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Gilgamés
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Los relatos sumerios
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Gilgamés y Jumbaba
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Amigo mío, ¿por qué

los grandes dioses están,

en consejo, reunidos?

 
Al amanecer, Enquido

le dijo a Gilgamés:

amigo mío, qué sueño   

que he tenido esta noche:

Anón, Ea y Enlil 

y Samas el celestial

mantuvieron un consejo;

y Anón le dijo a Enlil:

lo mismo que han dado muerte

a nuestro Toro del Cielo,

así mataron también

a Jumbaba, el vigilante

en el Monte de los Cedros.

 
Y Anón dictó sentencia:

que muera uno de los dos. 

 
Y Enlil le contestó:

que sea Enquido el que muera,

que no sea Gilgamés.

 
Allí, Samas, el celeste,

respondió al heroico Enlil:

¿no fue por mandato mío

por lo que ellos dieron muerte

a Jumbaba, el vigilante,

también al Toro del Cielo?

¿Por qué tiene que morir

ahora Enquido, el inocente?

 
Enlil se enfureció, entonces,

contra el dios celeste, Samas:

lo que es verdad es que tú

acompañaste sus pasos

todos los días de camino,

como si tú hubieras sido

su compañero de viaje.

 
Acostado estaba Enquido

ante Gilgamés, su amigo,

y sus lágrimas corrían

en regueros por su cara.

 
Te he querido, hermano mío,

mas ahora me llevarán

lejos de ti, hermano mío;       

me sentaré entre los muertos,

cruzaré el umbral de la muerte  

y nunca ya te veré.[1]

 
Abrió la boca Enquido,

y le dijo a Gilgamés:

30.- ven mi amigo, llévame

hasta la entrada del templo

del dios Enlil en Nipur,

que voy a echarme a la cara,

la puerta que yo ensamblé,

para que mi corazón

encuentre tranquilidad;

yo elegí el cedro mejor

para grandeza de Enlil.    

 
37.- Enquido elevó la vista,

como si estuviera viendo

la puerta misma del templo

y, luego, le empezó a hablar

como se habla a una persona:

oh puerta del monte oscuro

que no tienes compasión;

40.- yo tengo el conocimiento

que tú no tendrás jamás;

veinte leguas caminé

hasta encontrar para ti

la madera más preciosa,

hasta que encontré en la selva  

los cedros de mayor porte;

no tenía comparación

tu madera en todo el monte;

tú tienes sesenta codos

de alta, veinte de ancha,

 y es de un codo tu grosor;

45.- tus jambas y tus dinteles,

tanto arriba como abajo,

están hechos de una pieza;

yo fui el que te ensamblé,

el que te trajo a Nipur

y fui el que te coloqué.

 
Si hubiera sabido, oh puerta,

que me pagarías así,

si hubiera sabido, oh puerta,

con qué me ibas a pagar,

hubiera cogido mi hacha

y astillas te hubiera hecho.

 
50.-Te podría haber llevado

río abajo, en una balsa  

al E-Babara; al E-Babara[2]

podría haberte llevado,

hasta el templo del dios Samas

y haber empleado el cedro

en las puertas de E-Babara;

hubiera puesto ante ella  

a Anzo, el ave del cielo,

y habría colocado, allí

delante, toros con alas

y hubiera puesto guardianes

para custodiar su entrada.     

 
55.- Daría fama a la ciudad       

y al dios Samas esplendor   

y en Uruc me esperaría

una buena recompensa,

pues Samas sí que me oyó

cuando a él me dirigí

y, cuando estuve en peligro,

un arma en mis manos puso.

 
Pero, oh puerta, ahora

que yo te hice, te traje

y te coloqué (en Nipur),

60.- ¿seré yo también aquel

el que te maldecirá

y seré también aquel

que te convierta en astillas?;

el rey que reine después 

que sienta odio hacia ti,

si es hombre como si es dios,

que te cuelgue en un lugar

donde no te vea nadie,

que borre de ti mi nombre,

que ponga el suyo, si quiere.

 
Arrancó, en su corazón,

su nombre y lo tiró lejos.

 
65.- Escuchaba atento él,

mientras Enquido hablaba

raudamente, sin aliento;

Gilgamés escuchó atento

las palabras de su amigo,

y rompió a llorar también.

Gilgamés abrió la boca

para hablar y dijo a Enquido:

amigo mío, tú eres

de una perfecta prudencia

que abarca todas las cosas;

70.- ¿por qué, si tienes razón

y conocimiento, hablas

de manera tan odiosa

para con todos los dioses?

¿por qué, mi amigo, importuna

tu corazón a los dioses?

 
El sueño debió ser raro,

y por eso fue tan grande

la angustia que te embargaba;

llegó de tu febril boca

como un zumbar de moscardas;

lo que te angustiaba era,

sin duda, algo importante

y por eso raro el sueño.

 
75.- la tristeza queda atrás

para el que vive, y el muerto

le deja el lamento al vivo;

yo suplicaré por ti

a los dioses principales,

iré a la casa del Sol,

a tu dios imploraré;

al dios Anón rezaré,  

padre de todos los dioses;

80.- que Enlil, el gran consejero,

mi prez oiga en tu presencia

y que mi súplica encuentre

misericordia ante Ea,

el grande en sabiduría;          

con cantidades ingentes

de oro te haré una imagen,

mi oro gastaré en ella.

 
Amigo mío, amigo:

no gastes en ella plata,

ni lapislázuli ni oro;

85.- las palabras que Enlil dijo

no son como las que dicen

dioses menos importantes;

una vez que lo ha ordenado,

ya no lo retira más   

y lo que ha decidido,

ya no lo retira más.

Mi destino, amigo mío,

ya se ha determinado;

para mí ya están pintadas

las pruebas de mi destino;

muchos se tienen que ir

antes de andar su camino.

 
90.- Cuando empezó a clarear,

levantó Enquido su rostro

para quejarse ante Samas;

con el primer resplandor

corrieron sus primeras lágrimas:

 
Porque mi destino ha sido

ingrato, te pido, oh Sol,

que el cazador, aquel hombre

que cazaba con las trampas

95.- y no me dejó vivir

tanto como a mis amigos,

que tampoco viva él

lo que sus amigos vivan;

que le rehúya la caza,  

que su botín sea pequeño,

que su parte en la ganancia

sea menuda en tu presencia;

que, en sus lazos, no se enganche

ninguna pieza de caza,

y si alguna se enredara,

que se escape otra vez.

 
100.- Después de haber maldecido

con toda su alma al cazador,

su corazón lo llevó

a maldecir a Sanjat,

la muchacha del placer;

vente, Sanjat, hasta mí,                     

que te voy a echar la suerte,

un sino que arrastrarás

por toda la eternidad;

yo te voy a maldecir

con una maldición grande;

105.- que mis maldiciones caigan

sobre ti inmediatamente;

que no tengas una casa,  

como siempre has deseado;

que no tengas ningún hijo 

a quien puedas dar el pecho;         

que no te dejen entrar

al salón de las muchachas;  

que el vestido más hermoso

que tienes lo ensucie el barro;

110.- que tu vestido de fiesta

lo eche a perder un borracho;

que no cuentes como propia

ninguna cosa bonita;

que te pegue como pega

el alfarero a su barro;
                                                                                                                                                                    (Una línea de difícil comprensión)

que no tengas en tu casa

ni sillas, ni cama y mesa

-el orgullo de la gente-;

115.- que sea una banca dura

la cama de tus placeres;

que sea tu residencia

el polvo de los caminos;

que sea un campo de ruinas

el sitio donde tú duermas,

que sea donde tu esperes

la sombra de las murallas;

que los abrojos y zarzas

rasguen la piel de tus pies;

que te peguen en la cara

los borrachos y los sobrios,

 
120.- Que las esposas te griten

          cuando se encuentren contigo;

que nunca los albañiles

tapen tu tejado roto,

que las lechuzas aniden

en las grietas de tu casa,

que no se celebren fiestas

alrededor de tu mesa;

(Faltan 6 líneas)

130.- tú me convertiste en débil,

a mí que estaba sin mancha;

tú me convertiste en débil,

a mí que estaba sin mancha,

cuando vivía en la estepa.

 
Oyó Samas lo que hablaba   

y al punto sonó una voz

desde el cielo, que decía:

¡ay, Enquido, ay, Enquido!,

¿por qué a Sanjat maldices,

la muchacha del placer,  

130.- que pan divino te dio,

te dio cerveza de reyes,

te puso ropa preciosa

y te dio de compañero

a Gilgamés, el buen rey?

 
Te va a poner Gilgamés,

tu compañero y hermano,              

140.- en una grandiosa tumba,                   

en una tumba de honor,

te acostará en una silla

del descanso, a su derecha[1],

y los grandes del Submundo

te van a besar los pies;

y él hará que, por ti,

los habitantes de Uruc

te van a guardar el luto

y sentirán por ti pena;

145.- él hará que el hombre rico

te haga lamentaciones;

una vez que ya no estés,

dejará crecer su pelo,

con una piel de león

vagará en tierras silvestres.

 
Enquido oyó las palabras

de Samas, el dios heroico;

su alterado corazón               

encontró tranquilidad;

150.- su corazón enojado,

su alterado corazón

encontró tranquilidad:

oh Sanjat, acércate,

que te quiero echar la suerte;

te va a bendecir mi boca,

la boca que te maldijo:

que te amen gobernantes

y los príncipes también;

que, desde una legua antes,

estén impacientes ya

y se golpeen los muslos,

155.- que, desde dos leguas antes,

vayan sacudiendo ya,

de impaciencia, sus melenas;

que no vacile el guerrero

en quitarse por ti el cinto,

que te regale obsidiana,

lapislázuli y oro,

y que su presente sean    

los más valiosos aretes.

 
Istar, que es la más activa 

de entre los dioses, te dé

160.- acceso hasta el hombre joven,

cuya casa está repleta

de las riquezas más grandes;

que abandone por ti

a su única esposa,

la madre de siete hijos.

 
Pero Enquido estaba enfermo,

sólo y reflexionando,

y fue a contar su amigo

aquello que le agobiaba:

 
165.- amigo, mira que sueño

que he tenido esta noche:

estaba tronando el cielo,

repetía el eco la tierra;

yo estaba entre los dos

y alguien apareció allí;

era su rostro sombrío,

se parecía a Anzo,

170.- zarpas eran de león

sus manos, y eran sus uñas

garras de águila finas;

de los pelos me agarró

y me quiso doblegar,

yo le pegué y él, entonces,

saltó en comba por el aire,

se revolvió y se apartó;

luego, se echó sobre mí

como tromba y me pegó.

 
Me tiró al suelo, después,

como un toro poderoso

175.- y mojó todo mi cuerpo

con su espuma venenosa;

yo gritaba: ¡amigo mío,

sálvame, oh sálvame!,

pero tú tenías miedo

y no viniste en mi ayuda;

allí estaba yo indefenso

y no podía hacer nada

y gritaba: ¡Sálvame,

sálvame, amigo mío!

 
Me pegó y me convirtió

en paloma y me ató        

los brazos como si fueran

las alas de un pajarillo;

me agarró para llevarme 

a la mansión de Ircala[2],

la casa de oscuridad,

185.- al sitio del que ya nadie

puede salir, una vez

que haya cruzado la puerta;

al camino que se anda

y no tiene vuelta atrás;

a la casa donde nadie

nunca puede ver la luz;

donde se comen el polvo,

tienen al barro por pan,

donde, como pajarillos,

van vestidos con plumajes;

190.- nunca pueden ver la luz,

viven en la oscuridad;

en la puerta y los cerrojos

está acumulado el polvo 

en la morada del polvo

reina un silencio mortal.

 
En la morada del polvo,

en la que yo me interné,

se amontonaban coronas

por doquier donde miré;

195.- allí se encuentran los reyes

que las llevaron un día  

cuando regían territorios,

aquellos que, para Anón

y Enlil, ponían la mesa

con buenas carnes asadas, 

a los que traían el pan

y llenaban de agua fresca

los recipientes reales.

 
En la morada del polvo,

en la que yo me interné,

estaban los curas “en”,

los monaguillos también;

200.- también allí se encontraban

los sacerdotes “gudú”,

los sacerdotes “lumaj”,   

los sacerdotes ungidos

de los dioses principales;

allí se encontraba Etana[3]

y estaba también Sacán

y la reina del Submundo,

la diosa Eresquigal;

 
ante ella, arrodillada,

se encontraba Belet Seri,

la escribana del Submundo,

205.- con la tablilla de barro

que, en voz alta, le leía

uno a uno los ingresos;

levantó ella su cabeza

y sus ojos me miraron:

¿quién ha sido el que ha traído

a este hombre hasta aquí?

Nadie me trajo noticia

de que yacía en la tumba;

tampoco dijeron nada

los sacerdotes “lumaj”,

y tampoco me dio aviso

la diosa Eresquigal,

ni Nantar, su consejero

........................ el diluvio

(Faltan unas 40 líneas)

¡Yo he compartido contigo

tantas, tantas privaciones!;

acuérdate de mí, amigo,

y no eches en olvido

lo que yo he padecido            .

 
Tuvo una visión mi amigo

que no va a haber otra igual;

el día que tuvo el sueño

le abandonaron las fuerzas;

 
255.- Allí yacía Enquido;    

acostado estuvo un día         

y un segundo día, Enquido

estuvo acostado, enfermo;    

la fiebre le había quitado

a Enquido, en cama, las fuerzas;

un tercer y un cuarto día

su enfermedad fue a peor,    

al quinto y al sexto día,

al séptimo y al octavo,

también al día noveno,

y al décimo empeoró

la enfermedad de Enquido.

 
260.- Y al undécimo día,

al duodécimo también,

la muerte se aposentó

en el lecho de Enquido;

luego llamó a Gilgamés

y le confió a su amigo:

ha dirigido mi dios

contra mí su enemistad,

no me dejará morir

como el que muere en batalla;

265.- no moriré como aquel

que cae en la batalla;

tuve miedo en el combate

y ahora muero sin fama;

el que cae en la batalla,

mi amigo, se forja un nombre,

pero yo ya no caeré

en el campo de batalla   

y no me forjaré un nombre

(Falta el final dela tablilla, unas 20-25  líneas)

* * * * * * * * * * * * *

                                               Cuando empezó a clarear ....

                                                ………………………………

                                                                                    Tablilla VII. El que vio lo más profundo, ….

           

Notas:
[1] Algunos autores traducen “a su izquierda”[2]  Ircala era la estancia de los muertos (de sus sombras o espíritus) 
     en el Submundo o Infierno, que se encontraba debajo de la tierra.[3]  Etana, el rey pastor, fue un  rey de Quis;  el 8º de la primera dinastia, cuando la realeza, después del Diluvio, bajó del cielo y se estableció en aquella ciudad.                                                                                                                                                                [1] Tablilla antigua de Hatusa (siglos 14-13), en lengua hitita.[2] E-Babara (Ebabara), la casa reluciente, era el templo del dios Sol (Samas) en Larsa. 

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