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Voy a relatar la llegada a Muisne, pero no la primera, que sería la lógica continuación del artículo anterior “Viaje a Muisne I” (ver nº VIII). Esta creo que fue la tercera vez que viajaba a Muisne y, en este caso, iba acompañado por Teresa y María del Rosario. Cuando llegamos al hotelito Playa Paraíso no se encontraba allí Diego, el gerente y codueño del mismo. Había tenido que viajar a Quito y lo sustituía su amigo Angelo, leído Anyelo, así: Anyélo, no Ángelo o Ányelo, como cabría suponer, tratándose de un nombre de origen italiano; en Ecuador, sin embargo, los nombres no se pronuncian siempre como cabría suponer. Angelo parecía, a ratos, como abstraído, eso es lo que me decían mis acompañantes, aunque yo no noté nada al respecto. Bueno, ellas decían que, a veces, parecía estar algo zumbado, que debía beber o tomar algún tipo de droga; por la mañana, sin embargo, estaba más fresco y más espabilado. El sábado, después de regresar de Esmeraldas, a donde habíamos viajado a comprar algunas cosillas, cenamos los cuatro juntos y, terminada la cena, Angelo nos estuvo hablando de sus lecturas y de los libros que más habían influido en su vida o le habían marcado más. Era un lector empedernido y había leído casi toda la literatura universal más relevante, aunque no habló de los clásicos griegos o latinos. La primera biblioteca que tuvo la vendió a Diego para irse a vivir y a tocar a las Islas Galápagos con un amigo suyo, también músico quien, después, se marchó a vivir a Nueva York. Angelo había visitado varias veces Nueva York, pues tenía una hermana en Estados Unidos y viajaba a Nueva York con frecuencia, una ciudad que él consideraba fascinante, el único lugar del mundo donde uno puede encontrar las cosas más increíbles y peregrinas que pueda imaginar.
Al día siguiente, durante el desayuno, me contó la experiencia que tuvo, en una de sus visitas a Nueva York, en las inmediaciones del río Hudson, cuando iba a visitar al amigo de las Galápagos que tenía un estudio por allí. Cuando suponía que ya se encontraba cerca de dónde tenía el estudio su amigo, pasó a una sastrería a preguntar por cómo encontrar el lugar exacto al que se dirigía; cuando preguntaba al sastre por la calle, etc., hablando ambos en inglés, el sastre le dijo: “¡Vd. es de Guayaquil!” Y era cierto; a partir de entonces continuaron hablando en español; el sastre era también de Guayaquil. Me contó que, un día, estando en una terraza de un bar esperando a su amigo, apareció un joven gay, con dos alas, pintado y disfrazado de Miky Maus. Llegó en un triciclo al que llevaba enganchada una caja que recordaba a la de un muerto. Se bajó del triciclo y entró en el bar, haciendo caricias y tocando el trasero a todos los clientes, tanto a los de dentro como a los que había en la terraza e independientemente de que fueran hombres o mujeres. Luego, abrió la caja, sacó un arpa y comenzó a tocar para los clientes durante un buen rato. Cuando terminó y recogió las propinas que los clientes quisieron darle guardó su arpa y se fue a otro bar. Decía Angelo que fue algo increíble, como sacado de un cuento, que esas cosas solo pueden pasar en Nueva York. Los libros más corrosivos y que más le habían impactado eran los de Isidore Ducasse y E. M. Cioran. Había conocido a Susan Sontag que había mantenido correspondencia con Cioran, correspondencia que él tenía, así como la tesis doctoral de Fernando Sabater sobre Cioran. Después me dijo Diego que su suegro, que era el presidente de la Academia Ecuatoriana de la Lengua Española, era un admirador de Cioran y que era poco menos que imposible encontrar alguien en Ecuador que hubiera leído a este escritor. Cuando Diego le presentó a Angelo a su suegro, en una visita efectuada a éste, estuvieron hablando ambos durante mucho tiempo sobre literatura y, al final, su suegro dijo que Angelo era su verdadero amigo: el único con el que había podido hablar de la obra de Cioran “Historia y Utopía“ El suegro de Diego tiene una de las mejores bibliotecas de Ecuador; su cuñada es la actual Ministra de Relaciones Exteriores. Angelo me contó también que había caído en las drogas y en el alcohol. Desde el principio Angelo me recordó a Antonio Mur, amigo residente en la actualidad en Berlín, quien dedica su tiempo a leer y escribir. Es una persona interesantísima y la pena es que yo no esté a su altura en literatura para poder conversar más a fondo con él. Le hablé de mi Gilgamés y me dijo que queríe leerlo, que ya tenía alguna referencia, creía que a través de J. L. Borges. Bueno, Angelo toca la guitarra muy bien y tiene un conjunto con el que suele dar algunos conciertos, si bien esporádicamente, y tiene un disco publicado con otros músicos. Aquí, en Muisne, toca con Luis, un venezolano que vive a temporadas aquí, en la playa, pareja de una alemana. Ahora, dice, quiere afinar la marimba vieja que hay en la sala del hotel y aprender a tocarla; ya se ha enterado de que dan clases gratuitas de marimba en el barrio de Santa Rosa y quiere asistir a ellas. (Después anotaré los nombres de autores y obras de las que habló Angelo el sábado. A pesar de este paréntesis, ya no llegué a anotar estos datos).
Hace dos o tres días probé un té verde que la cuñada de Diego había traído de China; en un viaje oficial como Ministra de Exteriores le entregaron, como regalo, dos cajas con dos de los más exquisitos tés que se cultivan en China; ella se los regaló a Diego, pues ella no toma té. El té era muy suave y consistía en hojas muy pequeñas, cortadas de los brotes más tiernos de las variedades en cuestión, que Diego no conocía, como es de suponer. Venían envasadas en unas cajitas muy botitas dentro de otras mayores.
Días después Angelo me dijo que era alcohólico, que quería dejar de beber, pero no podía. Una noche, nos estuvo contando a Diego y a mí sus experiencias de purificación con chamanes. Uno de ellos era un siux del sur de Canadá que había venido a Ecuador con motivo de una reunión internacional de chamanes. Parece ser que los indios chamanes norteamericanos creían que las fuerzas de la tierra están concentradas en las montañas del Himalaya y, desde allí, se trasladan a los Andes. Estos chamanes siux querían transmitir sus conocimientos de purificación y de otros temas a los chamanes del Ecuador. La experiencia con este chamán del sur de Canadá parece que consistió en construir una choza con palos y pieles, en cuyo interior estaban los que iban a ser purificados, colocándose en el centro piedras muy calientes para conseguir la sudoración que purificaba el cuerpo. Se bebía alcohol y se fumaba en unas pipas especiales, con lo que se intentaba llegar a un trance espiritual. Angelo conoció también a un chamán de Cuenca a quien visitó en su tugurio de la cima de una montaña, donde vivía con su mujer y dos hijos, sin electricidad u otro tipo de comodidad moderna. Para recoger agua, tenía que bajar la montaña y subir cargado hasta su casa.
(Escribo estas notas sin haberlas elaborado después de escribirlas, ni haber recopilado algunos datos que faltan en las mismas. Ya es muy tarde para ello, por lo que he decidido publicarlas tal cual fueron escritas entonces).

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