Portada
Gilgamés
Introducción
Tablilla I
Tablilla II
Tablilla III
Tablilla IV
Tablilla V
Tablilla VI
Tablilla VII
Tablilla VIII
Tablilla IX
Tablilla X
Tablilla XI
Tablilla XII
Notas Finales
Revista FURTIVO
Ciudadanos del mundo
Navaja-UR
Días de Otoño en Valdecabras
Esculturas de Vicente Marín
Esculturas de Julia
Fotos-Actualidad gráfica
Fotos-DíasdeotoñoenValdecabras1
Fotos-DíasdeOtoñoenValdecabras2
Fotos de Pozoamargo
Fotos de Valdecabras
Pág.Disponible
Poesía
Pozoamargo
Valdecabras
CuencosdeCuenca
Variopinta
Hongos y setas
Opina
Libro de Visitas
 


Siduri, una tabernera
que vivía allí abajo,
en la soledad del mar;
vivía en una taberna,
de la mar, en la ribera.
Allí había repisas
para colocar las jarras
y las vasijas de oro;
en la cabeza llevaba 
un pañuelo y una toca.

Gilgamés se iba acercando
despacio a donde ella estaba.
Sin embargo, aunque tenía
algo de carne de dioses,
la angustia había anidado
dentro de su corazón.
Tenía la cara de alguien
que viene de recorrer
un camino muy lejano.

Al verlo, la tabernera
musitaba en su interior,
hablaba consigo misma,
quien podría ser aquel:
éste es, seguramente,
un hombre que se dedica
a cazar toros salvajes;
pero, ¿de donde vendrá
y por qué viene hacia mí?
Cuando lo hubo observado
despacio, atrancó la puerta;
cuando la tuvo cerrada
se subió a la azotea.

Gilgamés, que había escuchado
el ruido de la puerta,
levantando la barbilla
se volvió a donde estaba,
y Gilgamés le habló,
le dijo a la tabernera:
Tabernera, ¡has cerrado!,
¿por qué atrancaste la puerta
cuando me viste de lejos?
Has atrancado la puerta
y te has subido arriba.
Desatrancaré la puerta
y la tranca romperé.
Luego, habló la tabernera,
le dijo a Gilgamés:
tuve miedo de un extraño,
por eso atranqué la puerta;
porque no sabía quien eras,
me subí a la terraza;
ahora que te veo, quiero
saber todo de tu viaje.

Gilgamés le replicó,
a ella, a la tabernera:
mi amigo Enkido y yo
somos aquellos que, juntos,
subimos a las montañas,
atrapamos y matamos,
los dos, al toro del cielo,
destrozamos a Jumbaba,
el que tenía su escondite
en el Monte de los Cedros;
juntos matamos leones
en los puertos de montaña.

Entonces, la tabernera
le dijo a Gilgamés:
si vosotros sois aquellos
que mataron al guardián,
abatieron a Jumbaba
en el Monte de los Cedros,
los que mataron leones
en los puertos de montaña,
atraparon y mataron
al mismo toro del cielo,
¿y por qué es por lo que tienes
las mejillas tan hundidas,
tienes cansado el semblante,
el timbre de voz tan débil,
el rostro tan demacrado?
 ¿Por qué la preocupación
se ha metido en tus entrañas,
tienes la cara de aquel
que vuelve de un largo viaje?
¿Por qué la escarcha, el calor,
han requemado tu rostro,
vas errante por los cerros
con una piel de león?

¿Y cómo no iba a tener
las mejillas tan hundidas,
el semblante tan cansado,
débil el timbre de voz,
el rostro tan demacrado?
¿Por qué la preocupación
no se iba a deslizar
dentro de mi corazón,
y no iba a tener mi rostro
como la del caminante
que vuelve de un largo viaje?
¿Por qué la escarcha, el calor,
no iban a quemar mi rostro,
no iba a vagar por los cerros
con una piel de león?

¡Mi amigo, mi gran amigo,
un onagro impetuoso,
un asno del altiplano,
un leopardo de la estepa!
¡Enkido, mi amigo Enkido,
un onagro impetuoso,
un asno del altiplano,
un leopardo de la estepa!
Mi amigo, al que tanto quise,
el que conmigo sufrió
en el claro y la espesura.
Enkido, al que tanto quise,
el que conmigo sufrió
en la espesura y el claro.
A él lo alcanzó el destino
de las personas mortales.
Seis días lloré por él,
y durante siete noches;
permití que lo enterraran
sólo cuando vi un gusano
caerle de la nariz.

Entonces me entró la angustia,
tuve miedo, porque yo
también tenía que morir;
Comencé a sentir, entonces,
el temor ante la muerte
y a vagar por las estepas.
Lo que le pasó a mi amigo
algo muy pesado fue
para poder soportarlo;
desde entonces, un camino
largo tengo tras de mí
por las montañas silvestres;
Lo que a Enkido le pasó
algo muy pesado fue
para poder soportarlo;
desde entonces, un camino
largo tengo tres de mí
por las silvestres estepas.

¿Cómo podía callar?
¿Cómo iba a estar tranquilo?
Mi amigo, al que tanto quise
se había vuelto barro.
Enkido, al que tento quise
se había vuelto barro.
¿No me va a pasar a mí
lo mismo, no voy a estar
postrado y ya nunca más
voy a poder levantarme,
en toda la eternidad?
(1)
Gilgamés le habló de nuevo,
le dijo a la tabernera:
dime, ahora, tabernera
¿dónde encontraré el camino
que me lleve a Ut Napisti?
¿De qué lugar partiré?
Muéstrame en qué dirección
me tendré que mantener.
Si es posible para el hombre,
cruzaré los océanos,
si no, seguiré vagando
por la estepa, como antes.

Entonces, la tabernera
respondió a Gilgamés:
oh Gilgamés, nunca hubo
un camino hasta allí;
desde los remotos tiempos
no hubo quien consiguiera
cruzar el ancho océano.
Sólo Samas, el heroico,
puede cruzar océanos.
La travesía es peligrosa,
está llena de peligros
y, a la mitad del camino,
está el Agua de la Muerte
que impide seguir el viaje.
Y aunque pudieras lograr
cruzar el mar, Gilgamés,
¿qué piensas que vas a hacer
cuando consigas llegar
a las Aguas de la Muerte?

Allí está Ur Sanabi,
el barquero de Ut Napisti,
Los de Piedra están allí
mientras él, dentro del monte,
pelando pinos está.

Vete a él, que vea tu rostro.
Si es posible a los humanos,
entonces, viaja con él,
y si no es posible, vuelve,
y regresa a tu lugar.

Cuando Gilgamés lo oyó,
cogió el hacha y se sacó
el puñal de su cintura,
se deslizó y se lanzó
sobre los Seres de Piedra;
sin parar daba sablazos,
como una flecha, entre ellos,
y el eco de su alarido
dentro del monte se oyó.

Ur Sanabi vio brillar
la hoja de su puñal,
y hacia él se dirigió,
llevando el hacha en la mano;
sin embargo, Gilgamés
se revolvió y le asestó
fuerte golpe en la cabeza,
luego, lo agarró del brazo,
lo sujetó fuertemente.

Y el miedo se apoderó
de aquellos Seres de Piedra
al servicio de la barca,
sin los que el Agua de Muerte
no se puede atravesar.
Él los hizo mil añicos,
los echó al fondo del mar;
en el agua se quedaron, 
en el agua en que se hundieron.
Él los hizo mil añicos
en el ardor de su ira,
y los echó a la corriente.
Amarró, luego, la barca
que se encontraba en la orilla,
y se fue a ver al barquero.

Volvió y se plantó ante él
y ,observándolo Ur Sanabi,
le miraba a él a los ojos;
luego le habló Ur Sanabi,
le dijo a Gilgamés:
¿por qué nombre te conocen?,
Ur Sanabi soy yo,
de Ut Napisti, el Lejano.

Gilgamés le contestó,
le dijo a Ur Sanabi:
yo me llamo Gilgamés,
vengo de Uruk, la ciudad
donde el dios Anón reside;
he esquivado las montañas
por una senda escondida,
por la que sale el dios Sol.(2)

Luego le habló Ur Sanabi
y le dijo a Gilgamés:
¿Por qué tienes, Gilgamés,
las mejillas tan hundidas,
el semblante tan cansado,
el timbre de voz tan débil,
el rostro tan demacrado?
¿Por qué las preocupaciones
se han metido en tus entrañas,
tienes la cara de aquel
que vuelve de un largo viaje?
¿Por qué el calor y la escarcha
han requemado tu rostro,
vas errante por los cerros
con las pieles del león?

Gilgamés dijo a Ur Sanabi:
¿Y cómo no iba a tener
las mejillas tan hundidas,
el semblante tan cansado,
débil el timbre de voz,
el rostro tan demacrado?
¿Por qué la preocupación
no se iba a deslizar,
dentro de mi corazón,
y no iba a tener el rostro
como el del caminante
que vuelve de un largo viaje?
¿Por qué la escarcha, el calor,
no iban a quemar mi rostro,
no iba a vagar por los cerros
con las pieles de león?

¡Mi amigo, mi gran amigo,
un onagro impetuoso,
un asno del altiplano,
un leopardo de la estepa!
¡Enkido, mi amigo Enkido,
un onagro impetuoso,
un asno del altiplano,
un leopardo de la estepa!
Mi amigo, al que tanto quise,
el que padeció conmigo
en el claro y la espesura.
Enkido, al que tanto quise,
el que padeció conmigo
en la espesura y el claro.
A él lo alcanzó el destino
de las personas mortales.
Seis días lloré por él,
y durante siete noches;
no dejé que lo enterraran
hasta que cayó un gusano
del hueco de su nariz.

Entonces me entró la angustia,
tuve miedo, porque yo
también tenía que morir;
empecé a sentir entonces
el temor ante la muerte
y a vagar por las estepas.
Lo que le pasó a mi amigo
pesó mucho sobre mí
para poder soportarlo;
desde entonces, un camino
largo tengo tras de mí
por las montañas silvestres;
Lo que a Enkido le pasó
pesó mucho sobre mí
para poder soportarlo;
desde entonces, un camino
largo tengo tres de mí
por las silvestres estepas.

¿Cómo podía callar?
¿Cómo iba a estar tranquilo?
Mi amigo, al que tanto quise,
se había vuelto barro.
Enkido, al que quise tanto
se había vuelto barro
¿No me va a pasar a mí
lo mismo, no voy a estar
postrado y ya nunca más
voy a poder levantarme,
en toda la eternidad?

Gilgamés le habló de nuevo,
a Ur Sanabi le dijo:
dime, ahora, Ur Sanabi
¿dónde encontraré el camino
que me lleve a Ut Napisti?
¿De qué lugar partiré?
Muéstrame en qué dirección
me tendré que mantener.
Si es posible para el hombre,
cruzaré los océanos,
si no, seguiré vagando
por la estepa, como antes.

Allí le habló Ur Sanabi,
le respondió a Gilgamés:
oh Gilgamés, Gilgamés,
han sido tus propias manos
las que han hecho imposible
seguir con la travesía.
Destrozaste a Los de Piedra,
al río los arrojaste.
Los de Piedra están deshechos,
sin pelar están los pinos.
Coge, Gilgamés, el hacha,
vete para abajo, al monte,
y corta trescientas latas,
de treinta metros de largo;
quítale las ramas, hazles,
en sus puntas, un tetón
y tráelas ante mí.

Gilgamés escuchó atento
las palabras que él le dijo;
cogió con su mano el hacha,
sacó el puñal de su cinto
y se dirigió hacia abajo,
al monte, y de treinta metros
trescientas latas cortó;
les quitó todas las ramas,
les hizo un abultamiento
en la punta y las llevó
ante Ur Sanabi, el barquero.

Gilgamés y Ur Sanabi
se subieron a la barca;
se sentaron, maniobraron.

En tres días avanzaron
tanto como se recorre
navegando mes y medio;
llegó, entonces, Ur Sanabi
a las Aguas de la Muerte.
Y Ur  Sanabi le habló,
le dijo a Gilgamés:
¡Hazte a ello, Gilgamés!
Coge la primera lata.
Ten cuidado, que no toque
tu mano el Agua de Muerte,
que si no, se secará.
Toma la segunda lata,
la tercera, Gilgamés.
Toma la cuarta y la quinta,
y la sexta, Gilgamés.
Una séptima, la octava,
la novena, Gilgamés.
Coge la décima lata
la undécima, Gilgamés,
la duodécima, también.
Después de las treinta leguas
Gilgamés había gastado
todas las latas que había.
Ur Sanabi se quitó
sus ropas, y Gilgamés
la piel que llevaba puesta;
extendió, luego, sus brazos
y en ellos colgó la ropa,
para que hiciera de vela.

Ut Napisti, desde lejos,
observaba a Gilgamés
y, hablando consigo mismo,
se preguntaba, estrañado,
que significaba aquello.
¿Por qué fueron destruidos
todos los Seres de Piedra,
viene de guía en la barca
uno que no es su barquero?
El que allí viene no es
ninguno de mis sirvientes,
pero el que va a su derecha
sí parece Ur Sanabi.
Aunque mire fijamente,
no puedo reconocerlo;
sí, aunque me fije mucho,
reconocerlo no puedo;

......4 líneas .........

No es ninguno de los hombres
que tengo yo a mi servicio;
el ...................
...........3 líneas faltan .............

Gilgamés se iba acercando
a donde dejar la barca.

......... faltan 2 líneas .........

En un sitio resguardado
pararon y se bajaron;
se acercaron a Ut Napisti,
el hijo de Ubar Tutó,
el que después del diluvio
se vino a vivir aquí,
por mandato de los dioses
 .................................

Y Ut Napisti le habló,
le dijo a Gilgamés:
¿Por qué tienes, Gilgamés,
las mejillas tan hundidas,
el semblante tan cansado,
el timbre de voz tan débil,
el rostro tan demacrado?
 ¿Por qué la preocupación
se ha metido en tus entrañas,
tienes la cara de aquel
que vuelve de un largo viaje?
¿Por qué el calor y la escarcha
han requemado tu rostro,
vas errante por los cerros
con una piel de león?

Habló, entonces, Gilgamés,
y le dijo a Ut Napisti:
¿Y cómo no iba a tener
las mejillas tan hundidas,
el semblante tan cansado,
débil el timbre de voz,
el rostro tan demacrado?
¿Por qué la preocupación
no se iba a deslizar
dentro de mi corazón,
no iba yo a tener el rostro
como el del caminante
que vuelve de un largo viaje?
¿Por qué la escarcha, el calor,
no iban a quemar mi rostro,
no iba a vagar por los cerros
con una piel de león?

¡Mi amigo, mi gran amigo,
un onagro impetuoso,
un asno del altiplano,
un leopardo de la estepa!
¡Enkido, mi amigo Enkido,
un onagro impetuoso,
un asno del altiplano,
un leopardo de la estepa!
Mi amigo, al que tanto quise,
el que me acompañaba
en el claro y la espesura.
Enkido, al que tanto quise,
el que padeció conmigo
en la espesura y el claro.
A él lo alcanzó el destino
de las personas mortales.

Seis días lloré por él,
y durante siete noches;
no dejé que lo enterraran
hasta que cayó un gusano
del hueco de su nariz.
Entonces me entró la angustia,
tuve miedo, porque yo
también tenía que morir;
empecé a sentir, entonces,
el pavor ante la muerte
y a vagar por las estepas.
Lo que le pasó a mi amigo
pesó mucho sobre mí
para poder soportarlo;
desde entonces, un camino
largo tengo tras de mí
por las montañas silvestres;
Lo que a Enkido le pasó
pesó mucho sobre mí
para poder soportarlo;
desde entonces, un camino
largo tengo tres de mí
por las silvestres estepas.

¿Cómo podía callar?
¿Cómo iba a estar tranquilo?
Mi amigo, al que tanto quise
se había vuelto barro.
Enkido, al que tnto quise
se había vuelto barro.
¿No me va a pasar a mí
lo mismo, no voy a estar
postrado y ya nunca más
voy a poder levantarme,
en toda la eternidad?

De nuevo habló Gilgamés,
y le dijo a Ut Napisti:
me pensé: voy a buscar
a Ut Napisti, el lejano,
del que todo el mundo habla.
Recorrí, en mi caminar,
países de muchos amos,
y muchas veces crucé
montañas que daban miedo.
Muchas veces navegué
los mares, y retorné.

De dormir plácidamente
engordó poco mi cara;
yo mismo me flagelé
en tanto que me negaba
el sueño reparador;
mis músculos se agotaron,
¿ y qué es lo que conseguí
con tanto padecimiento?
Antes de ver a Siduri
ya estaba mi ropa rota,
maté osos, hienas, leones,
chacales y leopardos,
corzos y fieras salvajes
y animales de la estepa;
tuve que comer su carne
y vestirme con sus pieles.

Ahora espero que la puerta
de los pesares se cierre
para siempre, tras de mí.
Ciérrame con pez la puerta,
ciérrala con alquitrán.
Mi sino no me dejó
ocasión para reír,
antes bien, me hizo triste,
infeliz, como ahora soy.

Y Ut Napisti le habló,
le dijo a Gilgamés:
¿Por qué llevas, Gilgamés,
tan lejos tus aflicciones?
Tú, que estás hecho de carne
de los dioses y los hombres;
tú, al que los dioses tratan
como a tu padre y tu madre;
¿por qué, Gilgamés, comparas
tu suerte con la del loco?

 A ti te han puesto los dioses
un asiento en su asamblea
y te han dicho: ¡Siéntate!
Los locos sólo reciben
las migas de lo que sobra,
en lugar de mantequilla;
come granzas y salvado,
en lugar de buena harina;
se cubre sólo de harapos,
en vez de ropajes bellos,
y en lugar de faja hermosa,
lleva anudado un cordel.

Él no tiene consejero
que, con tesón, lo defienda;
le falta, en todas las cosas
que emprende, el conocimiento.
Y, aun así, no es infeliz,
pues no se preocupa tanto.
Piensa en él, oh Gilgamés,
...................................
quien es su señor ...........
..........................................
también del dios Luna, Sin,
de los dioses de la noche;
de noche viaja la luna,
nos ilumina el camino;
los dioses están despiertos
siempre hacen la vigilia,
siempre en vela, sin dormir;
El destino de los hombres
desde siempre está fijado
que ................................
ahora piensa en el camino
que tienes que recorrer
tu protección ................
....................................
Cuando ya no haya nadie
que cuide, oh Gilgamés, 
de los templos de los dioses,
de los templos de las diosas .........
...........................................
Ella ................................
los dioses ..........................
porque .....................................
él hizo ............................
......................... como regalo
................... él ...................
......................... las ...........
................... arrojaran al suelo.

Ellos sorprendieron, sí,
a Enkido con su destino,
pero tú te has esforzado
¿y qué has podido alcanzar?
Has agotado tus fuerzas
con trabajos incesantes,
tus brazos están cansados
de tantos padecimientos,
y de esa manera vas,
más deprisa cada vez,
hasta el final de tus días.

El hombre será segado
cual caña en cañaveral,
sin que importe quien es él.
Lo mismo si es joven guapo,
o es hermosa muchacha,
la muerte los arrebata
pronto, en la flor de sus años.

Nadie ve nunca la muerte,
nadie ve jamás su rostro,
nadie percibe su voz,
nadie ve la muerte gris,
segadora de los hombres.
A pesar de ello, los hombres
seguimos fundando hogares;
a pesar de ello, seguimos
obligaciones cumpliendo,
a pesar de ello, los hermanos
siguen partiendo su herencia
y, a pesar de todo, siguen
surgiendo desavenencias
en todos los territorios.
Y el río sigue creciendo
y nos va inundando a todos
como a la cachipolla(3),
que vuela sobre las aguas
y, cuando la tarde cae,
de repente, allí no hay nada.

Los que duermen y los muertos
¡cuanto, entre sí, se parecen!
y, aun así, ninguno puede,
con atino, reflejar
una imagen de la muerte.
Todavía ningún muerto
ha podido devolver
un saludo a los que viven.
Los Anunaki, los grandes
dioses, tuvieron reunión.
Mamita, la que da el sino
a cada uno de los hombres,
fijó con ellos la suerte
de toda la humanidad:
nos concedieron la vida,
nos cargaron con la muerte,
pero el día de la muerte
a nadie lo revelaron.
......................................................
(1) Ver Nota final H.-
(2) Tabl. paleobabilónica de Sipar
      (Meissner/Millard).
(3) En entomología se conoce el insecto citado,
      como "efímera" o "cachipolla", cuyo nombre
      científico es ephemera vulgata.

Top