de lo que sobra, en lugar de mantequilla; come granzas y salvado, en lugar de buena harina; se cubre sólo de harapos, en vez de ropajes bellos, y en lugar de faja hermosa, lleva anudado un cordel.
Él no tiene consejero que, con tesón, lo defienda; le falta, en todas las cosas que emprende, el conocimiento. Y, aun así, no es infeliz, pues no se preocupa tanto. Piensa en él, oh Gilgamés, ................................... quien es su señor ........... .......................................... también del dios Luna, Sin, de los dioses de la noche; de noche viaja la luna, nos ilumina el camino; los dioses están despiertos siempre hacen la vigilia, siempre en vela, sin dormir; El destino de los hombres desde siempre está fijado que ................................ ahora piensa en el camino que tienes que recorrer tu protección ................ .................................... Cuando ya no haya nadie que cuide, oh Gilgamés, de los templos de los dioses, de los templos de las diosas ......... ........................................... Ella ................................ los dioses .......................... porque ..................................... él hizo ............................ ......................... como regalo ................... él ................... ......................... las ........... ................... arrojaran al suelo.
Ellos sorprendieron, sí, a Enkido con su destino, pero tú te has esforzado ¿y qué has podido alcanzar? Has agotado tus fuerzas con trabajos incesantes, tus brazos están cansados de tantos padecimientos, y de esa manera vas, más deprisa cada vez, hasta el final de tus días.
El hombre será segado cual caña en cañaveral, sin que importe quien es él. Lo mismo si es joven guapo, o es hermosa muchacha, la muerte los arrebata pronto, en la flor de sus años.
Nadie ve nunca la muerte, nadie ve jamás su rostro, nadie percibe su voz, nadie ve la muerte gris, segadora de los hombres. A pesar de ello, los hombres seguimos fundando hogares; a pesar de ello, seguimos obligaciones cumpliendo, a pesar de ello, los hermanos siguen partiendo su herencia y, a pesar de todo, siguen surgiendo desavenencias en todos los territorios. Y el río sigue creciendo y nos va inundando a todos como a la cachipolla(3), que vuela sobre las aguas y, cuando la tarde cae, de repente, allí no hay nada.
Los que duermen y los muertos ¡cuanto, entre sí, se parecen! y, aun así, ninguno puede, con atino, reflejar una imagen de la muerte. Todavía ningún muerto ha podido devolver un saludo a los que viven. Los Anunaki, los grandes dioses, tuvieron reunión. Mamita, la que da el sino a cada uno de los hombres, fijó con ellos la suerte de toda la humanidad: nos concedieron la vida, nos cargaron con la muerte, pero el día de la muerte a nadie lo revelaron. ...................................................... (1) Ver Nota final H.- (2) Tabl. paleobabilónica de Sipar (Meissner/Millard). (3) En entomología se conoce el insecto citado, como "efímera" o "cachipolla", cuyo nombre científico es ephemera vulgata.