Mientras hacían el amor, olvidó las tierras altas en las que había nacido. Seis días y siete noches se mantuvo duro Enkido, se apareó con Samjat. La muchacha del amor para hablar abrió la boca y así le dijo a Enkido: te estoy, Enkido, mirando, y me pareces un dios; ¿Por qué andas con las bestias por esas tierras silvestres?
Ven, que te voy a llevar a Uruk -la de La Explanada-, a la casa consagrada al templo santo de Anón. Deja que te lleve, Enkido, al sagrado templo Eana, la casa santa de Anón, donde los mozos aprenden los oficios manuales y donde, también tú, como una persona ya, tu sitio vas a encontrar.
Él escuchó sus palabras y encontró en ellas agrado; de una mujer el consejo fue grato a su corazón. Rasgó ella su vestido; lo vistió con una parte y, con la otra mitad, ella misma se tapó.
Lo llevaba de la mano y, como a un dios protector, lo guió hacia el aprisco, donde estaban los pastores con sus rebaños de ovejas.
Lo rodearon los pastores, hablaban a sus espaldas: Qué hombre tan grande; cuanto se parece a Gilgamés; tiene su constitución; es un hombre gigantesco; sobresale como almena. Enkido tiene que ser, el que nació en altas tierras; su fuerza es tan poderosa como un pedazo de roca de los que del cielo caen.
Los pastores le sacaron jarras de cerveza y pan y ante él los pusieron. Enkido no comió pan, sino que estaba mirando, para sí se preguntaba, qué podría ser aquello. Y es que Enkido no sabía que el pan es para comer; nadie le había enseñado que se bebe la cerveza.
La joven abrió la boca para hablar y dijo a Enkido: come pan, Enkido, come, es bueno para vivir; bebe cerveza, que es lo que por aquí se bebe. Enkido se comió el pan y se hartó, bebió cerveza; siete jarras se bebió. Se puso, luego, contento y comenzó a cantar; se alegró su corazón y empezaron sus mejillas a ponerse coloradas.
Lavó su cuerpo peludo; y con aceite se ungió, se convirtió de este modo en uno como nosotros; con túnica se vistió, y parecía un guerrero. y así empuñó su arma para enfrentarse al león. Mientras dormían los pastores (1), Enkido mató a los lobos y espantó a los leones; mientras los viejos pastores dormían profundamente, Enkido, su zagal joven, permanecía despierto. Un joven, que había sido invitado a una boda, se dirigía a Uruk -Al Redil se dirigía- a preparar el banquete.
Enkido que, todavía, disfrutaba con Samjat, miró, y viendo a aquel joven, a la muchacha le dijo: dile a ese hombre que venga, Samjat, que quiero saber lo que por aquí lo trae.
Y la joven del amor se dirigió al hombre aquel, se acercó y le preguntó: ¿Adónde, mi amigo, vas tan deprisa por aquí? ¿Qué es lo que llevas contigo que parece tan pesado?
El joven abrió la boca para hablar y dijo a Enkido: fui invitado a la casa de los padres de la novia; es costumbre, por aquí, que el novio elija a la novia. Seré el que ponga la mesa para la celebración, el que ponga los manjares para la fiesta de boda, pues, para el rey de Uruk -la ciudad de La Explanada- se correrá la cortina del tálamo (2), pues él es el que primero elige. Para Gilgamés, el rey de Uruk -la de La Explanada- se correrá la cortina del tálamo, pues él es el que primero elige.
Él será el que se aparee con la futura esposa; el primero será él, el novio será después. Está estipulado así por decisión de los dioses; estaba así decidido desde que se le cortó el cordón umbilical.
Ante lo que dijo el hombre, mudó la cara de rabia; blanco tenía el semblante y Enkido dijo a la joven, a la joven del amor: llévame, Samjat, a Uruk, a Uruk -la de La Explanada-, donde los jóvenes sufren el acoso de su rey. Yo retaré a Gilgamés y lo venceré en la calle.
Se puso en camino Enkido y lo seguía Samjat.
Entró en la ciudad de Uruk, Uruk -la de La Explanada- y un gentío innumerable se agolpaba junto a él. En la plaza se detuvo de Uruk -la de La Explanada- y todos lo rodearon, todos hablaban de él:
Un porte tiene su cuerpo, igual que el de Gilgamés; un poco más bajo es, pero más ancho de espaldas. Seguramente que es el que nació en las estepas; el que fue amamantado con la leche de las bestias.
Cuando esto sucedía, tenía, en Uruk, lugar un festejo de ofrendas; los jóvenes festejantes apostaban cual de ellos sería el vencedor.
Al hombre que era hermoso como un dios, a Gilgamés, le había salido un rival (3).
Enkido estaba en la calle de la ciudad de Uruk -El Redil-; se ufanaba de su fuerza, y a Gilgamés cerró el paso. La gente de Uruk estaba, toda en corro, junto a él; todo el lugar se había juntado a su alrededor; lo rodeaba el gentío, y todos los habitantes, los jóvenes y los viejos, se agolpaban junto a él y le besaban los pies, como a un niño pelirrojo.
Mientras tanto, Gilgamés, estaba ya preparado para verse con la novia cuando llegara la noche; la cama ya estaba lista para la diosa Isjara (4).
A Gilgamés, sin embargo, le había salido un rival.
Enkido cruzó la pierna en la puerta de la casa, y no dejó a Gilgamés que entrara dentro de ella. Allí se enzarzaron ambos, junto a la puerta de entrada de la casa de la boda; pelearon en la calle, en la plaza del lugar. Se estremecían las paredes y el marco de la puerta se tambaleó también y, por los aires, saltó.
Puso, entonces, Gilgamés una rodilla en el suelo para derribar a Enkido, pero su furor y rabia, de pronto, lo abandonaron y dejó de pelear.
Cuando abandonó la lucha, habló Enkido a Gilgamés: como un ser muy especial te parió tu madre a ti, la diosa Ninsún, la Vaca más salvaje del redil. Tú has sido enaltecido sobre todos los guerreros, y Enlil te destinó para ser rey de las gentes (5).
(faltan líneas; se supone que Gilgamés le dice a Enkido que va a hacer hazañas...)
¿Por qué quieres hacer eso? En el monte de los cedros hay un temible guardián; allí lo pudo Enlil para que guarde los cedros y meta miedo a la gente.
Déjame que yo consiga grandes hazañas y gestas; algo que nunca se hizo en todo este territorio; Ven conmigo, los dos juntos conseguiremos llegar a la cumbre de la fama. Se besaron las mejillas y se hicieron amigos (6).
Él es el más poderoso de todo el lugar; es fuerte, sus músculos son tan duros como un pedazo de roca del cielo; grande es su porte, sobresale como almena.
La madre de Gilgamés, para hablar, abrió la boca y le dijo a su hijo; la Vaca Grande, Ninsuna, para hablar, abrió la boca y le dijo a Gilgamés:
Hijo mío, hijo mío, junto a la puerta de entrada de la casa de la boda Enkido te ha vencido; pero él, amargamente, está sólo en su victoria, no tiene quien lo acompañe.
Y Gilgamés contestó: ha crecido sin consuelo en las tierras altas, solo; en la estepa las gacelas, los animales salvajes, su única familia fueron.
Enkido no tiene padres, familia ni conocidos; su pelo cuelga en mechones caídos sobre su espalda, como cebada en el campo; él nació en el altiplano y no tuvo nunca a nadie.
Inmóvil estaba Enkido, escuchando a Gilgamés y, cuando entendió lo que dijo, en el suelo se sentó y comenzó a llorar. Tenía los ojos llenos de lágrimas rebosantes; tenía caídos los brazos, entumecidos estaban, y sus fuerzas lo dejaron.
Se abrazaron, se besaron; se cogieron de la mano y, como hermanos, después, se sentaron en el suelo;
Gilgamés, el rey de Uruk, le dirigió la palabra y le dijo a Enkido: amigo mío, ¿por qué rebosan tus ojos lágrimas, tienes caídos los brazos, están como entumecidos, y te han dejado las fuerzas?
Enkido le respondió, contestó a Gilgamés: amigo mío, yo siento en mi corazón angustia, y presiento algo malo; me están temblando las piernas porque lloro; algo espantoso se ha metido en mis entrañas.
(parece que Gilgamés propone lo de Jumbaba como remedio a los males de Enkido). Faltan 25 líneas
Gilgamés, que había escuchado las palabras de su amigo, abrió la boca para hablar y le dijo a Enkido: no vamos a tener miedo de Jumbaba, el feroz; en las entrañas del monte vamos a acabar con él, y perderá su poder. Lo vamos a sorprender en su escondite metido.
Abrió Enkido la boca para hablar y le dijo a Gilgamés: yo lo conozco muy bien del altiplano, mi amigo, de cuando yo todavía andaba con mi manada. La espesura de aquel bosque abarca tanta distancia como la que se recorre en tres días de camino; ¿quién se podría atrever a entrar dentro de allí? La voz de Jumbaba, ese, es como una torrentera; fuego su boca escupe, su aliento lleva la muerte.
¿Y por qué, entonces, te empeñas en algo así? Un ataque a Jumbaba, es una lucha que no se puede ganar.
Gilgamés abrió la boca para hablar y respondió a Enkido: yo subiré, amigo mío, por las laderas del monte, y un cedro cortaré allí, que será bastante grande (7) para una puerta en Nipur.
Abrió Enkido la boca para hablar y le dijo a Gilgamés: amigo mío, amigo, ¿cómo vamos a saber dónde se esconde Jumbaba? Enlil lo destinó allí para guardar aquel monte, y meter miedo a la gente. Ese es, amigo, un viaje que no se debe emprender; es un ser que no se debe uno echar a la vista; él, que es el vigilante en el bosque de los cedros, tiene muy grande poder.
Jumbaba tiene una voz que es una torrentera. Fuego escupe su boca; su aliento lleva la muerte; en el monte oye él el murmullo más pequeño, hasta la distancia misma que se recorre en tres días.
¿Quién va a ser el que se atreva a adentrarse en la espesura? El dios de las tormentas es el primero, Adad, después le sigue Jumbaba. ¿Quién de entre los dioses tantos osará enfrentarse a él? Allí lo puso Enlil como guarda de los cedros, para dar miedo a la gente; si te internas en el monte, de ti se adueña la angustia y comienzas a temblar.
Gilgamés abrió la boca para hablar y dijo a Enkido: ¿Por qué estás hablando, amigo, como la gente cobarde? Con tus palabras sin fuste alejas de mí el valor. Los hombres tienen sus días contados; cuando algo emprenden no son como es el viento, que cambia continuamente de una a otra dirección. Ya no existe para mí otra meta que seguir.
Tú naciste y tú creciste en las estepas silvestres; los mismos leones tenían temor y miedo de ti; tú has vivido todo eso; hombres hechos y derechos huían de tu presencia; tú has hecho muchas cosas y estás probado en la lucha. Vamos, amigo, a la fragua; nos estaremos allí mientras nos funden las hachas.
Se cogieron de la mano y se fueron a la fragua, donde estaban los herreros, quienes les aconsejaron. Y fundieron grandes hachas y poderosos destrales; pesaba cada uno de ellos más de ciento ochenta libras. Fundieron grandes puñales; y pesaba cada hoja más de ciento veinte libras, treinta la empuñadura, y treinta libras de oro los adornos que tenían: Enkido y Gilgamés llevaban seiscientas libras cada uno sobre sí.
Las siete puertas de Uruk, a las siete las cerró, convocó la reunión y todos los habitantes se reunieron en la calle de Uruk -la de La Explanada- para oír su despedida. Se sentó allí Gilgamés, en el trono; en una calle de Uruk -la de la Explanada- se sentó la gente ante él. Y Gilgamés le habló al Consejo de Mayores:
Oídme bien, escuchadme, oh Consejo de Mayores de Uruk -la de La Explanada-. Voy a ponerme en camino hacia el salvaje Jumbaba; quiero conocer al dios del que tanto se está hablando, cuyo nombre es conocido en todos los territorios. Yo lo venceré en el monte y todo el país sabrá lo poderoso que es el gran retoño de Uruk. Dejadme ir, cortaré los cedros y me haré un nombre por toda la eternidad (8).
Después habló Gilgamés a los jóvenes de Uruk -El Redil-: Jóvenes de Uruk, oídme, que sabéis bien qué es la lucha. Valeroso como soy, me pondré en largo camino que me llevará a Jumbaba y, en lucha a muerte, entraré con algo desconocido. Un camino tomaré para mí desconocido; por ello, para mi viaje, dadme vuestra bendición; que vuelva a ver vuestros rostros, que, por la puerta de Uruk, pueda retornar seguro y alegre de corazón. Al volver, celebraré la fiesta del Año Nuevo dos veces; la fiesta, al año, dos veces celebraré. Que tenga lugar la fiesta, que resuenen vuestros gritos, que redoblen los tambores ante la Vaca Ninsuna.
Entonces, apeló Enkido al Consejo de Mayores, y a los jóvenes de Uruk, entendidos en combates: ordenadle que no vaya hasta el monte de los cedros. Donde quiere ir, es viaje que no se debe emprender; es un ser que no se debe uno echar a la vista; el que vigila los cedros un poder tiene, que llega muy lejos; ese Jumbaba: torrentera es su voz; escupe su boca fuego, su aliento lleva la muerte.
Él oye, dentro del monte, el más pequeño rumor a la distancia que se anda en tres días de camino; ¿dónde estará el que se atreva a adentrarse en la espesura? El dios de las tormentas es el primero, Adad, después le sigue Jumbaba. ¿Quién de entre los grandes dioses osará enfrentarse a él? Para que guarde los cedros allí lo puso Enlil, para dar miedo a la gente; si te internas en el monte, se apoderarán de ti los temblores y la angustia (9).
Allí habló a Gilgamés el Consejo de Mayores y esta respuesta le dio: Gilgamés, porque eres joven ha ido tu corazón tan lejos; no sabes bien de lo que habla tu boca. Ese Jumbaba, el guardián: torrentera es su voz; escupe fuego su boca; su aliento lleva la muerte.
Él oye hasta el más pequeño ruido dentro del monte, a la distancia que se anda en tres días de camino. ¿Dónde estará el que se atreva a adentrarse en la espesura? El dios de las tormentas es el primero, Adad, después le sigue Jumbaba. ¿Quién de entre los grandes dioses osará enfrentarse a él? Para que guarde los cedros allí lo puso Enlil, para asustar a la gente.
Cuando Gilgamés oyó las palabras del Consejo, se reía y miró a Enkido: ¿No ves el miedo que tengo? ¿Cómo crees que yo ahora, por miedo, voy a cambiar a pensar en otras metas? (10)
[1] Tablilla paleo babilónica de Pensilvania.[2] El texto original usa la expresión “se abrirá la red de la gente”.[3] Tablilla paleo babilónica de Pensilvania.[4] Isjara (Ishara), la diosa de las bodas, era otro nombre de la diosa Istar.[5] Tabl. paleo babilónica de Pensilvania.[6] Tablilla paleo babilónica de Yale.[7] Tabl. paleo babilónica de Yale.[8] Tabl. paleo babilónica de Yale.[9] Tablilla neo babilónica de Uruk.[10] Tablilla neo babilónica de Chicago.