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Gilgamés
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Tablilla II
Tablilla III
Tablilla IV
Tablilla V
Tablilla VI
Tablilla VII
Tablilla VIII
Tablilla IX
Tablilla X
Tablilla XI
Tablilla XII
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Los relatos sumerios
Gilgamés y Aga de Quis
Gilgamés y Jumbaba
Gilgamés y el Toro del Cielo
Gilgamés y el Submundo
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.................................................................................................................................................................

Siduri[1], la tabernera, 

en el mar vive, allí abajo,

y una taberna regenta;

allí tiene las repisas    

para colocar las jarras

y las vasijas de oro;

iba vestida con manto           

y escondía su rostro,  

oculto por unos velos.

 
5.- Gilgamés se iba acercando,

despacio, a donde ella estaba,

sin embargo, aunque tenía

algo de carne de dioses,

la angustia había anidado

dentro de su corazón;

tenía el rostro de aquel   

que viene de recorrer

un camino muy lejano.

 
10.- De lejos, la tabernera 

lo miraba y se decía,  

hablando consigo misma,

quien podría ser aquel:

¿no será éste que viene

un hombre que se dedica

a cazar toros salvajes?;

pero, ¿de dónde vendrá

y por qué tuerce hacia mí?   

15.- Cuando lo hubo observado

despacio, atrancó la puerta;

cuando la tuvo cerrada

se subió a la azotea.

 
Gilgamés, que había escuchado

el ruido que había hecho,

levantó el mentón a lo alto

y volviéndose hacia ella

Gilgamés así le habló,

le dijo a la tabernera:

20.- ¡tabernera, has cerrado!,

¿por qué atrancaste la puerta

cuando me viste de lejos?;

has atrancado la puerta

y te has subido al tejado;

desatrancaré la puerta

y la tranca romperé.

(Faltan dos líneas)

Luego, habló la tabernera

y le dijo a Gilgamés:

tuve miedo de un extraño,

por eso atranqué la puerta;

no sabía quién venía

y me subí a la terraza;

ahora que te veo, quiero

saber todo de tu viaje.

 
Gilgamés le replicó,

a ella, a la tabernera:

30.- mi amigo Enquido y yo

somos aquellos que, juntos,

subimos a las montañas,

atrapamos y matamos,

los dos, al Toro del Cielo;

abatimos a Jumbaba,    

el que tenía su escondite

en el Monte de los Cedros;

yo también maté leones 

en los pasos de montaña. 

 
35.- Entonces, la tabernera

le dijo a Gilgamés:

si vosotros sois aquellos

que mataron al guardián        

al abatir a Jumbaba                    

en el Monte de los Cedros,

los que mataron leones

en los pasos de montaña,

atraparon y mataron

al mismo Toro del Cielo,

que desde arriba bajó,

40.-¿por qué es por lo que tienes

las mejillas tan hundidas,

tienes cansado el semblante,

el timbre de voz tan débil,

el rostro tan demacrado?

 ¿por qué la preocupación

se ha metido en tus entrañas,

tienes la cara de aquel

que vuelve de un largo viaje,

por qué el calor y la escarcha

han requemado tu rostro,

45.- vas errante por los cerros

con una piel de león?
 

Él dijo a la tabernera:

¿y cómo no iba a tener

las mejillas tan hundidas,

el semblante tan cansado,

débil el timbre de voz,

el rostro tan demacrado?

¿por qué la preocupación

no se iba a deslizar

dentro de mi corazón   

50.- y no iba a tener el rostro

como la del caminante

que vuelve de un largo viaje?

¿Por qué el calor y la escarcha

no iban a quemar mi rostro,

no iba a vagar por los cerros

con una piel de león? 

 
Mi amigo, mi gran amigo,

un onagro impetuoso,

un asno del altiplano,

un leopardo de la estepa;

Enquido, mi amigo Enquido,

un onagro impetuoso,

un asno del altiplano,

un leopardo de la estepa;

55.- mi amigo, al que tanto quise, 

el que conmigo sufrió

en el claro y la espesura;

Enquido, al que tanto quise,   

el que conmigo sufrió

en la espesura y el claro;

a él lo alcanzó el destino

de las personas mortales;

seis días lloré por él   

y durante siete noches;

no dejé que lo enterraran

60.- hasta que cayó un gusano

del hueco de su nariz;

 
Entonces me entró la angustia,

tuve miedo, porque yo

también tenía que morir;

comencé a sentir, entonces,

el temor ante la muerte

y a vagar por las estepas;

lo que le pasó a mi amigo

algo muy pesado fue

para poder soportarlo;

desde entonces, un camino

largo tengo tras de mí

por las montañas silvestres;

65.- lo que a Enquido le pasó

algo muy pesado fue

para poder soportarlo;

desde entonces, un camino

largo tengo tras de mí

por las silvestres estepas.

 
¿Cómo podía callar,

cómo iba a estar tranquilo?  

mi amigo, al que tanto quise  

se había vuelto barro;

Enquido, al que tanto quise,

de nuevo se volvió barro;      

70.- ¿no me va a pasar a mí

lo mismo, no voy a estar

postrado y ya nunca más

voy a poder levantarme   

en toda la eternidad?

[2]

Gilgamés le habló de nuevo,

le dijo a la tabernera:

dime, ahora, tabernera

¿dónde encontraré el camino

que me lleve a Ut-Napista,

de qué lugar partiré?   

75.- muéstrame en qué dirección

me tendré que mantener;

si es posible para el hombre,

cruzaré los océanos,

si no, seguiré vagando

por la estepa, como antes.

 
Entonces, la tabernera

respondió a Gilgamés:

oh Gilgamés, nunca hubo

un camino hasta allí;

80.- desde los remotos tiempos

no hubo quien consiguiera

cruzar el ancho océano,

solo Samas, el heroico,

puede cruzar océanos;

la travesía es arriesgada,

el camino es peligroso

y, a la mitad del camino,

está el Agua de la Muerte

que impide seguir el viaje;

y aunque pudieras lograr

cruzar el mar, Gilgamés,

¿qué piensas que vas a hacer

cuando consigas llegar

a las Aguas de la Muerte?

 
Allí está Ur-Sanabo,

el barquero de Ut-Napista,

Los de Piedra están con él

mientras él, dentro del monte,

pelando pinos está;

vete a él, que vea tu rostro;

90.- si es posible a los humanos,

entonces, viaja con él;   

si no es posible, desiste   

y regresa a tu lugar. 

 
Cuando lo oyó Gilgamés,

cogió el hacha y se sacó

el puñal de su cintura,

95.- se deslizó hacia ellos   

y como flecha arrojada

se precipitó entre ellos,

atronando su alarido

en medio de la espesura.


Cuando Ur-Sanabo lo vio

se acorazó con sus auras

y hacia él se dirigió

llevando el hacha en la mano;

100.- sin embargo, Gilgamés

le golpeó la cabeza

y el brazo le sujetó

contra su pecho y así

lo dejo inmovilizado;

los Seres de Piedra, entonces,

se asustaron en la barca,

los que nunca tienen miedo

de las Aguas de la Muerte;

Allí se abrió el océano,
                                                                                                                                                                                      el mar para Gilgamés;

 105.-él retuvo a Los de Piedra,

y también retuvo el barco;

él los hizo mil añicos

y los botó a la corriente;        

trenzó cuerdas para el barco

y se recostó, cansado, 

en la ribera del mar;

 
Gilgamés le dijo a él,

a Ur-Sanabo, el barquero:

110.- ahora tiemblas, Ur-Sanabo,

después de haber levantado

tu grande hacha hacia mí,

más la lucha que tú buscas

no la haré yo contra ti;

Ur-Sanabo contestó,

le dijo a Gilgamés: 

 
¿por qué tienes, Gilgamés,

las mejillas tan hundidas,

el semblante tan cansado,

el timbre de voz tan débil,

el rostro tan demacrado?

¿por qué las preocupaciones

115.- se han metido en tus entrañas,

tienes la cara de aquel

que vuelve de un largo viaje?

¿por qué el calor y la escarcha

han requemado tu rostro,

vas errante por los cerros

con las pieles del león?

 
Y Gilgamés contestó,

a Ur-Sanabo, el Barquero:   

120.- ¿y cómo no iba a tener

las mejillas tan hundidas,

el semblante tan cansado,

débil el timbre de voz,

el rostro tan demacrado?

¿por qué la preocupación

no se iba a deslizar   

dentro de mi corazón   

y no iba a tener el rostro

como el del caminante

que vuelve de un largo viaje?

¿por qué el calor y la escarcha

no iban a quemar mi rostro,

125.- no iba a vagar por los cerros

con las pieles de león?


¡Mi amigo, mi gran amigo,

un onagro impetuoso,

un asno del altiplano,

un leopardo de la estepa!

¡Enquido, mi amigo Enquido,

como un onagro espantado,

un asno del altiplano,

un leopardo de la estepa!

nosotros somos aquellos

que luchamos juntamente,

y subimos las montañas,

fuimos los que capturamos

y también los que matamos

al mismo Toro del Cielo;

130.- los que a Jumbaba matamos,

el que vivía en la floresta;                                                    

yo fui el que maté leones

en los pasos de montañas;

mi amigo, al que tanto quise,

el que padeció conmigo

en el claro y la espesura;

Enquido, al que tanto quise,  

el que padeció conmigo

en la espesura y el claro;

a él lo alcanzó el destino

de las personas mortales,

135.- seis días lloré por él   

y durante siete noches;

no dejé que lo enterraran

hasta que cayó un gusano

del hueco de su nariz.

 
Entonces me entró la angustia,

tuve miedo, porque yo

también tenía que morir;

empecé a sentir entonces

el temor ante la muerte

y a vagar por las estepas;

140.- lo que le pasó a mi amigo

pesó mucho sobre mí

para poder soportarlo;

desde entonces, un camino

largo tengo tras de mí

por las montañas silvestres;

lo que a Enquido le pasó

pesó mucho sobre mí

para poder soportarlo;

desde entonces, un camino

largo tengo tras de mí

por las silvestres estepas.

 
¿Cómo podía callar,

cómo iba a estar tranquilo?   

145.- mi amigo, al que tanto quise,

se había vuelto barro;

Enquido, al que quise tanto,

se había vuelto barro,

¿no me va a pasar a mí

lo mismo, no voy a estar

postrado y ya nunca más

voy a poder levantarme,

en toda la eternidad?

 
Gilgamés le habló de nuevo,

a Ur-Sanabo le dijo:

150.- dime, ahora, Ur-Sanabo,

¿dónde encontraré el camino

que me lleve a Ut-Napista,

de qué lugar partiré?

Muéstrame en qué dirección

me tendré que mantener;

si es posible para el hombre,

cruzaré los océanos,

si no, seguiré vagando

por la estepa, como antes.

 
155.- Allí le habló Ur-Sanabo,

le respondió a Gilgamés:

oh Gilgamés, Gilgamés,

han sido tus propias manos

las que han hecho imposible

que hagamos la travesía;

destrozaste a Los de Piedra,

al río los arrojaste;

Los de Piedra están deshechos,

sin pelar están los pinos;

coge, Gilgamés, el hacha,

160.- vete para abajo, al monte   

y corta trescientas latas,

de treinta metros de largo;

quítale las ramas, hazles

un tetón en el extremo

y tráelas ante mí.

Gilgamés escuchó atento

las palabras que él le dijo;

con su mano empuñó el hacha,

165.- sacó el puñal de su cinto

y se dirigió hacia abajo,

al monte y, de treinta metros,

trescientas latas cortó;

les quitó todas las ramas,

les dejó un abultamiento

en la punta y las llevó

ante Ur-Sanabo, el barquero.

 
Gilgamés y Ur-Sanabo

se subieron a la barca,

170.- botaron la barca al agua

maniobraron y partieron;  

en tres días avanzaron

tanto como se recorre

navegando mes y medio;

llegó, entonces, Ur-Sanabo

a las Aguas de la Muerte   

y Ur-Sanabo le habló,

le dijo a Gilgamés:

¡hazte a ello, Gilgamés!

coge la primera lata;

175.- ten cuidado que no toque

tu mano el Agua de Muerte

que, si no, se secará;

toma la segunda lata,

la tercera, Gilgamés;

toma la cuarta y la quinta   

y la sexta, Gilgamés;

ten la séptima, la octava,   

la novena, Gilgamés;

coge la décima lata

la undécima, Gilgamés,

y la duodécima, también.

 
180.- Después de las treinta leguas

Gilgamés había gastado

todas las latas que había.

Ur-Sanabo se quitó

sus ropas y Gilgamés   

la piel que llevaba puesta,

extendió, luego, sus brazos

y en ellos colgó las ropas   

para que hicieran de vela.

 
Ut-Napista, desde lejos,

observaba a Gilgamés

185.- y, hablando consigo mismo,

se preguntaba, extrañado,

que significaba aquello;

¿por qué fueron destruidos

todos los Seres de Piedra,

viene de guía en la barca

uno que no es su barquero?;

el que allí viene no es

ninguno de mis sirvientes,

190.- pero el que va a su derecha

sí parece Ur-Sanabo;

aunque mire fijamente,

no puedo reconocerlo;

sí, aunque me fije mucho,

reconocerlo no puedo;

por más que mucho me fije

no puedo saber quién es.

(Faltan 3 líneas)

No es ninguno de los hombres

que tengo yo a mi servicio;

el ...................

(Faltan 3 líneas)

Gilgamés se iba acercando

a donde dejar la barca.

(Faltan 2 líneas)

el que después del Diluvio

se vino a vivir aquí,

por mandato de los dioses
 .................................

(Faltan unas cuatro líneas)

207.- Y Gilgamés le habló,

le dijo a Ut-Napista:

¡que vivas por largos años

hijo de Ubar-Tutó

(Faltan 3  líneas)

Ut-Napista le dijo,

contestó a Gilgamés:

¿y por qué es por lo que tienes

las mejillas tan hundidas,

el semblante tan cansado,

el timbre de voz tan débil,

el rostro tan demacrado?

 215.- ¿por qué la preocupación

se ha metido en tus entrañas,

tienes la cara de aquel

que vuelve de un largo viaje?

¿por qué el calor y la escarcha

han requemado tu rostro,

vas errante por los cerros

disfrazado de león?


Habló, entonces, Gilgamés   

y le dijo a Ut-Napista:

220.- ¿y cómo no iba a tener

las mejillas tan hundidas

y tan cansado el semblante,

débil el timbre de voz,

el rostro tan demacrado?

¿por qué la preocupación

no se iba a deslizar

dentro de mi corazón,

no iba yo a tener el rostro

como el del caminante                                                                                                            

que vuelve de un largo viaje?

¿por qué el calor y la escarcha

no iban a quemar mi rostro,

225.- no iba a vagar por los cerros

disfrazado de león? 

 
¡Mi amigo, mula en huida,

un onagro de los montes,

un leopardo de la estepa!

¡Enquido, mi amigo Enquido,

una mula espantada,

un onagro de los montes,

un leopardo de la estepa!

nosotros somos aquellos

que luchamos juntamente,

y subimos las montañas,

fuimos los que capturamos

y también los que matamos

al mismo Toro del Cielo;

230.- los que a Jumbaba matamos,

el que vivía en la floresta;                                                    

yo fui el que maté leones

en los pasos de montañas;

mi amigo, al que tanto quise,

el que padeció conmigo

todos los padecimientos;

Enquido, al que tanto quise,

el que padeció conmigo

todos los padecimientos;

a él lo alcanzó el destino

de las personas mortales.

 
235.- Seis días lloré por él   

y durante siete noches;

no dejé que lo enterraran

hasta que cayó un gusano

del hueco de su nariz;

entonces me entró la angustia,

tuve miedo, porque yo

también tenía que morir;

empecé a sentir, entonces,

el pavor ante la muerte

y a vagar por las estepas.

 
240.- Lo que le pasó a mi amigo

pesó mucho sobre mí

para poder soportarlo;

desde entonces, un camino

largo tengo tras de mí

por las montañas silvestres;

lo que a Enquido le pasó

pesó mucho sobre mí

para poder soportarlo;

desde entonces, un camino

largo tengo tras de mí

por las silvestres estepas;

¿cómo podía callar,

cómo iba a estar tranquilo?   

245.- mi amigo, al que tanto quise,

se había vuelto barro;

Enquido, al que tanto quise,   

se había vuelto barro;

¿no me va a pasar a mí

lo mismo, no voy a estar

postrado y ya nunca más

voy a poder levantarme,

en toda la eternidad?

 
De nuevo habló Gilgamés   

y le dijo a Ut-Napista:

250.- yo pensé: voy a buscar

a Ut-Napista, el Lejano,

del que todo el mundo habla;

recorrí, en mi caminar,

países de muchos amos   

y muchas veces crucé

montañas que miedo daban;

una y otra vez crucé

todos los mares que existen.

 
De dormir plácidamente

engordó poco mi cara;

255.- yo mismo me flagelé

en tanto que me negaba

el sueño reparador;

mis músculos se agotaron,

¿ y qué es lo que conseguí

con tantos padecimientos?; 

antes de ver a Sidora

ya estaba mi ropa rota;   

maté osos, hienas, leones,

chacales y leopardos,

260.- corzos y fieras salvajes

y animales de la estepa

para comerme su carne

y vestirme con sus pieles;

ahora espero que las puertas

de los pesares se cierre;

que ahora se cierren las puertas

con pez y con alquitrán;

que por mi parte no cesen

de retozar; por mi parte

265.-que se recreen en la estepa.

 
Y Ut-Napista le habló,

le dijo a Gilgamés:

¿por qué llevas, Gilgamés,

tan lejos tus aflicciones?

tú, que estás hecho de carne

de los dioses y los hombres;

tú, al que los dioses hicieron

como a tu padre y tu madre;

270.- ¿por qué, Gilgamés, comparas

tu suerte con la del pobre?

 
 A ti te han puesto los dioses

un asiento en su asamblea

y te han dicho: ¡siéntate!

los pobres sólo reciben

las migajas que se tiran,

en lugar de requesón;

come granzas y salvado,

en lugar de buena harina;

se cubre sólo de harapos

y no con ropas de fiesta,

275.- y en lugar de faja hermosa,

un cordel lleva anudado.

 
Él no tiene consejero

que, con tesón, lo defienda;

le falta, en todas las cosas

que emprende, el conocimiento;

y, aun así, no es infeliz,

pues no se preocupa tanto;

levanta tú su cabeza,

Gilgamés, y haz aquello

que es el deber de los reyes;

piensa en él, oh Gilgamés,

pues tú eres su señor;

todos los que en  ti confían

280.- esperan que seas su norte,

como el dios del cielo, Sin,

y los dioses de la noche

que por las tinieblas guían;

de noche viaja el dios Luna

y su luz nos acompaña;

los dioses están despiertos

nos guían constantemente

y en vela están, sin dormir.

 
Los deberes de los hombres

285.- desde antiguo están fijados;

que el amo cuide a su siervo

es su principal deber;

ahora piensa en el débil,

al que debes socorrer;

tu protección le dará,

en la adversidad, alivio.

 
Cuando ya no haya nadie

que cuide, oh Gilgamés, 

de los templos de los dioses,

de los templos de las diosas
...........................................

Ellos ................................
los dioses ..........................
porque .....................................
él hizo ............................
......................... como regalo
................... él ...................
......................... los ...........
................... arrojaran al suelo.

 
Ellos sorprendieron, sí,

a Enquido con su destino,

y tú que andas vagando,

¿qué has podido alcanzar?;

te has agotado a ti mismo

con trabajos y desvelos,

tus nervios están cansado

de tantos padecimientos   

300.- y, de esa manera, vas,   

más deprisa cada vez,

hasta el final de tus días;

los hombres serán segados

cual caña en cañaveral,

igual si es joven apuesto

o es hermosa muchacha,

la muerte los arrebata

pronto, en la flor de sus días.    

 
Nadie ve nunca la muerte,

305.- nadie ve jamás su rostro,

nadie percibe su voz

y, a pesar de ello, la muerte   

terrible es la segadora

de toda la humanidad;

hay un tiempo en que nosotros

construimos una casa,

hay un tiempo en que nosotros

anidamos en el nido,

310.- un tiempo en que los hermanos

se reparten las herencias,

hay un tiempo en el que reina

el odio entre los países,

hay un tiempo en el que el río

creció y trajo riadas

y en el que la cachipolla[3],

es arrastrada en el río,

y apenas ha visto el sol,

  315.- de repente, allí no hay nada.

 
Los que duermen y los muertos

¡cuanto, entre sí, se parecen!

y, aun así, ninguno puedo,

con atino, reflejar

una imagen de la muerte;

todavía ningún muerto

ha podido devolver,

un saludo a ningún hombre;

los Anunacos, los grandes

dioses, tuvieron reunión;

320.- Mamita, la que da el sino,

con ellos fijó el destino

ellos fijaron la muerte,

ellos fijaron la vida,   

mas el día de la muerte

a conocer no lo dieron.

 * * * * * * * * * * *

 
                                                           Si te observo, Ut-Napista ....

                                                           …………………………..             

 
                                                                                                     Tablilla X. El que vio lo más profundo, …..


Notas:                                                                          
[1] Siduri en acadio.[2]  Ver nota final I.[3] Cachipolla –ephemera vulgata- es un insecto acuático que vive un solo día.

................................................................................

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