El Consejo de Mayores de la ciudad de Uruk -El Redil- le dijo a Gilgamés: Vuelve sano y salvo al puerto de nuestra querida Uruk. No confíes, Gilgamés, en tu fuerza solamente. Observa detenidamente, fíjate bien y, entonces, golpea con fuerte golpe. El que por delante va a su compañero salva, el que conoce el camino da protección a su amigo.
Que te preceda Enkido, pues él conoce el camino que va al monte de los cedros; está probado en la lucha, y es experto en el combate; por su amigo estará en guardia, protegerá al compañero; sano y salvo lo traerá, de nuevo, Enkido a su hogar, con sus mujeres amadas.
En esta nuestra asamblea te hemos confiado al rey para que tú lo protejas; debes traerlo de vuelta y reintegrarlo, otra vez, a Uruk, entre nosotros.
Gilgamés abrió la boca para hablar y dijo a Enkido: ven, amigo mío, ven, vamos al palacio excelso, a rendirle pleitesía a Ninsuna, la gran reina. Ninsuna es sabia y prudente, y muy entendida en todo; nuestros pasos guiará en la dirección correcta.
Se cogieron de la mano y Enkido y Gilgamés fueron al palacio excelso a rendirle pleitesía a la gran reina Ninsuna. Entró, entonces, Gilgamés y, poniéndose ante ella, a Ninsuna así le habló:
Valeroso como soy, voy a ponerme en camino hacia Jumbaba, entraré en encarnizada lucha con algo desconocido. Voy a tomar un camino que no conozco; por ello, dadme vuestra bendición para mi viaje tan largo. Que vuelva a ver vuestro rostro, que retorne sano y salvo y alegre de corazón, por la gran puerta de Uruk.
Al volver, celebraré la fiesta del Año Nuevo dos veces; la fiesta, al año, dos veces celebraré. Que llegue a tener lugar la celebración, que se oigan, fuertes, los gritos de fiesta, y en la presencia vuestra que redoblen los tambores.
Y la Gran Vaca Ninsuna, durante rato escuchó, con mucha y con honda pena, las palabras de su hijo, de Gilgamés, y de Enkido. Siete veces pasó al cuarto del lavatorio, y siete se lavó con tamarisco y con hierba jabonera. Se vistió con ropa fina para su cuerpo adornar, y eligió un bello collar para adornar su pechera. Se colocó la corona y se puso una diadema, y las hijas del amor hacia el suelo se inclinaban.
Comenzó a subir escaleras y subió hasta la terraza, hasta la alta azotea. En la terraza hizo arder el incienso en un brasero. Con el incienso humeante, suplicantes, elevó sus manos hacia el dios Sol: ¿Por qué has dotado a mi hijo de espíritu tan inquieto? Sí, tú has llegado hasta él y lo has llevado a emprender el largo camino al monte donde está el Malo Jumbaba; lo has llevado a acometer una lucha con lo ignoto, a recorrer un camino para él desconocido.
Mientras que dure su viaje de ida y de regreso, hasta que logre llegar al gran monte de los cedros, hasta que haya derribado a Jumbaba, el salvaje, y hasta que haya echado de este mundo al Maligno, al que odias tanto tú, que Aya, tu esposa amada, te recuerde cada día, en los que vas caminando alrededor de la tierra:
Concede la protección de los guardias de la noche. Desde que salga el lucero hasta que desaparezca la estrella de la mañana. Oh Samas, tú abres las puertas para que salga el ganado; te muestras a los países para que crezcan las plantas y pasten los animales. Con tu luz las tierras altas configuran su contorno; los cielos se vuelven claros; los animales del campo celebran tu resplandor.
Cuando se muestra tu luz, se reúnen las personas; la asamblea de los dioses espera a que aparezca tu resplandeciente ser.
Aya, tu esposa querida, que, sin temor, te recuerde: concede la protección de los guardas de la noche; también del dios Luna, Sin. Durante el tiempo que esté en camino Gilgamés hacia el monte de los cedros, haz que sean los días largos, que sean cortas las noches. Que su cíngulo esté bien ceñido a sus riñones, que sus pasos sean seguros. Y, cuando llegue la noche, que instalen el campamento. Que sea reparador su sueño cuando, de noche, se echen a descansar.
Que Aya, tu esposa amada, te recuerde sin temor: cuando Gilgamés y Enkido se enfrenten a Jumbaba, oh Samas, que se desaten los vientos de temporal: el viento sur, el del norte, el solano y el poniente, el viento del mal oraje, el viento de la ventisca, el huracanado viento, el viento de la tormenta, el viento del remolino, el de la peste, y la escarcha, el de la nieve, y el viento de la arena del desierto.
Que se levanten los trece vientos, y que se ensombrezca la faz de Jumbaba, el Malo, que el arma de Gilgamés dé con Jumbaba en el suelo.
Cuando tu rojizo fuego se haya desparramado: vuelve tu rostro, oh Samas, a aquellos que te imploran.
Que te lleven en volandas las mulas de pies ligeros; que tengas, después del día, asiento reparador y cama para la noche. Que los dioses, tus hermanos, te sirvan buena comida para tu mejor contento. Que Aya, tu esposa amada, te limpie el sudor de la frente con la orilla del vestido.
Por segunda vez Ninsuna, la Gran Vaca, elevó a Samas su oración:
Oh Samas, ¿es que no va a sentarse Gilgamés en el cielo con los dioses? ¿Por qué no va a compartir el cielo, en tu presencia? ¿Es que no va a ser él sabio, como, también, lo es Ea, cuando esté en el océano de las aguas más profundas? ¿No va a reinar con Irnina sobre los cabezas negras?1 ¿No va a estar, con Ningiscida, en el País Sin Retorno?
Haz que llegue sano, oh Sol, al final de su camino, que no tenga contratiempo en el monte de los cedros; que los dioses principales, que tienen su trono allí, protejan a Gilgamés hasta que mate a Jumbaba, y corte el cedro mayor para una puerta en Nipur.
Cuando terminó Ninsún, al dios Samas, de implorar, Ninsún, la Vaca Salvaje, que era sabia y prudente y que entendía de todo, la madre de Gilgamés, bajó sus manos alzadas, apagó, luego, el brasero y bajó de la terraza; llamó a Enkido ante sí, le confió su voluntad:
Valeroso Enkido, tú no has salido de mi vientre, sin embargo, desde ahora, pertenecerá tu estirpe a la de aquellos que están a Gilgamés dedicados en el Templo; a la estirpe de las esposas sagradas, a la de las mujeres santas, las hijas del amor divinas, y a la de los servidores.
Yo te pongo, Enkido mío, la marca de la obediencia, mis insignias, en tu cuello.
Las esposas te acogieron como a un ser abandonado, y las hijas del amor, como a un desamparado. Oh Enkido, hijo mío, yo te confío a Gilgamés; él te elegirá a ti entre todos los que tienen su vida a él dedicada.
Y también le recordó: mientras que estéis en camino hacia el monte de los cedros, que los días sean largos, que sean cortas las noches, y que estén vuestras cinturas bien ceñidas, y que sea vuestro caminar seguro. Y cuando llegue la noche, levantad el campamento, que los guardias de la noche os concedan protección, que sea reparador el sueño cuando, de noche, os echéis a descansar.
Y Enkido le respondió a la Gran Vaca, Ninsuna: mi hermano es Gilgamés, y yo lo protegeré. Hasta donde quiera ir su corazón, iré yo; prometo no abandonarte, hasta que esté, de su viaje, de vuelta en mi compañía. Y yo lo acompañaré hasta el monte de los cedros, aunque un mes durase el viaje, y aunque un año durase, no lo abandonaré nunca. Mi amigo es Gilgamés. Su amigo lo guiará hasta que llegue a la entrada del gran monte de los cedros, donde reside Jumbaba.
Enkido, en el templo excelso hizo ofrendas al dios Samas y a la princesa Istar. Gilgamés en el palacio quemó incienso y enebro a Lugalbanda, su dios. Los servidores reales estaban allí presentes, le daban la bendición. Los primeros de entre ellos impartían los consejos, la despedida le daban ......... ........... ......
Por decisión del dios Samas alcanzaréis vuestra meta, lo que os habéis propuesto. En la puerta de Marduk quemaremos el incienso y sobre el pecho del agua os recordará el barquero ............... La espalda............ en la orilla del monte de los cedros No................. Gilgamés.............y Enkido .. Después de andar veinte leguas deberéis cocer el pan. ............. ............ ............. ............... faltan 30 líneas ......
Gilgamés abrió la boca y dijo a sus oficiales: durante los días que dure nuestro viaje de ida y vuelta, hasta que hayamos llegado al gran monte de los cedros, hasta que hayamos matado a Jumbaba, el salvaje, hasta que hayamos echado fuera del mundo al Maligno, al que odia tanto Samas, .......... ............ ... Los que sirven en palacio no deberán reunir a jóvenes en la calle. Debéis impartir justicia en asuntos de los pobres, indagad prontos las causas antes de decir sentencia, en el tiempo que tardemos en conseguir, como niños, aquello que anhelamos, y hasta que echemos abajo, con nuestras armas, la puerta de Jumbaba, el guardián.
Los servidores reales estaban allí, junto a ellos, les daban la despedida; los jóvenes de Uruk corrían junto a ellos, en tropel, los lacayos y oficiales los pies les iban besando:
Vuelve sano y salvo al puerto de Uruk - la de La Explanada-. No confíes solamente en tus fuerzas, Gilgamés; observa detenidamente, luego, golpea con fuerza. El que por delante va a su compañero salva, el que conoce el camino da protección a su amigo.
Que Enkido vaya delante, él sabe el camino recto que va al monte de los cedros. Él sabe qué es el combate y está probado en la lucha; ha cruzado muchas veces collados en las montañas; él velará por su amigo, guardará a su compañero. Enkido te devolverá, sano y salvo, a tu hogar, con tus mujeres amadas.
En esta nuestra asamblea te hemos confiado al rey; tú lo deberás traer, de regreso, entre nosotros.
Abrió la boca Enkido para hablar y le dijo a Gilgamés: amigo, piénsalo bien; no hagamos este viaje .........faltan 10 líneas ...... Pero ya que lo has pensado, que comience el viaje ahora. Ya no debes tener miedo, vuelve tus ojos a mí. Yo conozco su escondite en el monte y los senderos por los que anda Jumbaba. Háblale a la muchedumbre y que se vaya a sus casas.
Gilgamés abrió la boca para hablar y dijo, luego, a la gente reunida en Uruk, en La Explanada: ningún muchacho de Uruk deberá venir conmigo, yo los confío a vosotros.
La gente volvía a sus casas con el corazón alegre, después de haber escuchado lo que dijo Gilgamés.
Los jóvenes proclamaron un deseo para su viaje: parte, Gilgamés, con suerte, que consigas lo que anhelas. Que te preceda tu dios. Que Samas, el dios, te ayude a que consigas tu meta.
Y Gilgamés y Enkido se pusieron en camino.(2) ........................ ............................... (1) En la tradición babilónica antigua, el epíteto "cabezas negras" era sinónimo de "hombres". (2) Tablilla paleo babilónica de Yale.