El, el que vio lo más profundo, los cimientos de la tierra, el que conoció los mares y supo de todo aquello que se podía saber. Gilgamés, el que vio lo más profundo, los cimientos de la tierra, el que conoció los mares y supo de todo aquello que se podía saber.
Vio los territorios todos, la redondez de la tierra. Él, a quien se reveló el último significado de todo aquello que existe; el que descubrió lo arcano y desentrañó misterios; el que nos trajo noticias más antiguas que el Diluvio.
Regresó de un largo viaje cansado, pero en paz y, en una losa de piedra, gravó sus tribulaciones, sus gestas y sus fatigas; él fue el que construyó, de Uruc - El Redil-, los muros y los del templo E-Ana, la casa santificada donde se guarda el tesoro; mira los muros, trazados como con cuerda de lana; contrafuertes como nadie se atrevió a levantar.
Sube la escalera, hecha en la noche de los tiempos, que lleva al templo E-Ana[1], casa de la diosa Istar, obra que ya ningún rey supo después igualar; sube arriba, al corredor, anda por el antepecho y toca sus contrafuertes; examina bien despacio la obra de las murallas; mira su ladrillería. ¡Que adobes tan bien cocidos! ¿No pusieron los cimientos los Siete Sabios, allí?
Tres mil seiscientos almudes ocupan las construcciones; tres mil seiscientos almudes los huertos con sus palmeras; tres mil seiscientos almudes las balsas de los adobes; mil ochocientos almudes de terreno tiene el templo de Istar, la diosa, el E-Ana; doce mil seiscientos almudes, de terreno, tiene Uruc.
Busca la piedra primera, piedra de la fundación, mira el arcón de madera, de fino cobre forrado, corre el cerrojo de bronce y abre la tapa que oculta el secreto que él encierra; toma en tus manos la losa de piedra azul[2], lee en voz alta: es de Gilgamés la historia, de sus gestas y trabajos.
El más grande entre los reyes, de una estatura perfecta, bravo retoño de Uruc, toro salvaje, con cuerna radiante, que a todo embiste; si iba el primero, todo el rebaño le seguía apiñado tras de él; si se ponía al final, le guardaba las espaldas; era poderoso dique detrás del que se refugian las tropas que van con él, era como una riada que rompe muros de piedra. Así era Gilgamés, el toro de Lugalbanda, todo fuerza, era el ternero de la Gran Vaca Ninsuna[3]; muy grande fue Gilgamés, de gran porte y perfección; abrió caminos y pasos a través de las montañas; cavó pozos en las tierras al borde de las estepas y cruzó los anchos mares hasta donde sale el sol.
Él cruzó, en su caminar, la redondez de la tierra; iba buscando la vida y llegó hasta la morada de Ut-Napisti, el Lejano; el que levantó de nuevo los lugares de los ritos por el Diluvio arrasados, el que volvió a enseñar los sagrados rituales a la gente innumerable.
¿Quién se le iba a igualar?, ¿cómo, si no, iba a decir: yo soy el rey, solamente, y no hay rey más que yo?
Ya tenía reservado, desde el día en que nació, el nombre de Gilgamés; en dos tercios era un dios, en un tercio un hombre era. Belet-Ila[4] lo creó, madre de todos los dioses, y contribuyó el dios Ea a la forma de su cuerpo; eran bellas sus facciones, y era su cuerpo inmenso; era delgado y muy grande; sus brazos medían dos metros y casi medio su mano ...... de medio metro su pie, tres metros medían sus piernas; daba pasos de tres metros, y tenía su meñique la mitad del medio metro; barbuda tenía la cara como la tiene el ganado; los mechones de su pelo le crecían fuertemente, como cebada en el campo; cuando se hizo mayor fue de grandeza perfecta; era, sin duda, el más bello entre los seres terrestres; se movía en Uruc -se movía en El Redil- como un verdadero toro, empinada la cabeza y exultante de fuerza; aún no ha nacido nadie que en algo se le parezca cuando blandía sus armas.
Las luchas que disputaba mantenían todo el tiempo de pie a sus compañeros; acosaba a los muchachos de Uruc, de Uruc -El Redil- y los iba encizañando. Gilgamés ya no dejaba que se fuera ningún joven tranquilo a casa paterna; cada día que pasaba se hacía más insufrible su amarga tiranía.
¡El guía de una ciudad que está repleta de gente!, ¡él, que debería ser un pastor para Uruc! Sin embargo, Gilgamés, ya no dejaba a las hijas que regresaran en paz a la casa de sus madres.
Y las mujeres gritaron ante los dioses su enfado y presentaron sus quejas.
Aunque era sabio y prudente, Gilgamés llegó, en su poder y dominio, a no dejar salir a ninguna joven en paz con su pretendiente. Los dioses su queja oyeron: la de la hija del guerrero, la de la novia del joven, y los dioses de los cielos, los que lo dominan todo, los que dirigen el curso del mundo, hablaron a Anón, padre de todos los dioses:
Has soltado en Uruc, has soltado en El Redil, un toro que a todo embiste; no hay quien se le parezca cuando enarbola sus armas y las luchas que disputa tienen a sus compañeros todo el día sin descanso; a los jóvenes de Uruc los acosa y encizaña. Gilgamés ya no deja irse a ningún joven tranquilo a la casa de su padre; con cada día y cada noche que pasan se vuelve más amarga su tiranía.
¡Y es el pastor de Uruc -El Redil-; es Gilgamés el guía de una ciudad que está repleta de gente! Sin embargo, aunque él es su pastor y protector, nunca deja de acosar a los jóvenes varones ni deja que las muchachas puedan pasear tranquilas, en paz, con sus pretendientes Escuchó Anón sus plegarias: las de la hija del guerrero, las de la novia del joven, y así respondió a sus dioses:
Llamad a vuestra presencia a Arura[5], la Gran Madre; ella fue la que creó a la gente innumerable; que cree un igual a él, un igual a Gilgamés, que tenga fuerza bastante, que pelee contra él, que Uruc encuentre la paz.[6] Y, entonces, ellos llamaron a la Gran Madre ante sí: tú, Arura, has creado hombres con imperfecciones, crea ahora un semejante sin tacha, tal como Anón, el padre, tiene mandado; haz que se manifieste el valor en sus entrañas, que rivalicen los dos y que Uruc tenga la paz.
Al oír esto, Arura ya hizo en su corazón al que Anón había dicho; echó saliva en sus manos y tomó un poco de barro; hizo una forma con él y la tiró en el desierto; en el desierto creó a Enquido, el valiente, al retoño del silencio, por Ninurta[7] endurecido.
Tenía el cuerpo cubierto de pelo, y los mechones caían sobre su espalda, como los de una mujer; fuerte le crecía el pelo, como cebada en el campo; él no conocía gente, ni conocía lugar.
Con la piel llena de pelo comía con las gacelas en los pastos de la estepa, como si fuera él Sacán[8]; bebía, en un cilanco, agua con los animales y con las bestias salvajes se encenagaba en las charcas.
Un cazador que ponía trampas, se topó con él a la orilla del cilanco; aquel día y el siguiente y, también, el tercer día se dio de bruces con él en la orilla del cilanco; cuando el cazador lo vio mudó el color de su cara. Enquido, empero, se fue con la manada a su monte.
Quedó el cazador de piedra, preocupado y pensativo; estaba muy intranquilo y serio tenía el semblante; en su estómago sentía los pinchazos de la angustia; parecía un caminante después de un largo camino.
Finalmente abrió la boca, la boca abrió para hablar, y le contó a su padre: padre mío, me he topado con un hombre en el cilanco, el más fuerte del país; es increíble su fuerza, como las piedras del cielo son sus músculos de duros; en todo el día no cesa de caminar por los cerros; va siempre con las gacelas, con la manada salvaje come hierba en la pradera; encuentro continuamente sus huellas junto al cilanco; tengo mucho miedo, siempre, de encontrármelo otra vez; tapa los hoyos que hago, rompe las redes que tiendo, me espanta los animales y no me deja cazar.
Abrió la boca su padre y le dijo al cazador: hijo mío, hijo mío, vete a la ciudad de Uruc, vete a ver a Gilgamés y cuéntale lo que sabes de la fuerza de ese hombre, cuyos músculos están tan duros como una piedra de las que caen de los cielos; parte y toma el camino que va a la ciudad de Uruc; no te fíes de la fuerza de una persona sola; ve, hijo mío, y tráete una joven del placer, a sus encantos se rinden los hombres más poderosos;
Cuando la manada venga y se aproxime al cilanco, que deje caer su túnica y que su encanto le muestre; él se acercará al verla y, entonces, se espantará la manada, de él querida, con la que creció en la estepa.
El consejo de su padre siguió, y partió el cazador; tomó el camino de Uruc y llevó hasta Gilgamés, el rey, estas sus quejas: en la orilla del cilanco me he topado con un hombre, el más fuerte del país; increíble es su fuerza; sus músculos son tan duros como las piedras del cielo.
Anda siempre por los cerros, todo el día con la manada, pasta con ella en la hierba; encuentro, continuamente, sus huellas junto al cilanco; tengo mucho miedo, siempre, de encontrármelo otra vez; me tapa los hoyos que hago para la caza y me quita los lazos que voy poniendo; me espanta toda la caza en las tierras de la estepa y no me deja cazar.
Y él le habló al cazador: llévate a Samjat contigo, una joven del placer; cuando asome la manada y se acerque al cilanco, que deje caer su túnica y que su encanto le muestre; él se acercará al verla y, entonces, se espantará la manada, de él querida, con la que creció en la estepa.
El cazador y Samjat, la muchacha del placer, se pusieron en camino y emprendieron el viaje; al tercer día de andar alcanzaron su destino y el cazador y la joven se sentaron en el suelo y esperaron escondidos; un día entero y un segundo estuvieron esperando; cuando llegó el tercer día la manada se acercó al cilanco a beber agua.
Los animales bebían, disfrutaban en el agua y también lo hacía Enquido, el que había nacido en tierras del altiplano; comía con las gacelas en la estepa, se metía con ellas en el cilanco, se revolcaba con ellas en el cieno de las charcas.
Así lo vio, así vio Samjat al hombre salvaje, a aquel hombre en ciernes, al hijo de las estepas. ¡Es él, Samjat, es Enquido! Deja caer ahora el brazo que tu túnica sostiene y tus pechos muéstrale; ábrele, luego, tu vulva para que él pueda sentir el sexo de una mujer; ante él no retrocedas, tiene que husmearte y verte, para que se acerque a ti y le quites el sentido.
Quítate, luego, el vestido y sé para él una loma, para que él pueda montarte; dale a ese salvaje todo lo que una mujer dar puede; cuando comience a moverse y a resollar de placer, huirá de él la manada, con la que creció en la estepa. Samjat se quitó el vestido que rodeaba sus caderas, le abrió su vulva y él vio el sexo de una mujer; ella no retrocedió ante él y le quitó el sentido; extendió su vestidura y fue para él una loma, y él, luego, la montó; ella le dio a aquel salvaje todo lo que una mujer puede dar y él comenzó a menearse sobre ella y a resollar de placer.
Seis días y siete noches se vio a Enquido en erección, se apareó con Samjat; cuando su hambre de placer se hubo saciado, buscó con su mirada el rebaño.
Las bestias vieron a Enquido y emprendieron la huida; las gacelas en el campo se espantaron ya de él; y fue así como Enquido su cuerpo puro manchó. Tenía Enquido sus piernas como clavadas en tierra, mientras su manada huía a toda velocidad.
Se encontraba Enquido allí sin fuerzas, ya no podía corretear como antes, sin embargo, y con ello, ganó en uso de razón, creció su conocimiento; volvió y se echó a los pies de la joven del amor; la miraba y observó atentamente su rostro; entonces puso atención a lo que la joven dijo, cuando Samjat habló a Enquido:
Tú, Enquido, eres guapo, eres igual que un dios, ¿por qué andas todo el día con las bestias por los montes? Ven, te voy a acompañar a la ciudad de Uruc -El Redil-, ven conmigo al templo santo, la casa de Anón e Istar, donde Gilgamés, el rey, en su estrenada hombría, como un salvaje toro, tiene siempre sometidos a los varones de Uruc.
Así le habló, y a él le agradaron sus palabras; en el fondo de su alma iba buscando un amigo, un compañero buscaba.
Y Enquido contestó así a la joven del amor: ven, Samjat, y llévame contigo al templo sagrado, la casa de Anón e Istar, donde Gilgamés, el rey en su hombría estrenada, como un salvaje toro, tiene sometidos, siempre, a los jóvenes de Uruc.
Yo lo retaré allí, pues mi fuerza grande es, ufano me pasearé por Uruc e iré diciendo: ¡El más fuerte soy yo! Cuando llegue, cambiaré el discurrir de las cosas; quien ha nacido en la estepa tiene una fuerza increíble y grande es su poderío.
Que la gente vea tu rostro, dijo Samjat; yo sé donde encontrar a Gilgamés, yo te lo voy a mostrar; ven conmigo, Enquido, a Uruc -vente conmigo al Redil-, donde los muchachos ciñen cíngulo en su cintura, donde, casi cada día, tiene lugar una fiesta, donde los tambores llevan los compases de la danza y hay muchachas del amor de increíble belleza; se puede oler su alegría y sentir su excitación, y donde hasta el viejo sube a la cama donde yacen.
Ay, Enquido, tú no sabes casi nada de la vida; te mostraré a Gilgamés, un hombre que se deleita rodeado de placeres; obsérvalo bien, y mira con atención su semblante; fuerza varonil rebosa, de porte altanero es y su cuerpo es seductor; irradia fuerza imponente, todavía más que tú; ni de día ni de noche se retira a descansar.
Pero no seas, Enquido, atrevido en demasía; Gilgamés es el amado de Samas, el dios radiante; el dios Anón, Ea y Enlil procuran que él sepa más que ninguno de nosotros; incluso antes de que tú llegaras al altiplano ya te veía Gilgamés en sus sueños, en Uruc; se levantaba a contar su sueño y decía a su madre: oh madre, éste es el sueño que he tenido esta noche: Las estrellas en lo alto sobre mí estaban todas y caian hacia mí, como pedazos de roca, desde lo alto del cielo; yo quise levantar una pero era muy pesada; yo la quería apartar, intentando darle vueltas, pero no pude moverla.
Todo Uruc la rodeó, todo el lugar se reunió en corro a su alrededor; la rodeó un gran gentío; todos los hombres de Uruc, los jóvenes y los viejos, se agolpaban junto a ella; todos la querían besar como a un niño pelirrojo; como a mujer yo la quise, la tenía entre mis brazos y la estuve acariciando; al fin yo la alcé y la puse a vuestros pies y vos, madre, la convertisteis en mi igual.
La madre de Gilgamés, que era sabia y prudente y muy entendida en todo, le respondió a su hijo; Ninsún -La Vaca Salvaje- que era prudente y sabia y que entendía de todo, le dijo a Gilgamés:
Las estrellas en el cielo estaban todas sobre ti, cuando una de ellas caía hacia ti, como una roca, desde lo alto del cielo; la querías levantar, pero era muy pesada; tú la quisiste apartar, intentabas darle vueltas, pero no podías moverla; tú la levantaste, al fin, y la pusiste a mis pies; yo, Ninsún, la convertí en un semejante a ti.
Como a mujer la querías, la tenías en tus brazos y le hacías caricias: un compañero valiente viene de camino a ti; será el que salve a su amigo; él es el más poderoso en todo el territorio; una enorme fuerza tiene; sus músculos son tan duros como las piedras del cielo; como a mujer lo querrás y él será valeroso y será tu salvador en cualquier dificultad.
Entonces tuvo otro sueño; se levantó y fue a su madre, la diosa, y Gilgamés le habló a su madre de nuevo: oh madre, he tenido un sueño: en una calle de Uruc -la ciudad de La Explanada- había tirada un hacha y un gentío innumerable se agolpaba en torno a ella; todo el lugar se había congregado junto a ella.
Una muchedumbre ingente estaba a su alrededor; todos los hombres de Uruc, los jóvenes y los viejos, se agolpaban junto a ella; levanté el hacha y la puse ante vuestros pies, desnuda, pues era como mujer; yo la amaba, y la tenía cual mujer entre mis brazos, la acariciaba y vos, madre, la convertisteis en mi igual.
La madre de Gilgamés que era sabia y prudente y que entendía de todo, así le habló a su hijo; Ninsún -La Vaca Sagrada- que era prudente y sabia y que de todo entendía, así le habló a Gilgamés: hijo mío, hijo mío, el hacha era un amigo; lo querrás como a mujer, lo tendrás entre los brazos, lo acariciarás y yo, Ninsún, lo convertiré en un semejante a ti.
Un compañero valiente viene de camino a ti, será el que salve a su amigo; es el que más fuerza tiene en todo el territorio, sus músculos son tan duros como un pedazo de roca de las que del cielo caen.
Gilgamés dijo a su madre: oh madre, que quiera Enlil que llegue a mí un consejero, que venga pronto un amigo que me dé su compañía, que me sepa aconsejar; y esto es lo que vio, en sus sueños, Gilgamés.
Cuando Samjat contó a Enquido los sueños de Gilgamés, yacieron los dos, de nuevo.
...........Tablilla I. El que vio lo más profundo; serie Gilgamés. Palacio de Asurbanipal, rey del mundo, que confía en Asur y en Ninlil.
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[1] Ver nota final A.[2] “Piedra azul”, licencia por Lapislázuli. [3] Ver nota final B.[4] Ver nota final C.[5] Arura, otro nombre de la señora de los dioses (Betet-Ila/Belet-Ili). Ver nota final C.[6] Tablilla mediobabilónica de Nipur (Chicago). [7] Ninurta era el dios de la guerra.[8] Sacán (Sakan), el dios de los animales.[9] Ver nota final D.