Estaban allí aturdidos, en la orilla de aquel monte y, durante largo tiempo, dejaron volar su vista sobre los cedros tan altos; no dejaban de mirar, la entrada al monte buscando.
Por donde Jumbaba andaba se había hecho una senda. Se les había allanado el camino, era fácil poder transitar por él.
Y pudieron contemplar aquel monte de los cedros, la morada de los dioses(1), el alto trono de Istar. Florecía en las laderas el esplendor de los cedros, allí se manifestaba su riqueza lujuriosa; placentera era su sombra y dulce era su olor.
La maleza era espinosa debajo del techo oscuro de las ramas; entre cedros crecían los bienolientes arbustos de enebro y mirra. Una fosa de seis leguas rodeaba todo el monte; luego había una segunda, sólo dos tercios de larga.
(faltan 35 líneas. Es el relato de cuando se adentran en el monte)
Al momento echaron mano a sus puñales y hachas y, una vez que tuvieron desenfundadas las hojas, las untaron con veneno. Ya tenían preparadas las hachas y los puñales.
Andaba el uno tras del otro a través de la espesura, hasta el centro de aquel monte donde el salvaje Jumbaba tenía su habitación. Entraron sigilosamente en el cubil de Jumbaba. Jumbaba fue sorprendido, y nada pudo hacer para impedir que los dos lo ataran de pies y manos.
(parece que Jumbaba, atado, les amenaza con el castigo de Enlil. Gilgamés tiene miedo y Enkido lo anima)
Hemos venido a un lugar, en el que a las personas nada se les ha perdido; los dioses se irritarán. Dejemos las armas quietas junto a Jumbaba y huyamos.
Dijo Enkido a Gilgamés: como avalancha de un río, así es el feroz Jumbaba; como el dios de las tormentas nos va a llevar por delante. Amigo mío, Jumbaba es un ser muy peligroso(2), y dentro de su escondite, nos mataría a los dos por separado, allí dentro.
Pero sí de tres en tres, pueden enfrentarse a él y, también, de dos en dos; una soga de tres cabos no se rompe fácilmente, de igual modo, que dos lobos pueden vencer a un león. Amigo, juntos los dos, lo vamos a conseguir.
Abrió Jumbaba la boca para hablar y le dijo a Gilgamés: Gilgamés, solo los locos hacen caso del consejo de idiotas y mentecatos. ¿A qué has venido hasta aquí?
Ven, Enkido, hasta mí, tú, cabeza de sardina, que no conoce a su padre, cruce de ranas de lago y pantano, a quien ninguna madre nunca amamantó. Ya te observaba yo, entonces, cuando eras un muchacho y te dejé escapar; la poca carne que tienes tampoco hubiera servido para llenar mi barriga.
Y ahora quieres arrastrarme delante de Gilgamés de manera traicionera, y aquí estás ante mí, Enkido, como un extraño ser que carece de entrañas. Yo le voy a arrancar la cabeza a Gilgamés, le voy a cortar el cuello, y su carne voy a echar a los halcones y buitres y al águila culebrera.
Gilgamés abrió la boca para hablar y dijo a Enkido: amigo mío, repara cómo ha cambiado su cara. Nosotros hemos osado, de una manera valiente, llegar hasta su escondite, pero ahora mi corazón va empezando a tener miedo. Corazón sobresaltado no se calma de repente.
Abrió Enkido la boca para hablar y le dijo a Gilgamés: amigo mío, ¿por qué, hablas como los cobardes? Ponte la mano en la boca, que si te sigo escuchando voy a perder el valor. Ahora, amigo, ya está presto a levantarse el viento; el cobre, en caldo, ya corre al molde de fundición. ¿Hace falta que esté el horno ardiendo dos horas más? ¿Habrá que esperar dos horas más para que se enfríe? Si estás dispuesto a soltar las aguas, si estás dispuesto a arengar a los rehenes, no des ningún paso atrás, no te acobardes ante él, más bien golpea con fuerza, fuerte como seas capaz.
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Jumbaba estaba pensando cómo a ellos enfrentarse, cómo poder repelerlos. De repente, un salto dio y cayó de golpe al suelo, entre aullantes alaridos.
Y sus talones se hundieron en el suelo, y la tierra reventó ante sus pies. Allí se movían los dos en violentos remolinos; luego, los montes Sirara y el Líbano se abrieron, y se partieron en dos. Y lo blanco de las nubes se volvió negro; empezó a lloviznar sobre ellos, como una niebla, la muerte.
Samas soltó los potentes vientos de los temporales contra Jumbaba, el guardián: el viento sur, el del norte, el solano y el poniente, el viento del mal oraje, el viento de la ventisca, el huracanado viento, el viento de la tormenta, el viento del remolino, el de la peste, y la escarcha, el de la nieve y el viento de la arena del desierto.
Soplaron los trece vientos y oscurecieron la cara de Jumbaba; ya no pudo embestir hacia delante, ni podía retroceder; y así fue como Gilgamés le dio alcance con sus armas.
Suplicando por su vida, habló a Gilgamés Jumbaba: eres joven, Gilgamés, apenas te parió tu madre, pues eres, verdaderamente, hijo de Ninsún, la Vaca. Por mandato del dios Samas has allanado montañas. Retoño eres, del centro de Uruk, rey Gilgamés.
Gilgamés, Escúchame: ningún muerto puede ya rendir para su señor; permaneciendo con vida un sirviente sí podrá trabajar para su amo. Si me perdonas la vida, Gilgamés, seré tu siervo. Deja que para ti viva en el monte de los cedros. Yo cortaré para ti los árboles que tú quieras, guardaré para ti mirtos, toda la madera noble, para adornar tu palacio.
Abrió Enkido la boca para hablar y le dijo a Gilgamés: no escuches, amigo mío, las palabras de Jumbaba, no atiendas a sus gemidos y súplicas engañosas; vamos a acabar con él, con Jumbaba, el Maligno.
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Abrió la boca Jumbaba para hablar y dijo a Enkido: tú conoces bien las reglas que rigen en este bosque, las viejas leyes, también como hay que comportarse.
Yo te pude atrapar, y colgarte de algún árbol en la orilla de este monte, y tu cuerpo pude echar a los halcones y buitres, y al águila culebrera. Mas, ahora, depende, Enkido, de ti que sea liberado; anda, dile a Gilgamés que me perdone la vida.
Abrió Enkido la boca para hablar y le dijo a Gilgamés: amigo mío, Jumbaba, el que vigila este monte: mátalo a cuchilladas y quítale su poder. Jumbaba, el que vigila en el monte de los cedros: mátalo, mátalo ya, golpéalo hasta la muerte, y quítale su poder antes de que el dios Enlil, el primero entre los dioses, sepa nuestras intenciones.
Los dioses más importantes se van a encolerizar por lo que estamos haciendo: el dios Enlil en Nipur, y el dios Samas en Larsa, el dios Ea en Eridú, y Sin en Ur, su ciudad. Gana para siempre un nombre, una fama que perdure: ¡Cómo golpeó Gilgamés hasta la muerte a Jumbaba!
Jumbaba estaba escuchando lo que le decía Enkido, levantando su cabeza
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Abrió Jumbaba la boca para hablar y dijo a Enkido: tú que naciste en la estepa, tú te sientas ante él, como el pastor de un rebaño; como un asalariado sus órdenes obedeces, mas ahora depende, Enkido, de ti que sea liberado. Anda, dile a Gilgamés que me perdone la vida.
Abrió Enkido la boca para hablar y le dijo a Gilgamés: amigo mío, Jumbaba, el que vigila en el monte: mátalo a cuchilladas y quítale su poder. Jumbaba, el que vigila en el monte de los cedros: mátalo, mátalo ya, golpéalo hasta la muerte, y quítale su poder antes de que el dios Enlil, el primero entre los dioses, sepa nuestras intenciones.
Los dioses más importantes se van a encolerizar por lo que estamos haciendo: el dios Enlil en Nipur, y el dios Samas en Larsa, el dios Ea en Eridú, y Sin en Ur, su ciudad. Gánate por siempre un nombre, una fama que perdure: ¡Cómo golpeó Gilgamés hasta la muerte a Jumbaba!
Y Jumbaba, que escuchó lo que decía Enkido, levantando su cabeza y gritando hacia el cielo, los maldijo amargamente
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Que sufran padecimientos estos dos, que sus amigos se avergüencen de ellos, que no lleguen a ser viejos, que no entierre nadie a Enkido, si no es Gilgamés, su amigo.
Abrió la boca Enkido y le dijo a Gilgamés: amigo mío, te hablo, pero tú ya no me escuchas. Cuando él nos maldecía ........ deja que esas maldiciones caigan, de nuevo, en su boca, que se vuelvan contra él. Escuchaba Gilgamés las palabras de su amigo y echó mano a su puñal que llevaba a la cintura. Y Gilgamés lo clavó en la nuca de Jumbaba.
Lo azuzaba Enkido, mientras le sacaba él el hígado a cuchilladas; saltó, después, Gilgamés y cogió, de su cabeza, los colmillos de trofeo.
La lluvia caía copiosa y con fuerza sobre el monte. Su sangre caía copiosa y con fuerza sobre el monte.
El guardián de aquellos montes se tambaleó y cayó; y los barrancos del monte se llenaron con su sangre. Jumbaba, que era el guardián, había caído al suelo. En leguas a la redonda se oían sus alaridos.
Y con él mató al Maligno, al demonio que odia Samas; ................. los montes liberó él; al demonio muerte dio, al vigilante del monte, a cuyo aullido se abrieron el Líbano y el Sirara.
Tan pronto como rompió los siete velos brillantes que Jumbaba tenía puestos, bajó a andar por el monte, y descubrió la morada más secreta de los dioses.(3)
Gilgamés cortaba cedros y Enkido los elegía.
Abrió la boca Enkido, y le dijo a Gilgamés: amigo, hemos cortado el cedro de mayor porte, un cedro con una copa que se elevaba hasta el cielo. Voy a hacer de él una puerta de sesenta codos de alta, de veinte codos de ancha y de un codo de grosor. Sus jambas y sus dinteles, tanto los que van arriba, como los que abajo van, serán de una sola pieza.
Nadie, que sea extranjero, deberá acercarse a ella; los dioses se alegrarán.(4) La llevará el Eúfrates hasta el templo de Enlil; que la gente de Nipur salte de alegría al verla. El dios Enlil deberá estar orgulloso de ella.(5)
Armaron, luego, una balsa, y la cargaron de cedros. Guiaba la balsa Enkido; Gilgamés, el que llevaba la cabeza de Jumbaba.
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1 Ver nota final E. 2 Tabl. paleobabilónica de Saduppum. 3 Tabl. paleobabilónica de Iscali (Bauer). 4 Tablilla paleobabilónica de Bagdad 5 Idem.