Portada
Gilgamés
Introducción
Tablilla I
Tablilla II
Tablilla III
Tablilla IV
Tablilla V
Tablilla VI
Tablilla VII
Tablilla VIII
Tablilla IX
Tablilla X
Tablilla XI
Tablilla XII
Notas Finales
Revista FURTIVO
Ciudadanos del mundo
Navaja-UR
Días de Otoño en Valdecabras
Esculturas de Vicente Marín
Esculturas de Julia
Fotos-Actualidad gráfica
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Fotos de Pozoamargo
Fotos de Valdecabras
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Libro de Visitas
 


El,
el que vio lo más profundo,
los cimientos de la tierra,
el que conoció los mares
y supo de todo aquello
que se podía saber.
Gilgamés,
el que vio lo más profundo,
los cimientos de la tierra,
el que conoció los mares
y supo de todo aquello
que se podía saber. 

Vio los territorios todos,
la redondez de la tierra.
Él, a quien se reveló
el último significado
de todo aquello que existe;
el que descubrió lo arcano
y desentrañó misterios;
el que nos trajo noticias
más antiguas que el Diluvio.

Regresó de un largo viaje
cansado, pero en paz
y, en una losa de piedra,
gravó sus tribulaciones,
sus gestas y sus fatigas;
él fue el que construyó,
de Uruc - El Redil-, los muros
y los del templo E-Ana,
la casa santificada
donde se guarda el tesoro;
mira  los muros, trazados
como con cuerda de lana;
contrafuertes como nadie
se atrevió a levantar.

Sube la escalera, hecha
en la noche de los tiempos,
que lleva al templo E-Ana[1],
casa de la diosa Istar,
obra que ya  ningún rey
supo después igualar;
sube arriba, al corredor,
anda por el antepecho
y toca  sus contrafuertes;
examina bien despacio
la obra de las murallas;
mira su ladrillería.
¡Que adobes tan bien cocidos!
¿No pusieron los cimientos
los Siete Sabios, allí? 

Tres mil seiscientos almudes
ocupan las construcciones;
tres mil seiscientos almudes
los huertos con sus palmeras;
tres mil seiscientos almudes
las balsas de los adobes;
mil ochocientos almudes
de terreno tiene el templo
de Istar, la diosa, el E-Ana;
doce mil seiscientos almudes,
de terreno, tiene Uruc.
 
Busca la piedra primera,
piedra de la fundación,
mira el arcón de madera,
de fino cobre forrado,
corre el cerrojo de bronce
y abre la tapa que oculta
el secreto que él encierra;
toma en tus manos la losa
de piedra azul[2], lee en voz alta:
es de Gilgamés la historia,
de sus gestas y trabajos.
 
El más grande entre los reyes,
de una estatura perfecta,
bravo retoño de Uruc,
toro salvaje, con cuerna
radiante, que a todo embiste;
si iba el primero, todo
el rebaño le  seguía
apiñado tras de él;
si se ponía al final,
le guardaba las espaldas;
era poderoso dique
detrás del que se refugian
las tropas que van con él,
era como una riada
que rompe muros de piedra.
Así era Gilgamés,
el toro de Lugalbanda,
todo fuerza, era el ternero
de la Gran Vaca Ninsuna[3];
muy grande fue Gilgamés,
de gran porte y perfección;
abrió caminos y pasos
a través de las montañas;
cavó pozos en las tierras
al borde de las estepas  
y cruzó los anchos mares  
hasta donde sale el sol. 
 
Él  cruzó, en su caminar,
la redondez de la tierra;
iba buscando la vida   
y llegó hasta la morada
de Ut-Napisti, el Lejano;       
el que levantó de nuevo   
los lugares de los ritos
por el Diluvio arrasados,
el que volvió a enseñar 
los sagrados rituales
a la gente innumerable.
 
¿Quién se le iba a igualar?,
¿cómo, si no, iba a decir:
yo soy el rey, solamente,
y no hay rey más que yo? 
 
Ya tenía reservado,
desde el día en que nació,
el nombre de Gilgamés;
en dos tercios era un dios,
en un tercio un hombre era.
Belet-Ila[4] lo creó,
madre de todos los dioses,
y contribuyó el dios Ea
a la forma de su cuerpo;
eran bellas sus facciones,
y era su cuerpo inmenso;
era delgado y muy grande;
sus brazos medían dos metros
y casi medio su mano
......
de medio metro su pie,  
tres metros medían sus piernas;  
daba pasos de tres metros, 
y tenía su meñique
la mitad del medio metro;
barbuda tenía la cara
como la tiene el ganado;
los mechones de su pelo
le crecían fuertemente,
como cebada en el campo;
cuando se hizo mayor
fue de grandeza perfecta;
era, sin duda, el más bello
entre los seres terrestres;
se movía en Uruc
-se movía en El Redil-
como un verdadero toro,
empinada la cabeza
y exultante de fuerza;
aún no ha nacido nadie
que en algo se le parezca 
cuando blandía sus armas. 

Las luchas que disputaba
mantenían todo el tiempo
de pie a sus compañeros;
acosaba a los muchachos
de Uruc, de Uruc -El Redil-
y los iba encizañando.
Gilgamés ya no dejaba
que se fuera ningún joven 
tranquilo a casa paterna;
cada día que pasaba
se hacía más insufrible
su amarga tiranía. 

¡El guía de una ciudad
que está repleta de gente!,
¡él, que debería ser
un pastor para Uruc!    
Sin embargo, Gilgamés,
ya no dejaba a las hijas
que regresaran en paz 
a la casa de sus madres. 

Y las mujeres gritaron
ante los dioses su enfado
y presentaron sus quejas. 
 
Aunque era sabio y prudente,
Gilgamés llegó, en su poder
y dominio, a no dejar
salir a ninguna joven
en paz con su pretendiente.
Los dioses su queja oyeron:
la de la hija del guerrero,
la de la novia del joven,
y los dioses de los cielos,
los que lo dominan todo,
los que dirigen el curso
del mundo, hablaron a Anón,
padre de todos los dioses:
 
Has soltado en Uruc,
has soltado en El Redil,
un toro que  a todo embiste;
no hay quien se le parezca
cuando enarbola sus armas
y las luchas que disputa
tienen a sus compañeros
todo el día sin descanso;
a los jóvenes de Uruc   
los acosa y encizaña.
Gilgamés ya no deja irse
a ningún joven tranquilo
a la casa de su padre;
con cada día y cada noche
que pasan se vuelve más
amarga su tiranía. 
 
¡Y es el pastor de Uruc
-El Redil-; es Gilgamés     
el guía de una ciudad
que está repleta de gente!
Sin embargo, aunque él es
su pastor y protector,
nunca deja de acosar
a los jóvenes varones  
ni deja que las muchachas
puedan pasear tranquilas,
en paz, con sus pretendientes
                                                                                                          Escuchó Anón sus plegarias:
las de la hija del guerrero,
las de la novia del joven,
y así respondió a sus dioses:
 
Llamad a vuestra presencia
a Arura[5], la Gran Madre;
ella fue la que creó
a la gente innumerable;
que cree un igual a él,
un igual a Gilgamés,
que tenga fuerza bastante,
que pelee contra él,
que Uruc encuentre la paz.[6]
Y, entonces, ellos llamaron
a la Gran Madre ante sí:
tú, Arura, has creado
hombres con imperfecciones,
crea ahora un semejante
sin tacha, tal como Anón,    
el padre, tiene mandado;
haz que se manifieste
el valor en sus entrañas,
que rivalicen los dos
y que Uruc tenga la paz.

Al oír esto, Arura
ya hizo en su corazón
al que Anón había dicho;
echó saliva en sus manos
y tomó un poco de barro;
hizo una forma con él
y la tiró en el desierto;
en el desierto creó
a Enquido, el valiente,
al retoño del silencio,
por Ninurta[7] endurecido.
 
Tenía el cuerpo cubierto
de pelo, y los mechones
caían sobre su espalda,
como los de una mujer;
fuerte le crecía el pelo, 
como cebada en el campo;
él no conocía gente,
ni conocía lugar.
 
Con la piel llena de pelo
comía con las gacelas
en los pastos de la estepa,
como si fuera él Sacán[8];
bebía, en un cilanco,
agua con los animales 
y con las bestias salvajes
se encenagaba en las charcas.

Un cazador que ponía     
trampas, se topó con él
a la orilla del cilanco;
aquel día y el siguiente
y, también, el tercer día
se dio de bruces con él
en la orilla del cilanco;
cuando el cazador lo vio
mudó el color de su cara.
Enquido, empero, se fue
con la manada a su monte.
 
Quedó el cazador de piedra,
preocupado y pensativo;
estaba muy intranquilo
y serio tenía el semblante;
en su estómago sentía
los pinchazos de la angustia;
parecía un caminante
después de un largo camino.
 
Finalmente abrió la boca,
la boca abrió para hablar,
y le contó a su padre:
padre mío, me he topado
con un hombre en el cilanco,
el más fuerte del país;
es increíble su fuerza,
como las piedras del cielo
son sus músculos de duros;
en todo el día no cesa  
de caminar por los cerros;
va siempre con las gacelas,
con la manada salvaje
come hierba en la pradera;
encuentro continuamente
sus huellas junto al cilanco;
tengo mucho miedo, siempre,
de encontrármelo otra vez;  
tapa los hoyos que hago,    
rompe las redes que tiendo,
me espanta los animales 
y no me deja cazar. 
 
Abrió la boca su padre 
y le dijo al cazador:
hijo mío, hijo mío,
vete a la ciudad de Uruc,
vete a ver a Gilgamés
y cuéntale lo que sabes
de la fuerza de ese hombre,
cuyos músculos están
tan duros como una piedra
de las que caen de los cielos;
parte y toma el camino
que va a la ciudad de Uruc;
no te fíes de la fuerza
de una persona sola;
ve, hijo mío, y tráete
una joven del placer,
a sus encantos se rinden
los hombres más poderosos;

Cuando la manada venga
y se aproxime al cilanco,
que deje caer su túnica
y que su encanto le muestre;
él se acercará al verla
y, entonces, se espantará
la manada, de él querida,
con la que creció en la estepa.
 
El consejo de su padre
siguió, y partió el cazador;
tomó el camino de Uruc   
y llevó hasta Gilgamés,
el rey, estas sus quejas: 
en la orilla del cilanco
me he topado con un hombre,
el más fuerte del país;
increíble es su fuerza;
sus músculos son tan duros
como las piedras del cielo. 
 
Anda siempre por los cerros,
todo el día con la manada,
pasta con ella en la hierba;
encuentro, continuamente,
sus huellas junto al cilanco;
tengo mucho miedo, siempre,
de encontrármelo otra vez;
me tapa los hoyos que hago
para la caza y me quita
los lazos que voy poniendo;
me espanta toda la caza
en las tierras de la estepa
y no me deja cazar.
 
Y él le habló al cazador:
llévate a Samjat contigo,
una joven del placer;
cuando asome la manada   
y se acerque al cilanco,
que deje caer su túnica
y que su encanto le muestre;
él se acercará al verla
y, entonces, se espantará
la manada, de él querida,
con la que creció en la estepa. 
 
El cazador y Samjat,
la muchacha del placer,
se pusieron en camino
y emprendieron el viaje;
al tercer día de andar
alcanzaron su destino
y el cazador y la joven
se sentaron en el suelo
y esperaron escondidos;
un día entero y un segundo 
estuvieron esperando;
cuando llegó el tercer día
la manada se acercó
al cilanco a beber agua. 

Los animales bebían,
disfrutaban en el agua   
y también lo hacía Enquido,
el que había nacido
en tierras del altiplano;
comía con las gacelas
en la estepa, se metía 
con ellas en el cilanco,  
se revolcaba con ellas
en el cieno de las charcas. 
 
Así lo vio, así vio
Samjat al hombre salvaje,
a aquel hombre en ciernes,
al hijo de las estepas.
¡Es él, Samjat, es Enquido!
Deja caer ahora el brazo
que tu túnica sostiene
y tus pechos muéstrale;
ábrele, luego, tu vulva
para que él pueda sentir
el sexo de una mujer;
ante él no retrocedas,    
tiene que husmearte y verte,
para que se acerque a ti
y le quites el sentido.   
 
Quítate, luego, el vestido
y sé para él una loma,
para que él pueda montarte;
dale a ese salvaje todo
lo que una mujer dar puede;
cuando comience a moverse   
y a resollar de placer,
huirá de él la manada,    
con la que creció en la estepa.
Samjat se quitó el vestido
que rodeaba sus caderas,
le abrió su vulva y él vio
el sexo de una mujer;
ella no retrocedió ante él
y le quitó el sentido;
extendió su vestidura
y fue para él una loma,
y él, luego, la montó;
ella le dio a aquel salvaje
todo lo que una mujer
puede dar y él comenzó
a menearse sobre ella
y a resollar de placer. 
 
Seis días y siete noches
se vio a Enquido en erección, 
se apareó con Samjat;
cuando su hambre de placer
se hubo saciado, buscó
con su mirada el rebaño. 
 
Las bestias vieron a Enquido
y emprendieron la huida;
las gacelas en el campo
se espantaron ya de él;
y fue así como Enquido
su cuerpo puro manchó.
Tenía Enquido sus piernas
como clavadas en tierra,
mientras su manada huía
a toda velocidad. 
 
Se encontraba Enquido allí
sin fuerzas, ya no podía
corretear como antes,
sin embargo, y con ello,
ganó en uso de razón,
creció su conocimiento;  
volvió y se echó a los pies
de la joven del amor;  
la miraba y observó
atentamente su rostro;
entonces puso atención
a lo que la joven dijo,
cuando Samjat habló a Enquido:   
 
Tú, Enquido, eres guapo,
eres igual que un dios,  
¿por qué andas todo el día    
con las bestias por los montes?
Ven, te voy a acompañar
a la ciudad de Uruc
-El Redil-,
ven conmigo al templo santo,
la casa de Anón e Istar,
donde Gilgamés, el rey,
en su estrenada hombría,
como un salvaje toro,
tiene siempre sometidos
a los varones de Uruc.   
 
Así le habló, y a él
le agradaron sus palabras;
en el fondo de su alma
iba buscando un amigo,
un compañero buscaba. 
 
Y Enquido contestó así
a la joven del amor:
ven, Samjat, y llévame
contigo al templo sagrado,
la casa de Anón e Istar,
donde Gilgamés, el rey
en su hombría estrenada,
como un salvaje toro,
tiene sometidos, siempre,
a los jóvenes de Uruc. 
 
Yo lo retaré allí,
pues mi fuerza grande es,
ufano me pasearé
por Uruc e iré diciendo:
¡El más fuerte soy yo!
Cuando llegue, cambiaré
el discurrir de las cosas;
quien ha nacido en la estepa
tiene una fuerza increíble   
y grande es su poderío.
 
Que la gente vea tu rostro,
dijo Samjat; yo sé donde
encontrar a Gilgamés,
yo te lo voy a mostrar;
ven conmigo, Enquido, a Uruc
-vente conmigo al Redil-,
donde los muchachos ciñen
cíngulo en su cintura,
donde, casi cada día,
tiene lugar una fiesta,
donde los tambores llevan
los compases de la danza
y hay muchachas del amor
de increíble belleza; 
se puede oler su alegría
y sentir su excitación,
y donde hasta el viejo sube
a la cama donde yacen.
 
 Ay, Enquido, tú no sabes
casi nada de la vida;
te mostraré a Gilgamés,
un hombre que se deleita
rodeado de placeres;
obsérvalo bien, y mira
con atención su semblante;
fuerza varonil rebosa,
de porte altanero es
y su cuerpo es seductor;
irradia fuerza imponente,
todavía más que tú;
ni de día ni de noche
se retira a descansar.   
 
Pero no seas, Enquido,
atrevido en demasía;   
Gilgamés es el amado
de Samas, el dios radiante;
el dios Anón, Ea y Enlil 
procuran que él sepa más
que ninguno de nosotros;
incluso antes de que tú
llegaras al altiplano   
ya te veía Gilgamés
en sus sueños, en Uruc;
se levantaba a contar
su sueño y decía a su madre:
oh madre, éste es el sueño
que he tenido esta noche: 
 Las estrellas en lo alto
sobre mí estaban todas
y caian hacia mí,
como pedazos de roca,
desde lo alto del cielo;
yo quise levantar una
pero era muy pesada;
yo la quería apartar,   
intentando darle vueltas,
pero no pude moverla.
 
Todo Uruc la rodeó,    
todo el lugar se reunió
en corro a su alrededor;
la rodeó un gran gentío;
todos los hombres de Uruc,
los jóvenes y los viejos,
se agolpaban  junto a ella;
todos la querían besar
como a un niño pelirrojo;
como a mujer yo la quise,  
la tenía entre mis brazos
y la estuve acariciando;
al fin yo la alcé y la puse
a vuestros  pies y vos, madre,
la convertisteis en mi igual.
 
La madre de Gilgamés,
que era sabia y prudente    
y muy entendida en todo,
le respondió a su hijo;
Ninsún -La Vaca Salvaje-
que era prudente y sabia   
y que entendía de todo,
le dijo a Gilgamés:
 
Las estrellas en el cielo
estaban todas sobre ti,
cuando una de ellas caía
hacia ti, como una roca,
desde lo alto del cielo; 
la querías levantar,
pero era muy pesada;
tú la quisiste apartar,
intentabas darle vueltas,
pero no podías moverla;
tú la levantaste, al fin,
y la pusiste a mis pies;
yo, Ninsún, la convertí
en un semejante a ti. 
 
Como a mujer la querías,  
la tenías en tus brazos
y le hacías caricias:
un compañero valiente
viene de camino a ti;
será el que salve a su amigo;
él es el más poderoso
en todo el territorio;
una enorme fuerza tiene;
sus músculos son tan duros
como las piedras del cielo;
como a mujer lo querrás   
y él será valeroso   
y será tu salvador
en cualquier dificultad.
 
Entonces tuvo otro sueño;
se levantó y fue a su madre,
la diosa, y Gilgamés
le habló a su madre de nuevo:
oh madre, he tenido un sueño:
en una calle de Uruc
-la ciudad de La Explanada-
había tirada un hacha
y un gentío innumerable
se agolpaba  en torno a ella;
todo el lugar se había
congregado junto a ella. 
 
Una muchedumbre ingente
estaba a su alrededor;
todos los hombres de Uruc,
los jóvenes y los viejos,
se agolpaban junto a ella;
levanté el hacha y la puse
ante vuestros pies, desnuda,
pues era como mujer;
yo la amaba, y la tenía
cual mujer entre  mis brazos,  
la acariciaba y vos, madre,
la convertisteis en mi igual.
 
La madre de Gilgamés
que era sabia y prudente   
y que entendía de todo,
así le habló a su hijo;
Ninsún -La Vaca Sagrada-
que era prudente y sabia   
y que de todo entendía,
así le habló a Gilgamés:
hijo mío, hijo mío,
el hacha era un amigo;
lo querrás como a mujer,
lo tendrás entre los brazos,
lo acariciarás y yo,
Ninsún, lo convertiré
en un semejante a ti.
 
Un compañero valiente
viene de camino a ti,
será el que salve a su amigo;
es el que más fuerza tiene
en todo el territorio,  
sus músculos son tan duros
como un pedazo de roca
de las que del cielo caen.
 
Gilgamés dijo a su madre:
oh madre, que quiera Enlil
que llegue a mí un consejero,
que venga pronto un amigo
que me dé su compañía,
que me sepa aconsejar;
y esto es lo que vio,
en sus sueños, Gilgamés. 
 
Cuando Samjat contó a Enquido
los sueños de Gilgamés,
yacieron los dos, de nuevo.
 
* * * * * * * * * * *

            Enquido estaba ante ella[9] ....

...........Tablilla I. El que vio lo más profundo; serie Gilgamés.                        Palacio de Asurbanipal, rey del mundo, que confía en Asur y en Ninlil.

................................................


[1]  Ver nota final A.[2]   “Piedra azul”, licencia por Lapislázuli. [3]  Ver nota final B.[4]  Ver nota final C.[5]  Arura, otro nombre de la señora de los dioses
(Betet-Ila/Belet-Ili). Ver nota final C.[6] Tablilla mediobabilónica de Nipur (Chicago). [7]  Ninurta era el dios de la guerra.[8]  Sacán (Sakan), el dios de los animales.[9]  Ver nota final D.

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