Portada
Gilgamés
Introducción
Tablilla I
Tablilla II
Tablilla III
Tablilla IV
Tablilla V
Tablilla VI
Tablilla VII
Tablilla VIII
Tablilla IX
Tablilla X
Tablilla XI
Tablilla XII
Notas Finales
Revista FURTIVO
Ciudadanos del mundo
Navaja-UR
Días de Otoño en Valdecabras
Esculturas de Vicente Marín
Esculturas de Julia
Fotos-Actualidad gráfica
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Fotos-DíasdeOtoñoenValdecabras2
Fotos de Pozoamargo
Fotos de Valdecabras
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Poesía
Pozoamargo
Valdecabras
CuencosdeCuenca
Variopinta
Hongos y setas
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Libro de Visitas
 


Lavó su pelo enmarañado,
lavó su armamento sucio,
sacudió su cabellera
hacia atrás, hacia su espalda.
Se quitó las ropas sucias
y se puso otras nuevas;
se echó la túnica encima
y un cíngulo se ciñó.

Cuando Gilgamés se puso
la corona en su cabeza,
en su belleza Istar,
la princesa, se fijó.

Ven conmigo, Gilgamés,
mi amante tienes que ser.
Dame los frutos, oh dame,
de tu amor como regalo
y sé para mí marido
y yo seré tu mujer.
Yo unciré para ti
un carro hermoso de guerra,
de lapislázuli y de oro;
de oro serán sus ruedas,
las varas de ámbar serán;
tendré en el carro dispuestos
los fogosos corredores,
grandes mulas, que lo lleven
delante de nuestro casa,
de la que saldrán aromas
de maderas olorosas.

Cuando pises nuestra casa,
los más altos sacerdotes
te van a besar los pies.
Reyes, príncipes, señores
se postrarán ante ti,
te darán, como tributo,
todos los frutos que hay
en el territorio nuestro
y en el de las tierras altas.

Tus cabras tendrán tres crías
y dos crías tus ovejas;
tus burros serán, cargados,
más rápidos que las mulas.
Los caballos de tu carro
las carreras ganarán;
los bueyes bajo tu yugo
no tendrán otros igual.

Gilgamés abrió la boca
para hablar
y dijo a Istar, la princesa:
si me casara contigo,
de verdad, ¿Quién me traería
los ungüentos y las ropas?
¿De donde me iba a venir
la comida y el sustento?

Aunque comieras el pan
que sea digno de dioses,
y aunque bebieras cerveza
que sea digna de reyes,
la sombra de una pared
tu residencia será;
ya no tendrás que llevar
vestidos sobre tu piel.

¿Qué se me iba a dar a mí,
si me casara contigo?
Tú eres cuenco de ascuas,
cuyas brasas languidecen
con las primeras escarchas,
puerta tan desvencijada
que no es capaz de parar
ni los vientos ni la brisa,
un palacio que se cae
sobre los que lo defienden
con tesón y con valor;
ratón que se come el nido
de juncos, en el que duerme;
elefante que se come
las ramas que le dan sombra;
betún que pone perdida
la mano del que lo extiende;
eres raído pellejo
que cala al que lo transporta,
sillar de piedra en el muro,
que revienta el muro mismo,
una almaina que no puede
romper trinchera enemiga,
un zapato que produce
heridas al que lo calza.

¿A cual de entre tus amantes
has amado largo tiempo?
¿Quién, de entre tus valientes
guerreros, consiguió el cielo?
Ven, que te voy a contar
la historia de tus amantes:
el que llevaba a su espalda
la orza llena de leche 
y a tus reclamos paró;
Dumuzi era, el pastor,
tu amante de juventud,
un día le has dedicado
de recordatorio al año,
en el que  tenemos todos
que lamentarnos por él.
 
El pájaro colorín,
al que amaste, le pegaste
y le cortaste las alas;
ahora salta por el monte,
de un sitio a otro, gritando
¡capi, capi, ay mis alas!
¡ ay mis alas, capi, capi!

Del león te encaprichaste,
de su vigorosa fuerza;
siete veces, siete hoyos,
le cavaste como trampa.
También quisiste al caballo,
pura sangre en la batalla,
y luego lo condenaste
al látigo y a la espuela;
lo condenaste a correr,
sin parar, setenta leguas,
y a beber agua en los charcos;
y a Silili(1), su madre,
a que lo llore por siempre.

También amaste al pastor,
mayoral o rabadán,
que, en las brasas, te cocían
ricas tortas de buen pan
y, cada día, mataban
un cabrito para ti.
Tú le pegaste y, al fin,
en lobo lo convertiste;
un lobo al que sus zagales
tienen, ahora, que espantar,
y al que sus perros, ahora,
tienen que estar ahuyentando,
mordiéndole en los perniles.

También amaste a Isulano,
el huertano de tu padre,
el que te traía cestos,
de dátiles dulces, llenos
y, cada día, como en fiestas,
te preparaba la mesa.
Tú le echaste el ojo encima
y te fuiste a por él:
déjame, oh Isulano, 
que tu virilidad pruebe
y que me suba a tu árbol.
Ven, cógeme los dátiles.
Pero Isulano te dijo:
¿Yo?, ¿qué quieres tú de mí?
¿Es que no coció mi madre
bastante pan para mí?
¿Es que no comí bastante?
¿Tendré que comer, ahora,
mi pan entre maldiciones,
escándalos e improperios,
y cubrirme contra el frío
con las hojas de palmera?

Cuando oíste lo que dijo,
le pegaste, lo cambiaste
en verrugosa tortuga 
y lo mandaste a vivir
entre las plantas del huerto.
No puede subir el zaque,
si no baja la palanca.
Si tú llegaras a amarme,
me tratarías igual.

Cuando la diosa escuchó
lo que dijo Gilgamés,
se puso fuera de sí
de rabia, y ascendió al cielo;
temblando de ira se fue
a ver a su padre, Anón,
y a la diosa Anta, su madre,
y comenzó a llorar:
padre mío: Gilgamés
me está llenando de agravios,
los más brutales que puede,
va pregonando de mí
las calumnias más horrendas,
y los peores insultos.

Abrió la boca Anón, 
para hablar abrió la boca,
y le dijo a Istar, la princesa:
pero, ¿es que no has sido tú
la que llevó a Gilgamés
a ir pregonando de ti
las calumnias más horrendas,
y los peores insultos?

Abrió la boca Istar,
para hablar abrió la boca, 
y le dijo a Anón, su padre:
me tienes que dejar, padre,
te ruego, el toro del cielo,
que extermine a Gilgamés
y convierta su morada
en escombros y ceniza.

Si no me dejas el toro
del cielo, destrozaré
los portones del Submundo, 
hasta que llegue hasta donde
se encuentra la residencia;
voy a liberar al mundo
de allí abajo y a sacar
afuera a todos los muertos,
que aniquilen a los vivos
y, seguro, que los muertos
son muchos más que los vivos.

Luego, abrió la boca Anón,
para hablar abrió la boca, 
y dijo a Istar, la princesa:
si quieres que yo te deje
el toro del cielo, atiende:
haz que la viuda de Uruk
guarde para siete años,
y que el campesino siembre
para siete años grano.

Abrió la boca Istar,
para hablar abrió la boca, 
y le dijo a Anón, su padre:
a la viuda de Uruk
el grano de siete años
ya le hice almacenar;
al campesino de Uruk,
para siete años grano
ya le hice que sembrara.
La viuda de Uruk guardó
grano para siete años;
el campesino de Uruk
cosechando estuvo ya 
para siete años mies.
Con la furia de ese toro
voy a tener mi venganza.

Anón escuchó a Istar;
luego, le puso en la mano
las riendas del toro azul(2),
e Istar venía hacia abajo
y lo traía del ramal,
hasta que los dos llegaron
al territorio de Uruk.
Allí secó las praderas,
las lagunas pantanosas,
los juncales de la orilla.
Luego, se metió en el río,
allí se puso a beber,
e hizo bajar la corriente
siete codos de nivel.

Y cuando el toro del cielo
bufó, se hizo una hoya
y cien personas de Uruk
cayeron dentro de ella.
Bufó por segunda vez
y se hizo otra hoya;
doscientos hombres de Uruk
cayeron dentro de ella.
Bufó por tercera vez
y se hizo un agujero,
y Enkido se cayó dentro,
mas sólo hasta la cintura.

Enkido salió de un saltó
y a sus cuernos se agarró.
El toro le echó las babas
en el rostro y con su rabo
lo tiró a sus excrementos.

Abrió la boca Enkido
y le dijo a Gilgamés:
Amigo mío, amigo,
nos hemos pavoneado
con Jumbaba en la ciudad,
¿cómo podemos ahora
ayudar a estas personas
que se han congregado aquí?

Amigo mío, yo he puesto
a prueba el poder del toro,
he conocido su fuerza,
las intenciones que tiene.
Deja que pruebe otra vez
el poder de ese morlaco;
detrás me voy a poner
detrás del toro del cielo,
y lo agarraré del rabo.
Pondré en su pata mi pie
y del rabo estiraré
con todas las fuerzas mías;
luego tú, cual carnicero,
valeroso y con buen tino,
le clavarás el puñal
detrás de los cuernos, justo
en la nuca, en la cruz.
Corrió Enkido tras del toro,
buscando sus ancas iba,
y del rabo lo agarró.
Apoyó, entonces, su pie
contra su pata trasera,
y, fuerte, tiró del rabo.

Entonces, fue Gilgamés,
y como un carnicero,
valeroso y con buen tino,
supo clavar su puñal
detrás de los cuernos, justo
en la nuca, en la cruz.

Después de que hubieron dado,
al toro del cielo, muerte,
el corazón le arrancaron,
y lo ofrecieron a Samas;
y, luego, retrocedieron
para hacer la reverencia
ante el Dios Samas, el Sol.
Después se sentaron juntos,
como hacen los hermanos.

Istar subió a la muralla
de la ciudad de Uruk
-El Redil-,
comenzó a patalear,
y, agarrándose los pechos,
dio alarido de dolor:
condenado sea este
miserable Gilgamés,
que en ridículo me deja.
¡Me mató el toro del cielo!

Cuando Enkido a Istar oyó,
le arrancó al toro un brazuelo
y lo arrojó a la terraza,
donde se encontraba Istar:
como suba y te pille,
voy a hacer igual contigo;
te colgaré de tus manos
con las mismas tripas tuyas.

En el templo reunió Istar
a todos  los servidores,
a las esposas divinas
a las sacerdotisas,
y muchachas del amor;
y comenzó a celebrar
las exequias funerarias
ante el brazuelo del toro.

Gilgamés llamó ante sí
a los mejores herreros
y maestros oficiales,
y todos pudieron ver
el tamaño de los cuernos.
Se usaron sesenta libras
de piedra azul para adornos;
se emplearon, solamente
para los bordes, dos libras.
Seis tinajones de aceite
cabían en cada uno,
y él todo lo ofreció
para honra de la estatua
de Lugalbanda, su dios.
Luego, se volvió con ellos
y los colgó en su palacio.

Los dos lavaron sus manos
en aguas del río Eúfrates,
se cogieron de la mano,
y tomaron el camino
de regreso a la ciudad.
Se pasearon en carro
por las calles de Uruk,
en donde la muchedumbre
se agolpaba para verlos.

Y Gilgamés preguntó
a las sirvientas reales:
¿Quién es el hombre más bello
de entre todos los mortales?
¿Quién de entre todos ellos
se ha cubierto de más fama?

¡Gilgamés es el más bello
de entre todos los mortales!
¡Gilgamés es el que más
se ha cubierto con la fama!

Arrojamos los brazuelos
del toro a los pies de Istar,
pero ella no ha encontrado,
en la ciudad de Uruk,
a nadie que la consuele. 

.........         ...........     

Gilgamés dio en su palacio
un magnífico banquete.

Por la noche los dos hombres
se echaron a descansar,
y Enkido, mientras dormía,
un terrible sueño tuvo.
Enkido se levantó
y se fue a contar su sueño
a su amigo Gilgamés:
(1) Silili, diosa no mesopotámica desconocida.
(2)  "Toro azul", licencia por toro del cielo.

TABLILLA  VII

Amigo mío, ¿por qué
los grandes dioses están,
en consejo, reunidos?

Al amanecer, Enkido
le dijo a Gilgamés:
amigo mío, qué sueño,
que he tenido esta noche:
Anón, Ea y Enlil 
y Samas el celestial
mantuvieron un consejo;
y Anón le dijo a Enlil:
lo mismo que han dado muerte
a nuestro toro del cielo,
así mataron también
a Jumbaba, el guardián
en el monte de los cedros.

Y Anón dictó sentencia:
que muera uno de los dos.

Y Enlil le contestó:
que sea Enkido el que muera,
que no sea Gilgamés.

Allí, Samas, el celeste,
respondió al heroico Enlil:
¿No fue por orden mía(1)
por lo que ellos dieron muerte
a Jumbaba, el vigilante,
también al toro del cielo?
¿Por qué tiene que morir
ahora Enkido, el inocente?

Enlil se enfureció, entonces,
contra el dios celeste, Samas:
lo que es verdad es que tú
acompañaste sus pasos
todos los días de camino,
como si tú hubieras sido
su compañero de viaje.

Enkido estaba de pie
ante Gilgamés, su amigo,
y sus lágrimas corrían
en verdaderos regueros.
Te he querido, hermano mío,
mas ahora me llevarán
lejos de ti, hermano mío. 
Me sentaré entre los muertos;
cruzaré el umbral de la muerte,
y nunca ya te veré.(2)

Abrió la boca Enkido
para hablar
y le dijo a Gilgamés:
ven amigo mío, vamos
juntos al templo de Anón.
Hasta la entrada del templo
me tienes que acompañar;
que voy a echarme a la cara,
la puerta que yo ensamblé,
para que mi corazón
encuentre tranquilidad.
Yo elegí el cedro mayor
para honra de Nipur.

Enkido elevó la vista,
como si estuviera viendo
la puerta misma del templo
y, luego, le empezó a hablar
como se habla a una persona:
oh puerta del monte oscuro;
aunque no me puedas tú
entender, aunque no tengas
sentimientos como yo.
Veinte leguas caminé
hasta encontrar para ti
la madera más preciosa,
hasta que encontré en el monte
el cedro de mayor porte.

No tenía comparación
tu árbol en todo el monte;
tú tienes sesenta codos
de alta, veinte de ancha,
 y es de un codo tu grosor;
tus jambas y tus dinteles,
tanto arriba como abajo,
están hechos de una pieza.
Yo fui el que te ensamblé,
el que te trajo a Nipur
y fui el que te coloqué.

Si hubiera sabido, oh puerta,
que me pagarías así,
si hubiera sabido, oh puerta,
con qué me ibas a pagar,
hubiera cogido mi hacha
y astillas te hubiera hecho.

Te podría haber llevado
río abajo, como balsa,
al E Babara. Al E Babara(3)
podría haberte llevado,
hasta el templo del dios Samas,
y haber empleado el cedro
en las puertas de E Babara.
Clavaría en tu dintel
a Anzo, el de las tormentas,
y habría colocado, allí
delante, toros con alas;
con las piedras más preciosas
la entrada habría adornado.

Fama daría a la ciudad,
y esplendor al dios Samas,
y en Uruk te envidiarían,
pues Samas sí que me oyó
cuando a él me dirigí
y, cuando estuve en peligro,
puso en mis manos un arma.

Pero, oh puerta, ahora
que ya te hice, te traje
y te coloqué en Nipur,
¿cómo voy a hacerte yo
astillas y echarte abajo?
El rey que reine después,
que sienta odio hacia ti,
si es hombre como si es dios,
que te cuelgue en un lugar
donde no te vea nadie;
que borre de ti mi nombre,
que ponga el suyo, si quiere.

Arrancó, en su corazón,
su nombre y lo tiró lejos.

Escuchaba atento él,
mientras Enkido hablaba
raudamente, sin aliento.
Cuando Gilgamés oyó
las palabras de su amigo,
rompió a llorar él también.

Gilgamés abrió la boca
para hablar y dijo a Enkido:
amigo mío, tú eres
de una perfecta prudencia
que abarca todas las cosas.
¿Por qué, si tienes razón
y conocimiento, hablas
de manera tan odiosa
para con todos los dioses?
¿Por qué, mi amigo, importuna
tu corazón a los dioses?

El sueño debió ser raro,
y por eso fue tan grande
la angustia que te embargaba;
llegó de tu febril boca
como un zumbar de moscardas;
lo que te angustiaba era,
sin duda, algo importante,
y por eso raro el sueño.
Los dolores y la angustia
se quedan para los vivos;
el muerto deja al que vive
las penas y la ansiedad.

Yo suplicaré por ti
a los dioses principales,
iré a la casa de Samas,
a tu dios imploraré.
Al dios Anón rezaré,
padre de todos los dioses;
que Enlil, el gran consejero,
mi prez oiga en tu presencia
y que mi súplica encuentre
misericordia ante Ea.
De oro te haré una imagen,
mi oro gastaré en ella.

No gastes en ella plata,
ni lapislázuli ni oro.
Las palabras que Enlil dijo
no son como las que dicen
dioses menos importantes;
una vez que lo ha ordenado,
ya no lo retira más,
y lo que ha decidido,
ya no lo retira más.
Mi destino, amigo mío,
ya se ha determinado.
Muchos se tienen que ir
antes de andar su camino.

Cuando empezó a clarear,
levantó Enkido su rostro
para quejarse ante Samas.
Con el primer resplandor
corrieron sus primeras lágrimas:

Porque mi destino ha sido
ingrato, te pido, Samas,
que el cazador, aquel hombre
que cazaba con las trampas
y no me dejó vivir
tanto como a mis amigos,
que tampoco viva él
lo que sus amigos vivan.

Que le rehuya la caza,
que su botín sea pequeño,
que su parte en la ganancia
sea menuda en tu presencia;
que, en sus lazos, no se enganche
ninguna pieza de caza,
y si alguna se enganchara,
que se escape otra vez.

Después de haber maldecido
con toda su alma al cazador,
pensó maldecir  también
a Samjat, la del amor:
Vente, Samjat, hasta mí,
que te voy a echar la suerte,
un sino que arrastrarás
por toda la eternidad.
Yo te voy a maldecir
con una maldición grande,
maldición  que arrastrarás
desde ahora y para siempre.

Que no tengas una casa,
como siempre has deseado,
que nunca pases la vida
en medio de una familia,
que no te dejen entrar
en donde están las muchachas;
que por tus hermosos pechos
salga cerveza podrida;
que tu vestido de fiesta
lo eche a perder un borracho;
que no cuentes como propia
ninguna cosa bonita;
que tu protector prefiera
a mujeres más hermosas.
que te pegue como pega
el alfarero a su barro.

Que te arruinen los jueces;
que no te regale nadie
perfumeros de alabastro;
que la reluciente plata
-la riqueza de los hombres-
no llegue nunca hasta ti;
que sea una banca dura
la cama de tus placeres;
que sólo puedas sentarte
en el cruce de un camino.

Que sea un campo de ruinas
la habitación donde duermas;
que sea donde tu esperes
la sombra de las murallas;
que los abrojos y zarzas
rasguen la piel de tus pies;
que te peguen en la cara
los borrachos y los sobrios;
que rehuyan tu tugurio
los jóvenes más hermosos.

Que, sin pausa, te denuncien,
siempre ante los tribunales;
que te griten en la calle
sólo cosas de mal gusto;
que nunca los albañiles
limpien tu tejado roto;
que las lechuzas aniden
en las grietas de tu alcoba;
que no se celebren fiestas
alrededor de tu mesa;
que nadie te corresponda
nunca con algún regalo;
que tu vestido violeta
sea consagrado al templo.
Y que te regalen bragas
sucias, para tus vergüenzas.
Tú me convertiste en débil,
a mí que estaba sin mancha;
cuando vivía en la estepa,
tú me convertiste en débil,
a mí que estaba sin mancha.

Oyó Samas lo que hablaba,
y al punto sonó una voz
desde el cielo, que decía:
¡Ay, Enkido, ay, Enkido!,
¿por qué a Samjat maldices,
la muchacha del amor,
que pan divino te dio,
te dio cerveza de reyes,
te puso ropa preciosa
y te dio de compañero
a Gilgamés, el buen rey?

Te va a poner Gilgamés,
tu compañero y hermano,
en una preciosa tumba;
en una tumba que hará
con mucho amor, Gilgamés;
te va a sentar a su izquierda,
y los grandes del Submundo
te van a besar los pies.

Los habitantes de Uruk
te van a guardar el luto
y sentirán por ti pena.
Él hará que el hombre rico
te haga lamentaciones.

Una vez que ya no estés,
dejará crecer su pelo
en greñas, porque está triste.
Con una piel de león
vagará en tierras silvestres.

Enkido oyó las palabras
del dios heroico, de Samas.
Después de pensar ellas,
su corazón inquietado
encontró tranquilidad.

Oh Samjat, acércate,
que te quiero echar la suerte.
Te va a bendecir mi boca,
la boca que te maldijo;
que te amen gobernantes
y los príncipes también;
que desde una legua antes
estén impacientes ya
y se golpeen los muslos;
que desde dos leguas antes
vayan sacudiendo ya,
de impaciencia, sus melenas;
que no vacile el guerrero
en quitarse por ti el cinto,
que te regale obsidiana,
lapislázuli y oro,
que te regale pendientes
y sean joyas su presente.

Istar, que es la más hermosa,
de las diosas, que te dé
acceso hasta aquellos hombres,
cuyas casas están llenas
de las riquezas más grandes;
que abandonen por ti
a su primera mujer,
aun en el caso que fuera
la madre de siete hijos.

Enkido estaba acostado;
le dolía el cuerpo entero;
estaba en la compañía
de su amigo y le contó
aquello que le agobiaba:
amigo, mira que sueño
tuve esta última noche:
estaba tronando el cielo,
repetía el eco la tierra.
Yo estaba entre los dos
y alguien apareció allí;
era su rostro sombrío,
se parecía a Anzo,
el pájaro de los truenos.
Eran zarpas de león
sus manos, y eran sus uñas
garras de águila finas.
De los pelos me cogió
y me quiso doblegar;
yo le pegué y él, entonces,
hizo una comba en el aire,
se revolvió y se apartó.
Luego, se echó sobre mí
como tromba y me pegó.

Me tiró al suelo, después,
como un toro poderoso,
y mojó todo mi cuerpo
con su espuma venenosa.
Yo gritaba: ¡Amigo mío,
sálvame, oh sálvame!,
pero tú tenías miedo
y no viniste en mi ayuda.
Allí estaba yo indefenso
y no podía hacer nada
y te gritaba: ¡Sálvame,
sálvame, amigo mío!

Me pegó y me convirtió
en paloma y me ató
los brazos como si fueran
las alas de un pajarillo;
lo hizo para llevarme
a la mansión de Irkala(4),
la casa de oscuridad;
al sitio del que ya nadie
puede salir, una vez
que haya cruzado la puerta;
al camino que se anda
y no tiene vuelta atrás;
a la casa donde nadie
nunca puede ver la luz;
donde se comen el polvo,
tienen al barro por pan,
donde, como pajarillos,
van vestidos con plumajes;
nunca pueden ver la luz,
viven en la oscuridad.
En la puerta y los cerrojos
se va acumulando el polvo.
En la morada del polvo
reina un silencio mortal.

En la morada del polvo,
en la que yo me interné,
se amontonaban coronas
por doquier donde miré;
contemplé aquellos hombres
que las llevaron un día,
cuando regían territorios;
aquellos que, para Anón
y Enlil, ponían la mesa
con asados bien calientes,
a los que traían el pan
y llenaban de agua fresca
los recipientes reales.

En la morada del polvo,
en la que yo me interné,
estaban los sacerdotes,
los monaguillos también;
también allí se encontraban
los curas de la pureza,
los de la meditación,
los sacerdotes ungidos
de los dioses principales.
Allí se encontraba Etana(5)
y estaba también Sakán,
y la reina del Submundo,
la diosa Ereskigal.
Ante ella, Belet Seri,
la escribana del Submundo,
con la tablilla de barro
que le leía en voz alta.

Miró hacia arriba y me vio:
¿Quién ha traído a este hombre
hasta aquí, quien ha traído
a este tipo por aquí?
Nadie me trajo noticia
de que estaba ya en la tumba;
tampoco dijeron nada
los de la meditación,
y tampoco me dio aviso
la diosa Ereskigal,
ni Nantar, su consejero
........................ el diluvio

.......faltan 40 líneas ...........

¡Yo he compartido contigo
tantas privaciones, tantas!
Acuérdate de mí, amigo,
y no eches en olvido
todo lo que hice por ti.

Tuvo una visión mi amigo
que no va a haber otra igual.

El día que tuvo el sueño
le abandonaron las fuerzas;
enfermo estaba Enkido;
acostado estuvo un día,
y un segundo día, Enkido
estuvo acostado, en cama,
y su enfermedad crecía;
un tercer y un cuarto día
su enfermedad fue a peor;
al quinto y al sexto día,
al séptimo y al octavo,
también al día noveno,
y al décimo empeoró
la enfermedad de Enkido.

Y al undécimo día,
al duodécimo también,
todo seguía lo mismo.
Enkido estaba acostado,
no se podía mover.
Luego llamó a Gilgamés
y le dijo a su amigo:
me ha abandonado mi dios,
mi amigo, me ha abandonado.
No moriré como aquel
que cae en la batalla;
tuve miedo en el combate
y ahora muero sin fama.

El que cae en la batalla,
mi amigo, se forja un nombre;
pero yo ya no caeré
en el campo de batalla,
y no me forjaré un nombre

.........faltan 20 líneas .........


(1) En el texto original se dice, erróneamente,
     "tuya", en lugar de "mía".
(2) Tablilla antigua de Hutusa, en lengua hitita.
(3) E-Babara (Ebabbara), la casa reluciente,
      era el templo del dios Sol (Samas) en Larsa. 
(4) Irkala era la estancia de los muertos (de sus 
     sombras o espíritus) en el Submundo o
     Infierno, que se encontraba debajo de la tierra.
(5) Etana fue un rey de la ciudad de Kis.

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