Portada
Gilgamés
Introducción
Tablilla I
Tablilla II
Tablilla III
Tablilla IV
Tablilla V
Tablilla VI
Tablilla VII
Tablilla VIII
Tablilla IX
Tablilla X
Tablilla XI
Tablilla XII
Notas Finales
Revista FURTIVO
Ciudadanos del mundo
Navaja-UR
Días de Otoño en Valdecabras
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Esculturas de Julia
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Amigo mío, ¿por qué
los grandes dioses están,
en consejo, reunidos?

Al amanecer, Enkido
le dijo a Gilgamés:
amigo mío, qué sueño,
que he tenido esta noche:
Anón, Ea y Enlil 
y Samas el celestial
mantuvieron un consejo;
y Anón le dijo a Enlil:
lo mismo que han dado muerte
a nuestro toro del cielo,
así mataron también
a Jumbaba, el guardián
en el monte de los cedros.

Y Anón dictó sentencia:
que muera uno de los dos.

Y Enlil le contestó:
que sea Enkido el que muera,
que no sea Gilgamés.

Allí, Samas, el celeste,
respondió al heroico Enlil:
¿No fue por orden mía(1)
por lo que ellos dieron muerte
a Jumbaba, el vigilante,
también al toro del cielo?
¿Por qué tiene que morir
ahora Enkido, el inocente?

Enlil se enfureció, entonces,
contra el dios celeste, Samas:
lo que es verdad es que tú
acompañaste sus pasos
todos los días de camino,
como si tú hubieras sido
su compañero de viaje.

Se encontraba Enkido echado
ante Gilgamés, su amigo,
y sus lágrimas corrían
en verdaderos regueros.

Te he querido, hermano mío,
mas ahora me llevarán
lejos de ti, hermano mío. 
Me sentaré entre los muertos;
cruzaré el umbral de la muerte,
y nunca ya te veré.(2)

Abrió la boca Enkido
para hablar
y le dijo a Gilgamés:
ven amigo mío, vamos
juntos al templo de Anón.
Hasta la entrada del templo
me tienes que acompañar;
que voy a echarme a la cara,
la puerta que yo ensamblé,
para que mi corazón
encuentre tranquilidad.
Yo elegí el cedro mayor
para honra de Nipur.

Enkido elevó la vista,
como si estuviera viendo
la puerta misma del templo
y, luego, le empezó a hablar
como se habla a una persona:
oh puerta del monte oscuro;
aunque no me puedas tú
entender, aunque no tengas
sentimientos como yo.
Veinte leguas caminé
hasta encontrar para ti
la madera más preciosa,
hasta que encontré en el monte
el cedro de mayor porte.

No tenía comparación
tu árbol en todo el monte;
tú tienes sesenta codos
de alta, veinte de ancha,
 y es de un codo tu grosor;
tus jambas y tus dinteles,
tanto arriba como abajo,
están hechos de una pieza.
Yo fui el que te ensamblé,
el que te trajo a Nipur
y fui el que te coloqué.

Si hubiera sabido, oh puerta,
que me pagarías así,
si hubiera sabido, oh puerta,
con qué me ibas a pagar,
hubiera cogido mi hacha
y astillas te hubiera hecho.

Te podría haber llevado
río abajo, como balsa,
al E Babara. Al Ebabara(3)
podría haberte llevado,
hasta el templo del dios Samas,
y haber empleado el cedro
en las puertas de Ebabara.
Clavaría en tu dintel
a Anzo, el de las tormentas,
y habría colocado, allí
delante, toros con alas;
con las piedras más preciosas
la entrada habría adornado.

Fama daría a la ciudad,
y esplendor al dios Samas,
y en Uruk te envidiarían,
pues Samas sí que me oyó
cuando a él me dirigí
y, cuando estuve en peligro,
en mis manos puso un arma.

Pero, oh puerta, ahora
que ya te hice, te traje
y te coloqué en Nipur,
¿cómo voy a hacerte yo
astillas y echarte abajo?
El rey que reine después,
que sienta odio hacia ti,
si es hombre como si es dios,
que te cuelgue en un lugar
donde no te vea nadie;
que borre de ti mi nombre,
que ponga el suyo, si quiere.

Arrancó, en su corazón,
su nombre y lo tiró lejos.

Escuchaba atento él,
mientras Enkido hablaba
raudamente, sin aliento.
Cuando Gilgamés oyó
las palabras de su amigo,
rompió a llorar él también.

Gilgamés abrió la boca
para hablar y dijo a Enkido:
amigo mío, tú eres
de una perfecta prudencia
que abarca todas las cosas.
¿Por qué, si tienes razón
y conocimiento, hablas
de manera tan odiosa
para con todos los dioses?
¿Por qué, mi amigo, importuna
tu corazón a los dioses?

El sueño debió ser raro,
y por eso fue tan grande
la angustia que te embargaba;
llegó de tu febril boca
como un zumbar de moscardas;
lo que te angustiaba era,
sin duda, algo importante,
y por eso raro el sueño.
Los dolores y la angustia
se quedan para los vivos;
el muerto deja al que vive
las penas y la ansiedad.

Yo suplicaré por ti
a los dioses principales,
iré a la casa de Samas,
a tu dios imploraré.
Al dios Anón rezaré,
padre de todos los dioses;
que Enlil, el gran consejero,
mi prez oiga en tu presencia
y que mi súplica encuentre
misericordia ante Ea.
De oro te haré una imagen,
mi oro gastaré en ella.

No gastes en ella plata,
ni lapislázuli ni oro.
Las palabras que Enlil dijo
no son como las que dicen
dioses menos importantes;
una vez que lo ha ordenado,
ya no lo retira más,
y lo que ha decidido,
ya no lo retira más.
Mi destino, amigo mío,
ya se ha determinado.
Muchos se tienen que ir
antes de andar su camino.

Cuando empezó a clarear,
levantó Enkido su rostro
para quejarse ante Samas.
Con el primer resplandor
corrieron sus primeras lágrimas:

Porque mi destino ha sido
ingrato, te pido, Samas,
que el cazador, aquel hombre
que cazaba con las trampas
y no me dejó vivir
tanto como a mis amigos,
que tampoco viva él
lo que sus amigos vivan.

Que le rehuya la caza,
que su botín sea pequeño,
que su parte en la ganancia
sea menuda en tu presencia;
que, en sus lazos, no se enganche
ninguna pieza de caza,
y si alguna se enganchara,
que se escape otra vez.

Después de haber maldecido
con toda su alma al cazador,
pensó maldecir  también
a Samjat, la del amor:
Vente, Samjat, hasta mí,
que te voy a echar la suerte,
un sino que arrastrarás
por toda la eternidad.
Yo te voy a maldecir
con una maldición grande,
maldición  que arrastrarás
desde ahora y para siempre.

Que no tengas una casa,
como siempre has deseado,
que nunca pases la vida
en medio de una familia,
que no te dejen entrar
en donde están las muchachas;
que por tus hermosos pechos
salga cerveza podrida;
que tu vestido de fiesta
lo eche a perder un borracho;
que no cuentes como propia
ninguna cosa bonita;
que tu protector prefiera
a mujeres más hermosas.
que te pegue como pega
el alfarero a su barro.

Que te arruinen los jueces;
que no te regale nadie
perfumeros de alabastro;
que la reluciente plata
-la riqueza de los hombres-
no llegue nunca hasta ti;
que sea una banca dura
la cama de tus placeres;
que sólo puedas sentarte
en el cruce de un camino.

Que sea un campo de ruinas
la habitación donde duermas;
que sea donde tu esperes
la sombra de las murallas;
que los abrojos y zarzas
rasguen la piel de tus pies;
que te peguen en la cara
los borrachos y los sobrios;
que rehuyan tu tugurio
los jóvenes más hermosos.

Que te acusen las esposas
y te griten en la calle;
que nunca los albañiles
limpien tu tejado roto;
que las lechuzas aniden
en las grietas de tu alcoba;
que no se celebren fiestas
alrededor de tu mesa;
que nadie te corresponda
nunca con algún regalo;
que tu vestido violeta
sea consagrado al templo.
Y que te regalen bragas
sucias, para tus vergüenzas.
Tú me convertiste en débil,
a mí que estaba sin mancha;
cuando vivía en la estepa,
tú me convertiste en débil,
a mí que estaba sin mancha.

Oyó Samas lo que hablaba,
y al punto sonó una voz
desde el cielo, que decía:
¡Ay, Enkido, ay, Enkido!,
¿por qué a Samjat maldices,
la muchacha del amor,
que pan divino te dio,
te dio cerveza de reyes,
te puso ropa preciosa
y te dio de compañero
a Gilgamés, el buen rey?

Te va a poner Gilgamés,
tu compañero y hermano,
en una preciosa tumba;
en una tumba que hará
con mucho amor, Gilgamés;
te va a sentar a su izquierda,
y los grandes del Submundo
te van a besar los pies.

Los habitantes de Uruk
te van a guardar el luto
y sentirán por ti pena.
Él hará que el hombre rico
te haga lamentaciones.

Una vez que ya no estés,
dejará crecer su pelo
en greñas, porque está triste.
Con una piel de león
vagará en tierras silvestres.

Enkido oyó las palabras
del dios heroico, de Samas
y, pensando en ellas, luego
su corazón intranquilo
encontró tranquilidad.

Oh Samjat, acércate,
que te quiero echar la suerte.
Te va a bendecir mi boca,
la boca que te maldijo;
que te amen gobernantes
y los príncipes también;
que desde una legua antes
estén impacientes ya
y se golpeen los muslos;
que desde dos leguas antes
vayan sacudiendo ya,
de impaciencia, sus melenas;
que no vacile el guerrero
en quitarse por ti el cinto,
que te regale obsidiana,
lapislázuli y oro,
que te regale pendientes
y sean joyas su presente.

Istar, que es la más hermosa,
de las diosas, que te dé
acceso hasta aquellos hombres,
cuyas casas están llenas
de las riquezas más grandes;
que abandonen por ti
a su primera mujer,
aun en el caso que fuera
la madre de siete hijos.

Enkido estaba acostado;
le dolía el cuerpo entero;
estaba en la compañía
de su amigo y le contó
aquello que le agobiaba:
amigo, mira que sueño
tuve esta última noche:
estaba tronando el cielo,
repetía el eco la tierra.
Yo estaba entre los dos
y alguien apareció allí;
era su rostro sombrío,
se parecía a Anzo,
el pájaro de los truenos.
Eran zarpas de león
sus manos, y eran sus uñas
garras de águila finas.
De los pelos me cogió
y me quiso doblegar;
yo le pegué y él, entonces,
hizo una comba en el aire,
se revolvió y se apartó.
Luego, se echó sobre mí
como tromba y me pegó.

Me tiró al suelo, después,
como un toro poderoso,
y mojó todo mi cuerpo
con su espuma venenosa.
Yo gritaba: ¡Amigo mío,
sálvame, oh sálvame!,
pero tú tenías miedo
y no viniste en mi ayuda.
Allí estaba yo indefenso
y no podía hacer nada
y te gritaba: ¡Sálvame,
sálvame, amigo mío!

Me pegó y me convirtió
en paloma y me ató
los brazos como si fueran
las alas de un pajarillo;
lo hizo para llevarme
a la mansión de Irkala(4),
la casa de oscuridad;
al sitio del que ya nadie
puede salir, una vez
que haya cruzado la puerta;
al camino que se anda
y no tiene vuelta atrás;
a la casa donde nadie
nunca puede ver la luz;
donde se comen el polvo,
tienen al barro por pan,
donde, como pajarillos,
van vestidos con plumajes;
nunca pueden ver la luz,
viven en la oscuridad.
En la puerta y los cerrojos
se va acumulando el polvo.
En la morada del polvo
reina un silencio mortal.

En la morada del polvo,
en la que yo me interné,
se amontonaban coronas
por doquier donde miré;
contemplé aquellos hombres
que las llevaron un día,
cuando regían territorios;
aquellos que, para Anón
y Enlil, ponían la mesa
con asados bien calientes,
a los que traían el pan
y llenaban de agua fresca
los recipientes reales.

En la morada del polvo,
en la que yo me interné,
estaban los sacerdotes,
los monaguillos también;
también allí se encontraban
los curas de la pureza,
los de la meditación,
los sacerdotes ungidos
de los dioses principales.
Allí se encontraba Etana(5)
y estaba también Sakán,
y la reina del Submundo,
la diosa Ereskigal.
Ante ella, Belet Seri,
la escribana del Submundo,
con la tablilla de barro
que le leía en voz alta.

Miró hacia arriba y me vio:
¿Quién ha traído a este hombre
hasta aquí, quien ha traído
a este tipo por aquí?
Nadie me trajo noticia
de que estaba ya en la tumba;
tampoco dijeron nada
los de la meditación,
y tampoco me dio aviso
la diosa Ereskigal,
ni Nantar, su consejero
........................ el diluvio

.......faltan 40 líneas ...........

¡Yo he compartido contigo
tantas privaciones, tantas!
Acuérdate de mí, amigo,
y no eches en olvido
todo lo que hice por ti.

Tuvo una visión mi amigo
que no va a haber otra igual.

El día que tuvo el sueño
le abandonaron las fuerzas;
enfermo estaba Enkido;
acostado estuvo un día,
y un segundo día, Enkido
estuvo acostado, en cama,
y su enfermedad crecía;
un tercer y un cuarto día
su enfermedad fue a peor;
al quinto y al sexto día,
al séptimo y al octavo,
también al día noveno,
y al décimo empeoró
la enfermedad de Enkido.

Y al undécimo día,
al duodécimo también,
todo seguía lo mismo.
Enkido estaba acostado,
no se podía mover.

Luego llamó a Gilgamés
y le dijo a su amigo:
me ha abandonado mi dios,
mi amigo, me ha abandonado.
No moriré como aquel
que cae en la batalla;
tuve miedo en el combate
y ahora muero sin fama.

El que cae en la batalla,
mi amigo, se forja un nombre;
pero yo ya no caeré
en el campo de batalla,
y no me forjaré un nombre

.........faltan 20 líneas .........
1 En el texto original se dice, erróneamente,
   "tuya", en lugar de "mía".
2 Tablilla antigua de Hutusa, en lengua hitita.
3 Ebabara (Ebabbara), la casa reluciente,
  era el templo del dios Sol (Samas) en Larsa. 
4 Irkala era la estancia de los muertos (de sus 
  sombras o espíritus) en el Submundo o
  Infierno, que se encontraba debajo de la tierra.
5  Etana fue un rey de la ciudad de Kis.

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