Amigo mío, ¿por qué los grandes dioses están, en consejo, reunidos?
Al amanecer, Enkido le dijo a Gilgamés: amigo mío, qué sueño, que he tenido esta noche: Anón, Ea y Enlil y Samas el celestial mantuvieron un consejo; y Anón le dijo a Enlil: lo mismo que han dado muerte a nuestro toro del cielo, así mataron también a Jumbaba, el guardián en el monte de los cedros.
Y Anón dictó sentencia: que muera uno de los dos.
Y Enlil le contestó: que sea Enkido el que muera, que no sea Gilgamés.
Allí, Samas, el celeste, respondió al heroico Enlil: ¿No fue por orden mía(1) por lo que ellos dieron muerte a Jumbaba, el vigilante, también al toro del cielo? ¿Por qué tiene que morir ahora Enkido, el inocente?
Enlil se enfureció, entonces, contra el dios celeste, Samas: lo que es verdad es que tú acompañaste sus pasos todos los días de camino, como si tú hubieras sido su compañero de viaje.
Se encontraba Enkido echado ante Gilgamés, su amigo, y sus lágrimas corrían en verdaderos regueros.
Te he querido, hermano mío, mas ahora me llevarán lejos de ti, hermano mío. Me sentaré entre los muertos; cruzaré el umbral de la muerte, y nunca ya te veré.(2)
Abrió la boca Enkido para hablar y le dijo a Gilgamés: ven amigo mío, vamos juntos al templo de Anón. Hasta la entrada del templo me tienes que acompañar; que voy a echarme a la cara, la puerta que yo ensamblé, para que mi corazón encuentre tranquilidad. Yo elegí el cedro mayor para honra de Nipur.
Enkido elevó la vista, como si estuviera viendo la puerta misma del templo y, luego, le empezó a hablar como se habla a una persona: oh puerta del monte oscuro; aunque no me puedas tú entender, aunque no tengas sentimientos como yo. Veinte leguas caminé hasta encontrar para ti la madera más preciosa, hasta que encontré en el monte el cedro de mayor porte.
No tenía comparación tu árbol en todo el monte; tú tienes sesenta codos de alta, veinte de ancha, y es de un codo tu grosor; tus jambas y tus dinteles, tanto arriba como abajo, están hechos de una pieza. Yo fui el que te ensamblé, el que te trajo a Nipur y fui el que te coloqué.
Si hubiera sabido, oh puerta, que me pagarías así, si hubiera sabido, oh puerta, con qué me ibas a pagar, hubiera cogido mi hacha y astillas te hubiera hecho.
Te podría haber llevado río abajo, como balsa, al E Babara. Al Ebabara(3) podría haberte llevado, hasta el templo del dios Samas, y haber empleado el cedro en las puertas de Ebabara. Clavaría en tu dintel a Anzo, el de las tormentas, y habría colocado, allí delante, toros con alas; con las piedras más preciosas la entrada habría adornado.
Fama daría a la ciudad, y esplendor al dios Samas, y en Uruk te envidiarían, pues Samas sí que me oyó cuando a él me dirigí y, cuando estuve en peligro, en mis manos puso un arma.
Pero, oh puerta, ahora que ya te hice, te traje y te coloqué en Nipur, ¿cómo voy a hacerte yo astillas y echarte abajo? El rey que reine después, que sienta odio hacia ti, si es hombre como si es dios, que te cuelgue en un lugar donde no te vea nadie; que borre de ti mi nombre, que ponga el suyo, si quiere.
Arrancó, en su corazón, su nombre y lo tiró lejos.
Escuchaba atento él, mientras Enkido hablaba raudamente, sin aliento. Cuando Gilgamés oyó las palabras de su amigo, rompió a llorar él también.
Gilgamés abrió la boca para hablar y dijo a Enkido: amigo mío, tú eres de una perfecta prudencia que abarca todas las cosas. ¿Por qué, si tienes razón y conocimiento, hablas de manera tan odiosa para con todos los dioses? ¿Por qué, mi amigo, importuna tu corazón a los dioses?
El sueño debió ser raro, y por eso fue tan grande la angustia que te embargaba; llegó de tu febril boca como un zumbar de moscardas; lo que te angustiaba era, sin duda, algo importante, y por eso raro el sueño. Los dolores y la angustia se quedan para los vivos; el muerto deja al que vive las penas y la ansiedad.
Yo suplicaré por ti a los dioses principales, iré a la casa de Samas, a tu dios imploraré. Al dios Anón rezaré, padre de todos los dioses; que Enlil, el gran consejero, mi prez oiga en tu presencia y que mi súplica encuentre misericordia ante Ea. De oro te haré una imagen, mi oro gastaré en ella.
No gastes en ella plata, ni lapislázuli ni oro. Las palabras que Enlil dijo no son como las que dicen dioses menos importantes; una vez que lo ha ordenado, ya no lo retira más, y lo que ha decidido, ya no lo retira más. Mi destino, amigo mío, ya se ha determinado. Muchos se tienen que ir antes de andar su camino.
Cuando empezó a clarear, levantó Enkido su rostro para quejarse ante Samas. Con el primer resplandor corrieron sus primeras lágrimas:
Porque mi destino ha sido ingrato, te pido, Samas, que el cazador, aquel hombre que cazaba con las trampas y no me dejó vivir tanto como a mis amigos, que tampoco viva él lo que sus amigos vivan.
Que le rehuya la caza, que su botín sea pequeño, que su parte en la ganancia sea menuda en tu presencia; que, en sus lazos, no se enganche ninguna pieza de caza, y si alguna se enganchara, que se escape otra vez.
Después de haber maldecido con toda su alma al cazador, pensó maldecir también a Samjat, la del amor: Vente, Samjat, hasta mí, que te voy a echar la suerte, un sino que arrastrarás por toda la eternidad. Yo te voy a maldecir con una maldición grande, maldición que arrastrarás desde ahora y para siempre.
Que no tengas una casa, como siempre has deseado, que nunca pases la vida en medio de una familia, que no te dejen entrar en donde están las muchachas; que por tus hermosos pechos salga cerveza podrida; que tu vestido de fiesta lo eche a perder un borracho; que no cuentes como propia ninguna cosa bonita; que tu protector prefiera a mujeres más hermosas. que te pegue como pega el alfarero a su barro.
Que te arruinen los jueces; que no te regale nadie perfumeros de alabastro; que la reluciente plata -la riqueza de los hombres- no llegue nunca hasta ti; que sea una banca dura la cama de tus placeres; que sólo puedas sentarte en el cruce de un camino.
Que sea un campo de ruinas la habitación donde duermas; que sea donde tu esperes la sombra de las murallas; que los abrojos y zarzas rasguen la piel de tus pies; que te peguen en la cara los borrachos y los sobrios; que rehuyan tu tugurio los jóvenes más hermosos.
Que te acusen las esposas y te griten en la calle; que nunca los albañiles limpien tu tejado roto; que las lechuzas aniden en las grietas de tu alcoba; que no se celebren fiestas alrededor de tu mesa; que nadie te corresponda nunca con algún regalo; que tu vestido violeta sea consagrado al templo. Y que te regalen bragas sucias, para tus vergüenzas. Tú me convertiste en débil, a mí que estaba sin mancha; cuando vivía en la estepa, tú me convertiste en débil, a mí que estaba sin mancha.
Oyó Samas lo que hablaba, y al punto sonó una voz desde el cielo, que decía: ¡Ay, Enkido, ay, Enkido!, ¿por qué a Samjat maldices, la muchacha del amor, que pan divino te dio, te dio cerveza de reyes, te puso ropa preciosa y te dio de compañero a Gilgamés, el buen rey?
Te va a poner Gilgamés, tu compañero y hermano, en una preciosa tumba; en una tumba que hará con mucho amor, Gilgamés; te va a sentar a su izquierda, y los grandes del Submundo te van a besar los pies.
Los habitantes de Uruk te van a guardar el luto y sentirán por ti pena. Él hará que el hombre rico te haga lamentaciones.
Una vez que ya no estés, dejará crecer su pelo en greñas, porque está triste. Con una piel de león vagará en tierras silvestres.
Enkido oyó las palabras del dios heroico, de Samas y, pensando en ellas, luego su corazón intranquilo encontró tranquilidad.
Oh Samjat, acércate, que te quiero echar la suerte. Te va a bendecir mi boca, la boca que te maldijo; que te amen gobernantes y los príncipes también; que desde una legua antes estén impacientes ya y se golpeen los muslos; que desde dos leguas antes vayan sacudiendo ya, de impaciencia, sus melenas; que no vacile el guerrero en quitarse por ti el cinto, que te regale obsidiana, lapislázuli y oro, que te regale pendientes y sean joyas su presente.
Istar, que es la más hermosa, de las diosas, que te dé acceso hasta aquellos hombres, cuyas casas están llenas de las riquezas más grandes; que abandonen por ti a su primera mujer, aun en el caso que fuera la madre de siete hijos.
Enkido estaba acostado; le dolía el cuerpo entero; estaba en la compañía de su amigo y le contó aquello que le agobiaba: amigo, mira que sueño tuve esta última noche: estaba tronando el cielo, repetía el eco la tierra. Yo estaba entre los dos y alguien apareció allí; era su rostro sombrío, se parecía a Anzo, el pájaro de los truenos. Eran zarpas de león sus manos, y eran sus uñas garras de águila finas. De los pelos me cogió y me quiso doblegar; yo le pegué y él, entonces, hizo una comba en el aire, se revolvió y se apartó. Luego, se echó sobre mí como tromba y me pegó.
Me tiró al suelo, después, como un toro poderoso, y mojó todo mi cuerpo con su espuma venenosa. Yo gritaba: ¡Amigo mío, sálvame, oh sálvame!, pero tú tenías miedo y no viniste en mi ayuda. Allí estaba yo indefenso y no podía hacer nada y te gritaba: ¡Sálvame, sálvame, amigo mío!
Me pegó y me convirtió en paloma y me ató los brazos como si fueran las alas de un pajarillo; lo hizo para llevarme a la mansión de Irkala(4), la casa de oscuridad; al sitio del que ya nadie puede salir, una vez que haya cruzado la puerta; al camino que se anda y no tiene vuelta atrás; a la casa donde nadie nunca puede ver la luz; donde se comen el polvo, tienen al barro por pan, donde, como pajarillos, van vestidos con plumajes; nunca pueden ver la luz, viven en la oscuridad. En la puerta y los cerrojos se va acumulando el polvo. En la morada del polvo reina un silencio mortal.
En la morada del polvo, en la que yo me interné, se amontonaban coronas por doquier donde miré; contemplé aquellos hombres que las llevaron un día, cuando regían territorios; aquellos que, para Anón y Enlil, ponían la mesa con asados bien calientes, a los que traían el pan y llenaban de agua fresca los recipientes reales.
En la morada del polvo, en la que yo me interné, estaban los sacerdotes, los monaguillos también; también allí se encontraban los curas de la pureza, los de la meditación, los sacerdotes ungidos de los dioses principales. Allí se encontraba Etana(5) y estaba también Sakán, y la reina del Submundo, la diosa Ereskigal. Ante ella, Belet Seri, la escribana del Submundo, con la tablilla de barro que le leía en voz alta.
Miró hacia arriba y me vio: ¿Quién ha traído a este hombre hasta aquí, quien ha traído a este tipo por aquí? Nadie me trajo noticia de que estaba ya en la tumba; tampoco dijeron nada los de la meditación, y tampoco me dio aviso la diosa Ereskigal, ni Nantar, su consejero ........................ el diluvio
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¡Yo he compartido contigo tantas privaciones, tantas! Acuérdate de mí, amigo, y no eches en olvido todo lo que hice por ti.
Tuvo una visión mi amigo que no va a haber otra igual.
El día que tuvo el sueño le abandonaron las fuerzas; enfermo estaba Enkido; acostado estuvo un día, y un segundo día, Enkido estuvo acostado, en cama, y su enfermedad crecía; un tercer y un cuarto día su enfermedad fue a peor; al quinto y al sexto día, al séptimo y al octavo, también al día noveno, y al décimo empeoró la enfermedad de Enkido.
Y al undécimo día, al duodécimo también, todo seguía lo mismo. Enkido estaba acostado, no se podía mover.
Luego llamó a Gilgamés y le dijo a su amigo: me ha abandonado mi dios, mi amigo, me ha abandonado. No moriré como aquel que cae en la batalla; tuve miedo en el combate y ahora muero sin fama.
El que cae en la batalla, mi amigo, se forja un nombre; pero yo ya no caeré en el campo de batalla, y no me forjaré un nombre
.........faltan 20 líneas ......... 1 En el texto original se dice, erróneamente, "tuya", en lugar de "mía". 2 Tablilla antigua de Hutusa, en lengua hitita. 3 Ebabara (Ebabbara), la casa reluciente, era el templo del dios Sol (Samas) en Larsa. 4 Irkala era la estancia de los muertos (de sus sombras o espíritus) en el Submundo o Infierno, que se encontraba debajo de la tierra. 5 Etana fue un rey de la ciudad de Kis.